Ésta es una de esas noches en las que no hay nada. Imaginen que fuera siempre así. Vacío. Apático. Sin luz. Sin danza. Sin asco, siquiera.

De esta manera, uno ni siquiera tiene el buen sentido de suicidarse. La idea ni se le ocurre.

Te levantas. Te rascas. Bebes un poco de agua.

Me siento como un perro callejero en julio, sólo que estamos en octubre.

De todas formas, he tenido un buen año. Montones de páginas descansan en las estanterías, a mis espaldas. Escritas desde el 18 de enero. Es como si un loco anduviera suelto. Ningún hombre que estuviera bien de la cabeza escribiría tantas páginas. Es una enfermedad.

Este año también ha sido bueno porque he cortado más que nunca las visitas. Aunque una vez me engañaron. Un individuo me escribió desde Londres diciéndome que había sido profesor en Soweto. Y que cuando les había leído a sus alumnos algunas cosas de Bukowski, muchos habían mostrado un gran interés. Muchachos negros africanos. Eso me gustaba. Siempre me gustan las cosas a distancia. Más adelante, el hombre ese me escribió y me dijo que trabajaba para The Guardian, y que le gustaría pasarse a hacerme una entrevista. Me pidió el número de teléfono, por correo, y se lo di.

Me llamó. Me sonó bien. Fijamos una fecha y una hora y ya estaba listo. La noche y la hora llegaron y allí lo teníamos. Linda y yo le servimos vino y empezó. La entrevista parecía ir bien, sólo que era un poco brusca, extraña. Él me hacía una pregunta y yo se la contestaba, y luego él se ponía a contar alguna experiencia que había tenido, relacionándola más o menos con la pregunta, y con la respuesta que yo le había dado. El vino seguía corriendo y la entrevista se había terminado. Seguimos bebiendo, y él habló de África, etc. Su acento empezó a cambiar, a alterarse, a hacerse, creo yo, más grosero. Y parecía estar poniéndose más y más estúpido. Se estaba metamorfoseando delante de nosotros.

Se puso a hablar de sexo y ya no cambió de tema. Le gustaban las chicas negras. Yo le dije que no conocíamos a muchas, pero que Linda tenía una amiga mexicana. Entonces se disparó. Empezó a decirnos que le encantaban las chicas mexicanas. Tenía que conocer a aquella mexicana. A toda costa. Le dijimos que bueno, que no sabíamos si podría ser. Él siguió y siguió con lo mismo. Estábamos bebiendo vino bueno, pero su cabeza se comportaba como si estuviera pulverizada por whisky. Muy pronto la cosa se redujo a “Mexicana… Mexicana… ¿Dónde está esa chica mexicana?” Se había disuelto por completo. No era más que un descerebrado y babeante borracho de tugurio. Le dije que la velada había terminado. Yo tenía que ir al hipódromo al día siguiente. Lo condujimos hasta la puerta. “Mexicana, Mexicana…”, decía.

—Nos enviará una copia de la entrevista, ¿verdad? —le pregunté.

—Por supuesto, por supuesto —dijo—. Mexicana…

Cerramos la puerta y desapareció.

Luego tuvimos que seguir bebiendo para olvidarnos de él.

Eso fue hace meses. Jamás nos llegó ningún artículo. El tipo no tenía nada que ver con The Guardian. No sé si realmente llamó de Londres. Probablemente llamaría de Long Beach. La gente usa le truco de la entrevista para metérsete en casa. Y como las entrevistas no se suelen pagar, cualquiera puede presentarse en la puerta con una grabadora y una lista de preguntas. Una noche apareció un tipo con acento alemán con una grabadora. Afirmaba trabajar para una publicación alemana con una tirada de millones de ejemplares. Se quedó durante horas. Sus preguntas parecían estúpidas, pero yo me abrí, intentando darle respuestas animadas e interesantes. Debió de grabar tres horas de conversación. Bebimos y bebimos y bebimos. Pronto empezó a caérsele la cabeza hacia delante. Bebimos hasta dejarle fuera de combate, y aún estábamos dispuestos a seguir. Organizar una fiesta de verdad. La cabeza le caía sobre el pecho. Le caían hilillos de baba por las comisuras de la boca. Lo sacudí. “¡Eh! ¡Eh! ¡Despierta!”. Se despertó y me miró. “Tengo que confesarle una cosa”, me dijo. “No soy entrevistador, sólo quería venir a verle”.

También ha habido épocas en que han conseguido liarme fotógrafos. Afirman estar bien conectados, te envían muestras de su trabajo. Aparecen con sus pantallas y sus fondos y sus flashes y sus ayudantes. Tampoco vuelves a saber nada de ellos. Quiero decir nunca te envían ni una foto. Ni una. Son los mayores mentirosos. “Le enviaremos el reportaje completo”. Uno de ellos me dijo una vez: “Le enviaré una copia de tamaño natural”. “¿Qué quiere decir?”, le pregunté. “Una foto de 2 metros por metro y medio”. Eso fue hace un par de años.

Siempre he dicho que la obligación de un escritor es escribir. Si estos farsantes e hijos de puta consiguen calzármela es por mi culpa. He terminado con todos ellos. Que vayan a hacerle la pelota a Elizabeth Taylor.

Por Charles Bukowski

*Fragmento de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco (1998)

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