Por Henry Miller

Ilustración de la serie: ‘de calle en calle’ Por diferentes artistas Urbanos

Anaïs:

Lo único que puedo decir es que estoy loco por ti. Intenté escribirte una carta y no pude. Te escribo constantemente, en mi cabeza, y los días pasan y yo me pregunto lo que pensarás. Espero con impaciencia poder verte. El martes está tan lejano. Y no sólo el martes. Me pregunto cuándo vendrás a pasar la noche, cuándo podré tenerte durante un largo rato; me atormenta verte sólo unas pocas horas y luego abandonarte. Cuando te veo, todo lo que quiero decirte se esfuma; el tiempo es tan precioso y las palabras tan extrañas. Pero me hace tan feliz, porque “puedo” hablar contigo.


Adoro tu viveza, tu ingenio, tus piernas torneadas, el ardor entre ellas. Sí, Anaïs, desenmascararte.


Soy demasiado galante contigo. Quiero mirarte larga y ardientemente, quitarte la ropa, acariciarte, interrogarte. ¿Sabes que apenas te he mirado? Hay todavía demasiada santidad adherida a ti.


Tu carta, ¡ah esas moscas! Me haces sonreír. Y haces también que te adore. Es verdad, no te aprecio bastante. Es verdad. Pero jamás dije que tú no me apreciaras. Creo que debe tratarse de un error en tu inglés.


Sería demasiado egoísta por mi parte el decirlo.


Anaïs, no sé cómo decirte lo que siento. Vivo en una continua expectativa. Cuando vienes, el tiempo corre como en un sueño. Únicamente cuando te vas me doy cuenta por completo de tu presencia. Y entonces es demasiado tarde. Me paralizas.


Esto es una pequeña borrachera, Anaïs. Me digo a mí mismo: “He aquí a la primera mujer con la que puedo ser absolutamente sincero”. Te recuerdo diciendo: “Podrías engañarme y no me enteraría”. Cuando paseo por los bulevares pienso en eso. No puedo engañarte, y sin embargo me gustaría.


Quiero decir que jamás pude ser totalmente leal, no está en mí eso. Me gustan demasiado las mujeres, o la vida; lo que esto sea, no lo sé. Pero ríete, Anaïs, me gusta oírte reír.


Eres la única mujer que ha tenido una sensación de alegría, una prudente tolerancia; ya no pareces incitarme a que te traicione. Te quiero por eso.


¿Cuál es la causa de que hagas eso? ¿El amor? Oh, es hermoso amar y ser libre al mismo tiempo.


No sé lo que espero de ti, pero es algo parecido a un milagro. Voy a exigirte todo, incluso lo imposible, porque lo fomentas. Eres realmente fuerte. Me gustan incluso tus engaños, tu traición. Eso me parece aristocrático. (¿Suena mal “aristocrático” en mi boca?).


Sí, Anaïs, estoy pensando cómo podría traicionarte, pero no puedo.


Te quiero. Quiero desnudarte, vulgarizarte un poco. Ah, no sé lo que digo. Estoy un poco ebrio porque no estás aquí conmigo. Me gustaría batir palmas y voilá. ¡Anaïs! Quiero poseerte, utilizarte. Quiero cogerte, quiero enseñarte cosas. No, no te aprecio. ¡Que Dios me perdone! Tal vez quiero incluso humillarte un poco.


¿Por qué? ¿Por qué no me arrodillo y te venero? No puedo. Te quiero risueñamente.


¿Te gusta eso? Querida Anaïs, soy tantas cosas.


Tú sólo ves ahora las cosas buenas, o al menos dejas que me crea eso. Quiero tenerte un día entero por lo menos.


Quiero viajar contigo, poseerte. No sabes lo insaciable que soy. O cobarde. ¡Y egoísta! Me he portado bien contigo. Pero te advierto que no soy ningún ángel.


Creo sobre todo que estoy un poco ebrio. Te quiero. Ahora me acuesto, es demasiado angustioso permanecer despierto. Te quiero. Soy insaciable. Quiero pedirte que hagas lo imposible. Lo que eso significa, no lo sé. Probablemente tú me lo dirás.


Eres más rápida que yo. Amo tu coño, Anaïs, me vuelve loco. ¡Y la manera en que dices mi nombre! Dios mío, es irreal. Escucha, estoy muy borracho.


Me duele estar aquí solo. Te necesito. ¿Puedo decirte alguna cosa? ¿Puedo o no puedo? Ven rápidamente, pues, y cógeme.


Córrete conmigo. Rodéame con tus piernas. Caliéntame.

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