¿Escribir libera al prisionero?

Por Julius Fučík

Siete pasos de la puerta a la ventana, siete pasos de la ventana a la puerta.

Ya la conozco.

¡Cuántas veces he recorrido este trecho sobre el piso de madera en mi celda de Pankrác! Y quizá sea ésta la misma donde antaño sufrí prisión por haber visto con claridad las consecuencias que tendría para el pueblo la funesta política de la burguesía checa. Frente a mi celda pasean los guardias alemanes, y afuera, en algún lugar, las ciegas Parcas de la política tejen nuevamente el hilo de la traición. ¿Cuántos siglos ha necesitado el hombre para, al fin, abrir los ojos? ¿Por cuántos millares de celdas ha pasado la humanidad en su camino hacia adelante? ¿Y cuántas le quedan aún por recorrer? ¡Oh, Niño Jesús de Neruda: el final del camino de la salvación humana está lejos todavía! Pero no duermas más, no duermas más.

Siete pasos hacia adelante, siete pasos hacia atrás. En una de las paredes, el camastro, y en la otra, una triste repisa con escudillas de barro. Si, ya lo conozco. Ahora, aquí, todo está algo mecanizado, la calefacción es central, el zambullo ha sido sustituido por un retrete mecánico. Pero son los hombres, especialmente los hombres, quienes están mecanizados. Como autómatas. Aprieta un botón, es decir, haz un ruido con la llave en la cerradura de la puerta o abre la mirilla, y los presos, hagan lo que hagan, darán un salto y se colocarán en hilera, en posición de firmes. Abre la puerta y el responsable de la celda gritará sin tomar aliento: “¡Atención! Celda 267. Tres hombres. Todo en orden”.

He aquí, pues, la 267. Es nuestra celda. Pero en esta celda no todo funciona con tanta precisión. Sólo brincan dos presos. Mientras tanto yo sigo acostado en el colchón, al pie de la ventana, de bruces. Y así una semana, quince días, un mes, seis semanas. Y vuelvo a nacer. Ya muevo la cabeza, levanto una mano, me incorporo sobre los codos y hasta he intentado volverme de espaldas… En realidad, esto se escribe con más rapidez de lo que se vive.

También la celda sufre cambios. En sustitución del tres han colgado el número dos. Ha desaparecido Carlos, el más joven de los dos hombres que me habían enterrado cantando tristes salmos, quedando tras él tan sólo el recuerdo de un corazón bueno. En realidad, mi recuerdo es borroso y sólo abarca a los dos últimos días de su estancia entre nosotros.

Se llama Carlos Malec, es mecánico y trabajó en la jaula de una mina de hierro de las cercanías de Hudlice, de donde sacó explosivos para los combatientes clandestinos de la resistencia. Fue detenido hace casi dos años. Ahora será juzgado, quizás, en Berlín, con todo un grupo de presos. ¡Cualquiera sabe cómo terminará el proceso! Tiene mujer y dos hijos. Los quiere, los quiere mucho, pero… “era mi deber, ¿sabes? No podía hacer otra cosa”.

Permanece sentado largos ratos junto a mí y trata de hacerme comer. No puedo. El sábado —¿es que ya hace ocho días que estoy aquí?— recurre a un método violento: anuncia al Polizeimeister que no he comido nada desde que estoy aquí.

El Polizeimeister, siempre agitado, con uniforme de S.S. y sin cuyo permiso el médico checo no tiene derecho ni a recetar una aspirina, me trae personalmente una sopa de régimen y observa mientras tomo hasta la última gota. Carlos está muy contento del éxito logrado con su intervención, y al día siguiente él mismo me obliga a tragar la taza de sopa del domingo. Pero de aquí no pasa. Mis encías destrozadas no pueden masticar ni las patatas cocidas del guiso del domingo, y mi garganta, cerrada, se niega a dar paso a todo otro bocado de comida algo más sólido.

—Ni guiso, ni guiso quiere —se lamenta Carlos moviendo tristemente la cabeza. Y después, con glotonería, empieza a comerse mi ración, cediendo honradamente la mitad al “padre”.

¡Ay! Ustedes, los que no han vivido en el año de 1942 en la cárcel de Pankrác, no pueden llegar a saber lo que es, lo que supone un guiso. Regularmente, incluso en los peores tiempos, cuando el estómago rugía de hambre y en las duchas se veían esqueletos cubiertos de piel humana, cuando un camarada robaba a otro, por lo menos con la mirada, los bocados de su ración, cuando hasta un asqueroso puré de legumbres secas revueltas con pasta de tomate nos parecía un delicioso y deseado manjar. Incluso en los peores tiempos, dos veces por semana, el jueves y el domingo, los presos de servicio vaciaban en las escudillas un cucharón de patatas, regándolas con una cucharada de salsa y algunas fibras de carne. Era maravillosamente apetitoso. Más que apetitoso: era un recuerdo material de la vida humana, algo de la vida civil, algo de normal en la cruel anormalidad de la cárcel de la Gestapo, algo de lo que se hablaba suave y voluptuosamente. ¡Ah!, quién puede comprender el valor supremo que alcanza una cucharada de buena salsa, condimentada por el terror y el miedo, bajo el debilitamiento y la flojedad continuos.

Han pasado dos meses, que me han permitido comprender la gran extrañeza de Carlos.

Había rechazado hasta el guiso. Y ninguna otra cosa pudo persuadirle más eficazmente de mi próxima muerte.

La noche siguiente, a las dos, despertaron a Carlos. En cinco minutos tenía que estar listo para el transporte, como si fuera a ausentarse sólo por unos momentos, como si no le esperara un camino que le llevaría a una nueva cárcel, a un nuevo campo de concentración, al patíbulo o quién sabe a dónde. Se arrodilló ante mi jergón y, apretando entre sus manos mi cabeza, me besó. Del corredor nos llegó el ronco gritar de un esbirro con uniforme, probándonos que los sentimientos no tienen albergue en la cárcel de Pankrác.

Carlos cruzó la puerta corriendo. La cerradura sonó secamente.

Y quedamos sólo dos en la celda.

¿Nos veremos de nuevo, muchacho? ¿Cuándo será la próxima despedida? ¿Cuál de los dos que quedamos saldrá primero? ¿Y hacia dónde? ¿Y quién lo llamará? ¿Un guardián con uniforme de S.S.? ¿O la muerte, que no tiene uniforme? Lo que ahora escribo es sólo el eco de los pensamientos que me acompañaron después de su partida. Un año ha pasado desde entonces y los pensamientos que acompañaron al camarada en su partida se han venido repitiendo a menudo y con más o menos insistencia. El número dos, colgado en la puerta de la celda, fue cambiado por el número tres, y otra vez en un dos, y de nuevo en tres, dos, tres, dos. Nuevos compañeros de celda llegaron y se fueron. Únicamente dos de los que pasaron por la celda 267 permanecieron fielmente juntos. El “padre” y yo.

***

El “padre” es el maestro Josef Pesek, de 60 años de edad, presidente del comité de maestros, detenido 85 días antes que yo porque mientras elaboraba un proyecto tendiente a reformar las escuelas libres checas, tramaba un “complot” contra el Reich alemán. El “padre” es… Pero, ¿cómo expresarlo? ¡Es dificilísimo! Dos, una celda y un año. Durante ese tiempo han desaparecido ya las comillas que condicionaban el nombre de “padre”; durante ese tiempo, los dos detenidos, de diferente edad, se han convertido verdaderamente en padre e hijo; durante ese tiempo hemos intercambiado costumbres, formas de expresión y hasta la entonación de la voz. Trata de reconocer ahora lo que es mío y lo que pertenece al padre, lo que introdujo él en la celda y lo que introduje yo. Noches enteras me estuvo velando y a base de compresas frías alejó a la muerte cuando ésta se aproximaba. Sin descanso limpiaba de pus mis heridas y jamás manifestó la menor repugnancia por el hedor que despedía mi jergón. Lavó y zurció los miserables andrajos en que se convirtió mi camisa durante el primer interrogatorio. Y cuando ésta estuvo totalmente inservible, me vistió con su propia ropa. Me trajo una margarita y un tallo de hierba que se arriesgó a coger en el patio de la cárcel de Pankrác, durante la media hora de gimnasia. Me seguía con sus ojos cariñosos cuando me conducían a los interrogatorios y me volvía a poner compresas sobre las nuevas heridas con que retornaba. Cuando me llevaban a los interrogatorios nocturnos, jamás pegaba los ojos hasta que volvía y me colocaba sobre el jergón, tapándome cuidadosamente con las mantas.

Tales fueron los comienzos de nuestra vida en común, nunca traicionados durante los días que los siguieron, cuando pude sostenerme sobre mis propias piernas y pagar mis deudas de hijo.

Pero todo esto, muchacho, no puede describirse de un tirón. La celda 267 tuvo aquel año una vida intensa. Y todo lo que ella vivió lo vivió también el padre a su manera. La historia no ha terminado todavía. (Y eso aporta un tono de esperanza.)

***

La celda 267 tenía una vida intensa. No pasaba una hora sin que se abriera la puerta y recibiera una visita de inspección. Era un control especial que se ejercía sobre un gran criminal comunista, pero también podía ser simple curiosidad. Muy a menudo morían presos que no debían morir, pero muy rara vez se vio que no muriese aquél de cuya muerte todo el mundo estaba persuadido. Hasta los guardianes de otros corredores venían a veces, trababan conversación, levantaban silenciosamente mis mantas y saboreaban, con pericia de gente entendida, mis heridas, para después, de acuerdo con su carácter, extenderse en bromas cínicas o tratarme más amistosamente. Uno de ellos, al que pusimos por mote “el chico del molinero”, acude con más frecuencia que los demás y pregunta, con largas sonrisas si “el diablo rojo” necesita algo. No, gracias. No necesita nada. Después de algunos días el “chico del molinero” descubre que “el diablo rojo” necesita algo: ser afeitado. Y trae un barbero.

Es el primer preso, excluyendo a los de mi celda, a quien llego a conocer: el camarada Bocek. La amable atención que “el chico del molinero” me prodiga constituye un verdadero suplicio. El padre sostiene mi cabeza, mientras el camarada Bocek, arrodillado ante mi colchoneta, trata de abrirse paso, con una gillette sin filo, por entre el tupido bosque de mi barba. Sus manos tiemblan y las lágrimas asoman a sus ojos. Está persuadido de que afeita a un cadáver. Intento consolarle:

—Afeita, hombre. Hazlo sin miedo. Si he resistido el interrogatorio del Palacio Petschek, resistiré seguramente tu hoja de afeitar.

Sin embargo, no nos sobran las fuerzas y tenemos que descansar los dos: él y yo. Dos días más tarde conozco a otros dos presos. Los comisarios del Palacio Petschek están impacientes. Han venido a buscarme y como el Polizeimeister escribe todos los días en mi hoja de registro las palabras “No puede ser transportado”, dan órdenes de llevarme como sea. Dos detenidos, con uniformes de la prisión, que hacen servicio en los corredores, se detienen con una camilla ante nuestra celda. El padre me embute con dificultad en la ropa, los camaradas me ponen sobre la camilla y me llevan.

Uno de ellos es e1 camarada Skorepa, que más tarde será el “padrazo” de nuestros

compañeros de corredor. El segundo es [ilegible en texto original]. Se inclina sobre mí cuando resbalo sobre la camilla inclinada mientras bajamos por la escalera y me dice.

—Agárrate y aguanta…

Y añade en voz baja:

—…Pase lo que pase.

Esta vez no nos detenemos en la oficina de entrada. Me llevan más lejos, por un corredor muy largo hacia la salida. E1 corredor está lleno de gente pues hoy es jueves y los familiares vienen a buscar la ropa de los detenidos. Todos observan nuestro triste cortejo. Veo la compasión en sus ojos, y esto no me gusta. Llevo la mano hacia la cabeza y cierro el puño. Quizás se den cuenta de que les estoy saludando; quizás sea un gesto inútil. Pero no puedo hacer otra cosa. Me siento aún demasiado débil.

En el patio de la cárcel de Pankrác metieron la camilla en el camión. Dos S.S. se sentaron al lado del chófer, en la cabina. Otros dos, de pie, se situaron a mi lado, con las manos apoyadas en las fundas abiertas de sus pistolas. Y partimos. No, desde luego, el camino no es ninguna delicia: un bache, dos baches, y antes de haber recorrido 200 metros, pierdo el conocimiento. Era una cómica excursión a través de las calles de Praga: un camión de carga de cinco toneladas habilitado para 30 presos, gastando la gasolina en el traslado de un solo detenido. Y dos S.S. delante y dos S.S. detrás, con las manos en los revólveres, guardando con miradas de fiera un cadáver, temerosos de que se les escapara.

La comedia se repitió al día siguiente. Esta vez aguanté hasta el Palacio Petschek. El interrogatorio no fue largo. El comisario Friedrich tocó no muy delicadamente mi cuerpo y yo regresé otra vez sin conocimiento.

Empezaron entonces a transcurrir los días en los que ya no dudé de estar vivo. El dolor, hermano íntimo de la vida, me lo recordaba con harta frecuencia. La propia prisión de Pankrác sabía que, por un descuido cualquiera, estaba vivo. Y llegaron los primeros saludos: a través de los espesos muros, que repetían los golpes de los mensajes, y a través de los ojos de los ordenanzas, encargados de distribuir el rancho.

Mi mujer era la única que nada sabía de mí. Sola, situada tres o cuatro celdas más allá de la mía en el piso inferior, vivía entre la angustia y la esperanza hasta que su vecina, durante la media hora de gimnasia, le susurró al oído que todo había acabado para mí, que había muerto en la celda a consecuencia de las heridas recibidas durante el interrogatorio. Después vagó por el patio mientras el mundo daba vueltas a su alrededor. Ni siquiera sintió el consuelo de los puñetazos que la guardiana le propinó en el rostro para obligarla a incorporarse a la fila de presas, a la vida regular de la prisión. ¿Qué habrán visto sus buenos y grandes ojos al mirar, sin lágrimas, las blancas paredes de la celda? Al día siguiente corrió otro rumor: que aquello no era cierto, que no había muerto bajo los golpes, sino que, no pudiendo soportar más el dolor y los sufrimientos, me había ahorcado en la celda.

Entretanto yo seguía tendido sobre el mísero jergón. Cada noche y cada mañana me volvía de costado para poder cantar a mi Gustina sus canciones preferidas. ¿Cómo no iba a oírlas cuando yo ponía en ellas tanto fervor?

Hoy ya sabe, hoy ya puede oír, aunque se halle a más distancia que entonces. Y hoy día, hasta los guardianes saben —y se han acostumbrado a ello— que la celda 267 canta. Y ya no gritan detrás de la puerta para imponer silencio.

La celda 267 canta. Si canté toda mi vida, no sé por qué habría de dejar de cantar ahora, precisamente al final, cuando la vida es más intensa. ¿Y el padrecito Pesek? ¡Oh, es un caso excepcional! Canta con el corazón. No tiene ni oído ni memoria musical ni voz, pero adora el canto con tan bello y abnegado amor y encuentra en él tanta alegría que casi no percibo cuando se desliza de una tonalidad a otra e insiste testarudamente en un do aunque el oído reclame un la. Y así, cantamos cuando la nostalgia trata de invadirnos; cantamos cuando el día es alegre; con nuestro canto acompañamos al camarada que se marcha y a quien quizá no volveremos a ver nunca más; cantando recibimos las buenas noticias del frente oriental; cantamos en busca de consuelo y cantamos de alegría, tal y como los hombres han cantado siempre y como seguirán cantando mientras existan.

No hay vida sin canto, como no hay vida sin sol. Por consiguiente, nosotros necesitamos doblemente el canto, ya que el sol no llega hasta aquí. La 267 es una celda orientada hacia el norte. Sólo en los meses de verano, y durante algunos instantes, el sol dibuja, antes de ocultarse, la sombra de los barrotes en la pared. Durante esos instantes, el padre, puesto de pie y apoyado en el camastro, sigue con sus ojos esa fugaz visita del sol… Y ésa es la mirada más triste que se pueda encontrar aquí.

¡El sol! ¡Con qué generosidad resplandece ese mago redondo y cuántos milagros realiza ante los ojos de los hombres! Y tan poca, poca gente vive al sol. ¡Resplandecerá, sí! Resplandecerá y los hombres vivirán bajo los haces de sus rayos. Bello es saberlo. Pero tú, no obstante, quisieras saber algo infinitamente menos importante: ¿resplandecerá aún para nosotros?

Nuestra celda está orientada hacia el norte. Sólo algunas veces, cuando el día es verdaderamente bello, podemos ver la puesta del sol. Ay, padre, cómo quisiera yo ver la salida del sol aunque fuera por una sola vez.

*Texto de Reportaje al pie de la horca (1977).

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