Por Alejandro Heredia heredia.alejandro@yahoo.com.mx

Foto por Victor Hugo Valdivia (Comunidad trans en Monterrey)

Reducto de náufragos de lo cotidiano, anarquistas que se desprenden de la rutina con la mirada ensimismada en algún punto del infinito. Los habitantes del Chac son seres ampulosos de la ciudad. Ahí son notorias las huellas de la batalla existencial, las búsquedas de la juventud que no halla término en seres alados. Ir al Chac es un ejercicio de juglar: no importa que la guitarra esté desafinada, ni que el cantante sea menos entonado que Valentín Elizalde, ahí lo que importa es la expresión, la música como vehículo de la conciencia que desea adormecerse.

Y sí, señoras y señores, lo que importa es echar 10 pesos a la rocola y poner mil quinientas veces “Mrs. Crowley”, de Ozzy Osbourne, himnos de jóvenes de ayer y hoy, cumbias, rancheras, el corrido de Gabino Barreda o rolas de los setentas. El buen y mal gusto se rompe en géneros, y así se ponen atentos los sentidos. El calor de la noche se mide por los impulsos musicales de los comensales y por la velocidad en que son devoradas las caguamas.

La vida de una caguama (cerveza en botella tamaño familiar) es de corta duración en el Chac. Es el principal agente embriagador, utilizado como refresco muy preciado en los veranos peligrosos o como bebida mística, ya sea para contactar a los dioses que se dejan ver en la azotea del bar o también con el fin de instalarse en el muy confortable universo Chac. La caguama es una forma de cultura, la contradicción evidente de que a los regiomontanos les gusta lo vasto, la sensación del peso de la botella como seguro pasadizo al desentrañamiento de las injusticias de lo cotidiano.

Contradicción sublime: la caguama en el Chac Mool es bártulo del pensamiento crítico, pero también puede ser objeto arrojadizo y alienante de voluntades.

Pero obviamente todos los bares del centro tienen su historia, sus intimidades penosas, sus muertes violentas, su pornografía más truculenta. Los antros no son centros de luz y armonía; en el Chac, el reventón puede llevarte a la nada, después de una fatídica noche de cerveza y tequila, besos, abrazos y dulces mentadas de madre. Sin embargo, cada noche puede ser una posibilidad para hacer más estética una borrachera, entre pláticas con propios y extraños, compartiendo una sonrisa o meditando en lo profundo de la barra.

La vida de un bohemio podría ser resumida como la graciosa huida hacia los encantadores brazos del alcohol, pero viéndolo con mayor atención, es posible observar que todo el aparatoso trance de las noches en el Chac se puede resumir en una mesa con cáscaras de cacahuate, muchas botellas vacías y frases sueltas anotadas con prisa sobre las paredes del recinto.

Por si alguna duda había, las paredes del Chac atisban una deconstrucción del individuo, atajado por las películas hollywoodenses y las telenovelas mexicanas, neurotizado por los noticiarios a toda hora del día, por la realidad oficial o por la realidad culera. De tal forma que el único camino visible para los habitantes del Chac es el grafiti como invocación a la prehistoria, a un nuevo comienzo. Es el homenaje al hombre de las cavernas que solamente tiene por delante un futuro distinto. Por ello el Chac es el lugar ideal para construir teorías gravitacionales o sociales, para despotricar contra el gobierno y los medios, para orinarse en las instituciones y crear suspiros sin un gran presupuesto.

Quizá sea, el ciudadano Chac, un ser en peligro de extinción, pero probablemente sea igual o más resistente que las cucarachas que habitan todos los rincones en los que el ser humano echa raíces. Los horarios de cierre, el municipio, la marina, los soldados, los federales, la regia o la competencia, todo se confabula para irse pensando mejor las cosas, para enfiestarse, para pasearse por el centro de la ciudad. Si antes los toquines chacmoleros alcanzaban un buen nivel de audiencia, ahora las buenas consciencias victimizan a la fiesta, haciendo callar a los mariachis y bajándole el volumen a la rocola.

La ciudad de noche ya no tiene la dosis de adrenalina, la pax del narco la colma de bostezos; el centro de Monterrey está muerto y lo sabe, pero como los zombies de la enésima temporada de The Walking Dead, sigue moliendo y devorando historias. Porque el Chac Mool, dentro de la sensibilidad del público conocedor, tiene esos pequeños/grandes detalles que otros antros no tienen, para bien o para mal: los olores del Chac (las palomitas, el Ajax amoniaco, el Pinol y demás tufos espirituales), el segundo piso con su terraza y la fauna gatuna que merodea por todas partes; le han condicionado como el living de la catarsis.

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