Por T. A. Flores

Transcurría la madrugada de un viernes mientras esperaba a que una camioneta se detuviera frente a la casa de Juan Haba para llevarme a lo que en el pueblo de La Cortesía, Sonora, llaman “La casa callada”.

La casa, según los comentarios de los lugareños y de un colega —a quien debo la gracia de haberme enterado sobre la existencia del lugar—, es más bien una cabaña pequeña y de muy mal ver parada en pleno desierto de Sonora. Lo que la distingue de otras construcciones abandonadas bajo el sol, según cuentan las historias, es que dentro de ella no se escucha nada en absoluto, ni siquiera el más leve rumor del aire que entra, casi imperceptible, por las ventanas.

Tras mes y medio de andar indagando entre cantinas, mercados ambulantes y foros de Internet, averigüé que La casa callada queda cerca de La Cortesía, una comunidad al oeste de Sásabe, pegada a la frontera. Si hablaba con las personas indicadas, y a cambio de unos 3 mil pesos, una camioneta podía llevarme desde La Cortesía hasta la casa en media hora más o menos. Junté el dinero, conduje hasta Sasabe y ahí conseguí quién me guiara hasta el pueblo.

Faltaría un cuarto de hora para las 4:00AM cuando salí de la casa a esperar la camioneta. Corría un aire helado que se me escabullía por debajo de la playera y trepaba hasta engancharse en los orificios de mi nariz. Casi no había luna, y las calles, de por sí desoladas, parecían una caverna abierta bajo la noche. De no ser por el eco de los perros ladrándose unos a otros y la sinfonía errática de algún saltamontes, el pueblo habría podido pasar por la superficie de un planeta abandonado.

No pude evitar pensar en lo que me esperaría dentro de La casa callada. Juan Haba, quien me hizo el favor de rentarme su sillón por un par de noches, me corroboró que yo no era el primero (ni el décimo) que llegaba a La Cortesía preguntando por la casa. La mayoría de los que iban hasta la casa se quedaba nada más una noche o parte de la tarde y salían medio espantados. El récord de estadía lo conservaba una mujer — “Una güerita, de esas altotas que vienen de Europa” —: cinco días. Volvió entera, pero le temblaba todo el cuerpo y se agarraba la cabeza, como si le pegara de repente una migraña bien fuerte, cuando ladraban los perros o si pasaba algún coche. Habitar tanto silencio la desacostumbró al sonido; hubo que hablarle despacito, de lejos y casi en susurros, para que se fuera acostumbrando al sonido del habla.

Yo planeaba aguantar tres días por lo menos. En Sásabe conseguí un morral enorme que llené hasta el tope de frituras, cacahuates, barras de chocolate y botellas de agua. El poco espacio que quedó lo reservé para una copia de Los maizales rojos del rey; mi libreta de apuntes, compacta y roja, iba metida con todo y pluma en uno de los bolsillos de mi pantalón. Era medio incómodo estar parado ahí, entre el frío y a oscuras, con tanto peso hundiéndome los hombros. Sin embargo, Juan Haba me dijo que hacía bien en llevar tantas cosas con las que pudiera pasar el tiempo, incluso si mi única distracción acababa siendo masticar. Escudriñé su rostro ovalado mientras lo decía, buscando alguna señal de engaño, tan común entre los promotores de fantasías turísticas, en las torceduras de su boca o la expresión de sus ojos hundidos, pero no pude encontrar más que rastros sinceros de preocupación. Preocupación que, he de confesarlo, logró que el entusiasmo que me empujó con tanta fuerza hasta La Cortesía comenzara a ceder poco a poco ante el miedo.

Quedaban tres minutos para que dieran las 4:00AM cuando un par de luces amarillas aparecieron flotando al fondo de la calle. Crecieron acompañadas de un ronroneo escarpado hasta que pude distinguir la figura de una camioneta Ford F250 modelo ‘65. La camioneta se detuvo frente a la casa con un chirrido y de ella bajó un hombre corpulento con una gorra de cacería. Dijo que su nombre era Genaro; él me llevaría hasta La casa callada. Nos dimos la mano y me invitó a subir a la camioneta. Abrí la puerta, que rechinó como si sufriera con cada movimiento de sus bisagras, trepé al asiento y, con otro rechinido terrible, cerré la puerta. Pensé en despedirme de Juan Haba pegándole un grito en lo que Genaro echaba a andar la camioneta, pero acabé decidiendo no hacerlo por temor a despertar a todo el barrio y porque sentía que una despedida así, entre el frío y al final de la noche, tenía algo de símbolo lúgubre.

Genaro encendió la camioneta, alumbrando el pueblo con las luces y el ronroneo de la máquina. A las 4:00AM en punto pasamos la última casa en el extremo oeste de La Cortesía. El sol apenas comenzaba a asomarse detrás de nosotros, así que manejamos directo hacia la noche.

***

Genaro tiene un rostro redondo casi oculto por una barba negra que, como él dice, “no se va por más que la rasure”; abundaba tanto que apenas si podía distinguir su boca moviéndose cuando hablaba, como si ejecutara un acto de ventrilocuismo. Él vive en Sáric, una localidad al sur de Sásabe, pero pasa en la carretera tanto tiempo como le sea posible; trabajar de trailero por 14 años le dejó un gusto por el panorama abierto y las velocidades de la carretera.

El camino hasta La casa callada es corto, y Genaro lo acortó todavía más con su plática. Me habló sobre la casa, repitiendo los detalles conocidos por todos y que, por alguna razón, nunca me cansé de escuchar. Lo dejé llenar la cabina con su voz ronca durante todo el viaje, asintiendo de vez en cuando mientras miraba hacia fuera, donde el sol inflaba y sonrosaba las nubes y las facciones escabrosas del desierto perdían todo volumen para convertirse en un desfile de siluetas inmóviles que marchaba a la velocidad de una película.

Llevábamos poco más de 30 minutos de camino cuando Genaro paró de hablar de repente y me dejó escuchando sólo el motor de la camioneta y el raspar de las llantas contra el polvo del desierto. Volví la mirada hacia el frente y distinguí, muy a lo lejos, justo debajo del horizonte, un rectángulo pequeño y de color café .“Es esa”, dijo Genaro, como si fuera una de muchas casas dentro de un vecindario. Estuve a punto de contestarle con un breve y cínico “Ah”, pero me quedé mirando aquella casita que crecía y crecía como una sombra con cada segundo.

Estábamos a unos 10 metros de la casa cuando Genaro detuvo la camioneta sin apagar el motor y se quedó ahí, esperando. Volteé a verlo para preguntarle qué sucedía. “Ya llegamos”, dijo apenas, con una voz apagada, como si estuviera muy enfermo de la garganta. Me le quedé viendo otro rato y comprendí que no planeaba acercarse más. Asentí, le di la mano, me eché el morral de mis provisiones al hombro y salí al desierto. No había dado ni cinco pasos cuando escuché las llantas levantando el polvo y el rugido de la camioneta huyendo rumbo al sol. No estaba seguro de cómo reaccionar, así que reí y continué caminando.

No hay descripción que haga justica a lo poco espectacular que es La casa callada. Todos los lugares abandonados dignos de visitarse se apegan a una estética del deterioro: sus paredes están medio derruidas, cubiertas de moho y telarañas; la puerta cuelga de una de sus bisagras, partes del techo han caído dentro de lo que en su momento fue la sala o la cocina. Parece como si encontraran dentro de su podredumbre la manera de ocasionar un efecto bien medido sobre el observador. La casa callada no ofrece nada de eso. Es una cabaña de madera podrida, con una ventana en cada uno de sus costados más largos y una puerta que da al este; el techo es plano y el porche un escalón de madera tan podrida como la de las paredes. No parece tanto una cabaña, sino el dibujo simplificado de una.

Me acerqué a la puerta sin cuidado, intentando convencerme de que no había razón alguna para tenerlo, de que estaba a punto de entrar a un edificio de madera sin chiste y cuya única cualidad bien podía ser parte de una mentira para estafar turistas y curiosos como yo.

Subí un pie al escalón del porche y éste soltó un chirrido tan agudo que por un momento creí haber pisado algún animal. Luego subí el otro, con muchísimo cuidado, temiendo que fuera a romper el escalón, que rechinaba sin detenerse bajo mi peso. Puse la mano contra la puerta y, con toda la naturalidad que me permitía mi acto, empujé el cuerpo y entré.

No hubo pasos ni quejidos de la madera. Tampoco hubo un golpe de la puerta al cerrarse. No hubo tela rosando la piel con cada movimiento del cuerpo, ni el soplido inconsciente de la nariz cuando pasa aire. No hubo una voz que saliera expulsada de mi boca y recorriera el aire cuando solté una sílaba doblada por la confusión y la incredulidad. No hubo nada más que un silencio. Absoluto y perpetuo. Tiránico. El mundo, de un instante al otro, se quedó completamente callado.

*Texto de Lugares improbables (2021).

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