Richard Nixon ante las cámaras de televisión

Por Joe McGinniss

Ilustración por Cristina Guerrero

 

Richard Nixon grabó, en el Hotel Pierre, una serie de spots de uno a cinco minutos de duración, el lunes por la mañana, 21 de octubre de 1968. Frank Shakespeare no se sentía demasiado satisfecho de cómo se habían realizado esos spots. “El candidato estaba enojado —afirmó—, enojado y fatigado”.

Shakespeare consiguió que le reservaran, al fondo del escenario del teatro de la calle Cuarenta y Cuatro, en el cual se representaba el show de Merv Griffin, un espacio, por la mañana del viernes, 25 de octubre; Richard Nixon se presentó, de buen gusto, para grabar otra serie.

Se delegó a Mike Stanislavsky, uno de los directores de Teletape, el estudio cinematográfico, para que diseñara el marco más idóneo para la ocasión. Habilitó el del rigor: estanterías repletas de libros, recio escritorio de color caoba… si bien introdujo una novedad. Una ventana. Su diseño exigía una ventana entre dos librerías situada detrás de la mesa del despacho. “Imparte agilidad —dijo—, no una agilidad física, sino más bien psicológica”

Harry Treleaven acudió al teatro a las 10 horas y 10 minutos del viernes por la mañana. El servicio secreto estaba ya presente. El día era gris y desapacible, y no desentonaba de los que le precedieron. Treleaven se dirigió a una mesa colocada en el extremo del espacio reservado, sobre la que se amontonaban tacitas de papel al lado de una cafetera. A las 10 h. 40 el servicio secreto recibió una llamada: el candidato estaba en camino.

Richard Nixon entró en el estudio a las 10 h. 50. Se dirigió inmediatamente a un camerino contiguo conocido por Cuarto Verde, donde aguardaba Ray Voege, el rubio y flemático maquillista, con polvos y afeites.

A las once en punto reapareció Nixon del Cuarto Verde. Entre la puerta del camerino y el piso del escenario había un desnivel de tres o cuatro pulgadas. Nixon no lo advirtió y, al franquear la puerta, tropezó. Esbozó una sonrisa, un acto reflejo, y Frank Shakespeare lo condujo a escena.

Ocupó su puesto ante la recia mesa de color caoba. Le gustaba apoyarse en la mesa, sentarse despreocupadamente al borde del escritorio mientras grababa los spots, pues esta postura daba al ambiente, en su opinión, un tono desprovisto de protocolo.

Se hallaban reunidas, formando un semicírculo alrededor de las cámaras, por lo menos veinte personas, entre técnicos y asesores.

Richard Nixon reparó en el grupo y frunció el ceño.

—Cuando comencemos —dijo—, procuren que todos aquellos que no estén directamente relacionados con este trabajo se encuentren fuera del campo de mi visión. De ese modo no tendré que estar desviando la mirada.

—Comprendido, señor. Muy bien. Despejen el escenario. Todo aquel que no tenga qué hacer en este lugar, haga el favor de abandonar el escenario. Salgan, por favor.

Había un individuo en un rincón disparando, incansablemente, su cámara fotográfica. Su flash relampagueó varias veces consecutivas. Richard Nixon miró en aquella dirección. El individuo en cuestión había sido contratado por la plana mayor de Nixon para tomar fotos oficiosas durante la campaña electoral, a efectos históricos.

—¿Sigue usted con las fotos? —inquirió Richard Nixon —, ¿se trata de las que encargamos? Bien, suspéndalas por el momento —lo conminó acompañando las palabras con un ademán del brazo. Añadió—: Guárdelas. Tenemos más que suficiente de estas malditas fotos.

Richard Nixon giró sobre sus talones para ponerse de cara a las cámaras.

—Cuando me den ahora la señal de los quince segundos, me la dan precisamente desde debajo de la misma cámara. De este modo no tengo que estar moviendo constantemente los ojos.

—Comprendido, señor.

Entró entonces Len Garment con unas cuantas cifras anotadas referentes a la creciente tasa de criminalidad registrada en la zona de Buffalo, que era, precisamente, una zona en la que Nixon temía rezagarse. Se sospechaba, en aquellas fechas, que el margen de ventana de Humphrey en Buffalo podría ser lo bastante amplio como para comprometer el triunfo de Nixon en el Estado de Nueva York. Len Garment dijo que les gustaría grabar un programa de un minuto dedicado a Buffalo, centrándose en el aumento de la criminalidad. Mostró a Nixon sus apuntes repletos de estadísticas.

—¿Son las cifras, en esta zona, superiores a las demás? —preguntó Nixon.

Len Garment respondió enfáticamente que, en efecto, lo eran. Nixon examinó breves instantes los apuntes y los devolvió.

—Muy bien —dijo.

Terminando esto, estuvieron dispuestos para empezar. Richard Nixon se sentó al borde de la mesa, con los brazos cruzados, los ojos fijos en el objetivo de la cámara.

—Avisen cuando se dispongan a comenzar, con un segundo o dos de anticipación —dijo—, de lo contrario me pillan ustedes en frío —hizo una mueca— y salgo luego con semejante expresión.

—Sí, señor, comprendido. Estamos ya preparados.

—¿Van a empezar ahora?

—Sí, señor, inmediatamente. Sonido.

La luz roja de la cámara número uno comenzó a resplandecer; la cámara emitió un rumor apagado, más bien un silbido, y el registro sonoro emitió tres zumbidos indicando que estaba actuando.

—Al entrar en los últimos días de esta crítica campaña —dijo Richard Nixon—, una cuestión que suscita grandes discrepancias entre los candidatos es la ley y el orden en los Estados Unidos. El señor Humphrey defiende la actuación de los cuatro años últimos. Defiende al fiscal del Supremo y su política. Discrepo completamente en esta cuestión. Digo que, cuando el crimen aumenta a un ritmo nueve veces superior al de la población, cuando hemos tenido disturbios en trescientas ciudades que nos han costado doscientos muertos y siete mil heridos, cuando el cuarenta y tres por ciento del pueblo americano teme andar de noche por las calles de sus ciudades, entonces es que ha llegado la hora de hacer limpieza, es que ha llegado la hora de nombrar un nuevo fiscal del Tribunal Supremo, es que ha llegado la hora de desencadenar la guerra a ultranza contra el crimen en Estados Unidos. Yo me comprometo a desempeñar esta misión. Y me comprometo, ante ustedes, a volver a tener, nuevamente, la libertad de alejar el miedo de las ciudades y calles de toda América.

Se volvió, inmediatamente, hacia un técnico.

—Vamos a probar otra vez —dijo—. Esto peca de largo.

Frank Shakespeare murmuró algo desde el extremo del escenario.

—Sí, ya lo sé, pensándolo mejor le daremos otro matiz al final —dijo Richard Nixon.

Mike Stanislavsky salió por detrás de una cámara.

—Cuando levanta la cabeza y dispone a comenzar, levántela a la cámara por un instante…

—Comprendido —asintió Richard Nixon.

—… y entonces comience a hablar para que podamos…

—¿Todo marcha, Mike? —preguntó un ayudante.

Mike Stanislavsky se volvió.

—Procura que todo el mundo guarde silencio aquí, por favor. Se filtró un pequeño ruido durante la última toma. Apártense, por favor. Vamos —miró a Nixon—. Cuando usted guste —añadió.

—Al entrar en los últimos días de esta crítica campaña —comenzó Richard Nixon—, hay una cuestión en que la discrepancia entre los candidatos es más clara que el agua. Y ésta es la cuestión de la ley y el orden en los Estados Unidos. El señor Humphrey defiende la actuación de los cuatro años últimos, defiende al fiscal del Supremo y su política —Nixon sacudió enérgicamente la cabeza, para reafirmar su desaprobación—. Estoy en desacuerdo con él —dijo—. Afirmo que, cuando el crimen crece a un ritmo nueve veces superior al de la población, y cuando el cuarenta y tres por ciento del pueblo americano no se recata de decir que tiene miedo de andar por las calles de sus ciudades por la noche, es que ha llegado la hora de hacer limpieza a fondo. Abogo por un nuevo fiscal del Supremo. Y me comprometo…

Se confundió ostensiblemente al llegar aquí, como si compromisos y alegatos acabasen de colisionar, violentamente, en su cerebro.

¡Oh!, volvamos a empezar —dijo—. ¿Pueden seguir rodando, no?

Se oyeron tres zumbidos de rigor en el registro sonoro.

—Silencio, por favor, vamos —dijo Mike Stanislavsky—. Cuando usted diga.

Al Scott y Harry Treleaven vigilaban desde una sala de control situada, justamente, debajo del escenario y separada de éste por un tramo de escaleras.

—Hubiese preferido que empleara el teletranspunte —dijo Treleaven.

—Me estuvo rondando la idea por la cabeza durante un año —dijo Scott—. De todos modos el público cree que les…

Pero Nixon rechazó el teletranspunte desde el comienzo. Retenía todas las cifras —el crimen aumenta a un ritmo nueve veces superior… 300 poblaciones… 200 muertos… 7,000 heridos… el 43 por ciento del pueblo americano tiene miedo a…. Lo almacena todo en la cabeza, como la fecha de la Batalla de Hastings.

Nixon recomenzó:

—Al entrar en los últimos días de la campaña electoral de mil novecientos sesenta y ocho, surge una cuestión sobre la que hay una crítica diferencia de opinión entre los dos candidatos y ésta es la cuestión del orden y la ley en los Estados Unidos. El señor Humphrey promete proseguir la política del último…

Se paró de repente.

—Tampoco me gusta esto —dijo—. Vamos a… Pondremos otra cosa aquí.

Otra vez los tres zumbidos del registro. Richard Nixon continuaba sentado al borde de la mesa, mirando pensativamente al suelo. Apoyaba la barbilla en el puño.

—Reflexiono sobre la forma exacta de este spot y en seguida estoy preparado —hizo una pausa; luego hizo un gesto de asentimiento con la cabeza—. Muy bien —dijo.

—¿Preparados? —preguntó Mike Stanislavsky—. Perfectamente. Apártense. En marcha nuevamente. Silencio, por favor.

—Al entrar en los últimos días de esta crítica campaña de mil novecientos sesenta y ocho, surge una cuestión en la que hay una completa discrepancia de criterio entre los dos candidatos. Ésta es la cuestión de la ley y el orden en los Estados Unidos. El señor Humphrey defiende la actuación de los últimos cuatro años, defiende al fiscal del Supremo y su política. Pero yo estoy en completo desacuerdo. Afirmo que, cuando la criminalidad aumenta a un ritmo nueve veces superior al de la población, y cuando el cuarenta y tres por ciento del pueblo americano teme andar por las calles de sus ciudades durante la noche, es que ha llegado el momento de una política nueva. Abogo por un nuevo fiscal del Supremo. Voy a empeñarme en una guerra a ultranza contra el crimen organizado que impera en este país. Os prometo que vamos a contar con fuerzas de seguridad que restablecerán la libertad y que alejarán el terror de las calles de las ciudades americanas, y en todo el ámbito de nuestro gran país.

Pararon las cámaras.

—Más breve queda todo mejor —dijo Richard Nixon.

—Completamente de acuerdo.

—Probaremos una vez más —dijo Nixon— únicamente para facilitarles… —hizo un ademán con la mano, dando a entender que aguardaba a que continuasen las cámaras—. Cuando gusten, y cuando terminemos con éste les daré un spot sobre Buffalo.

De nuevo los tres zumbidos clásicos del registro sonoro. Frank Shakespeare se adelantó, ignorante de lo que ocurría.

—Sí, vamos a probar una vez más —le dijo Nixon.

—Cuando usted disponga, Mike —anunció un ayudante.

—De acuerdo, silencio, por favor. En marcha. Preparados, señor. Cuando usted mande.

Nixon tenía atados, esta vez, todos los cabos; las parrafadas habían quedado adecuadamente ordenadas en su mente. Aquello era ahora el producto acabado. En esta definitiva versión el ritmo daría el contrapunto a las estadísticas.

—Al entrar en los últimos días de esta crítica campaña electoral de mil novecientos sesenta y ocho, surge una cuestión sobre la que reina una total discrepancia de criterio entre los dos candidatos a la presidencia. Y ésta es la cuestión del orden y la ley en Estados Unidos. El señor Humphrey defiende la actuación de los cuatro años últimos, justifica la gestión del fiscal del Supremo y su política. Discrepo por completo —esta vez sacudió la cabeza con más vigor aún—. Afirmo que cuando la criminalidad crece a un ritmo nueve veces más rápido que el de la población, cuando el cuarenta y tres por ciento del pueblo americano indica, en una reciente encuesta, que siente miedo de andar por las calles de sus ciudades durante la noche, es señal de que nos hace falta una limpieza a fondo en Washington. Abogo por un nuevo fiscal del Supremo. Me comprometo a emprender una guerra a ultranza contra el crimen organizado. Os prometo que el primer derecho civil de todo americano, el derecho a vivir libre de violencia en un territorio, será nuevamente respetado y protegido en nuestra nación.

Había terminado.

—Muy bien —dijo—. Con éste hacen dos para que se vayan entreteniendo. Ahora probaremos Buffalo.

Tres zumbidos.

—Este spot, ¿es también de un minuto? —inquirió Nixon.

—¿Listo, Mike? —preguntó un ayudante.

—Sí, señor, de un minuto. Silencio, silencio. Adelante, por favor. Cuando usted diga, señor.

Richard Nixon clavó su mirada en la cámara con una expresión de honda preocupación en su rostro. “¿Son las cifras, en esta zona, superiores a las demás?”, recordaba haber preguntado.

—Al leer unas recientes estadísticas del FBI, me entero de que Buffalo y el Condado de Erie pueden exhibir una aterradora alza de la tasa de crimen. Juzgo que está en nuestras manos evitarlo. Pero no podemos hacer nada para impedirlo si continúa el gobierno anterior. El señor Humphrey se muestra partidario de una continuidad de este gobierno. Defiende al fiscal del Supremo y su gestión. Yo, en cambio, me pronuncio por un fiscal nuevo. Desataremos una guerra a ultranza contra el crimen organizado por todo el ámbito de nuestra nación. Vamos a conseguir que en las ciudades de nuestro país, en las calles de nuestras ciudades cese de imperar el miedo. Con vuestra ayuda, el primer derecho civil americano, el sagrado derecho a desterrar la violencia de nuestro territorio, volverá a ser un derecho del que podremos disfrutar.

Estas palabras de “el primer derecho civil” no se le habían ocurrido hasta la última versión del primer spot. Pero le gustaban hasta tal punto, saboreaba tan exquisitamente la modulación con que las emitía, que por nada del mundo iba a suprimirlas. Era exactamente como si un viejo y querido amigo le hubiese hecho una visita por sorpresa aquella desapacible mañana.

—Ensayaremos una vez más —dijo Richard Nixon.

—Pero si está extraordinariamente bien —aseveró Frank Shakespeare.

Se escucharon los tres zumbidos del registro sonoro.

—Bueno, siempre nos quedará el recurso de utilizar éste, pero probaremos otra vez por si acaso —dijo Richard Nixon.

Shakespeare intervino.

—Si va a repetirlo y al llegar al final insiste en lo mismo, diga: “… será un derecho del que disfrutaremos todos en Buffalo”; hay que velar por los de Buffalo…

Richard Nixon asintió.

—Ya, ya, estoy de acuerdo.

—Cuando usted mande, Mike —dijo el ayudante.

—¿Preparados todos? Por favor, silencio. Venga, otra vez —Mike Stanislavsky miró a Nixon—. Preparados, cuando usted disponga.

—Al leer unas recientes estadísticas del FBI me entero de que el área del Condado de Erie y Buffalo es una de las áreas que presenta un terrorífico aumento de la criminalidad en el curso de los últimos años. Sostengo que tenemos que acabar con esto. Y para acabarlo hará falta un nuevo liderato en la cumbre de los Estados Unidos. Humphrey aboga para que prosiga el anterior liderato. Defiende al fiscal Supremo. Y defiende la gestión de dicho fiscal. Disiento en absoluto. Afirmo que nos hace falta un fiscal nuevo, que es absolutamente indispensable desencadenar una guerra a ultranza contra el crimen organizado en Estados Unidos de América. Y os prometo que con un nuevo gobierno tendremos otra vez libertad para desterrar el miedo de América. Todo el pueblo americano disfrutará, nuevamente, del amparo de este derecho primordial, que es derecho de alejar la violencia, de una vez para siempre, de nuestro territorio.

Pararon las cámaras.

—Creo que ha quedado bien —dijo Nixon—. ¿Cuánto tiempo durará este spot?

—Cuarenta y ocho segundos.

Pero, en el intervalo, se había producido un problema técnico. La sirena de un vehículo de la policía que porfiaba por abrirse paso en una calle contigua había sido captada por la cinta sonora.

Cinéma vérité —comentó alguien.

No obstante, Harry Treleaven lo consideró, sencillamente, como una verdadera pifia. Se recibió aviso del cuarto de control, la grabación debía repetirse.

—Pregunten la razón —dijo Richard Nixon.

—Díganle que tuvimos un problema técnico —replicó Garment.

Pero eso no bastaba como justificación.

—No deseamos repetirla a menos que sea absolutamente indispensable —dijo Frank Shakespeare. Podía percatarse de que el talante de Nixon, que cabía considerar excepcionalmente halagüeño hasta el momento, se estaba ensombreciendo por instantes.

—Es absolutamente necesario —aseguró Garment desde el cuarto de control.

—¿Por qué? —inquirió Shakespeare.

—Será mejor que vaya usted y se lo explique, Len —aconsejó Henry Treleaven.

Len Garment subió los peldaños. Mientras estaba en camino, Nixon dijo a Shakespeare:

—No se olvide preguntar el por qué, así sabré qué cambios hay que hacer; si desea un tono distinto o lo que sea.

—No voy a preocuparme —dijo Shakespeare.

—No; lo repetimos y en paz —dijo Nixon.

Len Garment explicó lo de la sirena, aseguró a Richard Nixon que su tono había sido magnifico y se encaminó nuevamente al cuarto de control mientras Nixon ocupaba otra vez su puesto en el borde del escritorio. El registro sonoro zumbó tres veces.

—Muy bien, Mike, estamos preparados.

—De acuerdo, silencio, por favor, vamos otra vez. Cuando usted guste, señor.

—Los últimos datos del FBI indican que el Condado de Erie y Buffalo son una de las áreas en que se pone de manifiesto el mayor aumento de criminalidad… No, comencemos de nuevo. Sigamos sin más.

Tres zumbidos.

—Preparados —dijo el enlace.

—Preparados —corroboró Nixon.

—Cuando usted guste —dijo Mike Stanislavsky.

—Leyendo… —comenzó Nixon. Cerró los ojos y frunció el ceño—. No —dijo.

Tres zumbidos del registro sonoro.

—Muy bien —dijo Nixon —. Leyendo los últimos datos del FBI averiguo que el más pasmoso aumento de la criminalidad… ¡Oh, no, no…!

Sacudió la cabeza negativamente. El registro sonoro zumbó tres veces. Nixon miraba otra vez al suelo, concentrándose.

—Una vez más, y quedará redondo —dijo.

—Entendido. Silencio, por favor. Sonido. Cuando usted guste.

—Leyendo los recientes datos del FBI, uno de los más aterradores aumentos de la criminalidad, en todo el país, se registró en el Condado de Erie y Buffalo —Nixon estaba impaciente ahora y se lanzó a fondo, sin importarle gran cosa la sintaxis—. Pienso que podemos hacer algo para arreglarlo. Humbert Humphrey aboga por la continuación del liderato de los últimos cuatro años. Defiende al fiscal del Supremo y la actuación del Departamento de Justicia. Pero yo discrepo completamente. Afirmo que nos hace falta un nuevo fiscal del Supremo. Que es indispensable desencadenar una guerra a ultranza contra el crimen organizado en este país; necesitamos garantizar el primer derecho civil de todos los americanos, que es el derecho a estar protegidos de la violencia. Y les digo a todos mis amigos de Buffalo que pueden ayudar a afianzar este derecho, en beneficio de todos sus vecinos, con sus votos del cinco de noviembre. Voten por un nuevo gobierno. Voten para arrojar de sus cargos a aquellos que no han sabido defender este derecho a eliminar, para siempre, la violencia de nuestro territorio.

Terminó, satisfecho de poder desembarazarse definitivamente de las estadísticas del FBI, del pueblo de Buffalo, del Condado de Erie y su terrorífico aumento de la criminalidad.

—Conforme —dijo—. No tiene tanta importancia como para repetirlo tantas veces, pero ahora está bien. Ya está hecho y no se hable más. El último era… —Pero sus ideas se desviaron repentinamente—. Ahora haremos el del sur.

—Dígame cuando esté preparado —dijo Mike Stanislavsky.

Tres zumbidos del registro sonoro.

—Éste es otro de un minuto —dijo Nixon. Hurgaba en los bolsillos de su chaqueta. Comenzó a inspeccionar la mesa sobre la que se hallaba sentado.

—¿Los ha retirado usted, Dwight? —preguntó a su ayudante—. ¿Estos apuntes que guardaba aquí?

Dwight Chapin dijo que no.

—Hace un instante estaban sobre esta mesa.

Hubo una pausa de sesenta segundos mientras se buscaban los apuntes y se daba con su paradero. En seguida se oyeron los tres zumbidos.

—¿Preparados?

—Muy bien —dijo Richard Nixon—. Probablemente tendremos que grabar más de una vez…. A causa de la precisión… ya les consta a ustedes que en estoy soy meticuloso…. Presten atención. ¿De acuerdo?

—Apártense, por favor. Silencio. Preparados para cuando usted guste, señor.

—Hay no poca ambigüedad en el sur en cuanto a lo que realmente nos jugamos en esta elección de mil novecientos sesenta y ocho, y creo que ya es hora de poner las cosas en claro. Si fuera a darse un voto franco y abierto respecto a si el pueblo del sur desea que continúen, durante cuatro años más, los hombres que les gobernaron estos últimos años, a si quieren que Humbert Humphrey se instale en la Casa Blanca, la votación sería de tres a uno en contra suya. Solamente si la votación se divide es posible que Humbert Humphrey sea elegido presidente de los Estados Unidos. Y es por esto que os pido que no dividáis vuestro voto el cinco de noviembre. Procúrense la nueva jefatura que América merece votando a nuestro equipo, una jefatura que restablezca la ley y el orden, que imponga la paz fuera y que la mantenga, una jefatura que otorgue a América nuevamente el progreso sin inflación y la prosperidad sin la guerra. Haced que vuestro voto cuente.

Richard Nixon se volvió hacia Stanislavsky.

—¿Cuánto tardamos con éste? ¿Cincuenta segundos?

—Exactamente.

En el cuarto de control, Al Scott dio un suspiro de admiración.

—¿Qué les parece? —dijo—, sabe exactamente hasta dónde puede llegar. Sin reloj. ¡Qué sentido del tiempo!

—Bien, pueden probar éste como uno más —decía Richard Nixon—. Y llegada la ocasión, lo utilizan…. Vamos ahora a bajarlo un poco.

Shakespeare se adelantó.

—Desde luego —dijo—, ¿lo ensayamos otra vez?

—Sí, voy a repetirlo.

Otra vez los tres zumbidos.

—Éste es muy importante que salga bien —dijo Richard Nixon.

—Sí, señor.

—Y en caso de necesidad, ustedes mismos… Bueno, estoy preparado.

—Silencio, por favor —dijo Stanislavsky—. En marcha. Cuando usted guste.

—Hubo no pocas ambigüedades acerca del papel del sur en la campaña de mil novecientos sesenta y ocho, y creo que ha llegado la hora de poner las cosas en claro. Si fuera a darse una votación franca y abierta respecto a si el pueblo del sur desea que prosigan en el cargo aquéllos que han contribuido a formular la política de los últimos cuatro años, en otras palabras, si abogan por Humbert Humphrey como presidente, el voto sería de tres a una en contra suya. Solamente si este voto se divide cabe una posibilidad de que Humbert Humphrey cuente con una oportunidad de ser elegido presidente de los Estados Unidos. Y yo les digo, no hagan su juego. No dividan su voto. Voten por el equipo, el único equipo que puede depararles la nueva jefatura que América necesita, el equipo Nixon-Agnew. Y me comprometo ante ustedes a restablecer la ley y el orden en este país, les prometo que impondremos la paz fuera y restableceremos el respeto que se le debe a América en todo el mundo. Y proporcionaremos esta prosperidad sin guerra, y el progreso sin inflación, tal como todos los americanos anhelan.

—Esto está todavía mejor —dijo Frank Shakespeare—, muy bien expuesto.

—Sí, que sirvan los dos —dijo Nixon—. Emplearemos ambos.

Se puso de pie.

—Voy a ponerme a un lado y alejarme de la luz durante un minuto antes de la siguiente grabación.

Se dirigió a un extremo del escenario.

—Sudo lo indecible —dijo.

Cuando regresó, fue para anunciar que deseaba hacer un spot especial, de un minuto, sobre la huelga de profesores de Nueva York.

Esto no había sido programado. Era una idea del propio Nixon, y a Harry Treleaven y Len Garment, que se hallaban en el cuarto de control, les pareció alarmantemente inoportuna. Nixon acababa de regresar la noche anterior de la ciudad, tras su gira electoral. Hablar así, de pronto, sobre un problema local —tan delicado como éste, por añadidura— a sólo dos semanas de la jornada electoral parecía poco propicio para mejorar, o bien la situación, o bien la imagen de un Nixon como jefe ejecutivo en el exilio, desapasionado y dueño de sí mismo.

Ocupó, de nuevo, su puesto sobre la mesa.

—Voy a grabar otro de un minuto… esta vez para Nueva York.

—¿Lo grabará ahora? —preguntó Frank Shakespeare.

—Sí, ahora mismo.

Shakespeare dijo algo más.

—Para Nueva York —reiteró Nixon.

Mike Stanislavsky anunció:

—Vamos a tener otro minuto para Nueva York.

—De acuerdo, ya dirá cuándo, Mike —dijo el enlace.

—Muy bien, apártense. Silencio todos, por favor, estamos grabando —hizo un gesto con la cabeza a Nixon—. Cuando usted guste.

Nixon asintió con un gruñido. Se encendió la luz de la cámara.

—Mientras viajaba por el país pude advertir un inmenso interés y preocupación por la huelga de profesores de Nueva York. Por supuesto, no pienso tomar partido…

No, no era ésta, indudablemente, la mejor manera de exponerlo.

—No, supriman eso —dijo Nixon —. Vamos a recomenzar.

Esta vez sonaron únicamente dos zumbidos.

—Muy bien, cuando usted guste, señor.

—Mientras proseguía mi campaña por toda América estos últimos días, advertí una inmensa preocupación por la huelga de profesores de Nueva York. Ahora bien, sin querer entrar de lleno en los pormenores de esta polémica, entiendo que un punto sobre el que conviene hacer hincapié, y que no ha sido destacado lo bastante, es que la causa principal del problema es la ley y el orden en nuestras escuelas. No creo que podamos pedir que los profesores acudan a sus aulas cuando no hay disciplina y cuando no cuentan con el apoyo de sus respectivas juntas escolares. Creo que cuando pedimos a alguien que enseñe a nuestros hijos debemos dar a nuestros profesores el respaldo que merecen. La disciplina en las aulas es esencial si queremos que nuestros hijos aprendan. Es esencial si nuestros profesores asumen la obligación de enseñar. Procuremos que reine el orden y el respeto a la ley en las aulas de América, en el mejor sentido de la palabra. Ésta es la única manera de conseguir una educación mejor para los hijos de América.

Se escucharon dos zumbidos de la máquina grabadora. Abajo, en el cuarto de control, Len Garment y Harry Treleaven se miraban estupefactos. Ninguno sonreía. Garment no paraba de agitar la cabeza con un movimiento vivo y nervioso.

—No hay que apurarse, Len —dijo Treleaven—. Jamás surcará el espacio.

Arriba, Frank Shakespeare se adelantó para hablar con Nixon.

Nixon lo miró.

—Ya está bien —dijo Richard Nixon—, esto sí que es dar la misma diana, todo este fregado de los profesores. Siempre vamos a parar a lo mismo, la ley y el orden y los malditos grupos negroportorriqueños de estos contornos.

Shakespeare se quedó contemplando a Richard Nixon.

—No me importa si son blancos o qué diablos son —dijo Nixon—, pero cuando le dan a un profesor en la cabeza, maldita sea, pierden todo derecho a asistir a la escuela. Es así de simple. Bueno, ahora haremos uno de cinco minutos.

Era bastante después del mediodía cuando Richard Nixon abandonaba el teatro. Su amigo, Paul Keyes, el del programa Ríase con nosotros, estaba a su lado. Dwight Chapin y todos los demás —que no le dejaban ni a sol ni a sombra— estaban, naturalmente, allí, con los cabellos bien recortados y sus impecables ternos oscuros.

En el instante de atravesar el vestíbulo delantero, un componente del show de Merv Griffin, un individuo del programa, se le acercó para desearle buena suerte. Richard Nixon se detuvo, aceptó el apretón de manos y sonrió. Un empleado mantenía abierta la puerta del automóvil de Richard Nixon. La policía había abierto, a duras penas, un pasillo a través del reducido grupo que se había congregado junto a la entrada.

—Salude de mi parte a todos los del show —dijo Richard Nixon.

El individuo dijo que no se olvidaría de hacerlo.

—Oiga, ¿sigue todavía con ustedes esa señorita tan chistosa?

El individuo del show aseguró que no sabía a qué señorita chistosa se refería Nixon.

—¿No comprende? Aquella de la voz tan graciosa.

El individuo hizo un ademán dando a entender que no comprendía en absoluto. No sabía qué decir. Richard Nixon era el único que sonreía. Todos los demás empezaban a sentirse un tanto incómodos.

—¿No acierta? —insistía Nixon—, ¿aquella dama tan cómica?

El individuo miraba más allá de Nixon, a sus acompañantes. Buscaba, evidentemente, ayuda.

Intervino Paul Keyes, el del programa Ríase con nosotros. Era un hombre grueso, de pelo gris y anteojos. El clásico tipo de republicano que imagina que John Wayne representa una positiva ayuda al partido.

—¡Ah! Se refiere a Tiny Tim —dijo Paul Keyes a Richard Nixon. Y mientras todos se reían, Nixon más que ninguno, Paul Keyes empujó al hombre hacia la puerta que acabó de abrirse y Richard Nixon franqueó el umbral y ganó la calle donde aguardaban los automóviles.

*Texto de El nuevo periodismo, de Tom Wolfe (1973). 

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