Por Josué Salvador Vásquez Arellanes

Titulo: Museo / Año: 2018 / Duración: 128 min. / País: México / Dirección: Alonso Ruizpalacios

Toda luna. Todo año.

Todo día, todo viento.

Camina y pasa también.

También toda sangre llega

al lugar de su quietud”.

⋆ ⋆ ⋆ ⋆ ⋆ Deje todo y corra a verla

De entrada Museo no es una reconstrucción exacta del llamado infame robo al Museo Nacional de Antropología e Historia (MNA) de la ciudad de México en 1985, perpetrado por dos jóvenes de la colonia Satélite en pleno 25 de diciembre; sino una revisita al suceso desde un punto de vista particular: el del personaje de Benjamín Wilson (Leonardo Ortizgris) quien funge como narrador omnisciente de este recuerdo y al mismo tiempo como alter-ego del director, prometedor Alonso Ruizpalacios.

Bajo la mecánica de un cubo de Rubick, Ruizpalacios mueve las piezas de esta historia para jugar con las combinaciones entre sus diferentes caras, refractando la luz de los hechos en el prisma del lenguaje cinematográfico para descomponerlos en sus “colores” básicos, y tratar de responder una pregunta medular: ¿Dónde comienza la idea de un robo? Aunque de entrada sospeche que nadie puede saberlo.

Juan Núñez (Gael García Bernal) se no presenta como un protagonista en plena encrucijada existencial, producto quizá del ocio de vivir en una familia clase media, del impase previo a su tesis para ser veterinario, o de una aguda conciencia nacional que le hacen detestar los extranjerismos tanto como los cupcakes; pero que es insistente y manipulador como para hacer de Wilson su Virgilio en este descenso a los límites claroscuros de la amistad, pues aunque Wilson no lo sospeche, Juan cual clavadista de Acapulco, está a punto de hacer un salto al vacío.

En Museo la narrativa estricta y formal queda en segundo plano para dar cabida a la construcción de atmósferas, como la cena de Navidad donde los niños juegan “zapatito blanco, zapatito azul” mientras de fondo suena Los Dientes de Pánfilo y una madre les dice que no se llenen con la botana, alguien más llega con los bolillos y una sidra, al momento en el que el tío presenta a su nueva novia ante los ojos reprobatorios de algunos; pero qué importa, lo importante es que se tiene una familia con quien celebrar.

Pero a Juan le choca todo esta invención del capitalismo, y en vez de vestirse de Santa Claus hubiera preferido disfrazarse de Quetzalcóatl, así que mientras su familia le dice “de duende te hubieras vestido” y discute temas de importancia como el traslado de Keiko a Reino Aventura como una cortina de humo, él bromea con que harán de la ballena Tacokeicos para después consumar su venganza de la serpiente emplumada, ejecutando un genocidio de las ilusiones navideñas de sus sobrinos. ¡Toma eso Halcón Milenario!

Mientras Juan le regala a Wilson un casete con La Noche de los Mayas de Silvestre Revueltas, también le dice que no hay marcha atrás, que no serán como la bola de pendejos que son sus familias, ellos deberán como guerreros forjar su propio destino, hacer la diferencia, aunque sólo estén seguros un 80% de ello, o un 60. Un destino forjado con clavos, alambre de cobre, acetona y éter, y consumado en medio de la noche, entre más sombras que luces y un penacho de Moctezuma que ya fue robado pues el que tenemos es una réplica; una noche de la que para escapar habrá que descender y mirar de frente a un pasado que parece vivo. Una noche en la que Juan y Wilsosn resurgirán como los tlatoanis de Naucalpan.

Durante la escena del robo Ruizpalacios da un giro más al “cubo de Rubick” y hace un juego simulando el efecto de tomar fotografías a través de personajes que se quedan quietos en plena acción y el sonido de obturación de una cámara, como si quisiéramos engañar a la mente implantando imágenes mentales de algo que no vimos pero que existió, como si recuperáramos o inventáramos viejas fotografías olvidadas.

De regreso Juan conocerá la versión extraoficial de cuando su padre quemó la casa donde vivía, dejando claro que de jóvenes todos cometemos estupideces, pero que tampoco falta quien nos pueda salvar; menos a Juan, quién ya está caminando cerca de los monstruos donde “no te salva ni San Juditas”, un sitio extraño de la realidad en que la figura paternal se hace espectralmente presente en la confusión de la duermevela.

Un pitillo de afilador anuncia el inicio de un nuevo día, Jacobo da las noticias en una TV Goldstar 1985 anunciando el robo como un acto de lesa cultura (¿?), y mientras la familia Nuñez reprueba el hecho, Juan y Wilson salen a Palenque. Pero al igual que en Güeros, Ruizpalacios rompe la realidad para resolver la tensión al jugar de nuevo con lo meta-real: En un retén militar un soldado reconoce a Juan (Gael) como un actor famoso, por lo que le pide su autógrafo y lo deja pasar, dejando entrever en algo tan irreal y arbitrario en la ficción, pero tácitamente mexicano en la realidad.

En Palenque Juan comprueba que ni los guías de turistas trasmiten con exactitud la historia de los Mayas, y mientras se habla de ofrendas expresas y profanas, no sabemos qué es más profano, si haber robado estas piezas o hablar de lo hermosas que son mientras de fondo se oye una sexy comedia mexicana.

Se menciona que el tal Bossco les metió la idea de que se podrían vender las piezas, que por eso idearon robarlas. Se habla de Carlos Castaneda y la lucha constante de ser un guerrero mientras se oye Tláloc Volador, una canción con voces de niñas entre mítica, escabrosa y surrealista. Hay un zoom a los insectos, un video juego de ‘maquinitas’, y cuando Wilson querrá regresar (con justa razón), Juan lo proclamará su Comandante Águila.

Cuando llegan con el posible comprador de las piezas hay un piano toca solo, un cuadro de Satélite y algo que a Juan le chocará: que sea un puto inglés el que las quiera comprar, desatando toda una disertación en forma de diálogo sobre si la arqueología es preservación o saqueo, sobre si el que paga las exploraciones es el dueño de las piezas, o sobre quién conoce y valora mejor la historia de México, un mexicano o un extranjero.

Un teléfono de monedas como los de antes será suficiente para recordarnos que son los 80, y llevar a Juan a Las Puertas del Paraíso, las cuales “están cerradas para usted”, le dicen. Un flashback rodea la idea de lo que significa ser un “sateluco” y explorar la idea de dejar de dar vueltas en el mismo pinche circuito para ir en línea recta y hacer algo distinto, ¿por qué no?, ¿por qué sí?

Ya en Las Puertas del Paraíso Ruispalacios vuelve a romper la estructura narrativa al incluir, por medio de su narrador la frase: “Y ahora, una pelea”, logrando con la iluminación que la pelea adquiera un grado casi épico como quien exagera una historia sólo para darle más sabor, y claro, todo al ritmo de un mambo.

En la historia original del robo hubo una vedette involucrada, pero a través del prisma de Museo está vedette se convertirá en Eugenia, una teibolera que no estará involucrada en el robo, pero que tampoco le importará usar las piezas prehispánicas para consumir cocaína o una cuba de brandy Presidente. ¡Salud!

En la parte final de la película se vuelven a repasar algunas sospechas de los motivos para que Juan cometiera el robo. ¿Qué buscaba? ¿Dinero, atención? Al parecer nada de esto. Quizá la respuesta este en el inicio y en el final de la película cuando a Juan se le prohíbe tocar la máscara y después tocar la vitrina, porque más allá de que no le gusta que le digan qué hacer, a Juan le revienta que los antropólogos se pongan tan exquisitos con las piezas cuando ellos las han hurtado, y que al ponerlas en aparadores se sacraliza una historia que se vuelve impersonal, académica y de poco significado para el público.

Así que al igual que cuando la Mona Lisa se volvió famosa después de ser robada y recuperada, Juan posiblemente se roba las piezas del MNA para ponerlas en el centro del escándalo, algo que siempre atrae el morbo de la gente, pero que quizá sea la mejor forma orgánica que encontró para que se interesaran en al menos visitar el museo. Pues tal y como lo dijo el intelectual de los gatos (Monsiváis), “el logro de los ladrones es que los mexicanos recordaran que nadie sabe lo que tiene hasta que o pierde”.

Es la forma que Juan encontró de chingarse al sistema, y que al recibir la ficha número 43 ya “no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él”. Por eso es que en la última toma de Museo, veremos a Juan como un guerrero, rodeado, acorralado, pero dispuesto a enfrentar y mirar de frente a su Mictlán.

*Cinefágo: El que tiene el hábito de comer y devorar cine.

@JosueCinefago

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