Deporte extremo es la vida y el tránsito en ésta tan golpeada geografía: bienvenido a Monterrey, si no le gusta el clima, vuelva en 15 minutos y se lo cambiamos. Dicen los mayores: te aclimatas o te aclimueres.

Luego, desde hace tiempo, abrieron la compuerta al baño de sangre, permitiendo instalarse, como el reporte meteorológico con chicas de piernas largas, escote pronunciado y sugerente atuendo, el terrible manto negro de la inseguridad y la violencia. Fecundado por el caldo de cultivo del desempleo, la falta de oportunidades y la ceguera institucionalizada. Ni cómo hacerle al loco.

Por eso estamos como estamos. Desde la llamada para confirmar la cita, el proyecto de escritura a dos manos sobre el personaje, ha puesto los nervios crispados. Los coautores, periodistas y escritores, vamos por la primera de varias entrevistas agendadas con el músico. Hemos comprobado la energía a tope en la grabadora de audio, mientras comíamos. Nos falta aún descargar o comprar el software para convertir la conversación en hoja de texto.

Nada de transcripciones enfadosas y anacrónicas, en esta empresa somos absolutamente modernos, aun carezcamos de los medios. Viajaremos hasta la lejana Apodaca, parte de la zona metropolitana de las nueve ciudades comprendidas en Nuestra Señora de Monterrey: la ciudad con dos aeropuertos, dice la tradición. Ahora vamos a la oficina del artista en el fraccionamiento Cosmopolis. Imposible no pensar en Don DeLillo, con su novela postmodernista, adaptada y llevada al cine en el papel principal con Robert Pattinson y dirigida por David Cronenberg.

¿Dónde rayos queda ese sitio? Sobrecalentadas las neuronas. Surfeando la internet, la dirección. El inconsciente me alerta: nos vamos a perder. Seguramente así será. Le mandó el mapa a mi coparticipe y copiloto. De esa manera podré lavarme las manos. No será mi culpa como chofer sino del asistente principal en el trayecto. Creció la zona metropolitana en lo horizontal, extendiéndose hasta donde solo pastan solitarias vacas refugiándose del sol en los mezquites. El paisaje desértico: tierra árida y blanca. Las grandes ciudades, las capitales del mundo antiguo, crecieron verticales.

Optimizaron los espacios y los servicios públicos. Ni un metro se desaprovechó; el caos cotidiano en la pelea franca del espacio. Estimé el trayecto tentativo en una hora en auto. Calculé 15 minutos de prorroga y despiste. Después del huracán Alex, el principal flujo de autos, en la avenida Constitución y su paralela Morones Prieto, estableció nuevas directrices: de poniente a oriente en todos sus carriles, y de oriente a poniente, también en todos sus carriles. Por Morones Prieto hay tránsito fluido. Carril express.

Levantamos la mirada. El viento aleja el sol. Se va cerrando el universo: panorama ennegrecido. Ojalá le ganemos el paso a la lluvia. Cuando se trata de manejar bajo tromba, las circunstancias se vuelven heroicas. Tal vez Ulises en su regreso a Ítaca se vio sorprendido por el canto de las sirenas. Trato de evadir los encharcamientos, los baches traidores, la temeraria manera en que los choferes manejan sus tráileres. La lluvia, siempre tan escasa, azota el área metropolitana.

Observo árboles caer y amplias zonas inundadas. Pasos a desnivel a medio construir. Lodo, grava suelta y desviaciones. El reloj sigue la cruenta marcha, ése es su trabajo, demostrar poderío: somos sus juguetes preferidos. Llevamos una hora con 45 minutos. Se ha alargado exponencialmente el camino. Comienza a incomodarme el asiento. Jalo aire, me sereno. Unas calles más. Listo. Hemos llegado. Me asombro por el entorno. Nos encontramos al hombre de barba añeja sentado entre múltiples reconocimientos y fotografías.

Sonríe: es Celso Piña. No tan lejos, el Topo Chico comienza a secarse. Por encima de las nubes, el Cerro de la Silla. El sol ha renacido después de la tormenta.

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