Por Camilo Ruiz

Una tarde de 1979, un grupo amplio de sindicalistas democráticos brasileños se reunió y decidió lanzar un partido de clase. La idea era que se creara un partido obrero, militante, que luchara contra la burocracia en los sindicatos y por formarlos ahí donde no los había. Se decidió llamarle Partido de los Trabajadores. Desde 2003, primero con Lula y luego con Dilma, el PT gobierna Brasil. Hoy su gobierno reprime duramente a los trabajadores del transporte público. ¿Habrá el PT, en sus años de oposición, dirigido al sindicato de transportistas de Sao Paulo? Es mejor no preguntárselo.

La victoria del PT representó el triunfo de la presión social capilar sobre el sistema existente. La victoria presidencial de 2003 representó también la victoria final, presagiada desde años atrás, del sector moderado sobre el sector radical dentro del PT. El problema del cambio a través de la presión capilar es que siempre permite, por definición, un acomodamiento. Lo existente puede seguir existiendo en tanto que permita un cierto grado de transformismo.

La victoria de Lula en 2003 fue el triunfo dialéctico por excelencia: el lulismo ganó porque absorbió una parte representativa de los elementos del antiguo régimen. He ahí su tragedia también: que fue demasiado dialéctico, demasiado sintético. Probablemente a veces haya que rechazar abiertamente la dialéctica de la historia y abrazar hasta el final, por el contrario, una tesis que se resista a casarse con la antítesis y pueda presentarse ella sola como universalidad. Por supuesto, eso no lo podía hacer Lula, ni mucho menos Dilma.

En realidad, toda la gasolina de la centroizquierda brasileña durante la última década reposa sobre el hecho inobjetable de que, parafraseando a Gramsci, la sociedad brasileña, a pesar de lo desigual que pueda ser, permitió un desarrollo importante de las fuerzas productivas contenidas en su interior y un mejoramiento considerable de un sector de su población. Como la estructura social mantuvo un desarrollo sostenido y una cierta (mínima) redistribución, la sociedad nunca se planteó la solución de un problema cuyas contradicciones no se habían agudizado al punto de no poder ser resueltas sin una sacudida radical.

Siguiendo en este esquema, Brasil vivió durante la última década una revolución pasiva cuyo desarrollo y existencia residían en la capacidad de los oprimidos para hacer presión sobre el sistema, en la capacidad del sistema para hacer concesiones sin afectar su supervivencia y en el hecho de que una tradición de reformas exitosas hace inevitablemente conservadoras a las masas y provoca que se organicen para mejorar su posición dentro del estado pre-existente, no para intentar derribarlo todavía.

Pero esta revolución pasiva se terminó el año pasado con las protestas en masa, con la desaceleración económica que en el contexto económico brasileño significa la pérdida de miles de empleos y la degradación del nivel de vida de una parte importante de la población; y fue sepultada del todo como opción de trayectoria histórica con lo que ha sucedido en las últimas semanas a la víspera del mundial. El PT se separó de su base social y tendrán que pasar años de improbable desarrollo sostenido para que recupere su confianza.

¿Predicciones para el mundial?

Tal vez sea prudente asumir que el conflicto entre los sindicatos y Dilma bajará de tono tan pronto como empiecen los juegos. Pero también es prudente asumir que Brasil tendrá un desempeño futbolístico más bien mediocre y que lo eliminarán en los cuartos de final, a lo mucho en la semifinal. ¿Volverán los disturbios una vez que eso pase o una vez que termine la fiesta? No necesariamente, o en todo caso no automáticamente. Eso ya sería futurología y aquí nos limitamos a quinielas político-futbolísticas. En todo caso, y esto es lo importante, los preparativos para el mundial y la respuesta popular durante el último año han sellado el divorcio entre el PT y la población, han cerrado la etapa de la revolución pasiva. 

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