¿Qué tan vivo está un mercado de abastos?

Por José Stalin Cruz

Fotografía:Marcos Sandoval Cruz

 

No sé qué hora es, los rayos del sol apenas entran por la inmensa nube que cubre el cielo gris. Como todos los sábados, me levanto rumbo a la Central de Abastos y voy en busca de la despensa semanal. Tomates, cebolla, jitomate, lechuga, plátanos, queso, quesillo y carne son algunos de los productos básicos que conforman mi dieta. Dispongo de 200 pesos para comprar y aguantar el hambre de la semana.


Camino rumbo al callejón del punto, muy cerca de la Panorámica del Fortín.

 

Bajo en una calle empedrada hasta encontrar la calle de Mórelos; de frente se encuentra la cárcel municipal; empiezo a descender por las escaleras del mercado Cuarto Centenario. Conforme bajo cada escalón, a mi lado derecho, una docena de comedores anuncian una infinidad de platillos a módico costo: enchiladas verdes, entomatadas rojas, huevos con jamón o con chorizo, salsa de huevo, salsa de queso, guías con tasajo, tlayudas con tasajo, chorizo y cecina enchilada. También a lo lejos se escucha el sonido de una guitarra acompañada por la voz de un hombre delgado con una gorra que trae bordado el logotipo de una conocida marca de pinturas. El hombre interpreta “Carabina treinta treinta”. Llego a la fuente que se encuentra sobre la Avenida Independencia y doblo a mi derecha con dirección al parque Madero. Veo personas caminar de un lado a otro, cada uno con su mirada perdida en su camino. Dos cuadras abajo me encuentro con la calle de Trujano, doblo a mi derecha con dirección hacia la entrada al mercado popular más grande de Oaxaca: la presumida Central de Abastos.


El puente amarillo advierte el soberbio desorden de la ciudad de Oaxaca. En la entrada del mundo mágico, el ruido y la zozobra acosan día y noche. Hay que estar alerta ante la cantidad de coches particulares, carros de servicio de pasaje que van a Xoxo, Nazareno, Col. Guelaguetza, Cuilapam de Guerrerro. “Montoya”, “Forestal”, “Santa Rosa”, y “Colonia del Maestro” son alguna de las rutas que los camiones urbanos divulgan en el parabrisas del autobús, y como es costumbre, la mayoría juegan carreritas con sus colegas.

 

Del interior de una de las unidades se escucha el famoso “Son Calenda” del Super Grupo Juárez, originarios del municipio El Espinal, Oaxaca. Me quedo a la espera de que en algún momento pueda cambiar la luz del rojo al verde y así poder cruzar hacia el estacionamiento que alberga la Central de Abastos.


Los cajones del estacionamiento están llenos. Mientras estoy parado, observo a varios conductores dar vueltas en busca de un cajón para estacionarse. Los sábados son un caos. Pero el estacionamiento también tiene su lado “amable”. Observo familias enteras de diferentes partes del estado que descansan después de un largo y cansado paseo por las entrañas de la Central de Abastos. Algunos jóvenes aprovechan la ocasión para encontrarse, y en muchos casos seguramente para enamorarse. La escena me recuerda los días de plaza de mi pueblo. Así son todos los sábados: es muy común encontrarse en los callejones a una pareja de jóvenes cortejándose, tocándose, chiveándose, diciéndose esas palabras que se dicen por ahí; echando novio, pues. En esta realidad, estas parejas cortejan bajo los pocos árboles que dan sombra al caótico estacionamiento.


De algún lugar de la Central, una voz sale de un altoparlante y anuncia tratamientos naturales: el hígado de tiburón, efectivo para el cansancio; de igual forma, para combatir los achaques del cuerpo, la solución efectiva es la pomada del dragón; para el asma y la bronquitis, el jarabe de miel con jengibre; para los que sufren de pie de atleta, la pomada con Quetonazol; y para los que sufren del corazón, piel y ojos, el mejor agente para tratarlo es el aceite de hígado de bacalao.


Caminar por sus pasillos es encontrarse con un mundo dentro de muchos mundos, inundarse perdidamente en sus colores, respirar el olor a carne asada, del pollo y los mariscos frescos, el olor de las flores y también la pestilencia que expulsa el ya obsoleto sistema de drenaje. Y así explorando, sin llevar rumbo alguno, se encuentra uno con puestos tan únicos como los expendios de veladoras y crucifijos, en donde puede encontrarse desde una cadena con la imagen de San Judas Tadeo, hasta una del mítico Malverde.

 

También uno puede encontrarse con puestos de aparatos electrónicos, puestos de juguetes, ferreterías, puestos de frutas y verduras, comedores, expendios de pulque y una cantidad increíble de productos variados.


Mientras camino por el pasillo que conduce a la “rampa”, como lo conocen la mayoría, puedo observar la gran cantidad de productos de las ocho regiones de nuestro estado. Aquí pueden encontrarse las hojas de plátano para hacer los tamales, los curados de ciruela, los pescados y camarones secos, el delicioso queso Chiapas y una infinidad tremenda de hortalizas. Pero lo más interesante son los precios. “¡Llévele llévele! ¡La cubeta le vale de a diez!”.


Mientras veo la calidad de los productos que una señora vende, siento una mano sobre mis hombros. Es Mateo, un viejo conocido originario de San Pablo Etla, conductor de los camiones de segunda clase de la central camionera. Me invita a desayunar en el Pan de Dios, un lugar donde puedes jamar deliciosamente por la mínima cantidad de 20 pesos. Este comedor se encuentra muy cerca de la rampa y al parador de los “traileros”, como son conocidos los diableros: personas sin nombre, anónimos, que hacen posible que este caótico centro comercial camine, funcione, circule.


Mateo y su servidor nos disponemos a caminar con rumbo a la terminal de segunda clase. Mateo lleva años de ser conductor de autobuses y me cuenta que empezó a manejar con la empresa Cristóbal Colón. Lo suyo son los viajes largos. De Oaxaca, Tapachula, Chiapas, Distrito Federal y viceversa.

 

Llegamos a la central camionera y empiezo a escuchar a lo lejos:“¡Al Istmo , al Istmo! ¡A Mitla, Tlacolula, a México!”. Es el grito de los chocolateros, nombre con el que se le conoce a las personas que anuncia los diferentes destinos que ofrece este lugar de encuentros y diálogos interculturales.


Estando adentro del viejo inmueble camionero, Mateo pasa a buscar a Alberto, conocido como “el Colmillo”, colega suyo y acompañante de recorridos e historias de carreteras y de fiestas sonideras, allá por el Rincón de los Baños, en el Distrito Federal. Mateo esta de buenas y nos invita unas cervezas bien frías en el Bar Mantus. De las bocinas de la rocola suena “El golpe traidor”, interpretada por el cantante de Parras de la Fuente, Reynosa, Cornelio Reyna. El espacio se encuentra decorado con bordados de telas de manta con motivos floreados de diversos colores. Mientras pedimos tres caguamas, una para cada quién, me permito observar la barra repleta de botellas empolvadas, un cuadro de una modelo completamente desnuda, los caballitos que utilizan para los mezcales son todos de barro verde de Santa María Atzompa y un pueblo pegado a la vanidosa ciudad. Entre anécdotas, carcajadas, chistes y caguamas, decidimos hacer una parada técnica.

 

Nuestros estómagos pedían de comer, así que decidimos salir con dirección a los locales de carnes asadas.


Unas de las cosas que observo desde el primer momento es que en la Central de Abastos no cabe el descanso. Siempre se encuentra en movimiento, con gritos de este lado, del otro, empujones, ¡el golpe!, ¡el golpe!; “¡blandas, tlayudas, chapulines!”, grita una señora desde algún lugar de los Valles Centrales. Mientras seguimos nuestro camino, entre más nos aproximamos se percibe el olor de la carne asada. El calor y el humo nos envuelven con cada paso que nos acerca a los locales: tasajo, chorizo, tripa, cebollitas, chiles de agua, toda esta delicia es devorada por nosotros. Entre más cerca esté uno del asador es más fuerte suena el crujir de las brasas.

 

Como dijera mi abuela allá en mi pueblo, “Ese chirriar anuncia la visita de algún alma a la casa”. Y en este caso anuncia en todo momento la llegada de mucho más personas que, igual que yo, se adentran a este otro mundo que existe y que late en el corazón de Oaxaca, la ciudad donde vivo.

*José Stalin Cruz (San Juan Guichicovi, Bajo Mixe, Oaxaca): hablante de la lengua Ayuuk, asiduo a internarse en el mundo de la Central de Abastos y dejar correr el tiempo sin perseguirlo

Comments

comments