Por Miguel G. Galicia

I

Mi padre debió darme sólo una gota, pero me dio medio frasco, y es que fue mucho, suficiente para hacerme vivir cientos de años. ¿No me crees? No importa, sólo te diré que luché junto a los insurgentes para hacernos libres de los españoles, luego con los revolucionarios; observé cómo nuestras tierras pasaron de unas manos a otras y a otras más y regresaron a los dueños usurpadores. He visto caer a tantos que ya la muerte para mí cobró otro sentido.

Dicen que él tenía pacto con el Diablo, otros que con el Altísimo, pero sé de su propia boca que era amigo de la Muerte. Sí, mi padre es ese mismo que tú conoces… Y también puede asegurarte que no es leyenda; es cierto, él curaba o mataba. No fue ni bueno ni malo; era hombre, y como tal, sentía miedo, amor, coraje, odio, lástima.

Un día se jue pal’ bosque y cuando regresó ya traía el “don de la vida y de la muerte”. Decían que quien se lo otorgó se le apareció entre sueños, otros que nomás de verlo se desmayó y que mientras dormía se lo pasó con un soplido; pero él mismo me lo contó una noche en que la luna reposaba en la laguna grande: Ni yo mismo lo recuerdo con exactitud, hijo, sólo sé que tenía tanta hambre que comí unas yerbas y fue cuando lo vi despierto, me conforté nomás de verlo. Sin decir palabra me abrazó y sentí como si un rayo me apsara por todo el cuerpo. Al otro día oía su voz que me decía: “Toma el agua y llévala contigo, con ella podrás matar o dejar vivir”.

Él era gigante y hermoso como ahuehuete, siempre dueño de sí. Hablaba poco, parecía que le daba vergüenza hacerse escuchar, y hablaba muy bajito. ¿Has rezado alguna vez? Así mero, como cuando uno susurra en el templo el padrenuestro, o cuando uno se confiesa ante el vicario.

Pasado el tiempo, le pedí que me enseñara su Ciencia de curación. Padre, le

dije, si no aprendo, cuando usted ya no esté ¿quién curará a mis hermanos? ¿A mi madre? Ya de perdida, le rogué, lléveme pa’l monte, p’agarrar allá la gracia. Parece que todavía lo puedo ver frente a mí, con su sombrero de paja y su ropa blanca, con esa sonrisota —al parecer de felicidad— colgada en su cara. No, mijo, cuando llegue el momento lo haré, ahora váyase a dormir, me dijo.

Te digo que yo debí morir aquella tarde en que me jui de hocico al fondo de la barranca, pero mi padre no me dejó. Si ya sentía cómo flotaba, porque ya ves que me sacaron de allá abajo con la cabeza rota; chorreaba harta sangre, y los huesos todos quebrados. Dicen que ya mero entraba en el reino de los muertos, pero él me trajo de regreso.

Y me quería tanto que para asegurarse de que saldría con bien, me dio hasta la mitad de uno de sus frascos. Chillaba mi padre y decía “¡Aunque sea mucho, aunque se acabe, nade le hace, que viva mi niño, que viva!”.

Te decía que me lo contó todo. No dicen verdad quienes aseguran eso de que sólo era un mensajero cuyo cometido era decir si morirás o no. Él era más que eso. Él llegó a decidir, de allí su gran poder y su perdición… Mejor dicho, nuestra perdición.

Un día todo cambió, la virtud se convirtió en desventura. Recuerdo esa vez, ya me empezaba a estirar para hacerme hombre cuando me pidió que lo acompañara para cargarle el morral con los frasquitos de agua milagrosa a la casa grande del pueblo. Sus grandes y fértiles extensiones de tierra despertaban la codicia de sus vecinos.

El dueño de la hacienda —muy temido en toda la región— era una persona de esas que, sin remordimiento, matan hombres y huelen a flores recién cortadas. Todo él relamido le pidió sanar a su familia de una extraña maldición heredada por sus ancestros. Mi padre le dijo que eso no podía curarlo, lo cual provocó la cólera de Don Ifigenio de Montehondo y Bárcenas, hermano del Virrey.

Entonces aquel ser de alma carcomida decidió comprarle su secreto. Véndemelo, le gritó, y mi padre le dijo no puedo hacerlo porque no hay tal. Reconoció que sólo le bastaba con mirar los ojos de la gente —no, no podía revelarle que también habría de darles a beber un par de gotas de líquido prodigioso— para saber cómo debía decidir su suerte en el albur de la vida.

Su rabia aumentó, pues le ofreció cientos de reales, ganado, mujeres, riquezas

nunca vistas por él o sus antepasados; mi padre ni siquiera lo consideró. Mejor nos vamos, señaló con voz como de trueno contenido; entonces el mal hombre se le colgó del brazo, forcejearon. Padre lo hizo caer, y al levantarse, clarito vi cómo el chamuco se le salía por los ojos. Aulló: “Es mejor que se larguen del pueblo, algo mal puede sucederles”.

Te imaginas lo que sentí cuando mi padre le arrojó un chorro de la botella y le espetó —justo en el umbral de la casa principal— que la esposa y sus hijos vivirían muchos años con todo y maldición, en cambio él no vería otra luna llena. El maldito corrió pronto a golpear a mi padre, pero escapamos a tiempo. Nunca lo volvería a ver tan iracundo.

Al día siguiente, nomás cantó el gallo corrieron a avisarnos del enorme crespón negro recién colgado sobre el gigantesco portón de los Montehondo y Bárcenas. Hasta mi padre sintió pavor. Susurró: “Únicamente lo mojé un poco, no tomó ni gota ese mal hombre, y a su familia ni la miré”. Comprendió, creo, que desde ese momento le bastaría desearlo y mojar a la gente con su caldo virtuoso para decidir destinos. Todo el día se encerró en el jacal y lo escuchamos gritar con alguien, contra alguien…

Hacía rato que el sol se había ocultado detrás de los riscos cuando alguien advirtió a mi padre. Váyanse pronto, le dijo el hombre ciego, han llegado muchos soldados al pueblo, lo han sitiado, quesque Don Ifigenio los mandó llamar con una carta antes de morir. Dicen los militares que ustedes son raza de brujos. Ya antes nos ayudaste mucho a nosotros, cuídense todos ustedes; hemos dado falsos testimonios. Al pelotón lo mandamos por el camino más largo, del otro lado del cerro. Rápido, llegarán pronto, son muchos y quieren hacerles daño; huyan como puedan. Tomen esta mula, cúbranse con la noche, ellos vendrán por la mañana; si descubren nuestro engaño, también peligramos.

No dormimos esa vez. Recorrimos largo trecho del Camino de los coyotes, las hondonadas eran difíciles de andar para nosotros de piernas pequeñas. Madre y Padre jadeaban por el esfuerzo. No chillen, mis niños, nos decía Padre, nunca olviden que el nuevo día trae vida nueva….

Justo alzaba su vuelo el sol cuando los guachos nos dieron alcance. Con sus rifles nos apuntaron; disparaban a matar. Yo caí primero. El balazo retumbó como animal herido entre las montañas, asustó y levantó parvadas de pájaros a punto de despertar —desde entonces cojeo así—. Después Madre gritó, mis hermanos chillaron un instante. Al final Padre ya les lanzaba piedras, ya los mojaba, ya los maldecía frenético. Muéranse, muéranse…

Parece que los veo de nuevo, míralos allí vienen. ¡Hijos de la chingada! ¡Dejen a mis hermanas! ¡Mamá, mamacita! ¡No somos brujos, no somos malos! ¿¡Qué te hacen papacitooo……!?

II

El hombre menudo de piel seca hizo una pausa y pidió agua para diluir de su boca el intenso sabor del café.

—Dame un trago más. Eso es, así, qué rico, gracias. Cuando platico mucho, mi garganta se reseca como si hubiera masticado un pedazo de desierto. Remojo los labios resquebrajados para continuar mascullando. ¿Me acerco más esto a la boca? Pero si estoy hablando contigo, no con este aparatejo. Bueno, está bien. Y ya te digo: no crecí como toda la gente, más bien lo mío fue lento, lento. Mi vida ha sido larga como la línea del horizonte; he visto morir a los míos, creo que si juntáramos a todos mis muertos o a los que he visto irse, no acabaríamos nunca de contarlos, jejeje, créeme.

La luz afuera de la habitación se hacía más tenue conforme avanzaba la tarde; la voz del murmullo prosiguió el relato.

—Lo primero que pude ver al despertar fueron los cuerpos de mi familia roídos y desmembrados por los animales del monte; yo tenía unas mordidas también. Como pude, los junté y cubrí de piedras. Arrastrando mi pierna caminé sin rumbo fijo, como ido, no escuchaba nada, nada importaba ya; no supe cuanto había pasado. Entre nubes veo mi pueblo destruido por el ejército, apenas recuerdo la plaza principal llena de cuerpos cubiertos por una espesa capa de buitres. Nadie más salvó la vida. Vagué por muchos años, cientos. Ya en edad de hacerlo me casé, tuve hijos, y nietos, bisnietos, pero todos se me han muerto.

El hombre alisó el pelo y sorbió de nuevo su café.

—Sí, chiquito, ven, no llores, a veces pasa, pero levántate y anda, sólo fue un raspón. ¿Quieres un cacho de piloncillo? Ah, ya sé, prefieres el pinole, ¿verdad? Toma y vete a descansar.

Luego de acariciar el aire, el hombre reanudó la marcha verbal.

—Pero todos murieron ya; mi apellido ni lo recuerdo, y de mi nombre no preguntes. Allí lo tienes apuntado ¿no?, casi no me recuerdo. Aquí llegué desde hace como ciento y pico de años, fui de los primeros. Dicen que algo me pasó cuando era niño, y yo les digo que me caí de la barranca, pero que mi Padre me dio demasiadas gotas.

Excitado, el hombrecillo levantaba las manos y la vista al cielo, como queriendo asirse de algo o a alguien.

—Todos creen que soy nuevo porque esto siempre se repite; nuevas gentes, nuevas caras, papeleo, firmas, preguntas y más preguntas. Unos se van muriendo, otros, los más viejos, me envidan porque no tengo siquiera manchas en los brazos.

Orgulloso, extendía sus manos al frente enseñando también los antebrazos para dar fe de sus palabras.

—Bueno, yo los ayudo un poco, pero nomás a quienes me lo piden, ¿eh? Y sólo les digo que si sí se van o no. Pero no los daños de más, de veras.

Bajando la voz, invitaba a la complicidad, ahuecaba las manos calludas para hacerse entender.

—Oye lo que te digo: ellos son los que están mal, están locos, no yo. Ellos mismos se avientan de la azotea, se cuelgan del pescuezo, se rompen la cabeza, se abren el pecho, se muerden entre sí. No, a mí ni me mires, ni los toco. ¡Ya te digo que no soy yo, carajo! ¿Es que no entiendes? Pues mejor pregúntales a ellos. ¿No dices que sabes mucho?

Exasperado, farfullaba hasta alcanzar el silencio.

—Tus compañeros tienen las respuestas; sí, los otros que vienen a vernos todos los días me hacen las mismas peguntas, pero siempre les platico lo mismo: que soy hijo de no sé quién, que he vivido cientos de años y que no he podido morir.

Una ración abundante de cigarro y café, fue todo lo que pidió para esa sesión, y un poco de agua.

—Hace mucho que digo la verdad, pero nadie me presta atención. Les pido, les suplico que me den algunas pastillas para dormir, de esas que tienen en la farmacia y que he visto les dan con engaños a todos los demás, y así no despertar jamás. Pero nomás me miran, escriben algo y se alejan serios. Otros se ríen, creen que no me he dado cuenta, pero los he pillado cuando secretean entre sí… ¡Me sulfuro porque me da coraje que no me escuches! Cuántas veces lo repetiré, no gano nada con mentir. Hazme un favor, ¿quieres? Aflójame un poco las correas. ¿No ves que ya se me van a caer las manos? Hazlo, por favor, tengo comezón y huele muy mal. Nomás voy a lavarme las manos y regreso. Es que se me están pudriendo… Espera, ¿quieres que te cuente más? Creo que ya me toca, lo presiento. Supongo que el efecto del frasco de líquido vivificante se va terminando, ya que últimamente siento mucho dolor en las entrañas, como si los riñones o el hígado o no sé qué exactamente se me estuviera enroñando. Pero para terminar como Dios manda, tal vez pasen más años, y ya no estoy dispuesto a seguir; no puedo más, estoy exhausto y huérfano de raza… No, no me dejes aquí, por favor, que no me gusta estar solo. ¿No te das cuenta de que si no me muero de un jalón quizá no podré hacerlo nunca?

Como pudo, se levantó de la silla metálica, sin embargo, las correas de sus tobillos lo hicieron caer. Le ayudaron a incorporarse.

—¿Dónde siento la comezón? En todo el cuerpo, desde dentro hasta aquí afuera; en el pecho, los pies, la garganta, el estómago, los intestinos. ¿Nunca has sentido cómo se van descomponiendo las tripas?

III

La noche caía pesada sobre el jardín húmedo; la lluvia había cesado y se dispuso a marcharse; la primera sesión de evaluación se había extendido más de lo habitual. Los pasos cansados del Doctor Manríquez despertaron el eco de los pasillos. “El inmortal”, como habían bautizado los residentes a ese interno porque decía tener más de 100 años en ese hospital y 400 de vida, guardó silencio y empezó a balancearse en medio de su habitación acolchonada, con su mirada perdida en un punto indefinido.

Manríquez no pudo evitar la entrada en su mente de la mueca maligna y la enredadera acústica formada por la melodía de los grillos y las palabras del hombre, encorvado hasta casi adoptar la posición fetal, que le decían incesante.

—Si quieres te cuento más de por qué y cómo se matan los pacientes del ala tres, pero ven mañana.

Él garabateó un papel y lo archivó en un desvencijado estante. Se despidió de sus colegas, firmó y salió de ese lugar. Sabía que tenía un excelente caso entre manos…

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