Carta de un beat metido en Colombia

Por William S. Burroughs

Hotel Nueva Regis, Bogotá (15 de abril, 1953)

Querido Al:

De vuelta en Bogotá. Tengo un cesto de yagé. Lo he tomado y sé más o menos cómo se prepara. Dicho sea de paso, podrás ver mi retrato en Exposure. Encontré un periodista que iba cuando yo volvía. Marica, claro, pero tan atrayente como un cesto de ropa sucia. Ni siquiera después de dos meses de desierto, querido. Este individuo está recorriendo el continente sudamericano en busca de comida y transporte gratis, y todo lo paga con el cuento de “Tenemos-dos-tipos-de-publicidad-una-favorable-y-otra-desfavorable-cuál-quiere-usted”. Un completo sinvergüenza. Pero, ¿quién soy yo para hablar?

Retrospectiva: repetí mi viaje por Cali, Popayán y Pasto hasta Mocoa. Me resultó interesante observar que Mocoa deprimía a Schindler y a los dos ingleses tanto como a mí.

En este viaje he sido tratado a cuerpo de rey debido a que erróneamente creyeron que era un representante de la Texas Oil Company en viaje de incógnito. (Viajes en barco gratis, viajes en avión gratis, alimento gratis; comidas con la oficialidad, alojamiento en casa del gobernador.)

Hace unos años, la Texas Oil Company exploró la zona, no encontró petróleo y se marchó. Pero en el Putumayo todo el mundo cree que la Texas Company regresará. Como la segunda venida de Cristo. El gobernador me dijo que la Texas Company había tomado dos muestras de petróleo, de modo que debajo de Mocoa había una capa de unas 80 millas de petróleo. El mismo cuento lo he oído en una zona interior del este de Texas, donde la compañía petrolera hizo una exploración, no encontró nada y se marchó. Sólo que en Texas la capa tenía mil millas de ancho. Se toma una muestra en cualquier lugar y es siempre la misma mierda. Y el gobernador cree que piensan construir un ferrocarril desde Pasco a Mocoa y un aeropuerto. A decir verdad, toda la región del Putumayo anda mal. El negocio del caucho está hundido, el del cacao destruido por la pudrición negra, la rote nona no se cotiza desde la guerra, la tierra es pobre y no hay forma de exportar lo producido. La psicofrenia ociosa de los charlatanes del pueblo chico. Como si yo me pusiera a pensar un día que no tardaría en empezar a caer chicos por la banderola y a escurrirse por debajo de la puerta.

Varias veces, cuando estaba borracho, le dije a alguien: “Mire. Aquí no hay petróleo. Es por eso que la Texas abandonó. No volverá nunca. ¿Entiende?”. Pero no podían creerlo.

Fuimos a visitar a un alemán propietario de una finca cerca de Mocoa. Los ingleses habían salido en busca de cacao silvestre con un guía indio. Yo le pregunté al alemán por el yagé.

“Claro”, dijo. “Todos mis indios lo usan”. Media hora más tarde, tenía yo 10 kilos de la planta de yagé. Nada de expedición por la selva virgen ni de algún vejestorio de blanca cabellera diciendo: “Te he estado esperando, hijo mío”. Un alemán agradable a 10 minutos de Mocoa.

El alemán se ocupó también de arreglarme una cita para tomar yagé con el brujo local (en esa época no tenía la menor idea de cómo prepararlo).

El brujo tenía unos 70 años y una cara lisa de bebé. Había en él una falsa suavidad, como la de un opiómano de vieja data. Oscurecía cuando llegué a la choza de paja, de piso roñoso, para mi cita del yagé. Lo primero que me preguntó fue si yo tenía una botella. Saqué una de un litro de aguardiente de mi mochila y se la entregué. Tomó un trago largo y se la pasó al ayudante. Yo me abstuve porque quería la embriaguez pura del yagé. El brujo puso la botella a su lado y su acuclillado junto a un cacharro colocado sobre un trípode. Detrás del cacharro había un altar de madera con una imagen de la Virgen, un crucifijo, un ídolo de madera, plumas y unos paquetitos atados con cintas. El brujo se quedó sentado largo rato sin moverse. Tomó otro largo trago de la botella. Las mujeres se retiraron detrás de un tabique de bambú y no se les volvió a ver. El brujo empezó a murmurar una letanía sobre el cacharro. Pesqué “Yagé pintar” repetido varias veces. Sacudió una escobilla sobre el cacharro, haciendo un ruido sibilante. Esto es para alejar los malos espíritus que puedan haberse deslizado al yagé. Bebió un trago, se secó la boca y siguió con la letanía. Uno no puede apurar a un brujo. Por fin destapó el cacharro y sacó unos treinta gramos de un líquido negro que se sirvió en una taza de plástico, roja y sucia. El líquido era oleoso y fosforescente. Me lo bebí de un trago. Un amargo anticipo de nauseas. Devolví la taza y el brujo y el ayudante tomaron un trago.

Me quedé sentado esperando el efecto y casi en seguida tuve el impulso de decir: “No es suficiente. Necesito más”. He observado ese impulso inexplicable en las dos ocasiones en que tomé una dosis excesiva de opio. Las dos veces, antes de que la dosis hiciera efecto dije: “No es suficiente. Necesito más”. Roy me contó el caso de un hombre que salió de la cárcel sobrio y casi se murió en su cuarto. “Tomó una dosis y en seguida dijo: ‘Eso no me bastó’ y cayó de bruces dormido. Lo arrastré al vestíbulo y llamé una ambulancia. Se salvó”.

Dos minutos después me invadió una oleada de vértigos y la choza empezó a dar vueltas. Era como dormirse con éter o cuando uno está muy borracho, se acuesta y la cama da vueltas. Vi luces frente a mis ojos. La choza cobró un aspecto arcaico del lejano Pacífico, con cabezas de las Islas Orientales talladas en los postes que sostenían la choza. El ayudante estaba afuera, oculto, con la intención evidente de matarme. De pronto me agarraron unas náuseas violentas y corrí hacia la puerta golpeándome en el hombro contra la Jamba de la puerta. Sentí el golpe pero no el dolor. Apenas podía caminar. No tenía ninguna coordinación. Los pies eran como bloques de madera. Vomité con violencia apoyándome contra un árbol y caí al suelo en una desamparada desdicha. Me sentía tan embotado como si hubiera estado cubierto por capas de algodón. Me esforzaba por salir de ese embotamiento y mareo, y repetía sin cesar. “Lo único que quiero es salir de aquí”. Una incontrolable incapacidad mecánica se apoderó de mí. Repeticiones hebefrénicas sin sentido. Seres larvales desfilaban ante mis ojos en una bruma azul y cada uno de ellos emitía un ruido obsceno y burlón (más tarde reconocí en esos ruidos el croar de los sapos); debo de haber vomitado seis veces. Estaba en cuatro patas, convulsionando por las contracciones de las náuseas. Oía los vómitos y los gemidos como si provinieran de algún otro. Estaba tirado. Junto a una roca. Debieron pasar horas. El brujo estaba de pie a mi lado. Me quedé mirándolo largo rato antes de creer que realmente me estaba diciendo “¿Quiere entrar en la casa?”. Dije “No”, y él se encogió de hombros y se alejó.

Mis brazos y mis piernas empezaron a sacudirse incontrolablemente. Busqué el nembutal con mis dedos dormidos, como de madera. Debí tardar 10 minutos en abrir el frasco y verter cinco cápsulas. Tenía la boca seca, pero de algún modo mastiqué y tragué el nembutal. Poco a poco las sacudidas espasmódicas cesaron y me sentí algo mejor y entré en la choza. Todavía seguía viendo las luces azules. Me eché y me cubrí con una manta. Tenía escalofríos como de paludismo. De pronto sentí mucho sueño. A la mañana siguiente me sentía perfectamente bien, salvo por una cierta sensación de cansancio y un ligero estado nauseoso. Pagué al brujo y caminé de vuelta al pueblo.

Ese día fuimos todos río abajo hasta Puerto Asís. Schindler no hacía sino quejarse de que el Putumayo había desmejorado desde que él había estado allí hacía 10 años. “Nunca hice una expedición botánica como ésta”, dijo. “Todas esas granas y la gente. Hay que caminar millas antes de llegar a la selva”.

Schindler contaba con dos ayudantes para transportar su equipaje, cortar árboles y prensar los ejemplares. Uno de ellos era un indio de la región del Vaupés, donde tienen un método diferente de preparar el yagé al usado por los trotan del Putumayo. En el Putumayo los indios cortan la planta en trozos de 20 centímetros y usan unos cinco trozos por persona. Los trozos son machacados con una piedra y hervidos con un puñado doble de hojas de otra planta, presuntivamente como ololiqui, y se deja hervir la mezcla todo el día con una pequeña cantidad de agua hasta que el líquido quede reducido a unos 60 gramos.

En el Vaupés, se raspa la corteza de más o menos un metro de la planta hasta reunir un puñado doble de raspaduras. Se sumerge la corteza en un litro de agua fría durante varias horas, se cuela el líquido y se bebe a intervalos durante una hora. No se añade ninguna otra planta.

Resolví probar el yagé preparado según el método del Vaupés. Con el indio empezamos a raspar la corteza con los machetes (la corteza interna es la más activa). La corteza es blanca y lechosa al principio, pero casi inmediatamente se vuelve roja al ser expuesta al aire. Las hijas de la hotelera nos observaban y señalaban y se reían. Aquello era estrictamente contra el protocolo Putumayo para la preparación del yagé. El brujo de Mocoa me dijo que si una mujer es testigo de la preparación, el yagé se echa a perder en seguida y quien lo bebe se envenena o por lo menos se vuelve loco. La vieja historia de las mujeres impuras y en ciertas circunstancias venenosas. Pensé que sería esa la oportunidad de poner a prueba definitivamente y de una vez por todas el mito de la polución femenina, con siete criaturas femeninas que me echaban el aliento por el cuello, metían palillos en la mezcla, toqueteaban el yagé y reían.

La infusión en agua fría es de un color rojo claro. Esa noche bebí un litro de la infusión en el lapso de una hora. A excepción de las luces azules y de unas náuseas ligeras, que no llegaron al vómito, el efecto fue semejante al de la marihuana. Vívidas imágenes mentales, efectos afrodisíacos, bobería y risas. Con esa dosis no había nada que temer, nada de alucinaciones ni de pérdida de dominio de sí mismo. Calculo que esa dosis equivalía a una tercera parte de lo que el brujo me había dado.

Al día siguiente seguimos río abajo hasta Puerto Espina, donde el gobernador nos hospedó en su casa. Esto es, nosotros colgamos nuestras hamacas en habitaciones vacías del piso superior. Se produjo un enfriamiento entre los colombianos y los ingleses debido a que los colombianos se negaban a salir temprano y los ingleses se quejaban de que la Comisión del Cacao estaba siendo saboteada por un par de “hispanos perezosos”.

Todos los días nos proponemos salir temprano hacia la selva. Los colombianos terminan de desayunar de los 11 (el resto de nosotros esperando por ahí desde las 8) y empiezan a buscar un guía competente, con preferencia alguno que posea una finca del pueblo. Llegamos a la finca más o menos a la una y perdemos otra hora almorzando. Entonces los colombianos dicen: “Parece que la selva está lejos. A unas tres horas. Hoy no hay tiempo de llegar hasta allá”. De modo que nos volvimos al pueblo, mientras los colombianos van juntando muestras de plantas a lo largo del camino. “Siempre que ellos puedan recoger cualquier yuyo, no les importa un carajo”, me dijo uno de los ingleses después de una expedición a una finca de la vecindad.

Se suponía que desde Puerto Espina había un servicio de aviones. Para esa fecha Schindler y yo estábamos dispuestos a regresar a Bogotá, y estuvimos sentados en Puerto Espina esperando el avión, y el agente no tiene radio ni ningún otro medio de averiguar cuándo llega el avión, si llega y dice: “Seguro como la mierda, muchachos: uno de estos días miran arriba y ven al Catalina que se acerca sobre el río, brillando como un pez de plata”.

Entonces yo digo al Doctor Schindler: “Nos volveremos viejos y reblandecidos sentados por ahí jugando al dominó, antes de que algún maldito avión baje aquí, y el río crecerá día a día, ¿y cómo volveremos cuando todos los motores de Puerto Espina estén rotos?”.

(Los ciudadanos propietarios de esos motores pierden el día íntegro hurgando los motores, desarmándolos y eliminando las piezas que juzgan que no son esenciales, de modo que los motores nunca funcionan. Los propietarios de los botes poseen un cierto ingenio tipo Rube Goldberg para componer provisoriamente el motor descompuesto para una última explosión más, pero aquí era cuestión de ir río arriba. Río abajo uno llega con el tiempo, con motor o sin motor, pero para avanzar río arriba, es necesario contar con alguna clase de propulsión.)

Claro, pensarás que es romántico al principio, pero espera a estar cinco días sobre tu culo adolorido, durmiendo en chozas de indios y tragando yoka y un pedazo de carne innominada como el páncreas ahumado de un perezoso de dos dedos, y la noche íntegra los oyes joder con el motor —lo tenían asegurado al porche— “buuuuuurt spiuuuu…ut… spiuuuu…ut”, y no puedes dormir oyendo que el motor arranca y muere toda la noche y luego comienza de nuevo a llover. Mañana el río habrá crecido.

De modo que le digo a Schindler: “Doc, me iré flotando al Atlántico antes que meterme de nuevo a ese río de mierda”.

Y él dijo: “Bill, no hace 15 años que vivo en este país de porquería, con todos mis dientes perdidos en el servicio, sin haberme hecho de algunas relaciones. Allá abajo, en Puerto Leguízamo, hay aviones militares, y conozco al comandante que es latah. (Latah es un estado que se observa en el sudeste de Asia. Normal en todo lo demás, al atacado de latah le es imposible hacer lo que cualquier persona le pida, siempre que atraiga su atención tocándolo o llamándolo por su nombre.)

De modo que Schindler se fue a Puerto Leguízamo mientras yo me quedaba en Puerto Espina esperando conseguir un viaje con los de la Comisión de Cacao. Todos los días veía al agente de los aviones y él salía con la misma mentira. Me mostró una terrible cicatriz que tenía en la nuca. “Machete”, dijo. Sin duda algún ciudadano exasperado que se había vuelto loco esperando uno de sus aviones.

Los colombianos y la Comisión del Cacao se fueron por el San Miguel, y yo me quedé solo en Puerto Espina, comiendo en casa del Comandante. Una horrible comida llena de grasa. Arroz y bananas fritas tres veces el día. Empecé a echarme las bananas en el bolsillo para tirarlas por ahí. El comandante no hacía sino hablarme de lo mucho que a Schindler le gustaba ese plato. (Schindler conoce América del Sur hace rato. Realmente es capaz de comer mierda.) Me preguntaba si me gustaba. Yo decía “Magnífico” con la voz apretada. No era suficiente que comiera su comida grasienta. Tenía que decir que me gustaba.

El Comandante sabía por Schindler que yo había escrito un libro sobre la marihuana. De vez en cuando veía asomar la sospecha en sus ojos opacos de hepático.

“La marihuana causa la degeneración del sistema nervioso”, me decía, levantando la vista de su plato de bananas.

Le dije que debería tomar vitamina B1, y me miró como si le hubiera recomendado el uso de un narcótico.

El Gobernador me trataba con un frío desdén debido a que uno de los tambores de gasolina, pertenecientes a la Comisión del Cacao, había estado perdiendo en su porche. Yo esperaba ser desalojado de la mansión gubernamental en cualquier momento.

La Comisión del Cacao y los colombianos regresaron del San Miguel en un estado de ruptura total de las relaciones. Al parecer los colombianos habían descubierto una finca y habían pasado allá tres días en pijama, descansando. En ausencia de Schindler, yo era el único paragolpes entre las dos fracciones, y sospechoso ante ambos grupos de pertenecer secretamente al otro (había pedido prestada una escopeta a uno de los colombianos y andaba en el bote de la Comisión del Cacao).

Fuimos río abajo hasta Puerto Leguízamo, donde el Comandante nos instaló en una cañonera anclada en el Putumayo. No había cañones en ella en realidad. Creo que era el buque hospital.

El buque estaba sucio y herrumbrado. El agua corriente no funcionaba y el W.C. estaba un estado indescriptible. Los colombianos tratan un buque muy descuidadamente. No me sorprendería ver a alguno cagar sobre cubierta y limpiarse el culo con la bandera. (Esto deriva del sueño que tuve, en un inglés del siglo xvii. “Los delegados ingleses y franceses cagaron en el suelo y, rasgando el Tratado de Sevilla en tiras, con ese instrumento se limpiaron el trasero, viendo lo cual el delegado español se retiró de la conferencia”.)

Puerto Leguízamo lleva ese nombre en honor de un soldado que se distinguió en la guerra con Perú en 1940. Pregunté a uno de los colombianos al respecto y asintió: “Sí, Leguízamo era un soldado que hizo algo en guerra”.

“¿Qué hizo?”.

“Bueno, hizo algo”.

El lugar parece como si hubiera sido dejado por una creciente. Máquinas herrumbradas y abandonadas por todas partes. Pantanos en el centro del pueblo. Calles sin iluminación en las que uno se hunde hasta la rodilla.

En el pueblo hay cinco putas que se sientan afuera frente a cantinas de paredes azules. Los muchachitos de Puerto Leguízamo se juntan alrededor de las putas con la concentración inmóvil de los gatos. Las putas están allí sentadas bajo una lamparilla eléctrica pelada en la noche calurosa, en medio de la música chillona de una máquina automática, y esperan.

Por averiguaciones que hice en los alrededores de Puerto Leguízamo descubrí que el uso del yagé es corriente tanto entre los indios como entre los blancos. La mayoría de la gente lo cultiva en su huerta.

Después de una semana en Puerto Leguízamo, conseguí un avión para Villavicencio, y de allí regresé a Bogotá en omnibus.

De modo que estoy de vuelta en Bogotá. No había dinero esperándome (al parecer el cheque fue robado), y me veo reducido al sórdido expediente de robar el alcohol del laboratorio de la universidad puesto a disposición del científico visitante.

Estoy dedicado a la extracción de los alcaloides del yagé, un procedimiento relativamente sencillo según las instrucciones proporcionadas por el Instituto. Mis experimentos con los extractos de yagé no han sido concluyentes. No consigo las luces azules ni tampoco una agudización pronunciada de la imaginería mental. He observado efectos afrodisíacos. El extracto me da sueño en tanto que la planta fresca es estimulante y en dosis excesivas es un tóxico convulsivo.

Todas las noches voy a un café y pido una botella de Pepsi-Cola y la lleno con el alcohol del laboratorio. La población de Bogotá vive en los cafés. Hay cualquier cantidad de ellos y todos están llenos. La vestimenta general de la clientela de café de Bogotá es un trench-coat de gabardina y, naturalmente, traje y corbata. A un sudamericano le puede estar asomando el culo por los pantalones pero seguirá con la corbata puesta.

Bogotá es en esencia un pueblo chico; todo el mundo se preocupa por lo que lleva puesto y trata de aparentar como si ocupara un puesto de responsabilidad. Estaba sentado en uno de esos cafés de cuelo duro cuando un muchacho con un traje gris claro roñoso, pero todavía apegado a su ajada corbata; me preguntó si yo hablaba inglés.

“Corrientemente”, contesté yo y él se sentó a mi mesa. Un antiguo empleado de la Texas Company. Evidentemente marica, rubio, con aspecto de alemán y modales europeos. Fuimos a varios cafés. El muchacho me señalaba gente diciendo: “No me conoce más ahora que estoy sin trabajo”.

En efecto, gente correctamente vestida y de buenos modales le daba vuelta a la cara y en algunos casos pidieron la cuenta y se fueron. No sé cómo ese muchacho hubiera podido parecer menos homosexual en un traje de 200 dólares.

Una noche estaba instalando en un café de liberales cuando tres matones conservadores vestidos de civiles entraron a los gritos de “Vivan los conservadores” con la esperanza de provocar a alguien y poder matarlo. Uno de ellos era un hombre mauro con cara de vociferante; los otros se quedaron atrás y lo dejaron que gritara. Los otros dos eran jóvenes secuaces, muchachones de esquina, fronterizos de maleantes casi. Hombros estrechos, caras de hurón, piel lisa, tirante, rojiza y dientes criados. Los dos pillos tenían un aire leve de perro perdido, algo avergonzados de sí mismos, como el tipo de los versitos que decía: “Tengo que confesar que soy un pedacito de mierda”.

Todo el mundo pagó y se marchó dejando que el tipo siguiera gritando “¡Viva el Partido Conservador!” en el local vacío.

Tuyo,

Bill

*Texto de Cartas del Yage (1971).

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