Por Kaizar Cantú

De entre las figuras que recurren en la obra narrativa de Bradbury, me parece que el cohete es de las más bellas, o al menos una de las que Bradbury se empeña más en embellecer. Rara vez lo describe a detalle; suele optar por un esbozo veloz, abstraer la forma de la nave, convirtiéndola en un brillo o una rasgadura en el cielo, nada distinguible de un cometa.

Bradbury utiliza al cohete como un augurio: es el heraldo de la humanidad, o más bien de su urgencia por el viaje, la exploración y la conquista. Así comienza sus Crónicas marcianas, con la descripción de un despegue. La explosión que impulsa a la nave en su escape desdobla un manto de calor que anula el invierno por unos instantes; el hielo vuelve a ser agua, la gente ventila sus abrigos, pequeñas gotas de sudor se abren paso a través de las capas de piel fría, como hombrecitos semi-muertos emergiendo de su sueño bajo la nieve. Cuando el cohete al fin llega a Marte, es lo primero que los marcianos conocen de la humanidad. No sus rostros, no su forma, no su armadura ni sus armas. El cohete.

Algo similar sucede en La guerra de los mundos. La humanidad eventualmente conoce la forma del marciano, y Wells le da a su protagonista tiempo suficiente para observar esos cuerpos con detenimiento. Sin embargo, el primer indicio que se tiene de los invasores es el trípode. Casualmente, esa es la imagen que ha perdurado en nuestra memoria. Aparece en las portadas de las distintas ediciones de la novela, en pósters de adaptaciones cinematográficas, en juegos de mesa y juguetes que quieren sacar provecho a las imaginaciones de Wells. Diríase casi que el trípode es una de las figuras comunes dentro de las pesadillas que acosan a la consciencia de dos siglos. Y no es para menos, pues éste anuncia a aquellos marcianos, resume su potencial destructivo y sus pulsiones de conquista; la criatura entera queda condensada en uno de sus artefactos.

Por mucho que me guste leer fantasías acerca de los primeros contactos de la humanidad con otra civilización muy, muy lejana, hay algo de romántico y tal vez hasta de improbable en la escena de un encuentro cara a cara con otra especie. Nos gusta imaginar que los veremos bajar de sus platillos o que ellos esperarán a que descendamos la escalinata que sale de la boca del cohete y toca un polvo nuevo; que en ese instante podremos admirar plenamente su anatomía y ellos la nuestra, distinguir cada porción del cuerpo y aventurar conjeturas sobre qué sirve para qué; que sabremos cuáles son sus ojos y tendremos la oportunidad de sostener la mirada con una conciencia plena en otredades.

Tal vez sea más sensato imaginar que en ese encuentro con el que tanto fantaseamos conoceremos a aquellas inteligencias por sus creaciones antes que por su cuerpo. Es comprensible que una criatura que venga de muy lejos se vea en la necesidad de resguardar la carne (o el exoesqueleto, o el plasma, o el flujo de energía en estado puro) de las hostilidades de un planeta alienígena.

Y aún así, hay algo falso y a la vez genuino en el cuerpo filtrado por tecnologías. Falso porque esos aparatos son máscaras o armaduras, y genuino porque en ellos se encuentran las marcas de las criaturas que los han concebido y manufacturado.

Si los marcianos existieran y nos buscaran tan desesperadamente como nosotros a ellos, cabe la posibilidad de que tendrían aunque sea una fotografía borrosa de un cosmonauta flotando sobre la curvatura de la Tierra. Esa evidencia, la única, mostraría a un ser humano envuelto en uno de sus tantos ingenios, el que combate la adversidad del vacío. El traje espacial sería proyectado en la memoria marciana como el emblema de la humanidad. Los contornos del traje podrían servirles para descifrar nuestra figura, nuestros movimientos sobre la tierra o en los aires o bajo el mar —habiendo tanta agua, no sería raro—, pero todo lo demás sería misterio. Quedaríamos representados en sus imágenes, en su ficción, como seres cubiertos por una capa blanca de hule inflado, con un rostro semi-esférico que refleja el vacío y a veces las estrellas. 

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