Por Kaizer Cantú

Mariano Mitello bajó de una montaña, salido de entre casonas de piedra blanca y campanazos de parroquia. Bajó y bajó hasta llegar al otro lado del océano, muy lejos de Montemaggiore, muy lejos de Palermo.

Era el año 1907 cuando Mitello apareció en México. Entró por Piedras Negras, Coahuila, y de ahí tardó poco en pisar Monterrey, su otro hogar entre los montes, el que araña las faldas de la roca. Con él llegaron los sueños del capital y una nevería para el Callejón Sor Juana. Después, en 1922, vino el Teatro Lírico.

Por ahí flotan fotografías de la calzada Francisco I. Madero capturadas durante los años 20. Casi un siglo nos separan de tan elegantes sombras. Aquellas líneas son de otras arquitecturas, de otros rostros, de otros tiempos que ya nos parecen por completo ajenos; la abundancia de árboles, el pavimento bien segmentado en cuadrícula y el porte de los faros son cosa del recuerdo regio, de la historia que con frecuencia se nos pierde tras el horizonte

Quienes todavía pueden atisbar aquella calzada Madero ven los borrones dibujados con paseantes y automóviles en tránsito. Las figuras disfrutan una caminata matutina o las luces de la tarde, tal vez incluso el espectáculo de la calzada en sí, la experiencia de recorrerla en buena compañía. Seguro ahí está también el Teatro Lírico, tragando personas con su boca de templo griego. Hacen fila y dan sus dineros para alimentar los rojos y dorados del espectáculo. Adentro hay pantalla y escenario, luneta y dos niveles de butacas; arriba cuelgan los mejor acomodados, abajo los demás, pero los ojos ven los mismos colores y las mismas muecas deformadas.

De acuerdo con el saber libresco, lo que hoy va por nombre de Cine Lírico sufrió la particular experiencia de la muerte y resurrección. Era febrero, año 1926, cuando llegaron los ventarrones. Cabalgaron el espacio como bandidos de mano invisible, confiados en que su caos quedaría impune porque el universo no les dio rostro. Las formas del teatro figuraban entre los caídos. Fue una pérdida digna de lamento, mas no por ello irremediable. El ingeniero Arturo Cedeño mandó a sacar al Lírico de su tártaro. Volvió a brillar su pantalla en 1946.

El edificio regresó vestido de blanco. La fachada asemeja una reproducción modesta de esos hoteles egipcios que frecuentan aventureros y arqueólogos en los paneles y palabras de los pulps. Cuatro columnas dóricas resguardan la entrada; por encima de ellas flota la tipografía roja que redacta el nombre del cine. La estructura se eleva unos tres o cuatro pisos hacia las nubes que no están. Una triada de ventanas intenta estirarse con el edificio y queda atrapada por marcos casi tan altos como la pared que los sostiene. Los ribetes del techo y los marcos están pintados de un marrón que en algún tiempo pudo ser rojo. Visto de lado, parece que el cine porta la máscara de otra estructura mucho más antigua.

El Lírico es una de las reliquias del espectáculo en Monterrey. Vino con los primeros años del cine en la ciudad a formar parte de los paseos de aura dominical, independientemente de si era lunes o jueves o sábado. Las familias llegaban solas o en caravana a inaugurar su tarde de recreo, algunas tal vez a darle un cierre espectacular. Podían llevar un refrigerio si así lo preferían o elegir uno de los restaurantes dispuestos por toda la calzada, pasando de los placeres del ojo y el oído a los de la boca y el olfato.

No era cosa de espanto ver las butacas a reventar de tanta cabeza bien peinada. Héctor Treviño, historiador regiomontano y hombre de prodigiosa memoria, recuerda en voz alta el fortísimo olor a Pinol que con frecuencia emanaba de las puertas del edificio hacia la calle. El número de personas era tal que los vapores de los cuerpos se mezclaban, impregnando las paredes y butacas con un aroma a persona. Cabe imaginar las cantidades ridículas de productos higiénicos que se necesitaban para mantener pulcro el lugar.

Con todo y los gentíos, quienes conservan el recuerdo esbozan tardes de maravilla. Los cinéfilos podían aguantar hasta cuatro o cinco horas de espectáculo. Si había ocasión, se alternaban películas con la tradición escénica de los grupos teatrales de paso. La segunda venida del Lírico concordó con los brillos de la mejor época del cine en México; la pantalla ciclaba charros míticos, mujeres de ojo esmeralda y el fino bigote de Mario Moreno “Cantinflas”.

El olvido es asesino aseado y paciente. A las autoridades les tomó poco abandonar el cuidado y mantenimiento de la calzada Madero, volviéndola otra línea de pavimento más en el centro de Monterrey. Han caído muchos de los edificios que la adornaron. Los que alcanzan a sostenerse van perdiéndose a trozos, intentando disimular la pena con una expresión solemne en sus arquitecturas.

El Lírico perdió la vida una vez más en 1997. La invasión de las cadenas de cine y su cohesión con las plazas comerciales fue suficiente. Además, Monterrey ya era terreno de máquinas que ruedan; sin estacionamiento hay poco negocio. Sigue en Madero, sobre la acera entre Juárez y Colegio Civil. La pintura está algo opacada, se ven grietas en sus columnas de esplendor griego, al costado hay ladrillo desnudo; del nombre sólo queda la transparencia de las letras vacías. A pesar de ello, el Lírico aún sostiene la majestad de sus facciones. Permanece bello incluso en la tumba; como máscara mortuoria su mejor rostro, el de las sombras sobre el papel fotográfico, el que difumina el recuerdo regiomontano.

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