¿Qué decirle a un muchacho que le disparó a sus padres de madrugada?

Por Marco Antonio López Romero

¿Recuerdas tu casa color verde azulado junto a la esquina, las calles cubiertas por la arena del desierto, los montones de basura, las bolsas de plástico a medio enterrar que se movían suaves como rehiletes cuando el aire intentaba robárselas? ¿Lo recuerdas? Difícil ha de ser olvidar tu casa porque no ocupa mucho espacio en cualquier memoria. Apenas dos cuartos pequeños, la sala, el baño y la cocina; apretujado ya, un comedor. ¿La recuerdas? Claro que la recuerdas, y es mejor que la mantengas intacta en ese orden que nunca volverá a ser. Tal vez no debería decírtelo, pero en seis años habrás de darte cuenta: Ángel, tu casa es una ruina desde la madrugada en que mataste a tus papás.

Eras casi un niño, acababas de dejar atrás la playera azul, como tu casa, del uniforme de secundaria, la Técnica 84, tu escuela. Fuiste a preparatoria en el CBTIS 270 y no te gustó. Lo dejaste por el Centro Municipal de la Artes. Eres artista. Por eso cantas. Por eso te paraste aquel día frente al público —reclusos, criminales todos, y qué importa— a cantar una canción que no sabías: “Sin miedo a nada”, de Alex Ubago, como tú. Sin miedo tarareaste lo que no sabías. Los aplausos. Recuerdas los aplausos, ¿verdad? Segundo lugar. Está bien, aunque tú sabes que eres el mejor. Un músico completo que toca la guitarra, el bajo, la batería, el piano. Un músico completo que no puede vivir sin melodías. Por eso, cuando despidieron al maestro de artísticas del Tribunal para Menores que habitas desde hace ya casi cuatro años, pediste a la directora dar la clase tú. Por eso quieres formar una rondalla. Te llenaste de obligaciones en un lugar al que viniste a pagar el error más grande de tu vida. Te arrepientes. Que no sostengas la mirada cuando cuentas cómo les disparaste aquella noche te delata. Reparas guitarras en esos ratos que te dan permiso. Quieres doce. Una rondalla de doce.

Recuerdas ese 27 de julio de 2014 en que te paraste y sobresaliste como relieve de una masa gris; pantaloneras y playeras del mismo tono vestían a tus compañeros que te vieron avanzar hacia el frente. Tomaste el micrófono, nervioso, como lo tomaron todos los que estuvieron pasando desde una hora atrás. El jurado te pidió que respondieras la última pregunta de ese concurso de lectura sobre El señor de las moscas. Luego de tres rondas de dos preguntas cada una, estabas en la final.

—¿Qué significa la muerte de Simon? —te preguntaron.

Bajaste el micrófono y lo pusiste detrás de tu espalda, alzaste la mirada hacia el techo y cerraste los ojos, respiraste hondo. En algún lugar de tu cabeza estaba la respuesta correcta. La encontraste. Sacaste de atrás de tu espalda, como si fuera una sorpresa, el micrófono que pegaste a tu boca para decir que la muerte de Simon significa el final de la esperanza. Que ese es el momento en el que se acaba todo. Ahí muere el único ser pensante. Muere el pensamiento y a la vez los humanos. Nacen las bestias impedidas de razonar. Muere Simon y la única posibilidad de superar sus miedos, de saber que ellos son La Bestia a la que tanto temen y que en este caso triunfó. Un grupo de niños ingleses se convierte en un puñado de animales en esta parte del relato. Todo eso dijiste despacio y terminaste seguro de que ya no había nada más que agregar; dijiste todo lo que tenías que decir. Tus oraciones fueron dardos lentos que todos vimos dar en el blanco uno tras otro, filosos y certeros. Pasaste el micrófono sin titubear, diste media vuelta y regresaste a tu silla. Cuando te sentaste, se borró el relieve, se erosionó, te mimetizaste en las paredes grises de ese salón, desapareciste y tus pasos no se escucharon en el camino a tu lugar porque una ola de aplausos inundó el auditorio.

—¿Pensaste que ibas a ganar? —te pregunté luego de que te entregaron un reconocimiento por obtener el primer lugar y también la promesa de darle a uno de tus familiares 200 pesos, el primer premio, para que te compraran algo. A uno de tus familiares, dijeron en el micrófono. ¿Qué familiares, Ángel, si sólo te visita tu tío?

—No, la verdad no, porque sólo leí una vez el libro. Hubo otros que lo leyeron hasta cuatro veces —me contestaste con esa risilla nerviosa que sueltan aquellos a los que no les gusta responder preguntas. Pero me la respondiste, esa, y después otras, muchas.

Otros lo leyeron cuatro veces, Ángel, pero nadie siete. Tú leíste siete veces Marianela, en todas lloraste. Buscaste ese libro una y otra vez, y sus páginas te regalaron una y otra vez una catarcis. Tú, Ángel, que le disparaste en la cara a tus padres, te entregaste al llanto solidario con una niña lazarillo que muere de amor pero no existe, nunca lo hizo. Tal vez no es el hecho de que exista o no. Tal vez, Ángel, Marianela es un espejo de tu vida. ¿Te da miedo que así sea? ¿Pensaste en tu novia cuando lo leíste? ¿Pensaste en tus defectos que no son físicos pero al fin y al cabo marcas imborrables y además horribles?

No sólo leíste Marianela. Me contaste que tu escritor mexicano favorito es Juan Rulfo. ¿Por qué Rulfo, Ángel? Es un tipo que sufrió, sus personajes duelen, Ángel; vivió la Guerra Cristera y esos cadáveres que vio lo persiguieron toda su vida. Cuenta de un colgado que vio bamboleandose atado del cuello. Esos eran sus recuerdos, Ángel. Comala es frío y desolado. Rulfo era serio, andaba pensativo siempre, afuera; un tipo que daba ganas de cobijarlo, ocupado siempre con sus fantasmas, Ángel. Es eso, ¿verdad?

¿Por qué no te gustó el final de El amor en los tiempos del cólera? ¿Te pareció que no era edad para ser feliz? ¿No merecía una recompensa ese personaje lúgubre que esperó años un amor que no lo quiso?

—Puedo escribir los versos más tristes esta noche —me dijiste de memoria y era de mañana.

Neruda sí te gusta; eres romántico, Ángel. Pero no crees en Dios. A Saramago también lo leíste. ¿Fue él quien te convenció? Piensas que sería injusto que existiera un Dios que permita que pase todo esto. Así me lo dijiste sentado frente al escritorio de la biblioteca del penal en la que reparabas libros. Estabas rodeado de ellos, a gusto, me dijiste. Te relaja estar en la biblioteca.

—Dios nos puso un agujero que queremos llenar de cosas, y eso es cruel— así exactamente me lo dijiste.

Tu Dios es cruel, Ángel, es cruel. Y a pesar de eso le cantas los sábados cuando va el coro católico y te piden que los acompañes rasgando las cuerdas de tu guitarra, y tú lo haces porque tienes una novia que no puedes olvidar y que te saca una sonrisa cada vez que la mencionas, que te pidió que le cantaras a ese maldito Dios que no quieres. Pero a ella sí, por eso lo haces.

Eres un tipo agudo, Ángel. He visto cómo miras, diferente a los demás. Fijas los ojos en cosas que nadie ve, los clavas y te quedas absorto en un pensamiento profundo. Yo te he visto.

***

¿Olvidaste aquella madrugada? 22 de octubre de 2011.

Cuando te pregunté qué día asesinaste a tus papás, lo pensaste un momento, tenso como cuerda de equilibrista, memoria equilibrista que al final cayó porque erró su paso; te equivocaste por dos días. Y está bien, Ángel, hay cosas que es mejor soltar en el laberinto interminable de fechas inútiles de una memoria saturada. El dato, Ángel, se puede borrar fácilmente, no la historia. Yo lo sé porque tú me mostraste las imágenes indelebles de aquella noche —no importa el número de aquella noche— que te marcó a ti y a toda una ciudad que creyó imposible que la historia de Vicente se repitiera. Pero, siendo esta la ciudad más violenta del mundo, ¿por qué no?

¿Sabes de Vicente? No lo conociste porque para cuando tú llegaste al Tribunal habían pasado dos años de que él salió libre. Para cuando tú llegaste, Vicente ya estaba muerto.

Vicente León Chávez mató a sus padres y a su hermana menor. Con la ayuda de dos amigos los asesinaron en su casa. A los padres les dispararon. A ella, a la hermana, Vicente la estranguló y le dio de puñaladas; el cuchillo se lo dejó enterrado. Los cadáveres los abandonaron en una camioneta a la que después le prendieron fuego. Pero ese caso no es el tuyo, Ángel. Ellos lo hicieron por dinero, pretendían cobrar un seguro. Tú no. Vicente los odiaba, odiaba a su hermana además porque era la consentida; estaba en secundaria y le regalaron un carro, a él nada. Tú también tienes un hermano, Ángel. Se llama Jesús, y aquella noche no lo mataste. Cuando te pregunté si odiabas a tus padres me dijiste “Estaba drogado… No, no los odiaba. Nunca antes me había pasado esa idea por la cabeza”. Estabas drogado, Ángel, no sabías lo que hacías, o eso fue lo que me dijiste en aquella biblioteca.

Vicente cometió ese crimen inolvidable en 2004. La Ley para Menores Infractores entonces establecía una pena máxima de 5 años. Fue lo que Vicente duró en la cárcel. Además, en aquel tiempo, cuando un menor cumplía la mayoría de edad, era trasladado al Cereso. Hay una historia que quiero contarte.

Seguro aún tienes presente a Graciela Delgado, la bibliotecaria del Tribunal; tanto tiempo en ese lugar a su lado. Ella me contó que Vicente era un tipo agradable, que era simpático, inteligente y además bien parecido. Que se ganó el cariño de sus maestras y el del párroco que visitaba el penal. Hay una escena que no se le olvida a Graciela y que ahora te comparto. Cuando Vicente cumplió 18 años, lo trasladaron al penal para adultos. En ese momento, saliedo de su celda hacia el camión, lloró y le gritó a la maestra que más lo quería, Ivonne Bueno: “No deje que me lleven. Allá me van a matar”. Ella también lloró y también gritó. Rogó para que no se lo llevaran, pero fue inútil. No lo mataron en el Cereso, pero prácticamente.

Te digo que hay tres vidas en la historia de Vicente, según maestros del Tribunal. La del chico obstinado que hacía lo que quería, ese que fue antes del crimen. La del Vicente del Tribunal, un tipo que no convivía mucho con los demás reos, que leía, que era simpático. Y la última, la del Vicente que volvió del Cereso.

Allá en la cárcel para adultos —me contaron y yo te cuento ahora— conoció las drogas. Fue ahí donde se hizo Artista Asesino, una pandilla criminal. Fue ahí donde, no me supieron decir cómo, se hizo novio de una mujer narcotraficante. Se tatuó “Artistas Asesinos”. Fue en el lugar que se supone debería preparar a las personas para reincertarse a la sociedad donde Vicente se incertó definitivamente en el crimen.

La Ley para Menores Infractores cambió en 2007 y Vicente debió volver al Tribunal. Los que cometieron delitos siendo menores deben permanecer ahí pero en otras celdas exclusivas para los que cumplen 18 años. Por eso tú sigues ahí en esa isla de celdas que alguien cruel, como tu Dios, nombró Cancún. Y no se conformó con esa. A las demás las llamó Acapulco, Cozumel, Manzanillo, Cabos, Vallarta, Huatulco e Ixtapa, nombres de playas en el lugar más árido de la ciudad.

Todos los que han platicado conmigo coinciden en algo: ese chico que volvió ya no era Vicente. El mismo joven asustado que lloró para no salir del Tribunal esa vez ya no quería volver. Vicente cumplió su condena de 5 años y salió. Dos meses después, mientras comía con un amigo sobre un carro, otros, nadie sabe quiénes, los acribillaron. 68 balazos destruyeron esos cuerpos. Nadie reclamó a Vicente. Lo enterraron en una fosa común, junto a desconocidos, en un hoyo que nisiquiera tiene su nombre.

Pensarás por qué te traigo a cuenta a Vicente, si no es tu caso. Bueno, hay dos cosas que los unen, pero una tal vez tú no la sabes. La primera es obvia: sólo hay 3 menores de edad parricidas en esta ciudad. Digo “sólo” porque tres regularmente son pocos, depende de lo que hablemos; por la gravedad del asunto en este caso son demasiados. Vicente, Karen y tú. Y Karen mató a su madre adoptiva.

La otra cosa que los une es el fantasma que Vicente dejó entre esas celdas por las que ahora te mueves tú. ¿Recuerdas a Raymundo? Ese chico tímido que entró a los 13 años por violación. Claro que lo recuerdas, porque tú querías ser como él. Eso me dijo Graciela; ella sabe qué libros pedía Raymundo, esos mismos que después empezaste a pedir tú. Pues bueno, esos libros, antes de Raymundo, los pedía Vicente. Raymundo admiraba a Vicente. Raymundo logró ser Vicente, y después tú lograste ser Raymundo. Eso me dijeron Graciela y Eliud, que además eran sus maestros. Digo que lo lograste porque, déjame decírtelo por si no lo sabes, hay otros presos que quieren ser como tú. Hoy tú eres el tímido, el inteligente. ¿Sabías que Karen llegó pidiendo El Anticristo de Nietzche?

Cuando cambió la Ley Especial para Menores Infractores en el Estado de Chihuahua, aumentaron las penas. La máxima es de 15 años, pero para mayores de 17 y menores de 18. Por eso a ti te dieron 10. Tenías 15. Quince.

Recuerdas también a tu psicóloga, esa señora conservadora y amargada que un día agarraste de malas y te soltó tu diagnóstico. Cómo olvidar esa tarde en que así, sin más que agregar o con qué suavizar eso que no debía haberte dicho nunca, te soltó: “Eres un psicópata”.

Estuviste enojado mucho tiempo. ¿Sabes?, si eso fuera cierto, tú no tendrías por qué estar ahí. El artículo 6 de la ley que te menciono dice: “Los adolescentes que al momento de realizar el hecho tipificado como delito padezcan de algún trastorno mental que les impida comprender la trascendencia y las consecuencias de la conducta realizada, quedan exentos de responsabilidad. En este supuesto o cuando el trastorno se presente durante el procedimiento o en la fase de ejecución, la autoridad judicial competente podrá entregar al adolescente a quienes legalmente corresponda hacerse cargo de él. El proceso que se instruya al adolescente infractor con trastorno mental, será el que establece el Código de Procedimientos Penales para inimputables. Si el trastorno se presenta en la fase de ejecución, el Juez podrá resolver sobre la adecuación de la medida impuesta, considerando las características del trastorno y las necesidades del tratamiento”.

***

Ángel, aprendiste a disparar apuntando hacia botellas de vidrio, que al contacto con el plomo de la bala que lanzabas apenas con el leve esfuerzo de tu dedo índice explotaban en pedazos, montones de pedazos de vidrio. Así aprendiste, me contaste.

La madrugada del 22 de octubre de 2011 tomaste una pistola Smithy & Wesson calibre .22 modelo 622, un arma negra, que pesaba poco más de un kilo y que apenas pasaba los 30 centímetros de largo. Cambiaste de un blanco inmóvil y frágil y la disparaste, por primera vez, contra una persona. Aunque realmente el objetivo siguió siendo inmóvil, la acción requería más que simples ganas de reventar una botella. Específicamente disparaste contra la cabeza de un hombre que estaba dormido. Más específicamente, era la cabeza de tu papá.

Ángel, omites algunas cosas de aquella madrugada de octubre. Como si te dieran vergüenza. Pues a pesar de que me dijiste que mataste a tus padres, no me dijiste nada del momento en el que disparaste a tu madre.

Una ciudad convulsionada

Vivías al suroriente de Ciudad Juárez, frontera que en aquel tiempo peleaba el título de la ciudad más violenta del mundo, ya que entre 2007 y 2011 fueron asesinadas más de 9 mil personas y se llegó a registrar un promedio de 8 homicidios diarios. Esa noche sumarías dos más a una larga lista que cerró el año con 2 mil 232 que. Comparados con las 3 mil 798 personas asesinadas un año antes (según el INEGI), son pocos, pero decir que más de 2 mil homicidios es poco en una ciudad con una población de 1 millón 300 mil habitantes (lo que representa el 1 por ciento de la población total del país) sería una grosería porque en este extremo, pequeño límite de dos naciones, ocurrió, en promedio, el 10 por ciento de los homicidios que sufrió todo un país durante la llamada guerra contra el narcotráfico que implantó el presidente Felipe Calderón.

Esa supuesta guerra con tintes más bien de genocidio, pues sólo se veían caer civiles desarmados o que no alcanzaban a defenderse, desató una psicosis que propició un sinfín de homicidios ajenos al tráfico de drogas y al crimen organizado. La muerte y sus visitas diarias, cotidianas como la salida del sol, como su puesta, le restaron valor a la vida, y asesinar fue algo tan fácil que muchos, como tú, dispararon sus armas sin pensar. Por ejemplo, el mismo día que perforaste los rostros de tus padres, otros accionaron sus armas y dejaron tendidos en el suelo los cuerpos de otras seis personas, en diferentes hechos.

El primero fuiste tú, a las cinco de la madrugada. Un poco más tarde, a las once de la mañana, en la colonia Parajes del Sol, también en el suroriente, unos carjackers se fugarían de sus verdugos. Luego de una persecución dejarían abandonada la camioneta Jeep Cherokee negra, bajarían corriendo para perderse entre las casas abandonadas que abundaban en el lugar (y lo siguen haciendo) y salvarían su vida, al menos por ese día. Dos hermanos, Enrique y Jesús Vaquera, que trabajaban poniendo el piso en una casa cerca de ahí, muy cerca, al oír el ruido de los vehículos, saldrían para ver qué pasaba y escucharían disparos que después sentirían incrustados en sus cuerpos. 52, para ser exactos. Esos balazos, asegura la investigación, no eran para ellos.

Antonio Griego, en Villas de Salvárcar, colonia al oriente, discutiría con su ex esposa, Rosa María Lara, y, al no encontrar una solución más viable a sus problemas, sacaría su revólver calibre .357 Magnum y le apuntaría a Rosa, que aunque intentaría correr, caería al piso en la entrada de su casa luego de que su ex marido le “zorrajara” tres tiros por la espalda. Antonio luego dirigiría el cañón caliente hacia su pecho y terminaría con sus problemas después de jalar el gatillo. A Heriberto, un vecino, se le haría fácil recoger el arma y sacarle el celular y la cartera al cuerpo, vivo aún, agonizante, de Antonio, que fallecería horas más tardes en la Clínica 66 del Seguro Social. Se fajaría la pistola y se iría caminando tranquilo antes de ser detenido y revisado por agentes de la policía, a quienes les confesaría el robo y les diría que lo hizo porque necesitaba un arma para defenderse. Y tal vez tendría razón. Tal vez todos, narcos o no, necesitaban defenderse.

Casi al mismo tiempo, a Humberto Villalobos lo apuñalarían en cuatro ocasiones adentro de una casa en la colonia Solidaridad, hacia el sur, y abandonarían su cadáver junto al cuchillo. 25 centímetros de metal ensangrentado.

En el bar Arrullo, Jesús Elías Morales, sentado en la barra, tomaría el último trago de cerveza de su vida antes que le dejaran ir seis balazos que se impactarían en su cabeza y hombro derecho. Y no lo sabría. Sería el último muerto de ese, tu día de octubre.

Cinco inolvidables disparos

Aquella madrugada, Ángel, llegaste pasadas las dos de la mañana a tu casa borracho y drogado, como muchas otras madrugadas de muchas otras cervezas y muchas otras pastillas psicotrópicas.

Para llegar a tu recámara abriste la puerta de esa casa verde azulado enseguida de la esquina, marcada en una columna de cemento afuera, abajo del medidor de la luz, con pintura de aerosol y números de molde: 892. Viste de frente la sala, diste vuelta a la izquierda, pasaste la entrada del cuarto de tus papás y en la segunda puerta entraste a tu recámara, cuestión de unos seis o siete pasos desde la entrada. No caminaste más de 6 metros porque la casa, en verdad pequeña, no lo permitía, y te quedaste un rato sentado sobre la cama. Luego te recostaste y te quedaste dormido, pero no fue un sueño profundo y largo.

De hecho, Ángel, no sabías de sueños profundos y largos desde hacía al menos tres meses. Me contaste de días largos, largos. Lentos todos. Despacios. Un mundo de calles infinitas y ruidos lejanos. Las drogas, me dijiste, Ángel, te hacían sentir que todo era ajeno; tú mismo no eras tuyo, nada lo era. Caminabas por banquetas invisibles que te llevaban a media calle. Escuchabas el rechinido de unas llantas tallándose contra el pavimento, distantes, chirrido casi imperceptible, hasta que enseguida oías el grito ya pegado a tu oreja —“Muévete imbécil”—, y entonces, si te daban ganas, te movías. Recuerdas fiestas, una especialmente, en la que estabas peleando por una botella de cerveza con un amigo, de los muchos que te rodeaban y reían. Recuerdas cómo tu amigo te la quería arrebatar y cómo tú la protegías, pegando el brazo al torso con la cerveza en medio. Recuerdas también cómo abriste los ojos y no había ni amigos, ni botellas. Ángel, estabas solo, sentado en un sillón de la sala de tu casa, alucinando hasta el amanecer.

Despertaste esa madrugada de octubre, apenas un par de horas más tarde, alrededor de las cinco de la mañana, ofuscado. Así, sin más, sin pensarlo, te levantaste de tu cama y te dirigiste a la recámara de tus padres. Entraste, sacaste del cajón del escritorio la SmithyWesson que tu papá había comprado para defenderse en caso de que lo quisieran asaltar mientras vendía hamburguesas en el puesto que instaló afuera y le apuntaste a la cabeza. Le apuntaste a la cabeza. A la cabeza.

El cuarto estaba oscuro, realmente oscuro a pesar de la ventana que daba a la calle, pero alcanzaste a distinguir la silueta del otro Ángel, ese por el que te llamas así. Jalaste el gatillo y antes del ruido, siempre antes del ruido, va la luz. Recuerdas cómo la recámara se iluminó una fracción de segundo, cómo de ese negro compuesto que inundaba el ambiente pasó a tonos claros azules y anaranjados. Viste al hombre acostado que no alcanzó a darse cuenta de lo que pasaba. Lo viste bien, y recuerdas después la imagen de la cabeza deshecha, impactada, perforada; no lo mismo que una botella de vidrio convertida en pedazos, pero sí deshecha, diferente, muerta. La cabeza de Ángel padre se llenó de sangre. Y tú, Ángel hijo, que curiosamente te llamas Ángel Clemente, y clemente es un adjetivo que se usa para llamar a alguien que tiene piedad, esa noche no la tuviste porque después del primero le diste otros tres tiros: dos más en la cabeza y uno en el pecho. Luego, según dice el testimonio que rendiste ante la Fiscalía, porque de esta parte no platicas, fuiste a tu cuarto, escuchaste cómo tu mamá le gritaba al cadáver de tu padre —“¡Ángel, despierta!”—, regresaste a la recámara de ellos, y cuando tu mamá empezó a reclamarte, le disparaste a ella en la cara.

Pero eso dice el testimonio que diste hace más de tres años, y hay muchas cosas que ahora, ya sentenciado a 10 años, ya sin algo qué ganar, no cuentas. Por ejemplo, los encabezados de todos los periódicos, luego de que declaraste, decían más o menos así: “Menor mató a sus padres para que ya no sufrieran”. Ese fue el ángulo de todas las notas, porque tú, Ángel, dijiste que ya no querías que tus papás vivieran de esa manera. Estaban enfermos; Ángel padre usaba bastón porque tenía poliomelitis y María Esther tenía la columna desviada. Eso dijiste aquella vez, pero a mí, luego de más de tres años, no me mencionaste nunca que los hubieras matado por eso. Y realmente es algo bastante más sencillo que un planteamiento filosófico de la vida sufrida y el derecho a morir o a terminar con el dolor de otra persona. Es algo tan fácil de explicar aunque tan difícil de entender como la respuesta que me diste, Ángel, cuando te pregunté: ¿por qué lo hiciste?

—No sé… Estaba drogado —así nada más.

—Pero, ¿tú los odiabas?

—No, no los odiaba. Nunca antes me había pasado esa idea por la cabeza. No nos llevábamos bien. Pero no los odiaba.

Luego de matarlos fuiste otra vez a tu cuarto por tu hermano. Porque tienes un hermano que ese día tenía 11 años. Jesús, se llama. Para que no viera los cuerpos tendidos de sus padres, agujerados, tú, en vez de dar vuelta a la derecha al salir de tu cuarto para llegar a la entrada pasando por la recámara de tus papás, preferiste girar a la izquierda y como a cuatro pasos salir por la puerta de atrás para brincar una pequeña barda de ladrillos que no protege ni impide el paso. Jesús dijo a la policía que no sabía lo que había pasado porque salió con su hermano por atrás y no vio nada. Tú me contaste que cuando salieron de la casa le platicaste todo lo que había pasado. Y Jesús, pese a saberlo —parece muy difícil no despertar cuando estás junto a una balacera—, nunca te delató a ti, su hermano mayor, ni siquiera en los interrogatorios. Caminaron un par de cuadras con el sol clareando el cielo y se sentaron a esperar a que pasara el día en la iglesia católica a la que los llevaban sus padres, San Martín Obispo.

Ahí, más tarde, Ángel, viste a tu novia, a tu novia que sólo llamaré Novia porque tú me pediste que no dijera su nombre. Tenías tiempo sin ir a la iglesia. Recuerdas cómo aquella vez Novia te tomaba la mano y te la acariciaba y te sonreía.

—¿Qué traes? —le preguntaste.

—No nada, estoy feliz —te contestó ella, que no sabía lo que había pasado, ni que la mano que acariciaba acaba de disparar un arma.

Estaba feliz de verte otra vez en la iglesia y a esa hora la razón no importaba porque dos muertos no son dos muertos hasta que los encuentran. En ese momento, para los amigos de la iglesia tus papás no eran más que dos señores que posiblemente se quedaron dormidos. Pero el asesino sabía la verdad. “Lo sientes ajeno”, me dijiste otra vez, como la sensación de estar aún drogado. Pero lo sientes y lo recuerdas bien.

—¿Por qué no llegan tus papás? —a Novia se le hizo raro que no llegaran porque había un congreso de matrimonios al que iban a asistir.

—No sé. Estaban dormidos y no los quise despertar —le contestaste.

—Márcales —te insistió ella.

Y tú les marcaste y le pasaste el celular a ella mientras sonaba sabiendo que nunca contestarían.

Más tarde a alguien de la iglesia le parecería extraño que estuviera estacionada en la entrada la camioneta de Ángel padre y, curioso, se asomaría por la ventana de la recámara, esa misma ventana que da a la calle y que en la madrugada no permitía que entrara la luz del alumbrado público. Esta vez dejaría ver los cuerpos tendidos en el piso y los charcos de sangre.

Después las investigaciones. Al principio dijiste que no habías sido tú, pero la culpa se iba inflando con el tiempo; eras un globo creciendo, y los globos, Ángel, se revientan. Fue por eso que, cuando ya no te cupo más culpa, cuando el último rincón de tu cuerpo se llenó de ella, le confesaste a la fiscal, que nunca creyó tu historia. La llamaste y retador le preguntaste: “¿Quiere saber qué pasó en realidad?”. Ella detuvo su paso por el pasillo de la Fiscalía y se sentó junto a ti para escuchar lo que ya sabía. Y tú te desinflaste un poco; poco a poco lo sigues hacienda en ese Tribunal. Eso es lo que me contaste.

—Ya no tenía ganas de nada, como si estuviera enfermo —recuerdas cómo era el abismo y el momento interminable de la caída—. Yo ya quería terminar con esto, sólo así se podía cortar, necesitaba empezar de nuevo y… de las cenizas se renace.

Pensaste que después del crimen había que cambiar las cosas. La cárcel te serviría para sanar la culpa. La cárcel es para ti una limpia. Limpia de 10 años. Y —no importa, estás consciente —te faltan seis.

Cuando me respondiste por qué cometiste el crimen, en tu oración había una palabra que remarcaste: “un mometo”. Así pasan las cosas, en un momento. Tú lo sabes mejor que cualquiera.

—Un momento antes tienes todo y en cinco minutos lo pierdes. Sólo te quedas con tu ropa y eso no mucho tiempo. Ahí es cuando empiezas a construir todo.

Otra vez, Ángel, tienes otra vez que aprovechar cada día entre los muros de ese penal.

—¿Qué hora es? —me preguntaste en la biblioteca.

—Las doce. ¿Por qué?

—Ya se me fue el día —contestaste un tanto alegre de que el tiempo avanzara.

—Pero si apenas empieza —te dije desconcertado.

Después de explicarme que la cena la sirven a las cuatro de la tarde dijste:

—Aquí ya se acabó.

El sol nace en el oriente

Tu casa está en una de las zonas más desprotegidas. Las peores condiciones para vivir están ahí acumuladas entre las calles de tierra y los relieves de escombro, de la basura que se funde con la arena del desierto que se pasea por el pavimento escaso —cuando hay— en pocos tramos, y se queda reposando hasta formar montones que, parece, ya no se mueven nunca.

Tu casa está en una colonia que se llama Manuel Gómez Morín que está en la parte sur de la ciudad, ahí, hasta abajo, del lado oriente. Vivir al final de esta ciudad que se construyó en medio de un desierto tiene sus consecuencias, y las tiene no precisamente por ser orilla, sino por ser producto de una planeación ausente.

Tu casa, esa que no es celda sino casa, ahora está abandonada; es una ruina sin puertas ni ventanas, un cadáver más en este cementerio de viviendas, paredes y techo que albergan a cinco perros callejeros: cuatro cachorros y una madre flaca y larga están acostados en el espacio de lo que fue un clóset en ese cuarto que no olvidarás nunca. En la pared blanca del que fue tu cuarto hay una leyenda pintada con tiza, negra como carbón desparramado. Se lee: “puto”.

Ángel, hay errores que se vuelven cicatrices vistosas para no olvidarlas nunca y no repertirlas. Este texto, costra impertinente, pretende ser algo más o menos así.

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