Por Olga Lydia Alanís González 

Ilustración por Cristina Guerrero

Sentada al borde de una fuente me dejo salpicar por la cristalina agua. Un señor se acerca, saluda y me invita a unas conferencias sobre gnosticismo. Me explica lo que son sin dejarme hablar. Al final dice no, tú no vas a entender. Mientras me habla sobre las conferencias, veo cómo tres niñas idénticas de cabello rizado y rojizo pasan de largo frente a nosotros. Se ven muy tiernas. Sus caritas semejan la de una hermosa muñeca, sólo que cada una me ve con una expresión distinta; eso las hace diferentes. Aquellas miradas atrapan mi atención, distrayéndome de las palabras del hombre de blanco, al cual veo alejarse sin entender qué sucede. El aspecto limpio de aquella figura, la pulcritud de su ropa, su mirada brillante y lo que dice contrastan con el aroma podrido que emana de su cuerpo. Su fetidez es insoportable. Aquel olor sale de unas heridas o llagas que esconde con vendas bien pronunciadas bajo su ropa blanca. De pronto viene una camioneta a toda velocidad con dos niñas dentro. Al parecer las han secuestrado. Las niñas me piden ayuda a gritos. Yo vuelo hasta ellas, entro por una de las ventanas y tomo el volante. Llegan más camionetas con hombres armados, la figura de aspecto extraño los acompaña. Sé que no puedo hacer nada, mi instinto me lo dice. Yo, de pie y rodeada por ellos, los miro fijamente, sin temor. Después abro los brazos y vuelo, vuelo hasta la inmensidad del universo, hasta estar en medio de las estrellas, sintiendo su luz y su grandeza… No hay palabras con las que pueda describir lo que sentí al ver semejante espectáculo. Las estrellas han quedado atrás, todo lo rodea el “aire-agua”. Continúo volando aún más alto, hasta un lugar donde nada tiene forma, sólo la luz. “No temas, nada puede hacerte daño. Yo estoy contigo…” Las palabras vinieron a mí mientras veía cuerpos mutilados, sangre, fuego en las ciudades, imágenes incomprensibles, una tras otra. Despierto asustada, con la cara en mis rodillas. Abro los ojos y veo que estoy cubierta por agua. No puedo pararme. Estoy dentro de una gota, la gota en manos de una niña. Vuelvo mi cara a las rodillas, tratando de entender qué sucede. Escucho “La voz” nuevamente: “No temas, yo estoy contigo.”

Sudorosa, agitada, tratando de ordenar mis pensamientos. Aún despierta escucho esa voz: “Las van a secuestrar…”

Otra pesadilla. Es medianoche y yo aquí, diciéndome a mí misma: “Paola, tranquila, es un sueño. No tengas miedo, tranquila. Ya sabes…” Ya no sé si esta es mi realidad o los sueños son mi mundo, pero recordar cómo se siente volar entre las estrellas, tan libre, fuerte y protegida me hizo sonreír. La voz me dijo alguna vez en sueños que este mundo es una realidad aparente a la que damos forma, que fuimos enviados aquí para aprender y ayudarnos a encontrar el camino de regreso a casa, que esta realidad no existe, que se diluye con el despertar de la conciencia, que los que han partido sin conocer esta verdad esperan su turno para volver, que ellos son como sombras grises fuera del tiempo, que esto es lo que llaman infierno y que no es aquí a donde hemos de volver.

He tenido muchos sueños a lo largo de mi vida, pero me decía a mí misma que éste no era cosa común. Algo estaba por suceder, y no sólo a mí. Muchos otros estarían involucrados, quizá hasta un país entero.

Lunes. Otra semana de tortura. La situación empeora. Las ventas bajan cada día más y los cobradores y el banco siguen tan puntuales como siempre. A la gente no le interesan los libros, por lo menos no aquí, no en esta tierra de narcos. Después de ocho años me doy cuenta de que no fue tan buena idea agregar libros al inventario de mi negocio. Parece que esta semana sería igual a las otras. La única diferencia acaso es la amenaza de embargo. De nuevo me preguntaba cómo llegué a esta situación.

Miércoles. Una amiga me pide que la lleve a Nuevo Laredo.

—Te doy para la gasolina y aparte te pago por llevarme.

Considerando la situación, ¿cómo negarme? Obtendría un dinero extra.

Una luna hermosa apareció entre las nubes, iluminándolo todo. Luna llena. Eran las 7:30AM de ese día cuando llegamos a la gasolinera del entronque entre las carreteras Laredo-Monterrey. Estacioné el coche frente a una tienda de conveniencia. Clara brincó de gusto al ver que ahí estaba su novio esperándola para guiarnos al rancho.

— No, no te bajes.

La tomé del brazo. Fue mi instinto el que habló.

—¿Qué te pasa?

—No me importa, no te bajas —dije con voz más que autoritaria.

Clara estaba asustada. No le quedó más que esperar a que el tipo se acercara a mi coche. Entre arrumacos se pusieron de acuerdo, y yo volteada hacia el lado opuesto, escuchando La voz, como siempre. ¿Qué podía hacer? Ya estábamos allí. Manejé de reversa hasta la pompa de gas. Clara quiso bajarse del coche de nuevo, esta vez para tomar el dinero de la gasolina. La detuve por segunda vez.

—Discúlpame, ya me conoces, pero la primera vez que no te dejé bajar fue porque a un lado de él estaba sentada la Muerte. ¡Eso vi! ¡Créeme!

Ella me conocía lo suficiente como para quedarse en el coche.

—¡Pero cálmate! —me dijo —. Quizás sea tu imaginación. ¡El que va con él es un amigo!

— OK, OK, pero yo me regreso nada más dejándote en el rancho. No me importa si ya es de noche.

Ya con el tanque lleno de gasolina, continuamos el viaje. Íbamos detrás del novio de Clara, siguiendo su Suburban muy de cerca, pero de pronto, al dar la vuelta para tomar la carretera, pisó el acelerador a fondo y se nos perdió de vista entre los cientos de tráileres que transitaban a esa hora. Me dio una rabia…

—¿Qué se cree ese tipo? ¿Que no lo alcanzo? Déjame le enseño, para que vea cómo se maneja.

Y ahí me tienen sumiendo a fondo el pedal de mi Crown Victoria, mucho más viejo que aquella Suburban del año. Al tiempo que viajábamos a toda velocidad, pude advertir que una camioneta que venía atrás nos hacía cambio de luces una y otra vez. Imaginando que quería rebasarme, sumí el acelerador todavía más, pero la larga fila de tráileres no me permitía darle paso. ¡Oh, error!

El tiempo pareció detenerse. Todo sucedía tan lentamente que incluso estaba al tanto de los latidos ralentizados de mi corazón. Vimos la Suburban volando por entre el camellón lleno de rocas y rebotar tres veces rodeada por el zumbido de las balas. Sin más, estábamos solas. Los cientos de tráileres habían desaparecido. ¿A dónde se fueron? Sin perder tiempo, encendí las luces interiores y las preventivas, luego eché el coche en reversa. Afortunadamente el lado derecho de la carretera era plano, lo noté cuando pasamos por allí. Sólo alcancé a retroceder unos metros. De repente nos vimos rodeadas: una Titán al frente, una Ford doble cabina a la izquierda, las dos de atrás no las recuerdo. Había tipos armados al lado de cada puerta, vestidos de negro, con las siglas de la AFI en sus gorras. Respiré aliviada pensando que era la ley. De repente sacaron a Clara de un jalón. Yo veía todo como en una película, sin atinar a reaccionar; aquello sucedía demasiado rápido. Recuperé el control cuando sentí que me jalaban del brazo y me ordenaron a gritos que bajara.

—Déjame quito el cinturón —contesté con voz autoritaria—. ¿Qué sucede?

Uno de ellos puso el arma larga frente a su cuerpo, sin apuntarme, y de inmediato, como resorte, mis manos se alzaron. ¿Qué demonios estaba pasando? Me llevó a la parte trasera del coche. Yo seguía peguntando qué sucedía. Esta vez mi mente iba al mil por hora. Ya no necesité respuestas al ver los pies de Clara pasar frente a mi rostro cuando la echaron dentro de la cajuela.

—¡No me toques! ¡Yo me subo sola! —repliqué al instante, apuntándole a aquel hombre con mi dedo (¡por Dios, como si mi dedo tuviera poder alguno!).

Pude advertir la confusión en ellos. No esperaban esa reacción de mi parte. Eran ocho, la mayoría altos; sólo vi un chaparro, moreno. Aunque todos andaban armados, sólo uno tenía cara de maldito: la barba bien afeitada, los gestos del rostro endurecidos. La mayoría eran muchachillos de entre 22 y 28 años. Al que le noté aire de jefe nada más me veía con ojos inexpresivos, como si quisiera adivinar quién era yo y cómo osaba hablarles así. Por unos segundos sólo sonó el viento. El ambiente pesaba con la indolencia de todos.

—¡Yaahhh! —sonó la voz afeminada del cara de maldito, un poco en descontrol de su actitud, e hizo bajar mi mano que todavía seguía apuntando como pistola.

Me acomodé en la cajuela. Ya dentro nos preguntaron qué estábamos haciendo. Les dije que mi amiga me había pedido que la trajera a ver a su novio y que yo me regresaría, después expliqué en breve quién era yo. El jefe me preguntó si no conocía a alguien de “la gente”, algún comandante o guardia. Contesté que no, que lo único que sabía era que acababan de poner a un tal “Zalva” y que el comandante de Miguel Alemán se llamaba “Zacarías”. Llamaron a Zalva por radio, me lo comunicaron y le expliqué lo que andaba haciendo. El tipo hablaba como si me conociera por más que yo jurara no conocerlo. Les dijo que sabía quién era, que hablaría con sus jefes para que nos dejaran ir y se comunicaría con ellos más tarde. Después de aquello, se hizo la corredera de todos a sus camionetas. Dos de ellos tomaron mi coche. Clara, ya en lo oscuro y al borde de la histeria, comenzó a llorar y a gritar.

—¡Te callas! —ordené—. ¡Si me voy a morir, no será llorando! Ponte a rezar.

Recientemente había leído El libro tibetano de la vida y de la muerte, donde dice que la muerte es el momento más importante de nuestra vida. Pensé que quiero morir consciente de ello.

—Perdón, Paola, por mi culpa estás aquí y vamos a morir.

—No es culpa de nadie. Yo estoy aquí porque acepté venir contigo, no me obligaste.

Se hizo el silencio y seguí en lo mío. En ese momento agradecí a Dios por mi vida, mi familia, mis amigos. Pero entonces recordé a mis hijos. Le dije a Dios: “Ya no me quiero morir, pero si esa es tu voluntad, en ti confío que ellos estarán bien. Si tú me llevas ahora, para mí significará que ellos están listos para estar sin mí. Hágase tu voluntad.” Esos minutos de oración me desconectaron de la realidad inmediata. La tranquilidad me invadió, respiré calmada por unos momentos y escuché La voz.

—No temas, van a estar mejor de lo que puedes imaginar. Confía en mí.

—¿Cómo nos cuidarás en medio de todo esto?

—PA las va a cuidar…

—¿PA? ¿Quién es PA?

—Miguel las va a cuidar…

—¿PA es un viejito? ¿Es el guardia? ¿Quién es?

—No temas, confía…

El rugir del motor me devolvió a la realidad.

No conozco esa carretera y no sé si hay curvas, pero nuestros cuerpos rebotaban de un lado al otro con cada giro del volante. Quizá lo hacían para que gritáramos. Escuché los sollozos de Clara.

—Cálmate, todo va a estar bien, mejor de lo que piensas. Nos van a cuidar, me han dicho.

Guardamos silencio. Minutos después, el coche se detuvo. Chisté a Clara para que no hiciera ruido.

—Espera, veamos qué hacen, y por favor, pregunten lo que pregunten, contesta rápido. Si te preguntan por el baboso de Patrick, ¡habla!

Las voces de fuera se escuchaban muy bajo. De pronto oímos a alguien que tocaba en la cajuela.

—Toc toc toc. ¿Las mujeres del coche?

—Toc toc toc.

Soltaron las carcajadas.

—¡’Inches viejas!

Abrieron la cajuela y nos interrogaron.

—¿Dónde está el rancho del tipo que estaba con ustedes?

—Kilómetro 45, carretera Laredo —contesté rápido.

—¿A qué distancia de la carretera se encuentra el rancho?

—5 kilómetros hacia dentro, señor…

La luz azul no dejaba de caer directo a mis ojos, y yo, sin parpadear, con los ojos bien abiertos, no dejaba de seguirla.

—¿Dónde está el dinero?

—¿Qué dinero? ¿De qué hablas?

No podía verlos; apenas advertí la siluete de mi interrogador. No cerré los ojos ni por un momento.

—¿Quién es este cabrón?

—Pues el rancho ya está rodeado de militares. Este es un infiltrado —contestó otra voz.

Cerraron la cajuela. De nuevo a oscuras. No supe cuánto tiempo pasó. Seguimos en silencio, rebotando contra el hierro del coche. La noche era fría… Alcé mi mano y comencé a orar por que alguien parara el coche, pues Clara empezó a susurrar su larga lista de posibilidades horrorosas: que si tiran el coche, que si lo queman con nosotras dentro, que si nos dejan en la cajuela y morimos asfixiadas…

—¡Para! No sigas…Eso es lo que quieren, que llores y grites. No actúes como ellos esperan. El motor no aguantará mucho. Espera, yo lo sé.

Seguí orando. De pronto a la cajuela le entró humo. Tronó el motor del coche y todo se estaba ahumando dentro. Tosimos y tosimos y no nos abrían.

—¡No hables! —insistí en voz muy baja.

El momento nos pareció eterno. Finalmente abrieron y nos ayudaron a salir. No parábamos de toser y arrojar flema y moco negro. La Titán llegó por nosotras. Rápido nos hicieron abordarla y dejaron el coche abandonado. Ordenaron que nos reclináramos y nos echaron sus chaquetas encima, no sin antes enseñarnos las armas para que obedeciéramos. Nos inclinamos una frente a la otra. Estuvimos así varias horas, hasta que nos dieron ganas de orinar. Clara y yo habíamos empezado la dieta del agua, y ese día habíamos tomado la suficiente como para que nos urgiera desalojarla del cuerpo.

—Paola, no les diga nada, nos van a matar. Méate mejor.

—No me importa, yo no aguanto.

Lo pensé mejor e intenté aguantar tanto como pude. Mi vejiga ya no podía más. Escucharon mis quejidos y preguntaron qué sucedía. Les dije que necesitaba orinar.

—Orínate allí, sentada.

—¿Quieres que me orine aquí? Sí sabes que la peste a orina no las vas a quitar en días, ¿verdad? Y en una camioneta nuevecita…Anda, háblale a tu jefe.

Ya para entonces me había enderezado sin quitar la chaqueta de mi rostro. Llamaron a su jefe, quien ordenó que nos bajaran.

—No abran los ojos. Ya saben, traemos pistola en mano.

Me prendí de un brazo. Aun con los ojos cerrados pude darme cuenta de que era el gordo. De hecho, así lo llamaban: Gordo, Payaso, Pájaro, sus tres apodos.

Esa noche la luna estaba llena y en todo su esplendor. Abrí levemente los ojos sin que se dieran cuenta. Estábamos en unas bodegas, y había muchos tráileres dentro.

—Ya, orina donde sea.

—¿Puedo abrir los ojos un momento?

—Está bien. Pero ciérralos pronto.

Y así lo hice. Lo primero que vi fue una pileta con una llave de agua. Le apunté con un dedo y volviendo a cerrar los ojos, dije:

—Llévame allí.

El gordo me hizo caso. Empecé a orinar.

—Ah, ¡qué descanso!

No paraba de orinar. El gordo se desesperó.

—Oye, ¿qué pasa? ¿Por qué orinas tanto?

—Estoy haciendo la dieta del agua… ¿Nunca has hecho dietas?

No contestó.

Clara orinó en el piso. Ya de vuelta en la camioneta nos obligaron a inclinarnos otra vez.

—Trata de dormir —me dijo ella.

—No inventes. ¿Cómo voy a dormir?

Recordé que todo lo que había dejado en el coche: mi visa, mis cosas, mi chaqueta.

—¿Nos puedes llevar al coche por mi visa?

Puro silencio. Imagino que se voltearon a ver entre sí.

—¿Qué? —preguntó uno, tal vez pensando que no había escuchado bien.

—Sí, necesito mi visa. Yo vendo mercancía en Texas, desde Laredo hasta Brownsville. Sin ella estoy desarmada; es de lo que vivo… Por favor, llámale a tu jefe.

—Estás loca —me dijo Clara —. ¿Pretendes que nos maten? ¿Qué te importa la visa?

Fue tal mi insistencia que llamaron al jefe. Éste, tal vez por curiosidad, vino hasta donde estábamos. Seguí insistiéndole, amablemente y con toda clase de argumentos, que me dejaran recuperar la visa. Funcionó. Nos llevaron hasta donde estaba el coche. Ya para entonces la policía local estaba allí. Bajamos todos, y el policía saludó al jefe con toda cortesía.

—¿Cómo está, comandante?

—Ya venimos a requear el coche, como nos ordenó.

Vi que uno de los tipos traía puesta una chaqueta tipo gabardina de piel negra; mi chaqueta. Era el más chaparro de todos, al que llamaban “la Rata”. Sentí nauseas al ver cómo la policía casi reverenciaba al jefe. Tomamos cuanto se pudo y nos fuimos de allí.

Más tarde nos avisaron que habíamos llegado y que por ningún motivo abriéramos los ojos porque iban a llevarnos hasta el comandante. Al bajar de la camioneta alcancé a ver que ya clareaba el día. Quizá eran las seis de la mañana.

Jueves. Entramos al lugar con los ojos bien cerrados y la cabeza gacha y cubierta. Nos sentaron sobre un sofá. Todo estaba en silencio.

Pasaron unos minutos. Clara no pudo más y soltó unos sollozos que más bien parecían gemidos de perrito perdido. Al escucharla, el jefe nos dice:

¡Ya! A ver, descúbranse el rostro.

Observé todo. Estábamos en un cuarto de motel, espacioso, sentadas en un sofá-cama color café. A mi derecha se abría una puerta grande que enmarcaba una mesita de mármol y un jacuzzi en el extremo opuesto. A mi izquierda, hacia atrás, se abría otra habitación con un gran espejo y el lavamanos; el baño quedaba a la izquierda del lugar. Frente a nosotras, la cama y un televisor enganchado a la pared, sintonizando las noticias. Obama estaba en todos los canales. En eso entró el Gordo y dijo:

—Ya está, PA, como usté ordenó.

¿PA? ¿Este es PA? Respiré aliviada. Él nos va a cuidar, yo confío…No podía creer que le llamaran así.

—Vamos a platicar —dijo PA—. Vengan, siéntense acá conmigo, en la cama.

La cama era tamaño king size. Clara corrió a sentarse a su lado. Me había dejado claro que si planeaban violarnos, ella no iba a resistirse. Prefería ser violada a que la mataran, pero a mí me parecía más bien que se estaba ofreciendo…Yo me puse en la esquina de la cama, junto a la ventana. PA era un tipo muy, muy alto, de piel blanca y barba cerrada, negra, muy bien recortada. Su nariz era pequeña, sus ojos negros, las pestañas rizadas, su cabellera abundante y negra, el rostro de rasgos finos que contrastaban la corpulencia de su cuerpo y una prominente panza. Tenía una personalidad que me recordó a Pablo Escobar. Recién había comprando el libro Amando a Pablo, odiando a Escobar; aún no lo leía. Pensé que todos los jefes del narco se parecen.

—Duerman un rato, para que descansen —nos dijo y siguió viendo el televisor.

Clara comenzó a sollozar de nuevo.

—¡A ver! —dijo PA, levantándose—. ¿Tienen hambre? ¡Pájaro! Ve y dile al Rata y a Bola que vayan por comida…. ¿Qué les pido? ¿Qué quieren comer?

—Yo quiero un café, pero negro; me gusta negro. De comer lo que sea.

Clara me miró desconcertada, pero luego se aventuró también.

—Otro café. Con leche, por favor.

—¡Tú, Bola! Ven, vamos a platicar.

Bola era la mente del Grupo. 33 años, pelo a ras, alto, corpulento, moreno. Al tipo le faltaban dos dedos de una mano; los perdió en un accidente. Era originario de Monterrey. Lo habían enviado a tomar cursos de entrenamiento militar a Irak y Estados Unidos, o al menos eso nos contó días después. A mí me parecía un tipo común. No paraba de observarlo desde que nos comentó acerca de su entrenamiento. Hasta llegué a ponerlo nervioso de tanto mirar. Decidí detenerme cuando le noté el nervio. No creí que estuviera tan entrenado; digo, si con tan sólo verlo se ponía así…

Después de comer, PA nos dijo que todo estaría bien. Llamó a sus hombres, y al parecer eran más de los que había visto por la noche. Nos presentó y les dijo que no quería que nos fastidiaran. Dejó a Pájaro para que nos cuidara y mantuviera alejado a cualquiera de ellos que quisiera molestar.

—‘Ta bueno, PA —dijeron todos al unísono.

—Todo va a estar bien. ¡Van a estar mejor de lo que imaginan! —fueron sus palabras.

Después de que partieron, Bola comenzó el interrogatorio. PA sólo observaba. Bola había estado leyendo el diario que siempre traía conmigo en el bolso. Les inquietaba saber para quién trabajaba, qué era lo que hacía. Todo lo escrito en el diario le llamó la atención.

—Pero eso lo vemos después. Ahora quiero que hablen todo lo que sepan acerca del Gringo. Y para que te enteres, niña, —le dijo a Clara —, llamamos al Gringo y no da nada por ti, no le importas. Díganme, ¿es un infiltrado? ¿Qué saben del gringo bastardo?

Ella contestó a todo lo que pudo contestar, pues llevaba sólo tres meses de conocerlo. Sólo sabía que era socio en un criadero de venados que vendían a otros ranchos para la caza, tan acostumbrada por estos rumbos. Ella sólo había visitado el lugar una vez. Lo conoció en la presa Marte R. Gómez durante un torneo de pesca que él ganó. Después lo acompañó a otros torneos: uno en la presa Falcón y otro en El Cuchillo, en Nuevo León. De él sólo conocía peces, anzuelos y lanchas.

Bola nos dijo que tenían tiempo siguiéndole los pasos. Ellos creían que era un infiltrado del FBI y lo querían a como diera lugar. Esa noche de los disparos, el acompañante de Patrick resultó herido. No supieron decirnos si sobrevivió. Sólo vieron al Gringo echarse el cuerpo al hombro y perderse entre matorrales y espinas. No le dieron alcance. Querían saber dónde podrían encontrarlo. Clara ya no supo qué contestar. Entonces yo intervine.

—Pues checa los torneos de pesca, así de fácil. Él va a todos. ¿Tienes una lap? ¡Tráela! Te digo cómo lo buscas.

Digo, de algún modo tenía que entender que nosotras no sabíamos nada. Patrick Storns, Google, YouTube… El tipo tenía videos y todo ese tipo de cosas; fotos de los torneos, del rancho. Era un buen de información. Con eso nos dejaron en paz. Luego llegó mi turno. Querían el dinero…

—¿Cuál dinero? —insistí—. ¿De qué hablas?

—Ustedes son unas chiveras.

Yo nada más me le quede viendo y pensando “¿Qué chingaos es eso?”.

—¿Qué es eso? Disculpa mi ignorancia, pero no te entiendo.

—Sí, todas las chiveras usan esos carros porque corren fuerte. Te vi manejar. Tú no vendes sólo libros. Dime qué más haces. Trabajas con ellos. Tú eres algo, tu forma de manejar me lo dice. ¿Para quién trabajas?

Ni idea tenía de que la forma de manejar dijera algo.

—¿Algo? ¿Como de qué? No te entiendo. Manejo fuerte porque ando mucho en carretera y te acostumbras, es todo. Voy y vengo a Laredo, Monterrey, Victoria; desde Laredo hasta Brownsville. Negocios, negocios, negocios ¿Que quieres que te diga si no hay nada más?

Todo ese día hablamos de lo mismo. Hasta parecía que yo también andaba buscando a Patrick desde hace rato para atraparlo. En la noche, PA pidió la cena para todos. Después de comer, aprovechando que estaba tranquilo, le pedí que me dejara llamar a mis hijos.

—Sólo una, por favor. Déjame hacerles saber que estoy bien… ¡Por favor!

Me dio mi celular. Apenas lo encendí, entró una llamada. Mis hijos y mis amigas de la tienda no habían parado de llamar, esperanzados en que contestara. Cuando por fin contesté, escuché la voz de mi hijo mayor. Sonaba lleno de angustia. Ese fue el instante en el que me quebré y mis ojos se llenaron de lágrimas.

—¡Madre! ¿Dónde está? ¿Qué pasó? ¡Dime!

No paraba de gritar mientras yo hacía lo posible porque me escuchara. Mi amiga le quitó el teléfono y entre sollozos me preguntó:

—¿Qué pasó, Paola? Dime, ¿dónde estás?

—Aleida, estoy bien, por favor, estoy bien. Espérenme tranquilos. Cuida a mis hijos. Bye.

—¡Paola! ¡Paola! ¡Dime qué pasa!

Colgué.

PA se bañó y se arregló. Dejó a Pájaro cuidándonos y dio la orden de que nadie entrara al cuarto. Dormimos poco. Como se mueven durante la noche, se escuchaban afuera las camionetas yendo y viniendo. PA entró al cuarto dos o tres veces para ver cómo estábamos. Dormí sólo a ratos. Quería mantenerme despierta mientras anduvieran ocupados; no quería que la sorpresa me agarrara dormida. Horas más tarde, PA volvió y se tiró en la cama. Fue a ver al doctor porque se sentía mal. Regresó rápido y pasó todo el día con nosotras. Envió a Pájaro para que ocupara su lugar; era su hombre de confianza. Antes de que se fueran, los mandó por comida, pastelitos, botanas y todo tipo de chucherías.

—Bola, ve al pueblo y trae unas milanesas. Deben probar las milanesas de Doña Juana, pa’ que vean que son las mejores milanesas, algo exquisito. Quiero que cuando se vayan se acuerden bien de mí y no digan que las trate mal.

Pasamos todo el día plática y plática. Él nos habló de cuando era niño, de su juventud en la secu, de cómo años más tarde comenzó la vida que tiene. Vivió en Laredo. Al parecer había sido pobre. Nos contó que él y sus amigos se juntaban con hombres gay para sacarles dinero.

—Nunca hicimos nada, sólo que los güeyes ya te compraban lo que quisieras con tal de que los vieran con uno de jovencito y chulo —dijo acariciándose la barba.

Habló de su esposa que sólo pedía dinero y dinero, de sus hijos, de cómo duraba hasta cinco días en el monte cuando andaba escondiéndose de la ley, de su rancho que ya no le dejaba ganancia; eso de tener rancho ya era un lujo, la tierra no producía. Hablar del rancho lo puso furioso, pues lo hizo pensar en su padre. A lo mejor recordó algo triste. Maldijo a la gente del gobierno por encarecer las semillas y el diesel hasta hacer que los campesinos perdieran todo lo que trabajaron. Por eso le entró a esta vida… Nada de eso era nuevo para mí. Mi papá habla de lo mismo. Pasa cada año en el rancho tratando de sacar fruto a esas tierras que ahora sólo producen pleitos de herencia. Aún así, sigue intentando sacarle algo al suelo. PA decidió su vida hace mucho. Habló y habló. Clara veía la tele y yo nada más lo escuché hasta que ya no tuvo más que decir. Después me pidió que le contara mi vida. Y bien, pensé yo, ¿qué es esto? ¿Qué piensa este tipo? Al parecer le inspiré mucha confianza.

—Bueno, yo soy sola, tengo dos hijos y una pequeña tienda donde vendo mi mercancía a negocios de Texas. Por eso te insistí en mi visa; gracias por llevarnos por ella. De mi vida no hay mucho que contar… Sólo problemas. Este es uno de ellos.

PA no contestó. Cambió de tema.

—¿Lees mucho?

—¿Sí?

—Dime, ¿sabes de sueños? Ya leí tu diario —me aclaró, tal vez esperando que así no le mintiese—. Yo siempre tengo muchos sueños, pero no entiendo.

Pasamos otro buen rato platicando, o más bien él la pasó hablando y yo escuchando. Pude darme cuenta de que, como todos los narcos, era supersticioso. Tenía a su brujo, un santero y presta-nombres al que conocí días después.

—Ya es hora de mi inyección. ¿Cuál de ustedes sabe inyectar?

Antes de que contestara, Clara se adelantó.

—Paola. Paola sabe inyectar…Ah, y también sabe dar masaje.

¡Por Dios! Nada más a ella se le ocurre decir eso. Preparé la inyección. Él, con el arma en la mano, se recostó boca abajo, advirtiéndome que tuviera cuidado. Aclaro que fue mi primera inyección, aunque había visto a mi mamá hacerlo muchas veces, así que actué como si no fuera gran cosa hacerlo. Después del piquete me pidió el masaje, a lo cual le advertí con mi acostumbrada manera de hablarles:

—Yo nada más sé de reflexología, así que acomódese y deme sólo sus pies.

Se retorcía de dolor dejando escapar uno que otro gemido. Después le masajee las manos, y aproveché para disque leérsela.

—Tiene una vida muy larga, así que cuídese de no caer en la cárcel, porque si son 100 años los que vivirá, pasará los 100 encerrado.

Fue la primera vez que advertí un gesto en su rostro. Reí para mis adentros.

Le pedí que volteara el cuerpo para presionar los puntos en el rostro y tronar su cuello. Apenas mencioné lo del cuello, Bola y Pájaro se plantaron uno a cada lado de él.

—Relájese. Si tensa el cuello, lo voy a lastimar. Relájese.

Podía sentir la tensión de los músculos en mis manos.

—Bueno, por lo que veo anda muy tensionado. ¿Tiene miedo a que le tuerza el cuello? Dígame, ¿qué le puedo hacer si lo flanquean estos tipos? ¿Me creen tan estúpida como para intentar hacerle algo? Mire mis manos: no son tan grandes como su cuello. Quizá sólo alcance a hundir mis dedos, jalar su tráquea y romperla.

Se relajó y ordenó a los tipos que salieran del cuarto. Sabía que me estaba burlando.

Ya no tenía la certeza de si era de día o de noche, ni a qué estábamos, pero el tiempo pasó rápido entre conversaciones y terapia. Aparentemente todo estuvo tranquilo, al menos para nosotras. Esa noche PA no despertó, ni escuchamos los ya acostumbrados ronquidos. Nadie se atrevía a despertarlo, y como no roncaba ni se movía, me preguntaron que qué le había hecho.

—Nada, sólo está relajado.

Dormí hasta que nos levantaron unas horas después.

Empiezan su vida ya entrada la noche. Era un ir y venir de hombres al cuarto. Bola había parado un camión que venía desde Laredo, Texas, rumbo a Sonora. Al parecer se dedicaba a traficar fayuca, aparatos electrónicos. Según escuchamos, al hombre no le fue bien. Pájaro ordenó que le quitaran dinero y parte de la mercancía.

Más noche llegó un tabasqueño a visitar a PA. Antes de pasarse al cuartito de la mesita de mármol, PA nos presentó ante el tabasqueño como sus “secuestradas de lujo”.

—Sí, es un lujo. A ningún secuestrado lo atendemos así; todos están amarrados, con los ojos tapados y sin comida. A ver, díganme, ¿hace cuánto que no les llevan la comida a la cama? Mira, ella es mi doctora, y ella es su amiga.

Después pasaron al cuartito para hablar en privado. No alcancé a escuchar lo que decían, sólo que el tipo viajaría a Colombia y algo referente a los cambios por venir en la política, a quiénes pondrían de alcaldes en las ciudades bajo su mando.

PA tuvo que irse, ya se sentía mejor. Pájaro se quedó nuevamente cuidándonos.

—Yo las veo muy relajadas. ¿En serio no tienen miedo? Ni siquiera han preguntado si las vamos a soltar o qué les vamos a hacer.

—¿Estás loco? Para mí esto no es un secuestro. Estoy descansando. ¿Sabes acaso lo que es ser viuda, batallar con hijos adolescentes, hacer que se levanten diario a la escuela y que no quieran, tener un negocio que está muriéndose y lidiar con los cobradores que hablan diario desde temprano? Ya no sé si contestarles, están por embargarme. Tengo un montón de problemas, duermo sólo cinco horas por la noche, estoy firmando en el penal por una estupidez de la esposa de un pendejo, ya no soporto a la gente donde vivo porque me cuelgan a cuanto pendejo se atraviesa… No, gordito, yo, yo estoy descansando, son vacaciones para mí… Por cierto, este sábado tengo que ir a firmar al penal. Si no me van a soltar, de perdido llévenme a firmar. Dile a PA.

El tipo no podía creer lo que acababa de escuchar. No dijo nada y se salió. De rato entraron él, Bola, el Hielo, la Rata, el Rastra y la Muñeca; no supe cómo se llamaban los otros. Se sentaron a ver tele. Casi todos anduvieron fumando marihuana, otro se metió coca. El lugar apestaba horrible. Ese día me bañé tres veces porque no aguantaba el olor en mi ropa y mi piel.

Estar bajo el chorro de la regadera me relajaba. Pedí a Dios por mis hijos, era lo único que me preocupaba. Cuando salí de la ducha estaban todos allí: tres en el sofá-cama, otros tres en la cama, unos cuantos en las sillas del comedorcito; estaban por todos lados. Caminé entre ellos, viéndolos fumar mota y meterse coca. No pude evitar sentirme como David entre los leones. Cuán grande es mi Dios, pensé, que así me cuida. Llena de ese sentimiento, me dirigí hacia el que traía el control de la tele.

—Dámelo. Me toca ver la televisión. Ya sálganse de aquí, que quiero dormir.

Voltearon a verse entre ellos y, sin chistar, salieron. Sólo Pájaro observaba todo. En eso Clara me dice:

—Estás loca. ¿Qué te pasa? Mira ésta, ya se cree que manda.

Yo no le hice caso y me recosté a dormir. De rato llegó PA. Se bañó, mandó por comida y nuevamente pidió algo especial para nosotras. Mientras comíamos me pregunto acerca de eso de “firmar en el penal”. Le conté lo que pasó y por qué tenía que firmar. El asunto ya iba para dos años y los abogados no resolvían nada. Le dije que estaba indignada porque había leído en una noticia que al “Hummer” le darían dos años por encontrarle armas y dinero, y yo llevaba el mismo tiempo firmando por una cachetada a la esposa de un narco. No era justo. Él prometió ayudarme con eso.

—¿Tú? ¿Cómo?

Contestó con una sonrisa.

—¿No te has dado cuenta de quién soy? Yo mando en todo eso. Eres tan inocente como te vez. ¿O estás fingiendo?…

En eso entraron Bola, Hielo y otros más. No supe por qué, pero de repente estaban ahí discutiendo y uno puso el boquete del arma en la sien del otro. Se gritaban palabras obscenas, todo ahí, frente a mí. Yo nada más observaba desde el sofá, y PA hacía lo mismo sentado en una de las sillas al costado. Algo le dijo Pájaro a PA. A mí se me hacía que todo eso era puro show para asustarnos. Parecían tan infantiles. Verlos me hizo recordar las peleas entre mis dos hijos, y no pude evitar una sonrisa. En innumerables ocasiones intervine en sus luchas; mi hijo mayor es cinta negra, el menor y yo somos cinta café. PA deslizó sus dedos por mi rostro, apenas si tocándome. El gesto me pareció lleno de ternura.

PA los hizo salir a todos. Más tarde estábamos viendo las noticias: era tiempo de inscripción de los candidatos para las alcaldías municipales. PA se la pasó haciendo llamadas a las oficinas donde registran a los candidatos y le indicaba a las secretarias a quién quería de alcalde en tal o cual ciudad de los alrededores. Por lo que pude notar, tenía cierto poder; era jefe de un área de Nuevo León.

De pronto escuché el sonido de unos tacones. Miré hacia la ventana, que en todo ese tiempo nunca pudimos abrir. A través de ella se distinguían siluetas de mujeres. Se abrió la puerta y entró una mujer maquillada hasta el abuso; parecía más bien un travesti. La seguían un trío de niñas de entre 14 y 15 años, igual de maquilladas y perfumadas que ella. Una por una saludaron de beso al comandante. Al verme sentada en la esquina del colchón (ese era mi espacio ya), pegada a la ventana y la pared, la mujer preguntó por mí. PA, con botellas de whisky en mano, contestó que era su doctora. La llegada de las niñas trajo un desfile de hombres al cuarto. Pusieron música, y en presencia de todo aquello yo sólo me le quedé viendo al comandante a los ojos. Lo miré con asco, reprochándole que eran sólo niñas. Entre ellas había una de cabellera muy larga, piel blanca y el bile rojo. Esa era de él. Estoy segura de que para entonces el comandante supo por qué lo miraba. Entendió mis pensamientos. Mientras los demás andaban baile y baile, él no se levantó de la cama en toda la noche. Me acosté boca abajo con la almohada en la cabeza para apagar un poco el murmullo de risas y besuqueos, de música y tacones…Las tres de la mañana. Esto estaba llegando al límite.

—¡Yaaaaaa!

Sin pensar, me había enderezado y soltado un grito. Todo se detuvo. PA volteó y, sin dejar de verme, ordenó:

—¡Sálganse ya!

Todos se fueron enfadados a seguirle con la noche en el otro cuarto, repartiéndose las niñas entre ellos. Volví a taparme con la almohada. Bola regresó y se acostó junto a Clara, de modo que quedé en medio de todos. Recostada, dando la espalda a PA, sentí su mano deslizarse por mi espalda. Giré rápidamente y tomé su mano.

—No me toques, por favor.

Sólo me miró a los ojos tanto tiempo que, a pesar de que en su mirada sólo había ternura, por primera vez en esos momentos sentí temor. Se levantó sin decir nada. Fui tras él. Nos sentamos en las sillas del comedorcito y estuvimos así un buen rato, sin hablar. Clara se levantó al baño. Ella había accedido a los deseos de Bola. No hubo violación ni abuso, simplemente dejó que pasara. Cabe mencionar que en todo ese tiempo jamás nos molestaron. Nunca hubo intentos de abuso. Volví a la cama. PA salió sin decir nada. Horas más tarde llegó Pájaro.

—¿Qué quieres hoy de almorzar, MA?

—¿Y a ti qué te pasa? ¿Por qué me llamas así?

—Ya nos dimos cuenta de todo. ¿A poco no te gustaría quedarte y ser MA? ¡Ándale, àndale! ¿Sí?

Llegó PA muy contento. Habían traído un pastor alemán entrenado. Todos andaban jugando con el perro. PA me pidió que me asomara por la ventana. Fue la primera vez que pude ver dónde estábamos: era un motel en la carretera de Paras, Nuevo León. Había muchas tiendas alrededor. En el motel no se hospedaba nadie más que ellos. Lo supe porque vi las camionetas por todos lados. Eran más de los que había visto dentro del cuarto.

—¿Quieres jugar con el perro? Ponte el protector en el brazo, ándale —me decía PA.

Aproveché que andaba contento para preguntarle cuándo nos iban a dejar ir. Esta vez no contestó. Nada más dejó de sonreír y me miró. Ya era sábado, el día en el que habían prometido dejarnos ir, o al menos eso le había sacado Clara a Pájaro. PA ni estaba enterado.

Entró PA al cuarto seguido por sus hombres. Verlos todos juntos me dio mala espina, pero la expresión en sus rostros me tranquilizó. Todos estaban realmente serios.

PA se dirigió a ellos para hablarles de mí.

—A ver, bola de cabrones, delante de ustedes le quiero pedir a esta mujer que se quede con nosotros. ¿Les gusta para que sea MA? ¿Te quieres quedar? —dice volviéndose hacia mí—. Si te quedas, tú vas a mandar a toda esta bola de cabrones. Tú tienes más cojones que todos ellos juntos. Te ganaste mi respeto. ¿Qué dices? ¿Te quedas? A mí me gustaría que te quedaras…

—Nunca.

Como en otras ocasiones, me limité a mirarlo a los ojos con mi ya acostumbrado temple. Entendió.

—¡Pájaro! Háblale al mecánico. A ver si ya tiene el coche listo —ordenó y todos salieron detrás de él.

Pasaron un par de horas antes de que escuchara la llegada del coche. Le cambiaron el motor, ya estaba listo. PA entró al cuarto con las llaves en la mano y las puso a un lado de sus armas, las cuales estaban adornadas con oro, diamantes y las iniciales CDG.

Se recostó en la cama y empezó a quitarse los zapatos.

—Dame otro masaje en los pies antes de que te me vayas.

—Sólo los pies, las manos y la cara no —le advertí un tanto enfadada.

Tomé el aceite, y mientras le masajeaba los pies, lo escuché decir:

—¿Sabes? Yo mando traer una vez al mes una masajista de Monterrey. Trae su camilla especial con temperatura y me pone piedras calientes en la espalda, también aceites…Pero ni con todo lo que me pone me han dado un masaje como el tuyo. ¿Quieres que mande por ti una vez al mes? Te pago bien… ¿Qué dices?

Seguí con el masaje. Me levanté y le pedí las llaves, a punto de perder la calma. Clara observaba todo. Ella me conocía, por eso me tomó del brazo y dijo:

—Cálmate, por favor. Ya falta poco. Ya nos vamos…

Encendí el coche. Las manos me temblaban, no podía colocar la llave. Rabia, frustración, coraje, impotencia, miedo, todo amenazaba con desbordarse después de permanecer reprimido durante esos días. Sentí que tardaba una eternidad en encender el coche.

—Llora —me dijo Clara—. Necesitas llorar.

Pájaro nos siguió un buen rato en su camioneta, guiándonos por el camino de regreso. Nos paró y se despidió.

—Qué afortunadas han sido. Ni siquiera imaginan con quién han estado. Es uno de los jefes más grandes de estas regiones.

—¿Se llama Miguel?

—Es el amigo de todos los niños —me contestó—. Chavelo.

Nuevamente puse el coche en marcha. Más adelante vi una pequeña iglesia. Detuve el carro y entramos. Dimos gracias de rodillas, sin parar de llorar. Regresamos al camino y no hubo palabra alguna por un rato, sólo lágrimas y silencio. Todavía no podíamos sentirnos a salvo, pues vimos camionetas en diferentes puntos de la carretera, vigilando.

Llegando a la ciudad, noté que las puertas del negocio estaban cerradas. Al ver el coche, mi hijo salió a recibirme. Entramos rápido. Ahí estaban todas mis amigas. Nos abrazamos y expliqué en breve lo que me sucedió, sin mucho detalle. La mayor de mis amigas pidió que nos tomáramos de las manos e hiciéramos una oración de gratitud. Nadie supo qué pasó, y quienes se enteraron, al verme sin un rasguño, se quedaron con la idea de que todo fue un chisme más. Yo les contestaba con una sonrisa.

—¿Qué? Jajaja. Yo andaba de vacaciones.

PA me contactó dos semanas después por medio de su brujo, a quien apodaban “el Paisa”. Hizo unas llamadas al comandante en turno y consiguió que dieran por cerrada la demanda en la que estaba envuelta. Por boca del comandante me enteré que en el Penal de Miguel Alemán se hacía lo que PA mandaba.

—No te preocupes ya, olvídate de todo.

Al día siguiente recibí la visita de un tránsito local. Me informó que ya no había por qué preocuparse del embargo de mi negocio. PA y el comandante se habían encargado de mantener lejos del pueblo a los licenciados a cargo de ejecutar la misión.

Una vez cumplido el encargo de PA, el Paisa llegó a despedirse. Le di las gracias; de cualquier manera me había ayudado. Antes de que se fuera, me atreví a contarle el último sueño que tuve. A fin de cuentas era brujo santero, él entendería eso.

—Soñé que un maizal muy extenso se incendiaba. Al frente del fuego estaban PA y usted. Uno de los dos moría. Cuídense.

Me retiré sin esperar respuesta. Veía cómo empeoraban las cosas día a día.

Después de unas cuantas reuniones, nos prevenimos. Todas emigramos con nuestras familias a Texas antes de que estallara la guerra de los narcos. En mi pueblo comenzaron los enfrentamientos en febrero de 2010. Me enteré por noticias del pueblo que mataron al Paisa. Nos enterábamos de cómo estaba la situación por medio de redes sociales. Poco a poco, entre 2012 y 2013, volvimos a nuestras vidas. Unas regresaron, otras se quedaron. Quizá no todo es como antes, pero uno intenta adaptarse a estos tiempos. Sé que pude soportarlo todo porque Dios se mantuvo siempre a mi lado, haciéndome sentir su presencia y protección, igual que en ese sueño entre las estrellas.

 * Texto finalista del Premio Bengala-UANL 2013, cuyo jurado fue compuesto por Andrés Ramírez, Yuri Herrera, Diego Enrique Osorno, Gael García, Kyzza Terrazas y Gerardo Naranjo.

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