Entre el 12 de agosto y el 13 de septiembre de 2012, un grupo de familiares de víctimas de la guerra contra el narco realizaron una serie de protestas, marchas y encuentros con activistas en territorio estadounidense para visibilizar las omisiones del gobierno “gringo” en una lucha donde México pone los muertos y la sangre y desde Estados Unidos llegan las armas y los dólares que sirven de gasolina para los cárteles mexicanos.

Al cumplirse dos años, estos son algunos recuerdos y testimonios del paso por California, Arizona y Nuevo México de aquel viaje de víctimas.

 

 

Por Manuel Larios

 

Cero

La última noche, en Tijuana

En una guerra simbólica la victoria no obtiene frutos tangibles”

Norman Mailer, Los Ejércitos de la Noche

En un rincón de La Cantina de los Remedios, en Tijuana, seis compas de rostro recio, camisas desabotonadas y mirada fiera están apoderados de un trío norteño que no para de cantar corridos. En la mesa tienen dos botellas de Buchanan’s y varias chicas voluptuosas que los abrazan y acarician como si ya estuvieran instalados en el motel. Mientras los músicos de voz aguardentosa e instrumentos poco afinados complacen las peticiones de los compas, me doy cuenta de que todas las rolas son en honor alguno de los capos —históricos y actuales— del cártel de Sinaloa. Pareciera que, por obra y gracia de alguna mano invisible, los corridos de los Arellano Félix se extinguieron del repertorio de los tríos norteños de Tijuana. Le pregunto a mi guía local sobre la razón del “veto” musical a los Arellano y, de inmediato, me dice que la plaza cambió de dueño. Por eso en las calles de Tijuana, agrega, se vive una tensa calma.

En las pantallas del bar se repiten sin cesar las imágenes de la final del juego de fútbol en que la selección mexicana se colgó la medalla de oro olímpica. Aparecen todos eufóricos y sonrientes: los jugadores, los comentaristas, la afición. Todo mundo celebra. Carajo, todos están tan felices que no importa si cayeron 50, 60 o 70 mil muertos en México en los últimos seis años.

Aún cuando es la última noche libre antes de iniciar la cobertura de una caravana de 32 días por Estados Unidos con víctimas de la violencia en México, no disfruto la cerveza. Tampoco dejo de sudar. Mi guía local, en cambio, se toma un coctel molotov para el corazón: Chivas Reagal mezclado con Red Bull. Para distraerme, miro con atención la sucesión de imágenes felices de los futbolistas mexicanos. Y me acuerdo, otra vez, de los muertos de México y sus familias. No creo que ellos tengan razones para sonreír.

De cuando en cuando observo la mesa donde los músicos cantan más historias sobre kilos de droga, balaceras y otras proezas del narco. En algún momento intercambio miradas con uno de ellos. No es nada amistosa. Me concentro otra vez en la televisión, pero siento que el compa sigue mirando en mi dirección. Se lo comento al que me apoya como guía local. Arquea la ceja, pero como está de espaldas a la mesa de los compas, no voltea. Se levanta para ir al baño. De regreso, supongo, observa el cuadro completo. Al sentarse, se empuja de golpe el resto de su trago. “Vámonos de aquí, los tables son más seguros”, me dice. Y suelta una carcajada.

Aquí no sabes a quién chingados te le quedas viendo, y más vale tener cuidado. Esa es la verdad”, me explica el guía local al subirnos al carro.

Mientras cruzamos Tijuana, pienso con tristeza cómo los mexicanos aprendimos, en el último sexenio, a vivir en un estado de alerta permanente: es demasiado fácil morir en México, así que ninguna precaución está de más.

Y aún así, ser precavido no garantiza nada.

***

La mañana del jueves 2 de agosto de 2012, nueve días antes del paseo por La Cantina de los Remedios y del inicio de la Caravana por la Paz en Estados Unidos, Felipe Calderón arribó a Tijuana, ataviado en una guayabera blanca con bordados en oro y plata, para inaugurar carreteras y comer con empresarios.

Junto al gobernador de Baja California, José Guadalupe Osuna, y escoltado por cientos de elementos del Estado Mayor Presidencial, federales y estatales, Calderón afirmó que gracias a la estrategia bélica contra las drogas impulsada desde 2006, la antes violenta Tijuana se ha transformado en un modelo de seguridad digno de replicar.

Tijuana tiene un panorama mucho más claro. Todavía tiene problemas, sí, pero es mucho más seguro de lo que era, precisamente, hace seis años”, alardeó Calderón, con cuidado de no mencionar que el segundo año de su gestión (2008) fue el más violento en la ciudad fronteriza: se registraron más de ochocientos asesinatos, numerosas ejecuciones y balaceras en vía pública. De las investigaciones y aprehendidos por la violencia, Calderón tampoco dijo nada.

Al contrario, Calderón confesó haber recibido amenazas de organizaciones criminales (matar a dos policías por semana), pero éstas no lo amedrentaron: “No nos íbamos a echar para atrás porque rendirse era entregarles Tijuana y todo Baja California a los criminales”, dijo esa cálida mañana de principios de agosto. Para finalizar, Calderón aseguró que gracias a la valentía mostrada por las autoridades, inició la reducción de homicidios y violencia en Tijuana.

***

La versión presidencial sobre el éxito de la estrategia de seguridad en Tijuana, sin embargo, no es compartida por todos. Una semana después de la visita de Calderón a Tijuana, Víctor Clark Alfaro, profesor de la San Diego State University (SDSU) y director del Centro Binacional de Derechos Humanos, publicó en el semanario Proceso el artículo “El ‘modelo’ Tijuana”, donde expone —con mucha más profundidad que el guía local— la hipótesis sobre los acuerdos entre cárteles y la calma de esta frontera.

Lo explica así:

En este ‘modelo de seguridad’ se conjugaron dos factores: el rol de los militares y policías en su lucha contra la delincuencia y el factor de mayor peso: un acuerdo entre los delincuentes para reducir la violencia a su mínima expresión”.

Para Clark, la combinación de ambos factores —mayor presencia de fuerzas federales y dominio del cartel de Sinaloa— no ha beneficiado por igual a la sociedad:

La violencia escandalosa desapareció; pero la historia no es la misma para el resto de la ciudad, principalmente en el este, hacia donde se extiende la mancha urbana, residencia de la clase popular y trabajadora. En esas colonias, donde vive la mayoría de los casi dos millones de tijuanenses, la violencia no ha desaparecido”.

Clark dice que en las zonas marginadas existe una abundancia de drogas en el mercado y muchos más adictos, especialmente a las anfetaminas; además, asegura que la estrategia de combate al narco no alcanza a los grandes capos:

La policía y los militares continúan decomisando drogas, pero sus decomisos no impactan el mercado ni provocan escasez ni aumento de precios; el arresto ocasional de personajes de poca monta del crimen organizado no altera para nada sus actividades, ya que se trata de operadores callejeros, no de los delincuentes de cuello blanco, vinculados a los sectores políticos y financieros, a quienes hasta ahora, como sucede en la ‘guerra contra las drogas’, el gobierno no se atreve a tocar”.

***

Después de serpentear por varios cerros y perdernos entre calles sin pavimento ni nombre, el guía local ha encontrado la colonia Postal. Es uno de esos barrios referidos por Víctor Clark, donde un día sí y otro también aparecen muertos tirados en la calle. En este barrio se encuentra la Casa del Migrante, un viejo edificio amarillo de cuatro pisos vigilado por tres cámaras de vídeo y once rejas de malla metálica que cubren la puerta y ventanas del lugar. El refugio, creado en 1987, es la última trinchera para miles de migrantes mexicanos y centroamericanos que reciben comida caliente de la mano del padre Luis Kendzierski y sus voluntarios antes de intentar burlar el muro fronterizo que separa dos naciones y muchos sueños.

Pero la tarde de este 11 de agosto de 2012, al vetusto edificio llega un grupo de visitantes que van persiguiendo otro sueño que no implica brincar bardas, tratar con coyotes, polleros o escapar de la migra. La presencia de este grupo variopinto de mujeres, hombres, jóvenes y adultos mayores con bolsas para dormir, maletas y mochilas al hombro altera la rutina del albergue: en el comedor, en lugar de mesas con platos, vasos y cubiertos, hay seis hileras de sillas frente a un desvencijado escritorio escolar que está al fondo, en la pared más amplia del salón, la cual también cambió su apariencia. La pálida pared está cubierta con fotos, lonas y mantas: de los hermanos Trujillo Herrera, desaparecidos de Pajacuarán, Michoacán; de Coral y Judith, dos chicas regiomontanas secuestradas en carreteras tamaulipecas; también se observa el rostro del teniente Miguel Orlando Muñoz, desparecido en Ciudad Juárez, Chihuahua, desde 1993; en otra cartulina fosforescente están adheridas las fotos de Jorge Mario, José Francisco, Geovani y Mario, cuatro jóvenes sonorenses para quienes Nepomuceno Moreno buscó justicia, hasta que lo alcanzó la muerte en noviembre de 2011 en las calles de la capital de ese estado. Las fotos de los ausentes representan el testimonio gráfico del dolor que cargarán por todo Estados Unidos los familiares de víctimas de la violencia en México.

Mientras el sol se esconde entre los cerros de Tijuana, sentado al centro del escritorio escolar destartalado y de espaldas a las fotos y posters de las víctimas, Javier Sicilia informa a la prensa las metas y rutas de la caravana por Estados Unidos, organizada por el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), conformado tras el asesinato de su hijo Juanelo en marzo de 2011.

No será la primera vez que Sicilia y los familiares de las víctimas de la violencia emprendan un viaje así después de la marcha que entró el 11 de mayo de 2011 al Zócalo de la Ciudad de México bajo el grito de “Estamos hasta la madre”. Un mes después de ese primer grito de paz, las víctimas y Sicilia caminaron desde el Distrito Federal hacia los estados del norte. Culminaron el recorrido con una recepción multitudinaria en Ciudad Juárez, Chihuahua, una de las fronteras más violentas del país. En septiembre del mismo año, caminaron del D.F. hacia la frontera con Guatemala, con escalas en los estados de Morelos, Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Veracruz y Puebla, todos ellos territorios de tránsito y secuestro de migrantes sin documentos. A ese periplo le llamaron la Caravana del Sur.

Ahora Sicilia está en Tijuana, vistiendo pantalón de mezclilla entubado, camisa a cuadros verdes y sus inseparables chaleco y sombrero de fieltro café. Dice estar listo para alzar la voz y buscar que los estadounidenses asuman su responsabilidad compartida en el problema del narcotráfico y la violencia. Luce relajado y sonriente ante la odisea que está por venir, aunque fuma y fuma como si no hubiera mañana.

Cuando un reportero le pregunta la expectativa de la primer salida del Movimiento por la Paz al extranjero, Sicilia parece anticipar que en ésta caravana no habrá eventos masivos como los realizados en territorio nacional: “No esperamos nada de este viaje, sólo venimos a encender una vela. A sembrar semillas de paz”, respondió, lacónico, Sicilia. La cosecha de esas semillas, a decir de Sicilia, dependerá del grado de consciencia que se genere entre la ciudadanía estadounidense sobre cinco problemas que afectan a dos naciones vecinas: narcotráfico y prohibición de drogas; lavado de dinero; contrabando de armas; migración; y militarización de la cooperación internacional.

Venimos a Estados Unidos a cobrarles un cheque —dijo Sicilia, evocando el discurso más famoso de Martin Luther King—. Nos deben esa paz y tenemos que construirla juntos, es el momento de los ciudadanos de hacerlo.

Con esta encomienda, víctimas y activistas de la caravana por la paz se despedirán, cuando despunte el alba, de Tijuana.

Esta noche, en La Casa del Migrante, será la última en México, antes de pasar 32 días recorriendo carreteras y ciudades estadounidenses. Del otro lado de la frontera nos espera un tour irrepetible por el otro Estados Unidos: ese que nunca aparece en noticiarios, ni en los periódicos. El de los barrios donde afroamericanos y latinos son discriminados, criminalizados y alienados por el color de su piel. Nos esperan kilométricas jornadas de diálogo. Nos espera, también, la indiferencia del mass media gringo ensimismado en la campaña presidencial Obama-Romney. Nos esperan días de mucho llanto. De buscar hermandad en el dolor. De contar testimonios de pérdidas de familiares y amigos en iglesias, auditorios, universidades, barrios, parques y calles de los barrios desdichados del país más poderoso del mundo. Nos espera el encuentro fraterno y empático con miles de ciudadanos convencidos de la necesidad urgente de cambiar el enfoque prohibicionista sobre las drogas y buscar caminos para la paz.

Apuntes de libreta

  • La noche del 19 agosto de 2012, mientras la caravana pernoctaba en Santa Fe, Nuevo México, la Policía Estatal Preventiva decomisó en Tijuana un millón 50 mil dólares en efectivo a cuatro sujetos. Confesaron trabajar para el cártel de Sinaloa.

 

Uno

California: aquí se viene a sufrir

Todos madrugamos para estar antes de las siete de la mañana en la garita de Otay, en Tijuana. Se hablaba de una posible espera de hasta tres horas para cruzar la línea fronteriza. Sin embargo, la mera referencia a la participación en la Caravana por la Paz causó en los migras gringos una actitud pocas veces vista: en menos de 45 minutos y sin muchas preguntas, casi un centenar de caravaneros obtuvieron permiso para internarse por un mes en el gabacho. Para la mayor parte de ellos, ésta es la primer visita a Estados Unidos.

A escasos metros de la línea divisoria, los choferes de los dos autobuses que se convertirán en nuestro hogar rodante en las próximas semanas esperan el ascenso del contingente para llevarnos al Parque de la Amistad (Friendship Park), donde está programado el arranque de actividades de la Caravana por la Paz.

Llegamos al parque, inaugurado en 1971 por Pat Nixon —esposa del ex presidente Richard Nixon— como símbolo binacional de fraternidad. 41 años después, esta plaza, con área para picnics y vista panorámica al Océano Pacífico, ya no es amigable: en abril de 2009 se restringió el acceso a la zona por la construcción de una segunda barda de acero de más de cinco metros de altura, cuya intención es frenar el flujo de drogas y migrantes hacia Estados Unidos; como refuerzo a la doble barda de acero, migras armados con rifles automáticos y vehículos todo terreno vigilan el lugar de noche y de día.

Al igual que sucedió en la Casa del Migrante, las fotos de personas desaparecidas y asesinadas rodean a los oradores del evento: Javier Sicilia; el senador californiano, Juan Vargas; el investigador del Colegio de México, Sergio Aguayo; y el activista local, Enrique Morones, presidente de Ángeles de la Frontera (Border Angels), un tipo con mucha experiencia en comenzar caravanas desde el Parque de la Amistad.

Antes de ésta, Morones encabezó siete marchas migrantes similares a la que este día arranca: la primera fue en 2006, desde San Diego hasta Washington; la segunda, en 2007, del Parque de la Amistad a Brownsville, Texas; el año siguiente iniciaron en el mismo punto y llegaron hasta Canadá; la de 2009 partió de Florida y llegó hasta la Casa Blanca, donde sostuvieron una reunión sobre la reforma migratoria con el presidente Barack Obama. En la quinta, recorrieron el desierto de Arizona para pedir una reforma migratoria integral. En la sexta, salieron del Parque de la Amistad y llegaron a Calexico, en la frontera con Mexicali, Baja California. Y en 2011, salieron del parque César Chávez de San Diego para ir al capitolio de Sacramento, California, a exigir a las autoridades estatales un trato humano para los migrantes indocumentados.

Resulta evidente que Morones conoce muy bien la frontera del suroeste gringo. Es su hábitat y centro de trabajo. En este lugar sin árboles, ni lugares donde cubrirse de los ardientes rayos del sol, cientos de migrantes cruzan a diario con la intención de alcanzar el “sueño americano”. Pero no todos logran cruzar el Valle Imperial con vida. Según datos de organismos independientes, aquí se mueren por insolación un promedio de dos migrantes diarios. Por eso, los Border Angels de Morones esparcen galones de agua en puntos estratégicos del desierto. Saben que para que los migrantes sin documentos un sorbo de agua es fundamental para continuar su trayecto sin deshidratarse.

Morones cuenta que conoció a Javier Sicilia a través de Ted Lewis, de Global Exchange, mientras se planeaba la Caravana por la Paz. Al escuchar a Lewis, Morones se pudo dar cuenta de la gravedad del problema en México y, a la vez, comprendió cómo se interrelacionan los temas de migración, cooperación internacional, lavado de dinero, tráfico de drogas y contrabando de armas.

Me he dado cuenta que son temas que van mano a mano; por eso, en el futuro, vamos a incluir en nuestro trabajo a los grupos que conozcamos en esta caravana; antes sólo estaba en el tema de migración, pero a partir de esta marcha me verán defendiendo los otros temas. Si trabajamos unidos, somos más fuertes”, me dice Morones, un infatigable activista con cara rojiza, pelo entrecano, voz grave y acento pocho.

Morones me cuenta su opinión sobre las percepciones y problemas a las cuales se enfrentan este tipo de iniciativas ciudadanas: “A veces piensan que es un fracaso porque no llega la gente que se esperaba, pero no es concurso para ver cuánta gente hay. Con una persona que haya, esa persona puede hacer la diferencia; entonces es muy positivo, la voz crece todos los días y así es como son estas cosas: se empieza con una gotita de agua, luego se empieza a escurrir un poco y después se hace un tsunami; el tsunami se está formando aquí”.

Una vez iniciado el diálogo, Morones no para de hablar. Ahora me dice que los cambios en este mundo los “hace la persona que vemos en el espejo cada día”. Bajo esa filosofía, el hombre que carga todos los días un morral de estambre tejido y una pequeña cruz de madera pintada de blanco que dice “No olvidados” se compromete a acompañar hasta el destino final a esta cruzada por la paz en territorio estadounidense.

***

La pernocta en la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, en San Diego, fue más que austera: el auditorio carecía de ventilación y muchos optamos por dormir al aire libre, alrededor de una pequeña cancha de basquetbol y por fuera de las aulas escolares clausuradas con cinta amarilla por el periodo vacacional. Nos arrulló el rumor de los vehículos que cruzaban por alguna autopista cercana, mezclado con las canciones de Bob Marley que entonaban a capela unos caravaneros.

El lunes 13, antes de las ocho de la mañana, desayunamos frugalmente y salimos rumbo a Los Ángeles. Durante ese primer recorrido de 194 kilómetros por la interestatal 5, en el autobús para activistas y periodistas, nos piden pasar al frente y presentarnos, como hacían las maestras de primaria al inicio del ciclo escolar.

Artistas visuales, reporteros, cineastas, sociólogos, interpretes, politólogos, profesionales de la fotografía, economistas, estudiantes, sociólogos, becarios y hasta un autonombrado “latoso profesional de redes sociales” desfilan para decir sus nombres, ocupación y motivos para integrarse a la odisea pacifista por Estados Unidos. Mientras transcurre la sesión de confesionario, por la ventana del camión desfilan poblaciones, casi todos con nombres hispanos: Escondido, San Clemente, San Juan Capistrano, Mission Viejo, Santa Ana, Anaheim… Las presentaciones continúan. Ora todos les aplauden al corresponsal de Proceso. Por la ventana observo los anuncios de bienvenida a Los Ángeles. Alguien da por concluida la presentación y después de leernos las actividades del día, sugieren prepararnos para bajar.

Si partimos de la lógica que en 2006, en esta ciudad de California marcharon cerca de un millón de latinos para exigir una reforma migratoria, pensé que nos toparíamos al menos con un millar de personas para recibir a la caravana. No fue así: en la Plaza Olvera del centro angelino, el párroco y un par de docenas de personas dieron la bienvenida a Javier Sicilia y los familiares de víctimas de la caravana. Hubo oraciones católicas y el primero de muchos ritos mesoamericanos para atraer buenas vibras al movimiento. La Virgen de Guadalupe pintada en la pared de la plaza fue testigo del primer discurso de Sicilia en territorio angelino.

Sin embargo, el evento estelar del día estaba por comenzar en la Casa Picos, ubicada a un costado de la Plaza Olvera. Adentro de ese recinto, una marabunta de camarógrafos pelean la mejor ubicación para grabar la conferencia de prensa. Todos quieren una buena posición para retratar a los directores y artistas mexicanos, radicados en Hollywood, que hoy respaldarán la lucha del movimiento pacifista encabezado por Javier Sicilia: Sergio Araú, Alfonso Cuarón, Kate del Castillo, Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu y Diego Luna.

A nombre del colectivo artístico, Alejandro González Iñárritu manifestó la solidaridad del colectivo de creadores a la Caravana. Condenó la violencia. Pidió no ser movidos por “el resentimiento”. “El problemas es de ambos países y los ciudadanos debemos involucrarnos en la solución”, dijo González Iñárritu. Concluida la conferencia, los artistas se tomaron cientos de fotos con los caravaneros. Diego Luna incluso grabó un spot con los cineastas de Emergencia.mx para convocar a la gente a unirse a la Caravana por la Paz. Después de la algarabía, los artistas volvieron a sus actividades rutinarias.

Y del apoyo anunciado ese día nunca más se supo nada.

***

Kristal Luna se enteró por Internet de la visita de la caravana de víctimas a Los Ángeles. De inmediato supo que debería estar presente para compartir su testimonio de dolor. Ese lunes, pidió permiso para salir antes de su trabajo. Dejó encargado a su hijo Hassan, de 9 años, con su madre, y se enfiló hacia la Plaza Olvera, en el centro de la ciudad. Al llegar a la plaza, rodeada de frondosos árboles y puestos semifijos de mexican curious, Kristal pide la palabra y sube al kiosco para hablar sobre la desaparición de su novio, Geovani Otero. Ocurrió en julio de 2010 en Obregón, Sonora. Entre sollozos, Kristal —una muchacha delgada, de labios breves y con un rostro afilado enmarcado por un flequillo y una larga cabellera negra— contó que desde ese día, su vida y la de su hijo cambiaron por completo. Pide ayuda para saber de su novio. Sólo así podrá contestar con certeza cada vez que Hassan mira la foto de su padre y pregunta por él. Ya pasaron dos años de esa agotadora dinámica, dice Kristal, y a medida que Hassan crece se vuelve más curioso. “Yo le pido a esos monstruos que destruyen vidas que se toquen el corazón y piensen antes de acabar con familias y dejar a niños huérfanos”, masculla Kristal.

Son más de las cuatro de la tarde y el calor en la plaza es agotador. Quizá por eso son pocos los asistentes a este intercambio de testimonios entre víctimas de ambos lados de la frontera. Pero Kristal sigue hablando de su caso. Desde el kiosco, observa a un caravanero que sostiene una cartulina verde fosforescente con la foto de cuatro muchachos. En ese pedazo de papel mira la foto de Geovani, el padre de su hijo.

Al terminar su intervención, Kristal se acerca a la persona y le pregunta si conoce a Geovani. Le dicen que no. Después le explican que la cartulina era de Nepomuceno Moreno, un señor de cabellera y bigote blancos, asesinado en la ciudad de Hermosillo, Sonora, en noviembre de 2011. Nepomuceno buscaba a su hijo Jorge Mario y a otros tres jóvenes que desaparecieron con él. Uno de ellos era Geovani. Con esa cartulina, le informan a Kristal, Nepomuceno acompañó al movimiento desde la primera marcha de Cuernavaca al Distrito Federal. Tras su muerte, la cartulina ha pasado a custodia de la caravana y cruzará todo Estados Unidos.

Kristal siente algo parecido a la tranquilidad al enterarse que no es la única preocupada por el paradero de Geovani. Ahora puede regresar a casa para contarle al pequeño Hassan que no están solos. Que la esperanza sigue viva.

Y en movimiento.

 

***

Mayra Todd salió de Guatemala y llegó a California hace casi veinticinco años. Está casada con un mexicano, y sus dos hijas tienen ciudadanía estadounidense. Pero ella, pese a muchos intentos fallidos, no ha obtenido su residencia legal.

Minutos antes de conocerla, Mayra sirvió unos cuarenta platos de pollo, arroz y frijoles a los activistas y reporteros que hoy pasarán la noche en el piso del salón-bodega de la Hermandad Mexicana de Panorama City después del primer día de actividades de la Caravana por la Paz en Los Ángeles.

Yo intentaba transcribir algunos apuntes de mi libreta, pero la escasa ventilación en el interior de la bodega me obliga a buscar un poco de aire fresco en el estacionamiento habilitado como comedor. El cielo está despejado, pero las luces de la ciudad dificultan apreciar las estrellas.

Miro a Mayra sentada frente a donde me he instalado. Tras un brevísimo saludo y agradecimiento por la cena, noto que Mayra, una robusta mujer de piel canela, cabello corto y rizado y unas mejillas en las que se forman hoyuelos cada vez que sonríe, tiene muchas ganas de platicar. Inicia con un comentario de beneplácito “porque hubo muchos medios durante la rueda de prensa con los famosos en la Casa Picos”.

Hasta me tomé una foto con el Diego Luna”, presume Mayra, y un segundo después desenfunda su teléfono móvil para mostrar la fotografía donde aparece sonriente al lado del actor y director mexicano. La charla continua. Pregunto a Mayra si ha estado en México. Asiente con la cabeza. Estuvo de paso hace más de veinte años y su experiencia no fue grata. Venía huyendo de una Guatemala asolada por la violencia y se topó con un país hostil y abusivo con los migrantes centroamericanos. Y descubrir que ella era migrante no era difícil: su piel morena, su cabello rizado y su manera de hablar la delataban.

Mejor no hable y quédese callada todo el tiempo”, le sugirió el chofer del primer autobús del que la bajaron unos agentes de migración a menos de una hora del cruce de la frontera guatemalteca. Pero Mayra no estaba dispuesta a rendirse tan fácil. Por eso se trepó al próximo autobús que la alejaría de su país.

En algún punto entre Chiapas y Veracruz, cuatro hombres le ofrecieron aventón en la carretera. Aquella noche de luna llena, Mayra fue golpeada, violada y abandonada a su suerte en un paraje desconocido. Mayra recuerda que gracias a la luz clara de la luna pudo encontrar el camino de regreso a la civilización. Una pareja de viejitos —“Creo que era unos ángeles”, me dice Mayra— se compadecieron de ella y la llevaron a su casa para recuperarse.

La amarga experiencia no le quitó a Mayra la obstinación por seguir con rumbo norte. Tres semanas después de dejar su pueblo en Escuintla, Guatemala —y de intentar cruzar a Estados Unidos por Tamaulipas, Chihuahua y Sonora—, en Tijuana logró su cometido.

A un cuarto de siglo de distancia de su llegada al gabacho, Mayra hace un largo recuento de las experiencias discriminatorias soportadas. De las dificultades para encontrar un buen empleo. De las promesas incumplidas de reformas migratorias ofertadas por políticos en campaña. De las leyes racistas que cada vez hacen más insoportable la vida de los “sin papeles”. De la constante amenaza de una deportación que la separe de sus hijas y su esposo.

Si yo volviera a nacer, me quedaría en mi tierra. El país de los sueños no existe. Aquí nomás se viene a sufrir”, se lamenta. La vida de los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos está condenada a la oscuridad, a vivir entre las sombras, me asegura Mayra.

¿De qué sirve estar aquí cuando no puedes hacer muchas cosas? Te tratan como esclavo, no hay respeto”, dice Mayra. Le pregunto por qué no regresar a Guatemala y abandonar de una vez por todas el sueño americano que a estas alturas parece más un holograma.

Mis hijas no hablan español, son de aquí y no puedo llevarlas para allá. Sería injusto para ellas y para mi esposo, porque él también es residente”, replica Mayra, y después asegura haber gastado más de 20 mil dólares en abogados y trámites migratorios para regularizar su situación. Nada ha funcionado. Se siente desesperada y sólo ve una salida para acabar con su precaria situación.

Yo quisiera que me deportaran. Así podría hacer un escándalo en medios, y si no me dan papeles, al menos que me regresen a mi país con pasaje gratis”, dice, con una sonrisa forzada en el rostro.

La noche avanza. Mayra observa con nostalgia al grupo de caravaneros al tiempo que unos se van quedando dormidos y otros mantienen su rostro alumbrado por la luz blanquecina emitida desde sus laptops.

Los años que me quedan de vida quiero dedicarlos a la lucha por los inmigrantes, para que no pasen lo mismo que yo”, dice Mayra.

Nuestra conversación es interrumpida por la llegada de sus hijas: quieren saber a qué hora se irán a casa. Mayra comprende que llegó el momento de despedirse. Me desea mucha suerte y asegura que sus oraciones nos acompañarán el resto de la caravana.

Apuntes de libreta

  • Después de un proceso electoral donde el partido republicano perdió de forma drástica y contundente el apoyo del voto latino en las elecciones de 2012, el lunes 28 de enero de 2013, un grupo de ocho senadores estadounidenses republicanos y demócratas anunciaron un acuerdo marco para impulsar una reforma migratoria que ayude a 11 millones de indocumentados a salir de las sombras e iniciar el proceso para obtener la residencia legal en Estados Unidos. Mayra Todd debe estar muy contenta.

 

Dos

Arizona: Protestar en la casa del Sheriff

A diferencia de la carretera San Diego-Los Ángeles, repleta de poblados, edificios, restaurantes de comida rápida, gasolineras, centros comerciales y moteles de paso, el trayecto por la interestatal 10 que va de Los Ángeles a Phoenix no tiene casi nada para ver: es un recorrido de 600 kilómetros a través de un desierto agreste que sólo las lagartijas y los migrantes se arriesgan a enfrentar.

En la primer parada técnica a mitad de la nada, todos bajan del bus para ir al baño y de inmediato se quejan del calor superior a los cuarenta grados y del aire que parece salido de un horno encendido. A mí me recuerda mi ciudad de origen, Hermosillo, que está a unos 300 kilómetros al otro lado de esta frontera. Me siento como en casa.

Reiniciamos el camino. Un compañero de asiento y lucha me presta un ejemplar de la obra maestra del periodismo gonzo, Miedo y asco en Las Vegas, que precisamente inicia en la misma carretera que vamos cruzando. La narrativa del Dr. Hunter S. Thompson hace el viaje más ligero. Llegamos a Phoenix cuando cae la noche. El primer evento en esa ciudad es un acto de solidaridad con organizaciones locales en la Universidad de Arizona. Después nos mueven a la Iglesia Shadow Rock, ubicada en las afueras de Phoenix. Nos avisan que la mañana siguiente habrá una protesta en la prisión para inmigrantes en Maricopa que regentea el sheriff Joe Arpaio.

La tensión en los coordinadores caravaneros es notoria.

***

Si se portan bien todos, no habrá problemas”, advierte un fornido custodio de la prisión del condado de Maricopa mientras observa a los manifestantes de la Caravana por la Paz protestar y lanzar consignas frente a un tanque que promociona la “Guerra contra las Drogas de Joe Arpaio”.

El tanque, más parecido a una reliquia de la segunda guerra mundial, está montado sobre un remolque negro, en el exterior de la cárcel conocida como Tent City; es la prisión poseedora del record de denuncias por violaciones a los derechos humanos de los internos —en su mayoría inmigrantes indocumentados— en Estados Unidos.

En el cañón del artefacto de guerra se lee “Blasting away at Drugs” (Bombardeando a las Drogas), y la punta del mismo está adornado por llamas amarillas y rojas; también lleva varios relámpagos como adorno, y en la parte trasera se observan cuatro símbolos de prohibido, que representan los cuatro “enemigos” que combate el alguacil que se ostenta como el “más rudo” de América: no drogas, no alcohol, no tabaco y no pandillas. Tanto la prisión como el tanque de modelo Howitzer son el orgullo del Arpaio, pero, al mismo tiempo, representan la antítesis de la misión pacífica que ha traído a esta ciudad desértica del sudoeste estadounidense al centenar de representantes del Movimiento por la Paz; por eso muchos de ellos portan el mensaje opuesto al promocionado por Arpaio, en cartulinas rojas y amarillas: No más guerra contra las drogas (NO MORE DRUG WAR).

Mientras Javier Sicilia se encuentra del otro lado de la calle de la prisión, hablando con medios locales sobre su interés de platicar con Arpaio, el fornido custodio, un hombre de barba cerrada, que carga una pistola 9 milímetros, un chaleco antibalas con la leyenda “Sheriff” en amarillo y ambos brazos cubiertos de tatuajes multicolores, escucha con atención la historia de Melchor Flores, padre del Vaquero Galáctico, un artista callejero detenido en el centro de Monterrey por policías municipales en el año 2008 y que hasta la fecha sigue desaparecido.

Pero cuando Melchor —apodado “El Vaquero”— intenta entregarle un documento con la historia de vida de su hijo, junto con los oficios que ha enviado a procuradurías y oficinas municipales, estatales y federales mexicanas, el agente de Arpaio adopta una postura de cerrazón: “Manténganse en la banqueta”, ordena en un español bien articulado pero con acento agringado. El custodio se resiste a dar su nombre, pero en su gorra y en el tatuaje de su brazo derecho se repite el mismo nombre: Cosme. Al notar la charla entre El Vaquero y el policía, dos vídeo-reporteros se acercan, cámara en mano, para entrevistar al oficial.

Cosme se pone, otra vez, a la defensiva. “No tengo permiso para dar entrevistas”, reitera tajante. Pero su curiosidad por saber más sobre la protesta de este grupo de mexicanos es más fuerte que cualquier orden o permiso superior. Ya alejados los vídeo-reporteros, Cosme suelta un rosario de preguntas: “¿Ya entró el presidente nuevo?”, “¿Creen que vaya a hacer algo diferente para detener la violencia?”, “¿Por qué están protestando aquí y no en México?”.

Una vez que sus preguntas fueron respondidas, Cosme comenta que nunca ha estado en México, pero habla un español fluido porque su mamá —originaria de Choix, Sinaloa— le hablaba en este idioma desde que era niño. Al preguntarle qué siente un hijo de mexicanos al trabajar para un alguacil que es calificado a nivel nacional e internacional como racista y anti-inmigrante, retoma su parquedad al hablar: “Yo sólo hago mi trabajo y lo hago bien. De lo demás, no me preocupo”, dice Cosme, y después comenta que sigue las noticias de la violencia en México por Internet. Una vez más, pide al Vaquero que se le esclarezcan varias dudas sobre los objetivos de la Caravana por la Paz. Por más que lo intenta, no alcanza a comprender por qué este grupo no se queda a protestar en su propio país por la violencia.

Tal vez si tuviéramos justicia, no estaríamos aquí. Si no hubiera tantos muertos y desaparecidos, no se hubiera hecho este movimiento —dice Vaquero. Cosme sólo atinaba a mover su cabeza de un lado a otro y morderse el labio inferior en señal de desaprobación.

A cambio de la información recibida, Cosme comienza a soltar detalles del tanque de guerra negro que Arpaio mantiene estacionado desde hace años por afuera de la prisión del condado como un elemento de propaganda para promover la “guerra contra las drogas” en esta ciudad. Ya pasaron más de diez minutos bajo un sol abrasador que quema la piel, pero el intercambio de opiniones entre Cosme y los caravaneros continua. De repente, otro oficial de Arpaio aparece y susurra algo al oído de su compañero. Cosme hace un gesto de despedida con la cabeza y se aleja con dirección al interior de la prisión. El nuevo guardia, un tipo con semblante de pocos amigos y nariz afilada, no habla español, ni tiene interés de platicar con los manifestantes.

La temperatura, que ya rebasó los 40 grados centígrados, comienza a afectar el estado físico de los manifestantes. Ya son dos las personas que han vomitado a causa de la exposición de más de una hora al extenuante calor veraniego del desierto de Arizona. Los coordinadores caravaneros opinan que la hora de regresar al autobús y salir rumbo a Tucson ha llegado.

***

Desde que estábamos en la protesta frente a la cárcel de La Estrella, los rumores sobre la reunión con Joe Arpaio fluctuaban en uno y otro sentido, como una pelota de ping pong atrapada entre las raquetas de dos chinos de esos que siempre ganan en las olimpiadas. Era como una fábrica de rumores. “Sí los recibirá”, decían unos. Luego llegaron los contrarrumores: “No habrá reunión”.

Pero Joe Arpaio es megalómano. Adora salir en los medios. Dicen los enterados que en su oficina guarda una gran carpeta con recortes de todos los periódicos en donde se ha publicado alguna información sobre su persona. Trabajó durante sus quince años como encargado de la seguridad en el condado de Maricopa. Públicamente no le gustan los migrantes, aunque su hija está casada con uno, y, por consiguiente, sus nietas son mitad mexicanas. Se ha construido una imagen pública y se enorgullece de ser conocido como el alguacil más rudo de Estados Unidos.

Sinceramente, yo pensé que Arpaio no recibiría a una bola de pacifistas andrajosos luchando por todo lo contrario a lo que él persigue. Imagino que algún guardia de su cárcel le informó que había muchas cámaras y periodistas. Tomando en cuenta que estaba en su quinta campaña de reelección, la tentación para Arpaio debe haber sido demasiado grande. Al final, aceptó realizar la reunión de imprevisto, pero impuso sus reglas: la reunión será en su terreno y se hará a su manera.

Pasaron 15 minutos de la reunión, y Arpaio no hacía más que quejarse. Ora porque la interprete le pedía hacer pausas al hablar para dar tiempo de traducirle a Sicilia. Ora porque un residente de Phoenix entró a la reunión con una llamativa playera roja que decía “Arresten a Arpaio, no a la gente” y eso era “una falta de respeto”. Ora se quejaba porque Sicilia venía a su oficina a reclamarle por los problemas de México sin antes presentarse. Arpaio estaba incómodo en la reunión. Quizá le molestó que entre el enjambre de periodistas y cámaras no había más que un par de medios estadounidenses. Total que el alguacil escuchaba a Sicilia con la misma atención que un ateo pondría en un discurso del papa. Pero todo cambió cuando uno de los coordinadores mencionó que Sicilia fue el personaje del año de la revista Time —en realidad, la edición fue dedicada a los protestantes de todo el mundo, desde la Primavera Árabe hasta el líder del MPJD— . Ahí fue cuando el extraño hombre de sombrero y chaleco atrajo la atención de Arpaio. O le pegó al orgullo.

¿Salió la revista Time? ¿Time, la de Nueva York? —preguntaba un incrédulo Arpaio a su interlocutor.

Sí, Time magazine —reiteró el coordinador.

Entonces Arpaio voltea a uno de sus asesores y cuestiona: “Yo nunca he salido en la revista Time, ¿o sí?”. Después observa con atención a Sicilia. Parece querer descubrir algo en el poeta que a él le ha hecho falta para salir en Time. Es entonces que el diálogo comienza a fluir de una forma distinta.

Apuntes de libreta

  • El cambio repentino en la agenda provocó un desfase de horas que impidió la realización del evento con organizaciones pro migrantes programado en Tucson. En esa ciudad fronteriza, sólo se realizó una homilía nocturna, y después de la cena, todos pernoctaron en un albergue para salir temprano a Nuevo México.

  • Pese a las acusaciones de organizaciones pro-migrantes, las estrategias propagandísticas y racistas de Joe Arpaio siguen siendo efectivas con sus electores: el controvertido alguacil fue reelecto, en la votación de noviembre de 2012, por sexta vez consecutiva con un apoyo del 53 por ciento de los votos emitidos en el condado de Maricopa, Arizona.

 

 

Tres

Nuevo México: Buscamos paz y nos venden guerra

Cuando María Guadalupe Guzmán Romo estuvo por primera vez en Las Cruces, Nuevo México, no llegó, como hoy, por la carretera interestatal 10 que cruza el Río Grande y que viene de Arizona, sino a través de las majestuosas montañas Organ, que, desde el lado este, cerca de Ciudad Juárez, resguardan a ésta tranquila ciudad de casas de adobe color pastel.

Era diciembre de 1993.

María Guadalupe venía desde Ciudad Juárez y visitó Las Cruces acompañada de su hijo Martín Eloy y de la hija que lleva su mismo nombre. El motivo de la visita: buscar a su hijo Miguel Orlando Muñoz Guzmán, un teniente del ejército mexicano que desapareció sin dejar rastro en mayo de aquél año.

Diecinueve años después, madre e hija han regresado a esta población de Nuevo México, pero ahora vienen acompañadas de medio centenar de personas que, como ellas, han perdido a algún ser querido y están integradas en la Caravana por la Paz.

Tras dar su testimonio en el Parque Klein, las dos mujeres me cuentan lo sucedido a partir de aquél mayo de 1993, cuando a Miguel Orlando se lo tragó la tierra. Lo primero que les viene a la mente es la última llamada a casa de Miguel Orlando. Fue la tarde del 8 de mayo. Habló para dar buenas noticias, pues acababa de recibir un telegrama que informaba sobre la aceptación de sus documentos para hacer los exámenes correspondientes para ingresar a la Escuela Superior de Guerra, ubicada en el Distrito Federal.

Siempre fue su sueño pertenecer al ejército, creo que desde los 7 u 8 años construía sus rifles con palos y lazos”, recuerda la madre del desaparecido. “No sé de dónde sacó la idea, pero él siempre lograba hacer lo que se proponía y así lo hizo, pues a los 15 años ingresó al Heroico Colegio Militar”.

Por eso Miguel Orlando estaba tan entusiasmado esa tarde de mayo que le informaron de su inminente traslado a la Ciudad de México para continuar su formación castrense. Su actitud era muy diferente a la mostrada en las vacaciones que pasó en su natal San Julián, Jalisco, en marzo del mismo año.

María Guadalupe Guzmán, quien lleva en el pecho un medallón con la foto de su hijo en uniforme militar de gala, recuerda con precisión las palabras que la llenaron de angustia cuando despidió a su hijo con un “Cuídate mucho”.

No se preocupe, mamá, si uno no se mete con ellos [en referencia a los narcos], no pasa nada. Además, el peor enemigo del verde es el mismo verde”, le dijo Miguel Orlando a su madre la última vez que se vieron. La frase cobró más sentido cuando, después de ser informados sobre la desaparición de Miguel Orlando el 11 de mayo de 1993, las versiones oficiales se contraponían: un oficial aseguraba que Miguel Orlando abandonó el cuartel a las 20:00 horas del 8 de mayo, pero al menos otros 6 oficiales aseguraban haberlo visto en el interior del recinto militar, en short y sandalias, ya avanzada la noche del mismo día 8.

Estos argumentos pueden constatarse en el Informe 2/06 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre el caso (http://www.cidh.oas.org/annualrep/2006sp/Mexico12130sp.htm), que en el párrafo 101 asegura que “el Estado mexicano tiene la carga de probar cuál ha sido su destino por tratarse de un militar que fue visto por última vez dentro de un cuartel”.

Los señalamientos de la familia Muñoz Guzmán contra el ejército y, en particular, contra los mandos superiores Pedro Gutiérrez López y Luis Montiel López —ex integrante de las Brigadas Blancas— fueron motivo de numerosas llamadas anónimas de amenaza e intimidación. “Más vale que dejen de meter al ejército en esto o les va a pesar; los tenemos bien vigilados”, les advertía con frecuencia la misma voz detrás de la línea telefónica.

Otra de esas voces anónimas fue también la que, a siete meses de la desaparición del militar, informó a los familiares que Miguel Orlando se encontraba en una casona de Las Cruces, Nuevo México.

Llegamos aquí a Las Cruces con mucha ilusión y esperanza, porque alguien hizo una llamada anónima y nos dijo que aquí lo tenían; pero llegamos a la dirección que nos dieron y no encontramos nada”, comenta Lupita, hermana del militar desaparecido. A 19 años de la extraña desaparición, la familia Muñoz Guzmán continua con la esperanza de saber qué pasó con Miguel Orlando.

Tenemos la esperanza de encontrarlo y no vamos a ceder, porque el día que dejemos de buscarlo será el día que mi hermano habrá desaparecido, ahora sí, para siempre”.

Por ese motivo, madre e hija —y hasta uno de los nietos que no rebasa los diez años— recorren los Estados Unidos, y por eso hoy, en su segunda visita a Las Cruces, Nuevo México, sienten mucha nostalgia y la comparten públicamente junto a los integrantes del movimiento, al cual se integraron en la marcha de Cuernavaca al Zócalo el 8 de mayo de 2011, el mismo día que Miguel Orlando cumplió 18 años de desaparecido.

Compartir el dolor nos hace más fuertes a todos. Llevamos 19 años en esto, creo que podemos aportar nuestra experiencia a quienes hace poco perdieron a alguien; esto es como una hermandad del dolor”, reflexiona María Guadalupe Guzmán. Antes de abordar el autobús de la caravana, la madre de Miguel Orlando otea el horizonte para despedirse de Las Cruces por segunda vez.

Y se aferra a la foto de su hijo, al igual que se ha aferrado diecinueve años a la esperanza de volverlo a abrazar.

***

Bert es experto en pistolas, rifles, ametralladoras y todo lo relacionado a la industria armamentista, pero asegura nunca haber disparado una bala en contra de algún animal o cualquier otro ser viviente. “Hago tiro al blanco, eso es todo; me gusta comer carne, pero eso no significa que voy a salir y matar a Bambi para después cocinarlo”, argumenta este vendedor de armas que este fin de semana se trasladó de Las Vegas a Albuquerque, Nuevo México, para atender, junto con su hermano, el stand de Black Gun Stuff, instalado en el gun show de la Feria Estatal de Nuevo México.

Con una gentil sonrisa en el rostro, el barbado expendedor de la tienda, cuyo logotipo es una sonriente calavera con lentes para el sol, explica que Albuquerque es un lugar “aceptablemente bueno” para este tipo de eventos. Para constatar las palabras de Bert, sólo se requiere echar un vistazo alrededor de este auditorio repleto de cientos de hombres, mujeres, niños y hasta bebés, que al pagar un boleto de seis dólares tienen la oportunidad de ver y comprar desde una pequeña pistola antigua calibre .22 hasta un AK-47, con sus respectivos cargadores y municiones. Al pedirle a Bert hablar sobre el procedimiento para comprar el fusil automático Kalashnikov, conocida por los integrantes del crimen organizado en México como “cuerno de chivo”, explica que es muy sencillo: sólo hace falta una identificación oficial para acreditarse como residente del estado y una rápida revisión de no antecedentes penales.

Si cumples con esos dos requisitos, el trámite no les tomará más de cinco minutos, y por mil 200 dólares se pueden regresar hoy a su casa con su AK-47 al hombro”, remata con orgullo Bert y después dice que las políticas de control de armas en este país son suficientemente rígidas para evitar que contrabandistas trafiquen estos artefactos a otros países.

Los dichos de Bert contrastan con el informe “Tráfico de armas de Estados Unidos hacia México”, donde se ha documentado que el 80 por ciento de las armas decomisadas a la delincuencia organizada en México, entre 2006 y 2010, provienen de este país. El documento, elaborado por el especialista en políticas públicas internacionales Colby Goldman en co-autoría con el periodista Michel Marizco, establece también que entre esas armas decomisadas, la AK-47 —como la que Bert ofrece por mil 200 dólares y cinco minutos de espera— es la “preferida” por los compradores de armamento de contrabando.

Con la intención de abrir el diálogo con las personas dedicadas a la actividad de venta de armas —protegida en este país por la segunda enmienda constitucional—, Javier Sicilia, Aracely Rodríguez, madre de un policía federal desaparecido en Michoacán, y otros integrantes de la Caravana por la Paz, ingresan al gun show. Ahí, el poeta platica por diez minutos con otro vendedor, quien defiende las bondades de la enmienda constitucional que hace posible la venta de arsenales a cualquier estadounidense, porque “así los ciudadanos podrán defenderse” en caso de que llegue al poder algún gobernante con tendencias autoritarias. Los argumentos de Sicilia sobre el daño y violencia que las armas generan en México no convencen al vendedor y amante de las armas; por el contrario, éste intentar vender a Sicilia una espada o una pistola para protección personal. “Esto es un hobbie”, dice el veterano vendedor antes de cerrar la discusión con Sicilia.

A las afueras del kafkiano espectáculo belicista, Sicilia considera que estos shows armamentistas abusan del objetivo de protección contenido en la “segunda enmienda” y lamenta la falta de compromiso del gobierno norteamericano para evitar el tráfico ilegal de armas que está causando miles de muertes en México. Asegura estar horrorizado por la feria de “los señores de la guerra” y aprovecha para recordar que uno de los cinco objetivos de la Caravana por la Paz es lograr que en Washington se tomen las medidas pertinentes para acabar con el contrabando ilegal de armas. Respecto a la oferta de varios comerciantes que le sugirieron llevarse un arma para protegerse en México, Sicilia afirma:

Venimos a buscar la paz y ellos nos quieren vender guerra”.

***

Acá en Santa Fe el clima es mucho mejor que en Arizona, así que previo al inicio del mitin por la paz, algunos de los asistentes aprovechan para bailar “La Vida es un Carnaval” en voz de Celia Cruz. Estamos en la plaza central de la ciudad, que un día antes estaba repleta de vendedores de artesanías y bisutería con piedras de colores brillantes. Este lunes 20 de agosto la pequeña plazuela se llena poco a poco de gente. Observo casi puro gringo retirado. Supongo que son los únicos que no tienen que trabajar en lunes.

Mientras comienza el rally por la paz, conozco a Gill Smith, un veterano activista de la organización Seeds of Peace, que estaba de visita en Santa Fe para conocer a la nieta recién nacida de una amiga suya. Mientras paseaba por una librería del centro de la ciudad, Gil se enteró de la convocatoria de la manifestación de la Caravana por la Paz. Ya de regreso en su hotel, buscó la página web del movimiento por la paz para enterarse sobre las actividades y objetivos de este viaje de víctimas de la guerra contra las drogas. Gil me dice que el movimiento le recordó los años gloriosos de protesta contra la guerra de Vietnam.

Estuve muchas veces en las manifestaciones multitudinarias en Washington, y ahora que veo lo que está pasando en México, pienso que es terrible: no es una guerra contra las drogas, es una guerra a secas, y debe parar ya”, dice Gil, que hoy viste pantalones cargo de color verde y una camisola hawaiana. Después, con una voz cansada y balbuceante, me dice que quisiera estar más joven para ir hasta Washington con la caravana. Pero como eso es imposible, se tiene que conformar con venir a protestar aquí en Santa Fe. “Mientras tenga fuerzas, protestaré contra cualquier guerra”, asegura Gil, y haciendo uso de esas fuerzas levanta el cartel rojo y amarillo que dice “NO MORE DRUG WAR”, un estribillo que los caravaneros hicieron suyo a lo largo del periplo por territorio estadounidense.

El mitin arranca. Los oradores comienzan sus discursos. El alcalde David Cross da la bienvenida a la caravana y dice coincidir con su llamado a la paz. Luego habla Suzanne Gollin, de la Fundación Angélica, una de las organizaciones que otorgó fondos para la caravana por Estados Unidos. Sicilia también toma la palabra. Todos critican la política antidrogas estadounidense por su impacto en el recrudecimiento de la violencia en México.

Pero el discurso más contundente provino del orador más joven: se llama Milagros Castillo y es activista de la organización Youth Works. Vestido como si fuera a un juego de basquetbol, el joven de 22 años habló de su experiencia con las drogas y la violencia. Dijo que el 50 por ciento de los estudiantes de Santa Fe abandonan la escuela. Él alguna vez lo hizo. Tenía 10 años. Se refugió en las calles. Cuando cumplió 12, el arma que llevaba fajada en el pantalón era su mejor compañía. Se especializó en delinquir y confrontar a la muerte. “Me pasé diez años en las calles, fumando droga, robando, sobreviviendo en las calles”, me contó Milagros después de hacer ese discurso donde pidió no olvidar a la juventud.

Los niños que dejan la escuela se involucran fácilmente en drogas y en esta guerra. Buscan formas para obtener dinero fácil y rápido, y cuando se dan cuenta y todo termina, no tienen educación, así que empiezan a cometer más robos a mano armada, venden drogas. Todo eso pasa aquí en mi ciudad y está pasando ahora”, me asegura Milagros. Dice también que el programa de Youth Works le salvó la vida.

“Es una organización que toma a la juventud que ha sido afectada por esta guerra de las drogas y los coloca en bolsas de trabajo, entrenamiento laboral, porque el mayor problema es que la mayoría de estos niños empiezan a usar drogas a una edad muy temprana y se olvidan de la educación, cuando esa es la cuestión clave que necesitas en la vida”, dice Milagros, ya con menos nervios de los que externaba en el kiosco de la plaza central de la ciudad donde nació. Después me habla de la inserción laboral de los jóvenes y del círculo vicioso que los obliga a entrar y salir de prisión. Me cuenta que el discurso que preparó es el primero que hace frente a tanta gente. “Me sentí muy nervioso pero también emocionado por poder ayudar a mi comunidad. Quiero ver un cambio, y voy a impulsar el cambio. Esta no será la última vez que me escuchen hablar, mi nombre será muy conocido en la comunidad”, advierte Milagros.

La plática con Milagros termina cuando observo que la comitiva caravanera ya está trepándose a los autobuses. Nos esperan quinientos veintisiete kilómetros de camino hasta la primer parada en territorio texano: El Paso. 

Comments

comments