¿Es la rebeldía vandalismo o licencia para el arte?

Por Mariana Treviño y José Ignacio Hipólito

Foto: Ninfa Romero

 

Un ejemplo de la rápida y exacerbada transformación que sufrió la cultura callejera del grafiti y el rap regio se encuentra en la Plaza Comercial Fundadores, planta baja, pasillo B, local 45: bienvenidos al famoso Burner.

Un negocio pequeño pero muy conocido entre los jóvenes que seguido pasan al local a comprar camisetas, gorras, material para aerografía, pintura en aerosol, marcadores, válvulas, calzado deportivo, discos o boletos para algún evento relacionado a sus intereses. Las marcas más famosas de aerosoles que se ofrecen son Ilegal Skuad, Expresarte, 360º, 180º y las recién llegadas Ironlak. Ya van varios años desde que el negocio empezó a escalar dentro de la comunidad grafitera de Monterrey.

La comercialización de un movimiento que en sus inicios rayaba en el “vandalismo” y se rebelaba ante las instituciones desde la clandestinidad de las calles ha facilitado la integración de muchísimos jóvenes que guardan sus ahorros para poder comprar una caja de botes de pintura y rayar los muros, panorámicos y edificios de la ciudad por las noches y las madrugadas, firmando siempre con apodos y seudónimos adoptados, nunca con sus nombres originales.

Y es que el hecho de rayar un muro o apañarlo modifica y altera la realidad de la ciudad y de los ciudadanos. ¿Cuántos no nos hemos ofendido o impactado por tales actos? Desde dejar un tag, unas letras o un gancho, declaraciones de amor, mentadas de madre, amenazas y obscenidades, hasta dibujos multicolores y murales complejos en vagones de trenes. Marcando un territorio para el individuo y su grupo.

Así, el grafiti callejero se puede ver como una resistencia creativa por medio de insurrección anónima, expresión, protesta y burla hacia las diferentes realidades de los jóvenes (hacia “el sistema”) y a los esquemas sociales que normalmente se imponen. Sobre todo porque las expresiones urbanas, inmersas en la cotidianidad, son imperceptibles y clasificadas como delitos de delincuencia juvenil.

El Burner, aparte de ser tienda, también refiere al nombre de un “cru”: la Burner Familia, un grupo integrado por sujetos que anhelan ser parte de una comunidad donde se identifiquen con un gremio, buscando áreas donde puedan ejercer algún dominio y tengan sentimientos de pertenencia. Pintando superficies de manera legal o ilegal. La popularidad del nombre ha alcanzado niveles internacionales y un gran reconocimiento dentro de la cultura del grafiti y del rap en general.

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