Por Lydiette Carrión

 

El sábado 4 de octubre de 2014, una semana y un día después de la noche de Iguala, comenzó la danza de fosas y cadáveres. La colonia Pueblo Viejo, en las faldas de Cerro Gordo, es un conglomerado de terrenos que se adentran en el cerro, una vegetación de arbustos que reverdecen durante la época de lluvias y resisten el sol brutal de la árida región norte de Guerrero. Hay pocas casas, y sus habitantes procuran no saber lo que ocurre por las noches. Ahí, dijeron entonces, habrían llevado a los 43 muchachos, los obligaron a cavar tumbas sin nombre, los mataron, quemaron y enterraron.

 

Las autoridades hablaron de seis fosas, 29 cuerpos. Un policía estatal que formaba parte del perímetro dijo, a modo de filtración, que había de todo: cadáveres recientes, antiguos… ¿Por eso no dejaban entrar a la prensa?, ¿por eso está la Marina y la Policía Federal asegurándose de que no entre ni un periodista?, elucubraban reporteros a la espera. La prensa local recordaba que siempre les permitían el acceso cuando había fosas. Y es que si bien el mundo descubría horrorizado la existencia de un territorio sembrado de muertos, aquí esto no era inusual: El periódico El Sur hizo un recuento de hallazgos desde septiembre de 2012 hasta septiembre de 2014, es decir, durante la administración de José Luis Abarca como presidente municipal, ahora procesado por el caso de Ayotzinapa.

 

esos dos años, hubo al menos 8 hallazgos públicos en la región Iguala-Cocula-Taxco. Cuántos cuerpos fueron hallados no se sabe a ciencia cierta, ya que en un caso la prensa nunca pudo conocer el número, pero los de más incidentes suman más de 60.

 

Eso era antes de Ayotzinapa.

 

Después de Ayotzinapa se suman los 29 cuerpos del 4 de octubre, cuerpos que, se sabría pocos días después, no pertenecen a los normalistas. (Estos continúan desaparecidos)

 

Los padres de normalistas no se quedaron de brazos cruzados de brazos, y salieron a buscar. Peinaron cerros, valles, zonas alejadas, en la Laguna, Cerro Grande, Cerro Viejo…

 

Casi inmediatamente se presentaron familiares de otros desaparecidos, de aquellos a los que se habían llevado uno por uno: el padre de un hijo que habría ido a Iguala por alguna razón y nunca había regresado. Los parientes de una familia que tomó la carretera Paso de Morelos, y que se desvaneció para siempre. Se habla de entre 200 y 300 casos, la mayoría ocurridos en la zona de Iguala.

 

Cada grupo busca. Así, padres y madres han caminado los cerros de Iguala, Cocula, Taxco. Encuentran cerros llenos de botellitas de jarabe para la tos. Dicen que se las dan a los secuestrados, porque estos se enferman de pasar muchos días y sus noches a la intemperie. Han encontrado hoyos, unos con restos, otros sólo con ropa, zapatos, tules de ballet para niñas pequeñas, mochilas, tenis, juguetitos.

 

Cerros sembrados de muerte.

 

Sería iluso pensar que esto sólo ocurre en Iguala y los alrededores. Que sólo ahí se dio el matrimonio perfecto entre el crimen y el gobierno. Qué país es éste, en el que las fronteras entre Estado y crimen son tan borrosas que no es posible saber qué fue lo que pasó: si el crimen infiltró al gobierno, o éste transmutó poco a poco en crimen.

 

*Publicado en Periodistas por Ayotzinapa

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