De él, ella pudiera decir que si bien no fue el gran amor de su vida, al menos sí fue uno de los más intensos. Porque a fin de cuentas, en cuestión de amores perdidos, sólo queda eso: el recuerdo de la intensidad con que fueron vividos.

Pero ella, por algún tiempo, y como cualquier otra enamorada del mundo, creyó haber encontrado, en él, el non plus ultra del amor y la personificación de todas las virtudes terrenales.

           La vida se encargó de demostrar lo contrario. Bueno, no exactamente, sólo de hacerle ver lo que en su momento no pudo, o no quiso, percibir. De esa omisión no debe a ella culparse. Las enamoradas tienen por costumbre vivir con los sentidos obnubilados. Sobre todo cuando se trata de reparar en los equívocos y limitaciones del ser amado.

            Al paso de los años, ahora ella se pregunta cómo no aceptó que en realidad ese amor nunca estuvo a la altura de la idealizada imagen que ella, complaciente y estúpida, de él fabricara. Ni siquiera cuando desde un principio parecía descartado de antemano enamorarse de él. Sobre todo con la magnitud en que finalmente sucedió.

Ella en un principio lo veía a él muy insignificante. Intrascendente. Anodino y sin chiste. Pero… ¡Bien decían las abuelas!: “En el corazón no se manda”.

Así, en forma sosegada y gradual, un día ella pudo darse cuenta que estaba enamorada de él, profundamente. ¡Hasta el tuétano! Porque sin saber exactamente cómo, ella fue herida por Cupido, pero no con un simple flechazo, sino con una estocada profunda y mortal. Tan así que le llevó tiempo, mucho tiempo, poder comenzar a ver en él sus diferencias mutuas.

            Ahora ella sabe que nunca debió enamorarse de él. Al menos no con ese ardor casi suicida con que lo hizo. Con ese arrebato patético. Con esa permanente taquicardia ocasionada por su presencia. Con aquel eterno suspirar al evocar su imagen. Pero… ¡Ya qué!

Aquel hombre franco y rubio, de labios carnosos distendidos frecuentemente en una sonrisa benevolente, proveniente de una de las familias más tradicionalistas de por los rumbos de los Altos de Jalisco, que aspiraba a ser lo que finalmente logró, un reconocido investigador académico con muchos títulos posdoctorales, fue el mismo que transformaría su vida. Sin acumular ningún agravante en su contra. Actuando tan inocente como se supone que los seres humanos fueron antes de consumar el pecado original.

            Ella debió entenderlo así mucho antes de que sobreviniera la final ruptura. Pero no lo hizo. No podía aceptar que sus vidas estaban destinadas a ser tan sólo momentáneas líneas paralelas, separadas luego en sentidos diametralmente opuestos. Porque sí, hubo bastantes señales previas a tal desenlace. Pero se negó a advertirlas.

            Cómo, se pregunta ella ahora, pudo ser incapaz de advertir la proximidad del ineluctable adiós, desde el momento aquel cuando él pronunciara su trémulo deslinde político justo en medio de aquella politizada asamblea estudiantil.

Lo recuerda bien. Él ahí, de pie. Descollando entre la abarrotada butaquería del auditorio. Con inocultable nerviosismo que parecía hacer tiritar su cuerpo. Sus sudorosas manos sujetando un papel al que difícilmente dio lectura con voz casi inaudible. A punto del desfallecimiento total y la mirada por completo negada a dirigirse hacia la de ella. Sí, porque en todo momento él evitó que sus miradas se encontraran. Muy consciente, eso sí, de que todos los presentes estaban por demás atentos a aquel su voluntario acto de renuncia.

            Por su parte ella, como parte del presídium en aquella asamblea, impactada lo escuchó decir, mejor dicho, musitar aquella retirada de aquel democratizador movimiento estudiantil. Sin querer creer que era realidad lo que sucedía. Intentando entender el motivo real de aquel público deslinde político. Sin atreverse a pensar en la palabra clave: cobardía.

            En realidad, para ellos dos todo terminó aquella tarde-noche. Él salió del auditorio confundido con la mayoría de estudiantes. Ella, por su parte, por vez primera regresó a casa sin su amada compañía. Ella debió permanecer ahí, por convicción militante y por ser una de las más genuinas y combativas líderes de aquel movimiento; motivos más que suficientes para dejar de lado el amor y dedicarse a organizar, conjuntamente con los otros comisionados, el próximo mitin que por mayoría fue aprobado en esa misma asamblea.

            Sólo ahora puede comprender que ese fue el momento cuando ella definió su propia vida. Una vida en la que él quedó ausente. Por completo. Pero ahí, con el entendimiento obnubilado, incapaz de involucrar la razón con la emoción, sintiendo que sus ideales políticos eran más importantes que cualquier otra cosa en el mundo, incluso el amor, por intenso que éste fuera, permaneció allí. Hasta el final. Sin manifestar quebranto alguno.

            La separación definitiva no fue inmediata. Sobrevino en la misma forma como ese amor había llegado a su vida. Así, el distanciamiento entre ambos fue luego lento y progresivo. Con intervalos de separación cada vez más dilatados y frecuentes. Las ausencias se volvieron una constante entre ambos.

La disociación formal pronto hizo acto de presencia. Ese día ella, ante él, se mostró aparentemente insensible, aunque por dentro sentía desmoronarse. Para esa ocasión, en forma previa había escrito un poema. Lo tituló “Despedida”. Se lo entregó a él en su propia mano. Cara a cara. Finalmente, ese fue su adiós.

Se alejó luego de él sin querer volver la vista atrás. Decidida a emprender sola ese camino que del amor conduce al olvido. Camino que aún después de más de tres décadas ella no ha terminado de recorrer.

Por Carmen Libertad Vera

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