Por Rodolfo Castellanos

El 27 de marzo de 1994, cuatro días después del asesinato de Luis Donaldo Colosio, Germán Dehesa escribió en su columna la frase “¿Adónde iremos que no nos acompañe el duelo?”. En aquél año oscuro yo me encontraba por cumplir tres años; estoy consciente de que no logro dimensionar lo que significó el levantamiento del EZLN, el sangriento reacomodo de poder priista y la posterior crisis económica que dejó a millones de familias sin esperanza ni futuro.

Recuerdo 1994 porque necesito un referente del horror, pero al mismo tiempo de esperanza, dado que hoy, igual que le pasó a los mexicanos de hace veinte años, no encuentro sitio alguno donde no me acompañe el duelo.

Con ese afán me puse a investigar en qué condición se encontraba el PRD hace veinte años. En su columna del 18 de agosto de 1994, el mismo Dehesa opina lo siguiente: “En el PRD hay magníficas individualidades, pero su organización, su disciplina y su democracia interior reviven para mal lo peor de nuestra peor izquierda”. Para completar mi rompecabezas, un protagonista de la historia del partido en aquellos años me compartió que, dado que la sede nacional que entonces se ubicaba en Monterrey #50 resultaba insuficiente para la naciente institución política, varias reuniones las realizaban en un salón de la colonia Roma, llamado Covadonga.

Me pregunto si en 1994, mientras debatían ideas y contrastaban opiniones, Jesús Zambrano se imaginaba que veinte años después los estudiantes lo echarían de Ciudad Universitaria al grito de ¡Asesino!; me pregunto si Leonel Godoy se imaginaba el daño que le haría a Michoacán; si Jesús Ortega se concebía exculpando en artículos de opinión a uno de sus gobernadores por la desaparición de 43 estudiantes; si Carlos Navarrete se creería que en veinte años condicionaría la renuncia de uno de sus gobernadores con la condición de que primero renunciaran dos o tres gobernadores priistas iguales o peores que el suyo.

Me pregunto lo anterior porque me carcome la idea de que, al pensar en Iguala, el hubiera sí existe. Si el PRD no se hubiera corrompido, hoy 43 futuros maestros estarían con nosotros, así de sencillo.

Hace unas semanas, en mi calidad de estudiante interesado en el papel que decidirán jugar al interior de su partido, tuve la oportunidad de asistir a una de sus reuniones en el Covadonga en la cual externaron que, para ustedes, renunciar al PRD sería dejarle el camino libre a todo aquello que repudian y pretenden cambiar de él. Mi opinión al respecto es la sugerencia de que asuman su militancia como un hecho trágico, y que reafirmen su convicción de seguir a través de la duda constante sobre si su permanencia honra o no la memoria de 43 jóvenes desaparecidos.

Si en ese juicio interno consideran que seguir en el PRD para intentar cambiarlo honra el dolor de 43 familias que no tienen a sus muchachos entre sus brazos; si consideran que a través de ese partido tienen posibilidades de luchar porque los estudiantes a los que 43 normalistas no darán clase tengan un país más justo y digno; si en verdad creen que a través del PRD podrán luchar para que una tragedia como la de Iguala no vuelva ocurrir, estarán apostando, no por hacer de su partido una mejor institución política, sino del infierno un lugar benevolente; y tendrán en su servidor a un simpatizante más.

En la marcha del sábado 8 de noviembre, Carlos Bravo Regidor sostuvo una pancarta tan certera como estrujante cuyo su mensaje era: “No sé cómo vamos a cambiar esta historia, pero sé que esta historia ya me cambió a mí”. Después de Iguala, como lo señaló José Merino, lo que nos corresponde hacer es luchar contra lo que hizo posible la barbarie.

De nosotros depende que, en veinte años, no estén otros mexicanos buscando sitio donde no los acompañe el duelo. 

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