Por Carmen Alanís

Ilustración de Óscar Hernàndez

A lo lejos se escucha una ambulancia y el mismo tren de siempre. Los perros ladran. Llegan a la cuadra dos granaderas con policías y militares. Alumbran las casas y el interior de los vehículos con lámparas de luz blanca y brillante. Parece de día cuando iluminan una camioneta.

¿A poco no te diste cuenta? Fíjate que anoche hubo movimiento. Iban de aquí para allá, haciendo escándalo. ¡A las tres de la mañana despertando gente! Al principio yo no entendía lo que estaba pasando. Como ya no me pude dormir, me hice un café. Ya qué.

Estaba fresco, fue después de la lluvia. Mejor arrimé una silla, me eché la cobija y me senté a ladito de la ventana; con discreción, tampoco arriesgándome a que se dieran cuenta de que miraba. Ya no sabes lo que te puede tocar por andar de mirona. Vi que un hombre se levantó los pantalones en la caja de la camioneta. Era una de esas grandotas, tipo 4×4, haz de cuenta una Lobo.

Yo le marqué a la Juanita. No creas que nomás así. No iba a molestarla a esas horas. Lo que pasa es que la vi en su terraza. También estaba despierta y observando. Se estaba echando un cigarro. Nos pusimos a platicar por teléfono mientras todo sucedía.

Como ella vive al lado de donde estaba la camioneta, veía y escuchaba mejor. ¿Qué crees que estaban haciendo los cabrones? ¡Estaban teniendo relaciones sexuales! Sí, estaban cogiendo en la caja de la camioneta, así, al aire libre, en la vía pública, ¡como animales!

Juanita me dijo que estaba viendo una película de Jorge Reynoso cuando empezó a escuchar risas y gritos raros, sensuales, como gemidos, que se asomó y vio unas nalgas en las sombras. Le picó al botón de pánico y la granadera llegó en cinco minutos. ¡Fíjate qué cosas! ¡Para algo tenía que servir el pinche botón de pánico! Como la Juanita es juez de barrio, ahora con las balaceras le instalaron en su casa el botón de pánico para las emergencias.

Cuando se fueron y acabó el espectáculo, ya no pude dormir. Quién sabe si la Juanita terminaría de ver su película y quién sabe qué habrá soñado.

La camioneta negra se queda estacionada en la cochera. Los policías se llevan esposados a un hombre y una mujer. Regresa el silencio y el mismo tren de siempre.

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