Por Daniel Nush

Ilustración de la serie: ‘La calle no esta sola’ Por los Tlacolulokos

Todos los días, mi padre, después de haber comprado el pan por la mañana, regresa a casa disgustado, ya que inevitablemente se tropieza con una viejita rezongona o con un caprichoso ceja dura con quien alterca a diario sobre la dudosa calidad del pan de cada día. En efecto, la conversación con los obstinados es asfixiante. ¡Qué empecinadas se han vuelto las mañanas desde que soporto, al mismo tiempo, el reacio carácter matutino de mi padre y las malas noticias del periódico! Pero es innegable que lo que menos falta en esta ciudad son los problemas gubernamentales y una caterva variadísima de necios. Como escuché decir a un honesto guía de turistas: “En Oaxaca, si alzas una piedra, te encuentras a un pobre, a un artista o a un terco.”


Parece que, de la misma manera que con una lima discreta se desgastó la preocupación por la vida en común, hace tiempo perdimos el interés de encontrar en cada esquina a estos hombres —regularmente incómodos— de ánimo inflexible, de tal manera que ahora se concentran más y más, en lugares insospechados, estos hombres volubles de ánimo ligero para intentar limar las asperezas de la disensión, del desacuerdo, de la oposición.
Dicen los que saben sobre nosotros que hace no muchos siglos tuvimos hermosas ciudades, “usanzas” genuinas y una multitud de virtudes, hoy agonizantes, en las que siempre despuntaron “los individuos persistentes en sus resoluciones”. ¡Qué expresión tan disimulada para nombrar a los testarudos! Además sostienen los instruidos que curiosamente, después de siglos de transmisión oral, hemos heredado casi inalterable —o para ser más precisos, con pocas mutaciones— esta tenacidad tan heterogénea, la que si no es bien conducida a un uso correcto puede tomar senderos desacertados. De esta forma, pues, se explican por qué somos aptos para la mano de obra.


Lamentablemente —hay que decirlo—, nadie creería o escucharía seriamente en la Asociación en defensa de los derechos a la vida si narrara que la diversidad natural de los tercos está siendo amenazada desde muchas trincheras. Pero, siendo honestos, ¿quién hoy a cabalidad defendería a un pertinaz de poco valor para el mercado? Únicamente otro espíritu firme, persistente e infranqueable aceptaría este proceso. Al menos en Oaxaca, cuna de seres en peligro de extinción, el sol sigue torneando las pieles gruesas de aquellos ánimos silvestres. No he sido el único observador de las marchas llenas de renuentes muy jóvenes que defienden por aquí y por allá que este crudo invierno sólo será aplacado por una primavera concebida por la música y otros malabares. Podemos encontrar caravanas de mujeres intransigentes que, atemorizadas por una plaga nociva de depredadores, salen a reunirse de vez en cuando para no ser arrinconadas como siempre. Incluso todos hemos tropezado con aquel viejo inusual, cabeza dura, que invirtió toda su adultez en organizar una serie de estantes, allí por el centro, y que solamente le remuneró un peso.


Por mi parte, confesaré que hago parte de una estirpe de pésimo abolengo y de mollera muy dura. Soy fracción de aquella comunidad de contumaces que ya no es comunitaria sino individualista, de aquella comunidad inflexible que labora obcecadamente con la producción de sensibilidades y con la exploración de una imaginación captiva. Soy miembro de aquella comunidad que sobrelleva su inutilidad en un mundo utilitario. Una estirpe que, como repitan nuestras mayores, solo suscita “palabras necias” para “oídos sordos”.
Por eso comienzo a sonreír cuando mi padre termina de quejarse de su día a día y, fiel a su espíritu ancestral de terco, reafirma que no dejará de visitar el mercado a las siete de la mañana aunque esté colmado de necios como él.

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