Actuar en nombre de Dios es una vieja costumbre que la historia ha contado con lanzas, cabezas rodando y gente explotando en confeti.

El pasado domingo, la alcaldesa Margarita Arellanes nos ilustró recordando que la ciudad de Monterrey fue fundada en nombre del Todopoderoso. No mencionó sin embargo, que quienes suscribieron el acta habían aniquilado a los antiguos habitantes que no comulgaban ni masticaban la palabra del Señor.

El numerito de Arellanes llegó a su clímax cuando le entregó la ciudad a Jesucristo y le abrió las puertas a Dios, reconociéndolo como la máxima autoridad. “Sin su presencia y ayuda no podemos tener éxito real”, dijo.

Dios. 

El discurso se hizo célebre en unas horas. Vítores y aplausos por un lado, reproches y chistes corrosivos por el otro.

Si Dios nos creó a su semejanza, como lo dice el libro de cabecera de Arellanes, ¿Por qué invocar con tanto entusiasmo a alguien que igual tiene sueños como desoladoras noches en vela?

Margarita le abre las puertas a Dios, el otrora joven entrepreneur que ante la inmensidad de la nada se inventó una galaxia, un sol, un planeta, y un día de ocio creo al hombre y de su costilla a la mujer. Ese ser divino a quien, desde el temita de la manzana, se le comenzaron a escapar las cosas de las manos.

¿Su presencia? ¿Su ayuda? Civilizaciones enteras derramando sangre en su nombre no terminan en actos divinos, sino en desconcierto y puños de tafiles. Si Dios nos hizo a su semejanza, ya nos abandonó y ni cómo culparlo.

A veces Dios regresa como lo hace un criminal amateur a la escena del crimen y en los informes celestiales encuentra la invitación de Margarita para hacerse de la ciudad. El eterno sólo atinaría a responder “¿Tipo?”

“No sé por qué vengo”, debe preguntarse, al tiempo que revisa un Power Point de lo que sucede en la ciudad en la que ahora es máxima autoridad. “Vivimos en una nación que canta día a día que el destino eterno de los mexicanos por el dedo de Dios se escribió”, dice la rubia alcaldesa, al tiempo que un hombre es degollado en un código postal contiguo.

La esperanza que tenemos en Dios debe ser la misma que Dios nos perdió a nosotros. Un vistazo a la humanidad basta para arrepentirse de su magnánima promesa a Noé. Antes de retirarse de nuevo programaría un par de terremotos, una epidemia, tres tsunamis y un meteoro. Nos dejará vivir, pero en largas sesiones de terapia confesará su deseo de desaparecernos entre llamas y relámpagos.

En otros rincones del Universo, Dios apapacha su última obra. Otra Tierra, pero con otro nombre y otros habitantes. Un trabajo de un ojo maduro, de una mano con experiencia, de un Dios que ha aprendido de sus errores y del que sus habitantes no se cuelgan ni para ganar territorios ni para salvarse de turbulencias.

No le den las llaves de la ciudad. Mejor, en nombre de Dios Todopoderoso, déjenlo en paz.

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