Ilustración de la serie ‘El tren de la vida’ Por Sanez

Querido Mario:

No sabes cuánto te agradezco tu carta y el gusto que me dio recibirla. Los latinoamericanos somos epistolarmente mudos, y son muy pocos los que se han dado la molestia de acusar recibo de mis libros —sólo los buenos amigos y los que antes se llamaban en las tertulias literarias “los espíritus selectos”—. Agrégale a esto la leyenda en que te has transformado, y mi admiración por tu obra, que de sobra sabes.

Te incluyo un Coronación (perdón, la portada no es mía). Esto como preámbulo a mi deleite de pensar que quizás pronto te conoceré, ya que mi mujer y yo partimos a Europa el 20 de mayo, por un año y medio por lo menos. Como es boliviana (creo que tu mujer también: la mía dice que te pregunte “de qué Urquidis es porque los Urquidi son muy amigos de mi familia”) y la tengo encerrada en medio de las tundras del medioeste, añora y sueña con costa, con mar, y hace años que me viene acusando de que le estoy quitando costa como si yo tuviera la culpa de la guerra del 79. Para aplacar su añoranza de costa sepultada en su inconsciente colectivo de boliviana, le he prometido pasar tres meses en Mallorca. Después, porque parece que la vida allí es más barata, nos iremos a España, cerca de una ciudad grande pero en el campo. Viajaremos constantemente, me imagino, y no dudo de que iremos a Londres, donde esperamos verte. Lo mismo si tú vienes al sur. A propósito, acabo de saber que mis buenos amigos los Flakoll están viviendo en Mallorca. ¿Sabes tú su dirección? Puedes mandármela, ya que quisiera hacerles llegar mis libros.

El año pasado hice un seminario aquí sobre la novela latinoamericana en traducción al inglés en que quise incluir La ciudad y los perros. Pero no alcanzó a salir a tiempo. En enero del 69 haré otro seminario igual en que sin duda la incluiré. Es para alumnos que no hablan español ni saben nada de Latinoamérica. Enloquecieron con Cortázar y con Borges. Tengo un alumno de Uganda, negro como un piano de cola, que escribe cuentos al estilo borgiano, sobre su abuelo, que era caníbal. Buena combinación, ¿no te parece? Roger Klein me dice que el que leyó para él la versión española de La casa verde le dijo que “desde Ulysses de Joyce no experimentaba una emoción estética parecida”. Lo que no deja de ser.

Por supuesto que quisiera hablar horas y horas sobre tus novelas y las mías. Por el momento no tengo nada para tu revista en Perú; este año estoy haciendo un seminario sobre la novela de la adolescencia en este siglo (Musil, Radiguet, McCullers, Mishima, Rilke, Joyce, Th. Wolfe, Hesse, etc.) que me tiene sorbido el seso, y no he escrito nada. De mi novela gorda, El obsceno pájaro de la noche, tengo mil 500 cuartillas desordenadas, para eso es el año y medio en España sin hacer nada. Si tienes ocasión de recomendarles a los de tu revista (conocí a Westphalen en Roma, 1960) que se ocupen de mis libros, te lo agradecería. Lo mismo si me puedes enviar el nombre de quien quedó a cargo de Populibros después de la muerte de Salazar, y su dirección, mira que tengo unfinished business con ellos.

Gracias, de nuevo, por tu carta, tu entusiasmo y tu amistad ofrecida, que correspondo con un abrazo igual.

Por José Donoso

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