¿Cuál es la consecuencia de ofender a un periodista?

Por Juan Pablo Meneses

Día 1: Mañana. Ramblas, Barcelona.


Manu Chao habla con voz de payaso. Es lo primero que me llama la atención al topármelo en directo. “No estoy dando entrevistas, lo siento”, me dice su voz de sonsonete circense. Es una voz gruesa, atrofiada, típica de los payasos cuando están bajo el escenario, pero esta vez de civil, sin maquillaje ni nariz gigantona. La gente de circo, acostumbrada por años a gritar chistes forzando al máximo su garganta, acaba por heredar este timbre para su vida diaria. “Lo siento, pero no puedo ayudarte”, repite como el mono de un ventrílocuo.


Estoy en Ramblas, el paseo peatonal emblemático de Barcelona. Me he tropezado con Manu Chao de casualidad mientras él pasea en su bicicleta azul y yo camino hacia el mar. Hace días que andaba buscándolo y el azar ha querido que encuentre aquí al francés ex- líder de Mano Negra, al tipo cuarentón que recorre los escenarios del mundo vestido de niño. A Manu Chao, el cabecilla informal de los jóvenes europeos que luchan contra la globalización económica del mundo, el divertido cantante de “Me gusta marihuana, me gustas tú”, la superestrella de vida sencilla, amable, contestataria y solidaria.

 

“Deberá ser otro día, hermano”, y en eso, de la nada, aparece un gordo y maceteado amigo de Manu, tal vez un ex-boxeador que se cruza de brazos entre yo y el cantante hasta que la estrella desaparece, humildemente, pedaleando Ramblas abajo.

 

Día 2: Noche. Barrio Gótico, Barcelona.


Estoy en la Plaza George Orwell del Barrio Gótico. A la plazoleta se le conoce como la Plaza de Trippy por la desinhibida venta de trip (una suerte de éxtasis barato y molido que se jala) entre quienes deambulan por el lugar: varios europeos descuidadamente hippies y un montón de sudamericanos ovejas negras dentro de sus buenas y blancas familias. Este es el barrio de Manu Chao.


Desde el principio supuse que escribir sobre él resultaría una paradoja. Estoy en un bar de la Plaza Orwell, con banderas jamaiquinas en el techo, un disco de Mano Negra rotando a volumen fuerte y bebiendo de una cerveza barata y de poco gas. Sus últimos dos discos han vendido casi 10 millones de copias en todo el mundo. En promedio —me sopla un amigo infiltrado en la industria—, el músico recibe un dólar por cada venta (sin contar los derechos de autor, que duplican o triplican las ganancias). Es decir: Manu Chao es millonario. Y en dólares. Fito Páez, aquel arribista rockero argentino, lo critica diciendo que Chao vive como pobre siendo millonario. Él, Páez, vive como millonario siendo pobre. ¿Qué es peor?

 

Día 3: Tarde. Metro: Sarriá


“Próxima estación: Sarriá”, suena por los parlantes del metro interurbano de Cataluña. Hace unos días, Manu Chao actuó gratis en Barcelona, delante de unos 200 mil jóvenes antiglobalización que protestaban por la cumbre de líderes europeos hecha en la ciudad.

 

Fue una semana de palos policiales y barricadas en las calles que terminó festivamente con la actuación de Manu y su banda, Radio Bemba.


No es la primera ni será la última vez que Chao aparece en el momento justo y a la hora indicada. Ya lo hizo en México, en la Plaza del Zócalo, frente a las 150 mil personas que esperaban el arribo de la caravana del Subcomandante Marcos. También estuvo en Génova, en julio de 2001, para apoyar otra vez la causa de la antiglobalización durante la cumbre del G8. Por eso, muchos lo consideran el líder de un movimiento que en Europa no es pequeño ni tranquilo, pero que en Latinoamérica suena lejano y ridículo.

 

“Que los jóvenes gringos reciban palos por nosotros me parece extraño”, me dice John Machuca, un ecuatoriano que barre calles y comparte asiento conmigo en el metro. Entonces me pregunto: ¿Hay algo más políticamente correcto que estar en contra de la globalización? ¿Hay algo más políticamente correcto que ser joven y luchar por un mundo mejor y más justo? ¿Existe algo más políticamente correcto que Manu Chao?

 

Día 4: Madrugada. EasyInternet Café, Barcelona.


Son las dos de la mañana, y en el EasyInternet Café, la globalización está a full. Sudamericanos, marroquíes, alemanas, chinos, gringos, españoles, todos chateando al mismo tiempo.

 

Respondiendo e-mails, mirando a sus familias por webcam, buscando novia, escuchando discos en mp3, encargando los papeles para dejar de ser ilegal.


Después de varios meses, recibo un e-mail de mi padre. En su carta electrónica, me dice, sobre todo, lo buen deportista que él sí es.

 

Pero Manu Chao no compite con su padre. Ellos sí que son grandes amigos. Ramón Chao, padre de Manu, es un periodista gallego emigrado a Francia y que trabaja para Radio France Internationale.

 

Anda orgulloso de su hijo, al punto que se presenta como “el padre más célebre del mundo”. Incluso más: en 1993, Ramón Chao acompañó a Manu y a toda la troupe de Mano Negra a una gira en tren por el interior de Colombia, en mitad de la guerra, desde donde el padre de Manu regresó con un libro bajo el brazo: Un tren de hielo y de fuego. Ramón Chao se transformó en éxito de ventas y su libro viajero se tradujo a varios idiomas.


Manu Chao, su padre y los músicos de Mano Negra, en tren por Colombia, es una imagen que me lleva a pensar en Bono, el carismático dueño de U2. Hace un año los irlandeses presentaron en Barcelona su reciente disco, Evolution, donde, según Bono, la banda retomaba su discurso de alto contenido social y político.

 

Luego de esta militante actuación, Bono subió a su jet privado y voló hasta Ibiza. Del aeropuerto isleño, donde lo recogió un lujoso automóvil, se fue derecho al salón VIP de Pachá, la más glamurosa discoteca de Ibiza. Lo recuerdo perfectamente porque esa noche, y por cosas de trabajo que no vale la pena explicar, yo también estaba en el VIP de Pachá. Y ahí estaba Bono, el comprometido, deslumbrado con las modelos y los halagos como el muchacho que nunca ha dejado de ser: un adolescente de barrio popular irlandés que sueña con dejar la barriada y llegar a lo más alto.


Bono vive en un castillo y Manu en un piso de un barrio malo. Por supuesto, Manu nunca fue pobre. Dice que tocó guitarra en las calles y en el metro de París, pero creció en un ambiente de exquisita intelectualidad izquierdista. Su padre cobijó a los más connotados exiliados latinoamericanos en sus casas de París y Barcelona. Desde niño, Manu supo que el dinero por sí sólo era demasiado barato. Y entendió, o le enseñaron, que luchar por causas perdidas era más respetable entre sus pares que perseguir millones. El poder de la influencia (que a veces llega acompañado de un cerro de dólares) por encima de la mera contundencia mercantil. Ambiente intelectual, finalmente. “Yo apoyo al EZLN, a los zapatistas”, declaró hace un tiempo, “por eso se creen que yo apoyo a cualquier guerrilla de Hispanoamérica. Es todo lo contrario, ni de coña. Voy a Colombia y no entiendo nada. No me llega un mensaje claro como el de Chiapas. Voy al Perú y, ¿Sendero Luminoso? No, gracias”. ¿Entendió?

 

Día 4: Mediodía. Interior de una habitación, Barcelona.


Hoy despierto con ganas de ser Manu Chao: ir de aquí para allá, abrazar causas tan nobles como globales y estar rodeado de amigos simpáticos y musicales con sólo pisar los aeropuertos. Volver luego a este primer mundo asqueroso y criminal y contar lo que está pasando en los cerros de Colombia y en las favelas de Brasil. Tener una novia de 20 años, ojos claros, cintura de tabla y grandes pechos. Tener un discurso vendedor, ser millonario, sencillo y que todos me encuentren la razón.


No, ya no quiero ser Manu Chao: ser el líder natural de un rebaño conformado por jóvenes intelectuales europeos con sentido de culpa, y por otro puñado de latinoamericanos, de los sectores que sueñan ser progres. Saber que todos esperan de mí una frase célebre, una denuncia impactante, una vida ejemplar.

 

Que se busca la consecuencia en cada uno de mis actos y que, sin notarlo, me he convertido en un funcionario del anti-sistema. Que en cada bar me ofrezcan cerveza, hachís y que no pueda decir que no, porque me gusta la marihuana, me gustas tú.

 

Día 4: Tarde. Universidad Autónoma de Barcelona, Bellaterra.


En la UAB hay una manifestación en contra de la LOU (Ley Orgánica Universitaria) y en contra de quienes promueven el nuevo reglamento: el Partido Popular de Aznar. Las clases están suspendidas y en los patios universitarios se bebe cerveza y se escucha Manu Chao. Su música es alegre, contagiosa, ideal para acompañar una revuelta universitaria donde nunca va a llegar la policía, a no ser que sea para pedir que bajen la música, por los vecinos. Ideal para donde sólo habrá pistolas, si se organiza una guerra de agua y donde el único humo visible es el del hachís mezclado con tabaco.


La lírica en las canciones de Chao es tan básica, tan sin pretensiones, tan elemental, que da gusto. Su fuerte son los ritmos, una mezcla de pachanga, candombe, reggae y vallenato. Todos ritmos latinoamericanos que ese nuevo conquistador saqueó para llevarse a Europa. Pero Manu no tiene la culpa. ¿O es acaso responsable de que los grupos musicales de América Latina hayan obviado sus ritmos ancestrales para tratar de ser rockeros anglos y conquistar la lista de los Billboard? Mientras en nuestros países vivimos mirando a Estados Unidos, con los pantalones abajo y la boca abierta, un francés vestido como el Chavo del Ocho se llevó baúles y baúles con nuestra música y ahora es un líder mundial. Gol de Manu. Gooool.


De su paso por Mano Negra, su legendaria primera banda, Manu Chao publicó los discos Patchanka, en 1988; Puta’s Fever (¡Sífilis!), en 1989 (disco con el que acompañó a Iggy Pop en su gira por Estados Unidos, y que, pese a su éxito, la banda descartó la idea de hacer carrera en el país soñado por los músicos del sur); King of Bongo, en 1991; un disco en vivo, en 1992, llamado In the Hell Patchinko, grabado en una gira por Japón; y Casa Babilón, en 1994. Clandestino, el primer disco de Manu Chao en solitario, 1998, iba a ser lanzado por Mano Negra. Pero vinieron las peleas. Los abogados. Las demandas por el nombre del grupo. Toda una guerrilla de declaraciones, tinterillos e intereses millonarios, muy lejos del estilo de vida descarriada de los músicos clandestinos.

 

Día 5: Noche. Concierto-Bar, Terrasa.


—Tenemos la obligación de luchar por un mundo mejor —grita Chao, con su voz de payaso, a sus 200 acólitos que han llegado esta noche al suburbio barcelonés de Terrasa.


De vez en cuando, Chao hace este tipo de conciertos, algo íntimos, casi nada promocionados (apenas fotocopias en los bares del Gótico) y que él mismo define como ensayos con público. “Si seguimos así, con este puto mundo tan malo, nos daremos contra una pared”, y todos aplauden, algunos chicos empuñan la V de la victoria y una chica rubia, que parece alemana, levanta un libro rojo cuya portada lleva la cara del francés. No es un detalle menor. Se trata de Manu Chao: música y libertad, un libro que acaba de publicar la multinacional Mondadori, escrito por el desvergonzadamente zalamero periodista Alessandro Robecchi, en el que califica a Chao con títulos del tipo “el líder de una nueva juventud”, “el salvador del anti-sistema”, “el motor de muchas causas”, “su vida es la libertad misma”, y otras alabanzas de semejante calaña.


Terrasa es un sitio pobre dentro de los parámetros españoles. La mayoría de los asistentes al recital viene de otros lugares de Barcelona. Sin embargo, a pocas cuadras de donde ha sido el concierto, está el Cataclismo, una fuente de sodas donde se reúnen los ilegales sudamericanos. Pero no son como los latinos que siguen a Manu junto a sus novias europeas. No. Estos son de los feos, de los negros, de los peruanos y bolivianos y ecuatorianos que no pueden llevar el pelo largo porque no se los permiten en el sitio donde limpian baños. De esos que tratan de vestirse muy correctamente y se perfuman con la camisa dentro del pantalón y llevan lustrosas chaquetas de cuero para que no los detenga un policía en la calle.

 

De esos ilegales que dejaron sus países porque no tenían un peso y, aprovechando el ofertón del mundo global, vinieron en busca de unos sueños que ahora son pesadillas. En resumen, de esos por quienes lucha Manu Chao. Es por el futuro de estas cuatro parejas, de estas ocho personas que se emborrachan con cerveza en su único día libre del mes, por quienes evangeliza Manu Chao.


Pero en el Cataclismo, todos bailan y corean “Fueee por una ráfaga de amoooor”, del grupo Ráfaga, y levantan los brazos y hacen el trencito y el túnel y sólo empuñan la mano para levantar el vaso cervecero que terminará haciéndoles perder el juicio. Ninguno de ellos sabe que a unos cuantos metros de allí, casi de manera clandestina, acaba de hacer su aparición el Comandante Manu Chao. Y qué les importa: ellos sí saben que no existe un mundo mejor.


—Necesitamos un mundo mejor. Cambiemos el mundo —insiste Manu.


Y hay una sorprendente semejanza con las frases que gritaba Danny el Rojo, líder del movimiento del Mayo Francés y que ahora, viejo y ecologista, acaba de ser sometido a juicio en Alemania por pedofilia. Y antes de que los muchachos de Radio Bemba se lancen a tocar, Manu Chao susurra a capela, “Tú no tiene la culpa, mi amor, que el mundo sea tan feo”. Y el alarido de las chicas, con sentimiento de culpa por ser hijas de un padre con demasiados empleados, no se hace esperar. Esa es la gracia de Manu. Así como Ricky Martin pudo atravesar fronteras y embobar a las adolescentes descocadas del norte y del sur, Manu Chao ha cruzado el charco y unido a los jóvenes-sensibles-e-idealistas de ambos lados del planeta. Todo un mérito, y eso se debe reconocer honestamente.

 

 

Aunque, cuando termina el show, otra vez trato de hablar con Manu, y otra vez aparece ese amigo gordo con cara de ex-boxeador que me detiene y me prohíbe acercarme.

 

*Texto publicado en Etiqueta Negra (2008).

Comments

comments