Por T. E. Lawrence

Foto por Victor Hugo Valdivia de la serie: “Tamaulipas: reunión de seguridad, segura”

GUERRILLA, término utilizado habitualmente para designar la guerra llevada a cabo por bandas de manera irregular y desorganizada; equivocadamente escrita “guerilla”, es el diminutivo del español guerra. El estatuto de los combatientes irregulares fue uno de los temas tratados en la Conferencia de Paz de 1899, y las reglas adoptadas allí fueron reafirmadas en la conferencia de 1907. En ellas se establece que para disfrutar del reconocimiento como fuerzas beligerantes las bandas irregulares deben: (a) tener al mando a una persona responsable de sus subordinados, (b) portar una insignia o distintivo reconocible a distancia, (c) portar armas abiertamente y (d) atenerse en sus operaciones a las leyes y costumbres de la guerra. Las reglas, sin embargo, también establecen que en caso de invasión los habitantes del territorio que, al aproximarse el ejército invasor, espontáneamente toman las armas para resistir, deben ser consideradas a estos efectos como tropas beligerantes si portan armas abiertamente y respetan las leyes y costumbres de la guerra, aun cuando no hayan tenido tiempo para organizarse según lo estipulado en los requisitos anteriores. Estas reglas fueron tomadas casi palabra por palabra del proyecto redactado en la Conferencia de Bruselas de 1874, el cual, aunque nunca se ratificó, fue prácticamente incorporado a las regulaciones militares dictadas por el gobierno ruso con ocasión de la guerra de 1877-1878.

(T. B.)


Este estudio sobre la ciencia de la guerrilla, o guerra irregular, está basado en la experiencia concreta de la revuelta árabe contra los turcos en 1916-1918. Pero el ejemplo histórico adquiere a su vez valor del hecho de que su curso estuvo guiado por la aplicación práctica de las teorías descritas a continuación.

La revuelta árabe comenzó en junio de 1916 con un ataque de los mal armados e inexpertos grupos tribales sobre las guarniciones turcas en Medina y alrededores de La Meca. Se enfrentaron sin éxito, y a los pocos días de esfuerzo se retiraron fuera del radio de alcance del fuego enemigo y comenzaron un bloqueo. Este método forzó la pronta capitulación de La Meca, el más remoto de los dos centros. Medina, sin embargo, estaba conectada por ferrocarril con el grueso del ejército turco en Siria, y los turcos fueron capaces de reforzar las guarniciones en este lugar. Las fuerzas árabes que lo habían atacado se retiraron entonces gradualmente y tomaron una posición al otro lado de la vía principal a La Meca.

En este punto, la campaña se mantuvo en suspenso durante muchas semanas. Los turcos se prepararon para mandar una fuerza expedicionaria a La Meca con la intención de aplastar la revuelta en su origen, y así enviaron un cuerpo de ejército a Medina por tren. Desde allí comenzaron a avanzar por la principal vía occidental que une Medina con La Meca, recorriendo una distancia de unas 250 millas. Las primeras 50 fueron fáciles. Luego hubieron de atravesar un cinturón de colinas de 20 millas de ancho donde estaban apostados los grupos tribales árabes de Feisal a la defensiva, y después un tramo de 70 millas a lo largo de la llanura costera hacia Rabegh, algo más de la mitad del trayecto. Rabegh es un pequeño puerto en el Mar Rojo con buen fondeadero para barcos que estaba considerado como la llave hacia La Meca debido a su situación privilegiada. Allí se encontraba Sherif Ali, hermano mayor de Feisal, con más fuerzas tribales y lo que era el comienzo de un ejército regular árabe, compuesto por hombres y oficiales de sangre árabe que habían combatido en el ejército turco. Como era casi inevitable, a la vista de las líneas generales del pensamiento militar desde Napoleón, los soldados de todos los países tenían en cuenta sólo a los regulares para ganar la guerra. La opinión militar estaba obsesionada con el dictum de Foch según el cual las reglas básicas de la guerra moderna consisten en buscar al ejército enemigo, identificar su centro de poder y destruirlo en batalla. Los soldados irregulares, al ser incapaces de tomar posiciones, no eran considerados relevantes a la hora de tomar decisiones.

Mientras estos regulares árabes seguían entrenándose, los turcos comenzaron de pronto su avance sobre La Meca. Atravesaron las colinas en veinticuatro horas, probando así el segundo teorema de la guerra irregular –a saber, que las tropas irregulares son tan incapaces de tomar una posición como lo son de defenderla. Esta lección fue recibida sin gratitud, pues el éxito turco puso a la fuerza de Rabegh en situación crítica: incapaz de repeler el ataque de un solo batallón, debía enfrentarse a todo un cuerpo de ejército.

En la emergencia se le ocurrió a este autor que acaso la virtud de los irregulares radica en la profundidad y no en la superficie, y que fue la amenaza de su ataque al flanco turco del norte lo que había hecho al enemigo dudar por tanto tiempo. El flanco turco actual se extendía desde su línea del frente hasta Medina, una distancia de unas 50 millas: pero si la fuerza árabe se moviera hacia el ferrocarril de Hejaz, detrás de Medina, bien podría extender su amenaza (y por lo tanto el flanco del enemigo) potencialmente hasta Damasco, 800 millas más al norte. Semejante movimiento obligaría a los turcos a ponerse a la defensiva, y mientras, la fuerza árabe podría recuperar la iniciativa. En todo caso, ésta parecía ser la única posibilidad y así, en enero de 1917, los hombres de Feisal volvieron la espalda a La Meca, Rabegh y los turcos, y marcharon 200 millas al norte hasta Wejh.

Este excéntrico movimiento actuó como un hechizo. Los árabes no hicieron nada en concreto, pero su marcha puso en guardia a los turcos (que se hallaban ya a las puertas de Rabegh), los cuales volvieron a movilizar sus fuerzas otra vez hasta Medina. Allí la mitad de la fuerza turca se atrincheró alrededor de la ciudad, una posición que mantendría hasta después del armisticio. La otra mitad fue distribuida a lo largo del ferrocarril con el fin de defenderlo de la amenaza árabe. Durante el resto de la guerra los turcos estuvieron a la defensiva, mientras que los grupos tribales árabes fueron ganando ventaja tras ventaja: en el momento de firmar la paz habían hecho 35.000 prisioneros, matado, herido o rendido a otros tantos y habían ocupado 100.000 millas cuadradas de territorio enemigo con pocas bajas propias. Sin embargo, aunque Wejh habría de ser el momento decisivo, su relevancia no había sido aún comprendida. Por el momento, el movimiento hasta allí se contemplaba como un mero preliminar al corte del ferrocarril con el fin de tomar Medina, las bases turcas y la guarnición principal.

Estrategia y tácticas 

Sin embargo, desafortunadamente el autor estaba a cargo de la campaña en mayor medida de lo que deseaba, y al faltarle entrenamiento y formación de mando trató de encontrar una ecuación inmediata entre el estudio previo de la teoría militar y los movimientos presentes: como guía y base intelectual para la acción futura. Los libros de texto definían el objetivo bélico como “la destrucción de las fuerzas organizadas del enemigo” por “el único método de la batalla”. La victoria sólo podía comprarse con sangre. Esto era mucho decir, ya que los árabes carecían de fuerzas organizadas, de manera que un Foch turco no habría tenido un objetivo y, como quiera que las fuerzas árabes no sufrían bajas, un Clausewitz árabe no habría podido comprar su victoria. Estos hombres sabios debían de estar hablando con metáforas, puesto que los árabes estaban sin lugar a dudas ganando su guerra… y la reflexión posterior apunta en la dirección de que en verdad la ganaron. Habían ocupado el 99 por ciento del Hejaz. Bien podían los turcos quedarse con la fracción restante, hasta que la paz o el día del juicio les mostraran la futilidad de permanecer colgados del cristal de la ventana. Esta parte de la guerra había terminado, así que ¿para qué preocuparse por Medina? Los turcos se clavaban allí inmóviles, a la defensiva, abasteciéndose para alimentarse con los animales de transporte que los debían haber llevado a La Meca, pero para los que no había pastos entre sus ahora restringidas líneas. Allí eran inofensivos; en cambio, de haber sido hechos prisioneros habrían supuesto un coste en comida y guardias en Egipto, y de haber sido conducido al norte, a Siria, se habrían reintegrado en el ejército principal, bloqueando a los británicos en el Sinaí. Así que desde todos los puntos de vista estaban mejor donde estaban. Y además querían Medina y querían conservarla. ¡Dejadles pues!

Esta situación no se parecía al ritual bélico pregonado por Foch. Había una diferencia de base. Foch llamaba a su guerra moderna “absoluta”. En ella dos naciones que profesaban filosofías incompatibles se proponían probarlas a la luz de la fuerza. Un combate entre dos principios inmateriales sólo podía terminar cuando los partidarios de uno de ellos no tuviera ya medios para resistir. Frente a una opinión se puede discutir pero ante una convicción es mejor disparar. El final lógico de una guerra de credos es la destrucción final de uno de ellos, tal y como se describe en el libro Salambo. Este clásico bien puede describir el combate entre Francia y Alemania pero no, quizá, el que enfrenta a Alemania con Inglaterra, ya que todos los esfuerzos para hacer al soldado inglés odiar al enemigo han terminado simplemente por hacerle odiar la guerra. Por tanto, la “guerra absoluta” parecía ser tan sólo una modalidad de guerra, al margen de la cual podían discernirse otros tipos, como por ejemplo los enumerados por Clausewitz: guerras personales por motivos dinásticos, guerras de expulsión por razones partidistas o guerras comerciales por causas económicas.

Los árabes perseguían un objetivo indudablemente geográfico, el de ocupar todas las tierras de lengua árabe en Asia. Al llevarlo a cabo era posible que tuvieran que morir turcos, pero “matar turcos” no sería nunca ni una meta ni una excusa. Si los turcos se retirasen sin más la guerra acabaría. Si no, habría que expulsarlos, pero al menor precio posible, ya que los árabes estaban luchando por la libertad, un placer que sólo disfruta el hombre cuando está vivo. La siguiente tarea consistía en analizar el proceso: tanto desde el punto de vista de la estrategia, del objetivo bélico, la mirada sinóptica que ve cada cosa bajo el prisma de la totalidad, como desde el punto de vista que llamamos tácticas, que son los medios para la consecución del fin estratégico, los peldaños de su escalera. En cada uno se encontraban los mismos elementos, uno algebraico, otro biológico y un tercero psicológico. El primero parecía ser pura ciencia matemática, sin humanidad. Lo constituían condiciones fijas e invariables: espacio y tiempo, elementos inorgánicos como colinas, climas o vías férreas, el género humano considerado como una masa sin variedad individual, y todas las ayudas artificiales con que la invención humana ha prolongado nuestras facultades. Este elemento era esencialmente sistematizable.

Traducido al árabe, el factor algebraico tomaría primeramente en consideración el área a conquistar. Un cálculo eventual indicaba quizás 140.000 millas cuadradas. ¿Cómo iban los turcos a defender todo eso? Sin duda con una línea de trincheras, siempre y cuando los árabes fueran un ejército que atacara con las banderas al viento. Pero supongamos que fueran una influencia, algo invulnerable, intangible, sin frente ni retaguardia, que se mueve como el gas. Los ejércitos son como plantas, inmóviles como un todo, enraizados, nutridos por largas ramas que llegan hasta la cabeza. Los árabes eran como un vapor llevado por el viento. Nuestros reinos estaban vivos en la imaginación de cada uno, y como no nos hacía falta nada en concreto para vivir, podríamos no haber expuesto nada en concreto a las armas enemigas. Un soldado resulta inútil sin un blanco, pues posee sólo el suelo que pisa y subyuga únicamente lo que puede apuntar con su rifle. El siguiente paso sería estimar cuántos puestos necesitarían para contener un ataque en profundidad, en el que la sedición alzara la cabeza en cada una de las 100.000 millas cuadradas sin atrincherar. Tendrían necesidad de un fuerte cada cuatro millas cuadradas, y cada uno de estos puestos no podría tener menos de veinte hombres. Los turcos necesitarían 600.000 hombres para enfrentarse con los rencores combinados de todos los árabes locales. Tenían 100.000 disponibles. Por tanto, las ventajas en esta esfera parecían caer del lado árabe, y clima, vías férreas, desiertos y tecnología podían también vincularse a sus intereses. El turco era estúpido y creería que la rebelión era absoluta, como la guerra, y lidiaría con ella usando las tácticas de la guerra absoluta.

La humanidad en batalla 

Hasta aquí el elemento matemático. El segundo factor era biológico, el punto de ruptura, vida y muerte, o mejor, desgaste natural. Bionómico parecía ser un buen nombre para este componente. Los filósofos de la guerra habían hecho de él propiamente un arte y elevado una de sus peculiaridades, “la efusión de la sangre”, a la categoría de principio. Se convirtió en la humanidad en batalla, un arte que toca cada aspecto de nuestro ser. Teníamos una línea de variabilidad (el hombre) que atraviesa todos sus cálculos. Sus componentes eran sensibles e ilógicos; los generales se guardaban a sí mismos recurriendo a la reserva, que era el instrumento más relevante de su oficio. Goltz había dicho que cuando conoces la fuerza del enemigo, y éste la ha desplegado completamente, entonces ya sabes lo suficiente como para poder olvidarte de la reserva. Sin embargo, esto no sucede nunca. Siempre cabe la posibilidad del accidente, del defecto en los materiales –algo siempre presente en la mente del general, que inconscientemente espera que la reserva supla tales eventualidades. Hay un elemento sensible en las tropas que no puede expresarse en cifras, y el comandante más grande es aquel cuyas intuiciones más cerca están de cumplirse. Nueve décimas partes del hecho bélico son abarcables mediante las tácticas militares, las cuales se enseñan en los libros, pero el décimo irracional, martín pescador que vuela visto y no visto por la charca, es la piedra de toque de un general. Ante ella sólo vale el instinto afilado por el pensamiento, el golpe ensayado tantas veces que en la hora crítica es tan natural como un reflejo.

Mas limitar el arte al elemento humano supondría un estrechamiento inapropiado; debe aplicarse a los materiales tanto como a los organismos. En el ejército turco los materiales eran escasos y preciosos, los hombres eran más abundantes que el equipo. Consecuentemente, había que empezar por destruir no el ejército, sino los materiales. La muerte de un puente turco o de un tren, máquina, cañón o explosivo era más rentable que la muerte de un turco. En aquellos días, el ejército árabe era ante todo cauto. Los hombres, al ser irregulares, no eran unidades sino individuos, y una pérdida individual es como un guijarro que cae al agua: el golpe podrá ser breve, pero su ausencia la nombran anillos de pena. El ejército árabe no podía permitirse tener bajas. La cuestión de los materiales planteaba menos problemas. Básicamente, se trataba de hacerse superiores en algún aspecto que pudiera considerarse decisivo, como el de las ametralladoras o cualquier otro. Foch había formulado la máxima, aplicada a los hombres, de que hay que ser superior en el momento crítico del ataque. El ejército árabe bien podía aplicarla a los materiales, y ser superior en equipo en el momento y en el ámbito precisos.

Para ambos, hombres y objetos, se podría dar a la doctrina de Foch un lado negativo y retorcido, en plan barato, y ser más débil que el enemigo en todos los aspectos excepto en uno. La mayoría de las guerras son guerras de contacto, ambas fuerzas pugnan por seguir en contacto para evitar dar lugar a la sorpresa táctica. Pero la guerra árabe debía ser una guerra de separación: contener al enemigo mediante la amenaza silenciosa de un vasto desierto desconocido, sin revelarse hasta el momento preciso del ataque. Este ataque era sólo nominal, de manera que no consistiría en identificar los puntos débiles del enemigo, sino sus materiales más accesibles. Si se trataba de cortar una vía se escogía un tramo vacío. Esto era un logro táctico. A partir de esta teoría se desarrolló en último término el hábito inconsciente de no entrar jamás en contacto con el enemigo; lo cual a su vez congeniaba con la exigencia numérica de no ofrecer nunca un blanco al soldado enemigo. Muchos turcos del frente árabe no tuvieron ocasión de disparar un tiro durante toda la guerra, con lo cual los árabes no se encontraron a la defensiva salvo en contados accidentes. El corolario de una regla tal era la necesidad de perfecta “inteligencia”, para que los planes pudieran ejecutarse con total certeza. El agente principal debía ser la cabeza del general (De Feuquière dijo esto primero), y su conocimiento debía ser brillante, sin dar pie a los contratiempos. El cuartel general del ejército árabe sufrió quizá más quebraderos de cabeza que cualquier otro personal en el cumplimiento de este deber.

La multitud en acción 

El tercer factor al mando parecía ser psicológico, esa ciencia (Jenofonte la llamó diatética) de la que nuestra propaganda no es sino una parte sucia e innoble. Es el que concierne a la multitud, al ajuste del espíritu hasta que está preparado para explotar en acción. Es el que considera la capacidad de coraje de los hombres, sus complejidades y su mutabilidad, y el cultivo de lo que en ellos beneficia la intención. El mando del ejército árabe debía poner las mentes de sus hombres en orden para la batalla, cosa que hacía de forma tan meticulosa y formal como otros oficiales ordenaban sus cuerpos. Después, y en la medida de lo posible, se ponían en orden también las mentes del enemigo, la de la nación que lo apoyaba tras la línea de fuego, las de las neutrales que miraban y la mente de la nación hostil a la espera del veredicto.

Era lo ético en la guerra, y de este proceso dependía principalmente el mando para la victoria en el frente árabe. La prensa escrita es el arma más grande en el arsenal del mando moderno, y los comandantes del ejército árabe, siendo amateurs en este oficio, comenzaron su guerra en la atmósfera del siglo XX, pensando en las armas sin prejuicios, sin distingos sociales entre ellas. El oficial regular tiene tras él la tradición de cuarenta generaciones sirviendo a soldados, y para él las armas antiguas son las más honorables. El mando árabe debía preocuparse pocas veces por lo que hicieran sus hombres, pero muchas por lo que pensaran, siendo la diatética para él más de la mitad del mando. En Europa esta cuestión se dejaba un poco de lado y se confiaba a hombres externos al cuerpo general, pero el ejército árabe era físicamente tan débil que no podía permitirse que el arma metafísica se oxidara en un rincón. Había ganado una provincia cuando los civiles en ella habían aprendido a morir por el ideal de la libertad: la presencia o ausencia del enemigo era un asunto secundario.

Estos razonamientos mostraban que la idea de asaltar Medina, o incluso de sitiarla hasta que se rindiese, no se correspondía con la mejor estrategia. Más inteligente era dejar al enemigo quedarse en Medina, así como en cualquier otro lugar inofensivo, con cuantos más hombres mejor. Si el enemigo mostrase una disposición a evacuar demasiado pronto, como paso previo para concentrarse en un área pequeña en la que poder imponer su número con eficacia, entonces el ejército árabe tendría que intentar restablecer su con-fianza, no brusca sino paulatinamente, reduciendo sus empresas contra él. Lo ideal era mantener su línea ferroviaria funcionando lo justo, sólo lo justo, y con el máximo de pérdidas e inconveniencias.

El ejército turco era un accidente, no un objetivo. Nuestro verdadero objetivo estratégico era buscar su eslabón más débil y centrarnos sólo en él hasta que el tiempo derribara la pieza. El ejército árabe debía imponer una defensa pasiva lo más larga posible a los turcos (siendo ésta la forma más cara de guerra en absoluto), extendiendo a tal fin su propio frente al máximo. En términos tácticos debía desarrollar un tipo de fuerza muy dinámica y bien equipada, lo más pequeña posible, y utilizarla sucesivamente en diversos puntos distribuidos a lo largo de la línea turca, para obligar a los turcos a reforzar sus puestos de ocupación más allá del mínimo económico de veinte hombres. La capacidad de estos cuerpos de ataque no se medía teniendo en cuenta únicamente su fuerza. La ratio entre número y área determinaba el carácter de la guerra, y al tener cinco veces la movilidad de los turcos, los árabes podían medirse con ellos con la quinta parte de sus hombres.

Alcance sobre fuerza 

El éxito era seguro, y susceptible de ser probado sobre el papel tan pronto como se conociera la proporción entre espacio y número. El combate no era físico sino moral y, por lo tanto, las batallas eran un error. Todo lo que podía ganarse en una batalla era la munición que el enemigo disparase. Napoleón había dicho que era raro encontrar generales que quisieran entrar en batalla; pero la maldición de sus guerras consistió en que muy pocos podían hacer otra cosa. Napoleón había hablado en enojada reacción contra la excesiva finesse del siglo XVIII, cuando los hombres casi olvidaron que la guerra daba licencia para asesinar. El pensamiento militar posterior a Napoleón viró hacia su dictum durante casi cien años: había llegado la hora de volver un poco atrás otra vez. Las batallas son imposiciones a la parte que se cree más débil, y se hacen inevitables, ya por falta de espacio, o por la necesidad de defender una propiedad material más preciada que las vidas de los soldados. Los árabes no tenían nada material que perder, por lo que no tenían por qué defender nada ni por qué disparar a nada. Sus cartas eran la velocidad y el tiempo, no el poder de impacto, y éstas les dieron fuerza estratégica más que táctica. El poder de alcance tiene que ver más con la estrategia que con la fuerza. La invención de la carne en conserva había modificado la guerra terrestre más profundamente que la pólvora.

Las autoridades militares británicas no siguieron todos estos razonamientos, pero permitieron que se ensayaran en la práctica. Así, las fuerzas árabes partieron primero hacia Akaba, tomándola sin dificultad. Tomaron luego Tafileh y el Mar Muerto; después Azrak y Deraa, y finalmente Damasco, todo en sucesivas etapas estudiadas concienzudamente conforme a estas teorías. El proceso consistía en establecer escaleras tribales que proporcionaran una ruta segura y fácil desde las bases marinas (Yenbo, Wejh o Akaba) hasta las bases avanzadas de operaciones. Éstas se encontraban a veces a 300 millas, una distancia larga en tierras sin carreteras ni vías férreas, que sin embargo fue acortada por el ejército árabe gracias al cultivo asiduo del poder en el desierto y del control por medio de partidas de camellos del desolado, jamás cartografiado, mundo de arena que es todo el centro de Arabia, desde La Meca hasta Aleppo y Bagdad.

El desierto y el mar 

Por su carácter, estas operaciones tenían algo de guerra naval, en su movilidad, en su ubicuidad, su independencia de las bases y las comunicaciones, en su ignorancia de características básicas, de áreas estratégicas, de direcciones fijas, de puntos fijos. “Aquél que domina en el mar disfruta de gran libertad, y puede tomar tanto o tan poco de la guerra como desee”: aquél que domina en el desierto es igualmente afortunado. Partidas de camellos tan independientes como los navíos podían navegar con seguridad a lo largo de la frontera terrestre del enemigo, justo fuera del campo visual de sus puestos a lo largo de la línea de cultivo y hacer incursiones o asaltos en sus líneas cuando se considerase el momento más fácil o más propicio, contando siempre con una retirada segura a sus espaldas hacia un elemento en el que los turcos no podían penetrar.

La elección óptima sobre qué punto desbaratar en el organismo del enemigo venía dada con la práctica. La táctica consistía siempre en golpear y correr; no en presionar sino en impactar. El ejército árabe no trató nunca de mantener o mejorar una ventaja, sino que retrocedía y volvía a golpear en algún otro lugar. Usaba la menor fuerza en el menor tiempo y en el lugar más alejado. Continuar la acción hasta que el enemigo cambiara sus disposiciones para resistir hubiera supuesto romper el espíritu de la regla fundamental de jamás ofrecerle blanco.

La velocidad y el alcance necesarios eran conseguidos gracias a la frugalidad de los hombres del desierto y a su eficiencia con los camellos. En el calor del verano los camellos árabes pueden hacer con comodidad unas 250 millas sin beber, lo que representa tres días de marcha vigorosa. Este radio es mayor de lo que se necesitaba, ya que los pozos rara vez distaban más de 100 millas entre sí. El equipo de las partidas montadas tendía a ser sencillo, conservando sin embargo una superioridad técnica sobre los turcos en algún aspecto crítico. Venían de Egipto cantidades abundantes de ametralladoras ligeras, para ser utilizadas no como ametralladoras sino como rifles automáticos, herramientas de francotiradores, por hombres mantenidos en la ignorancia en cuanto a su mecanismo, para que así la velocidad de la acción no se viera entorpecida por el tiempo empleado en reparar la herramienta. Otro instrumento esencial lo constituían los explosivos potentes, y casi cada uno de los rebeldes estaba cualificado por experiencia en trabajos de demolición.

Carros acorazados 

En ocasiones, las incursiones tribales eran reforzadas con carros acorazados manejados por ingleses. Los acorazados, una vez que han encontrado una vía posible, pueden ir al paso de una partida de camellos. Durante la marcha a Damasco, a casi 400 millas de la base, eran abastecidos, primero con el combustible portado por los propios camellos de la caravana, y después desde el aire. Los carros son magníficas máquinas de lucha, decisivas allí donde pueden entrar en acción en las condiciones que les son propicias. Pero aunque ambos cumplen el principio básico de “fuego en movimiento”, los empleos tácticos de los carros y de las unidades de camellos son tan diferentes que su uso en operaciones conjuntas es difícil. Se observó que era desmoralizador utilizar juntas la caballería acorazada y la caballería sin acorazar.

La distribución de las partidas en las incursiones no era ortodoxa. Era imposible mezclar o combinar tribus, ya que no se gustaban o desconfiaban entre ellas. De la misma manera los hombres de una tribu no podían ser utilizados en el territorio de otra. En consecuencia, otro canon de la estrategia ortodoxa se rompía aquí, al seguirse el principio de máxima amplitud en la distribución de la fuerza, con el fin de tener a mano el mayor número posible de incursiones a la vez. Además, se añadía la fluidez a la velocidad mediante el uso de un distrito el lunes, otro el martes, un tercero el miércoles… lo cual reforzaba no poco la movilidad natural del ejército árabe, dándole ventajas impagables, pues la fuerza se renovaba con hombres frescos en cada nueva región tribal, y así mantenía su energía prístina. En un sentido real, el máximo desorden era su equilibrio.

Un ejército no disciplinado 

Igualmente curiosa era la economía interna de las partidas de combate. La máxima irregularidad y articulación eran las metas. La diversidad echaba a la cuneta la inteligencia del enemigo. El enemigo acumula información cuando los batallones y divisiones se organizan de forma regular e idéntica, hasta que finalmente infiere la presencia de un cuerpo por la disposición de las tres compañías anteriores. Los árabes, de nuevo, estaban sirviendo a un ideal común, sin emulación tribal, y por tanto no podía esperarse de ellos ningún esprit de corps. Los soldados se hacen casta, bien a base de dinero, uniforme o beneficios políticos, o bien como ocurre en Inglaterra, haciendo de ellos unos descastados, desarraigados de la masa de sus conciudadanos. Ha habido muchos ejércitos alistados voluntariamente, pero ha habido pocos que hayan combatido en condiciones tan agotadoras y en una guerra tan larga como la revuelta árabe. Cualquiera de los árabes podía irse a casa cuando la convicción le fallara. Su único contrato era el honor.

Consecuentemente, el ejército árabe carecía de disciplina, en la medida en que ésta restringe y asfixia la individualidad para obtener el mínimo común denominador de los hombres. En tiempo de paz, en los ejércitos regulares la disciplina impone el límite de energía alcanzable por todos los presentes; es la búsqueda no de un promedio sino de un absoluto, de un ciento por ciento estándar en el que los 99 hombres más fuertes son rebajados al nivel del peor. El fin es hacer de la unidad una unidad y del hombre un tipo, para que así su esfuerzo sea calculable, e incluso en grano y a granel el rendimiento colectivo. Cuanto más profunda es la disciplina más baja es la eficiencia individual y más previsible la realización. Es un sacrificio deliberado de capacidad con el fin de reducir el elemento de incertidumbre, el factor bionómico, en la humanidad alistada. Su acompañamiento es, en estos casos, la guerra social, esa forma de conflicto en la que el combatiente ha de ser el producto de los múltiples esfuerzos de una larga jerarquía, del taller a la unidad de abastecimiento, que lo mantiene en el campo de batalla.

La guerra árabe, al reaccionar contra todo esto, era simple e individual. Cada hombre que se enrolaba servía en la línea de batalla y se controlaba a sí mismo. No había líneas de comunicación o tropas de trabajadores. Parecía que en esta forma articulada de guerra la suma de los rendimientos de los hombres en solitario era por lo menos igual al de un sistema compuesto del mismo potencial, y era con toda seguridad más fácil adaptarse a la vida y costumbres tribales, dada la flexibilidad y el entendimiento por parte de los oficiales al mando. Por suerte para ellos casi cada joven inglés lleva en sí las raíces de la excentricidad. Eran sólo un puñado, no había más de un inglés por cada mil árabes, ya que un número mayor habría creado fricciones, simplemente porque eran cuerpos extraños (perlas si se quiere) en la ostra: y aquellos que estaban presentes controlaban por influencia y consejo, por sus conocimientos superiores, no porque ejercieran autoridad foránea.

La práctica consistía, sin embargo, en no emplear en la línea de fuego los grandes números que la adopción de un sistema “simple” teóricamente permitía. En vez de ello se empleaban en el relevo: de otra manera el ataque se habría extendido demasiado. Las guerrillas deben disponer de libertad de espacio para la acción. En la guerra irregular si dos hombres están juntos uno está siendo desperdiciado. La tensión moral que implica la acción aislada hace de esta forma de guerra simple algo muy duro para el soldado individual, y exige de él una iniciativa especial, resistencia y entusiasmo. Aquí lo ideal era hacer de la acción una serie de combates simples, para convertir los rangos en una feliz alianza de comandantes en jefe. La valía del ejército árabe dependía enteramente de la calidad, no de la cantidad. Sus miembros debían mantenerse siempre frescos, pues la lujuria sangrienta perjudicaría su ciencia, y su victoria dependía de un uso justo de la velocidad, la ocultación, la precisión del fuego. La guerra de guerrillas es de lejos más intelectual que una carga de bayonetas.

La ciencia exacta de la guerra de guerrillas Mediante la persistencia cuidadosa, mantenida estrictamente dentro de los límites de sus fuerzas y siguiendo el espíritu de estas teorías, el ejército árabe fue capaz eventualmente de llevar a los turcos a un estado de impotencia, y la victoria total parecía a la vista cuando el general Allenby dio un formidable golpe en Palestina que lanzó las fuerzas principales del enemigo a la desesperación y confusión definitivas, poniendo así un final inmediato a la guerra turca. Su Excelencia privó a la revuelta árabe de la oportunidad de seguir hasta el final la sentencia de Saxe de que una guerra puede ganarse sin librar batallas. Pero sí puede al menos decirse que sus líderes actuaron bajo su luz durante dos años, y que la obra resultó. Éste es un razonamiento pragmático que no puede ser del todo rechazado. El experimento, si bien incompleto, fortaleció la creencia de que la guerra o rebelión irregular podía demostrar ser una ciencia exacta, y un éxito inevitable, si se garantizaban ciertos factores y si se llevaba a cabo conforme a un esquema concreto.

He aquí la tesis: la rebelión ha de tener una base intocable, protegida no meramente del ataque sino del miedo al ataque: una base como la que la revuelta árabe tenía en los puertos del Mar Rojo, en el desierto o en las mentes de los hombres convertidos a su credo. Debe tener un enemigo extranjero y sofisticado, en forma de ejército disciplinado de ocupación demasiado pequeño para cumplir la doctrina de la extensión: muy pocos soldados como para ajustar el número al territorio, como para dominar con eficacia el área completa desde puestos fortificados. Debe contar con una población amistosa, no activamente amistosa pero simpatizante hasta el punto de no desvelar los movimientos rebeldes al enemigo. Las rebeliones pueden hacerse con un 2 por ciento de la fuerza en activo, siempre que el 98 por ciento pasivo simpatice con la causa. Los pocos rebeldes activos deben poseer las cualidades de resistencia, velocidad y ubicuidad, y contar con arterias de abastecimiento independientes. Deben contar también con el equipo técnico necesario para destruir o paralizar las comunicaciones organizadas del enemigo, ya que la guerra irregular viene a ser aquello que Willisen definía como estrategia, “el estudio de la comunicación” en su grado extremo, para atacar ahí donde el enemigo no está. En sesenta palabras: si se garantiza la movilidad, la seguridad (en la forma de negar blancos al enemigo), el tiempo y la doctrina (la idea de convertir a cada individuo en simpatizante y amigo), la victoria estará del lado de los insurgentes, pues los factores algebraicos son al final decisivos, y contra ellos las perfecciones de medios y de espíritu combaten del todo en vano.

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