Por Indira Kempis

Ciudadanos como José David Medina o Rubí Ortiz se han convertido en piezas claves en los barrios que enlazan a las comunidades con otros actores de la localidad o autoridades gubernamentales. La participación comunitaria es, de hecho, el pilar de los procesos políticos y de infraestructura generados en Medellín, Colombia, lugar en donde viven y son originarios.

De ellos casi no se habla. Quizá porque lo inhóspito de esta historia tiene que ver mucho más con su forma de gobierno como de gestión. Sin embargo, son estos ciudadanos participativos lo que ha mantenido en “jaque” a los grupos de poder y a la vez han alimentado la movilización social que sostiene gran parte de las propuestas, posturas o trabajo de las organizaciones de la sociedad civil.

Aunque no son parte de la función pública, en Medellín a partir de la llegada a estas instituciones de lo público de ciudadanos participativos, estas corporaciones como les llaman –no todas- trabajan o con el gobierno o inciden mediante tales asociaciones en las políticas públicas. Su trabajo comunitario “de base” es fundamental para comprender los cambios de los últimos 20 años en Medellín.

Precisamente, sobre el valor de tales diálogos, mesas de debate, propuestas técnicas, Sergio Fajardo admite en conferencia que lo que ha pasado en Medellín en cuanto avances innovadores en urbanismo no es producto de la casualidad o la imaginación e incluso conocimientos de los grandes urbanistas o arquitectos, sino de la política. No politiquería que es distinto, sino de la política que reside en voluntades diversas que tampoco caen solamente en los políticos de partido, sino en cada uno de los ciudadanos que está dispuesto a organizarse para la gestión.

Esa voluntad política que nos pertenece a todos tampoco es una obligación moral únicamente. En sí misma es un derecho que nos confieren las constituciones (o acuerdos legales) en el mundo. Por tanto, cuando le explico a Rubí la difícil situación de Monterrey no me concentro ni en las vialidades, ni que somos la tercera ciudad más contaminada de México, ni que tenemos políticos corruptos y violencias que se siguen expresando en actos delictivos que van desde la casa hasta las calles pasando por el tráfico de armas, de drogas y de mujeres. Más bien prefiero admitir casi con vergüenza tres cosas que me parecen los puntos débiles de cualquier tema que pretendamos transformar en Monterrey:

  1. Organizaciones asistencialistas. La SEDESOL también lo ha diagnosticado y no solamente las organizaciones de la sociedad civil de la ciudad trabajan sus temas con este enfoque, sino es el “síndrome” en todo el país. Más del 80 por ciento de éstas son de tipo asistencialista.

  2. Falta de una Ley de participación ciudadana que cobije de manera legal las iniciativas ciudadanas en diversos estados de la República Mexicana. Aunque la ley no cambia nada en sí misma pero representa un marco regulatorio que puede dar origen, por ejemplo, a candidaturas independientes como las que hicieron que Enrique Peñalosa, Antanas Mockus o Sergio Fajardo llegaran a las Alcaldías en Colombia.

  3. No se respeta a las comunidades de base. Hay organizaciones comunitarias que están haciendo desde hace años trabajo profundo y progresivo en sus entornos. Tal es el caso de Tierra y Libertad, por mencionar un ejemplo añejo. Sin embargo, como hemos construido en la práctica con sus narrativas jerarquías de “arriba para abajo”, no las reconocemos públicamente como actores del cambio. O bien, es más sencillo o cómodo generar discursos mediáticos de las organizaciones empresariales, las gremiales o las que pretenden hacer política sin si quiera decir abiertamente que hacen política.

Antanas Mockus, en el diagnóstico que realizó su Corporación, diagnostica a Monterrey como una de las ciudades menos participativas en el mundo en comparación a otras que también se compararon en el mismo estudio. Siendo así, ¿le estamos “pidiendo peras al olmo? La situación social es crítica cuando no se cuentan con los recursos humanos para la transformación. No obstante, eso tampoco quiere decir que todo esté perdido. Al menos, con los pocos que hay haciendo algo por, se podría otorgar, como dicen por ahí, el beneficio de la duda. 

Comments

comments