Desde su etapa como presidente municipal de Oaxaca, Carlos Sada es conocido como un hombre siempre dispuesto al diálogo, cuyo gobierno se caracterizó por un fuerte componente de inclusión. Miembro de una familia de clase media de la capital oaxaqueña dedicada al ramo automotriz, su capacidad para desenvolverse elocuentemente tanto en las colonias populares como en las esferas de poder estatal lo colocó como un precandidato natural para suceder a Diódoro Carrasco en la gubernatura.
Sabedor de ello y empeñado en impulsar a su delfín, José Antonio Estefan, Carrasco intentó dinamitar sistemáticamente la gestión de Sada en la capital, con el afán de evitar que incrementara su popularidad. Consciente de las consecuencias que implica ser un adversario del gobernador, Sada optó por no confrontar; concluyó su mandato y tomó las riendas del primer consulado que le tocaría encabezar en Estados Unidos: San Antonio.
Diódoro no consiguió imponer a Estefan (Zedillo ya tenía decidido que el candidato fuera José Murat), pero Carlos Sada inició lo que se ha convertido en una de las trayectorias más estables y comprometidas de un miembro del Servicio Exterior Mexicano en Estados Unidos. Conocedor de lo que representa trabajar a ras de tierra, ha tenido sobre sus hombros la gestión de los consulados con mayores retos cotidianos: Chicago, Nueva York y Los Ángeles.
Su nombramiento como Embajador es sin lugar a dudas la única decisión contundentemente acertada de la presente administración para enfrentar el cataclismo que iniciará el 20 de enero. En el peor escenario posible en que lo que está por venir es una persecución sistemática de connacionales con redadas en eventos deportivos (partidos amistosos de México o de equipos mexicanos, por ejemplo), la implementación a escala nacional de las políticas antinmigrantes impulsadas en Arizona, el fortalecimiento de las agresiones de simpatizantes de Trump a minorías, la continuación en la construcción del muro en la frontera (porque como bien lo ha señalado Camilo Ruiz en este espacio: el muro existe, estimados lectores, y está cubierto de las huellas de los Clinton), el recrudecimiento del uso de la fuerza de la Border Patrol, o la retención de las remesas, hacen imperativo que la principal autoridad mexicana en Estados Unidos tenga noción de cómo enfrentar la barbarie. Sada tiene más de 20 años de experiencia en trabajo de campo.
El único referente con el que concibo comparar el reto que tiene por delante es con la labor realizada por Gilberto Bosques en la Francia ocupada para salvar la vida de los perseguidos del franquismo y del nazismo, con la diferencia de que en este caso no es una acción de solidaridad con la gran causa del hombre, sino de responsabilidad para con nuestros connacionales. Por otro lado, tendrá la similitud (junto con los cónsules) de tener que responder de forma expedita a situaciones y circunstancias extremas. Como lo señala Bosques en sus memorias: “Para ciertas cosas de urgencia y auxilio dirigirse a Relaciones Exteriores, de ahí que pasara a esperar el Acuerdo con el Presidente o con el señor Secretario; aquella gente quedaba perdida. En consecuencia hubo que adoptar medidas de emergencia para que la ayuda fuera efectiva. Y así lo hicimos”.
No nos engañemos. Los tiempos oscuros que se vienen representarán el mayor reto institucional que el Servicio Exterior Mexicano ha tenido en frente en su historia. El personal de los consulados, cónsules y el Embajador Sada tendrán que, de la mano de nuestros connacionales, resistir la embestida, articular redes de solidaridad no únicamente a nivel institucional, sino también con los miles de núcleos de migrantes, con sus familias y conocidos. No sólo necesitamos fluir, la resistencia guerrillera tendrá que florecer. Para esta resistencia tenemos a un sólido mariscal de campo en la primera línea de batalla: el Embajador Carlos Sada.

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