¿Por qué un restaurante olvidado conservaría su viejo menú bilingüe?

 

Por José Ignacio Hipólito y Mariana Treviño

Ilustración por Haydeé Villarreal

Sobre la esquina que une a la Avenida Madero con la calle Xicotencatl, casi cruzando Venustiano Carranza, un anuncio viejísimo, que en las noches luce colorido y llamativo, dicta la entrada del Manolín, un café y restaurante que desde hace poco más de 50 años se mantiene como uno de los lugares más representativos de la zona, junto al Al y al Palax.

A pesar de que la Calzada Madero es conocida por su ritmo comercial, los numerosos peatones en las aceras y los muchísimos negocios a lo largo de toda la avenida, en el Manolín se respira una velocidad más lenta. Pareciera que el tiempo no pasa ahí y que el tráfico y el ajetreo de la ciudad quedan suspendidos entre sus ventanas, las muchas conversaciones y los muchos rostros que ahí se reúnen, en la tranquilidad de los comensales que asisten solos a desayunar, a leer el periódico o a toparse de pura casualidad con algún conocido de hace tiempo.

El lugar comprende un amplio local en tonos claros. Al fondo yacen la cocina, la barra y la caja registradora, desde donde muy seguido el dueño supervisa el funcionamiento del negocio. Todo lo demás está distribuido con muchas mesas.

Una de las características peculiares del Manolín es que el ambiente de todo el restaurante evoca un aire de marisquería. Incluso los menús aluden a los mariscos, con portadas en color azul rey y la imagen de un pescado. Otro detalle distintivo son las traducciones al inglés de los platillos, como si la opción de poner el menú en dos idiomas fuera completamente necesaria. Tal vez en algún momento el Manolín hospedó a muchos turistas extranjeros y por ello fue requerido internacionalizar los platos.

Entre sólo un par de meseros atienden las inquietudes tanto de los dueños —por regla general, después de que se ordenan las bebidas se debe proporcionar a los clientes una canasta con bolillos recién hechos y mantequilla— como de los clientes, quienes de manera simultánea piden “Más limonada, por favor”, “Me regala un vasito con agua”, “Le encargo crema”, “Más café” y demás exigencias que ponen a prueba sus habilidades restauranteras. Los platillos son caseros y cocinados al momento. El menú adjunta una gran cantidad de manjares internacionales, desde antojitos mexicanos hasta cortes de carne y especialidades mediterráneas. No obstante, los más populares son los del desayuno, que se jactan de tener, entre otras cosas, los mejores bisquets con mantequilla y mermelada.

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