El acoso escolar es un problema que tiene muchos años de existir, pero que en la última década ha adquirido proporciones alarmantes. En Estados Unidos se han registrado varios casos de suicidio infantil ocasionados por el ahora llamado bullying. Algunos especialistas aducen la integración de un nuevo ingrediente en el tema: las redes sociales. Anteriormente, un niño sufría maltrato en la escuela durante la mañana y mediodía, pero era generalmente reconfortado por un ambiente amoroso en su casa el resto del día. Hoy, las burlas y sobrenombres lo persiguen las 24 horas del día y hasta sus espacios más íntimos a través de Facebook y Twitter.

Excusados en esta razón, los siempre imaginativos diputados de Nuevo León, comandados por la diputada panista, legionaria de Cristo y fan número uno del rey del acoso sexo-escolar Marcial Maciel, Carolina Garza de López, han presentado una propuesta de ley para castigar la difamación hecha en redes sociales, a menores y mayores de edad. Usando de bandera el acoso escolar, los diputados buscan proteger a ciudadanos que hace ya varios lustros pasaron por esas peripecias, convirtiendo algo que podría parecer una buena intención, en una iniciativa de ley sospechosa. Rara coincidencia es la aparición de esta propuesta, cuando mayor relevancia adquirían las redes sociales en lo que a evidenciar los abusos de los políticos se refiere.

Gracias a las redes sociales, el público ha tenido acceso a joyas de prepotencia como las perpetradas por las Ladies de Profeco y del Senado; a información sobre los negocios millonarios de políticos locales y nacionales, entre otras cosas. Es cierto que no todo lo que circula en internet está comprobado y mucho puede ser simple chisme. Pero a diferencia de lo que pasa con el acoso escolar, los adultos tienen los instrumentos psicológicos y la madurez para lidiar con ello. No se les puede poner en el mismo apartado de niños indefensos que ven su mundo derrumbarse ante la agresión del entorno. Y esto especialmente aplica para los políticos, quienes al incursionar en el servicio público saben en el tipo de trabajo y ambiente en el que se meten y sus consecuencias. Los niños, por su parte, son simples víctimas de maltrato por su apariencia física, manera de ser o performance escolar.

En México siempre se ha creído que legislando se arreglan los problemas, por eso se cuenta con un marco jurídico envidiable, pero con un país sumido en una impunidad rampante. Para solucionar el acoso escolar no se necesitan de más leyes que nadie va a usar, se necesita de un intenso trabajo dentro de las escuelas. Se requiere de maestros y maestras atent@s a las dinámicas de sus alumnos y que puedan ponerle un alto al acoso cuando lo detecten. Sí es buena idea el castigo, pero un castigo escolar inmediato, que los niños acosadores y sus papás vean las consecuencias del bullying al poco tiempo de cometerlo, no que se vayan a un juicio que tome quién sabe cuánto tiempo y dinero.

Pero todo lo anterior, junto con todas las leyes del mundo, no acabará con el problema si no se atiende la raíz del mismo. Y su raíz es una sociedad que educa a sus niños para ser del montón y castigar al que se sale. Una comunidad obsesionada con la competencia y la comparación que presiona a sus hijos para usar tal o cual marca de ropa, tener este o aquel bien, ser delgado y cuidarse de los gordos, ser muy macho y huir de los afeminados, ser deportista y alejarse de los nerds y una larga lista de prejuicios que forman borregos con cuernos listos para destruir a todo aquél que les es diferente.

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