Por Kaizar Cantù

Blake escribió del tigre y del cordero.

Del cordero escribió sin problemas porque es puro e inocente; es fácil aceptarlo como un producto de la Naturaleza, la misma que pensó y moldeó las flores, los campos, el agua y las nubes, todos objetos que agradan al poeta y a la poesía.

Con el tigre fue muy distinto. El tigre, aunque majestuoso, es una creación siniestra y temible. Abre los cuerpos y les sorbe la sangre. Es hasta doloroso pensar que la misma Naturaleza que engendró al cordero pudo imaginar al tigre y dejarlo merodear libre entre los pastizales. Por eso Blake, con tristeza y un dejo de horror, pregunta por esos ojos y esa mano inmortal capaces de idear semejante criatura. Por eso pregunta, aún más triste y aún más horrorizado, si acaso el tigre y el cordero salieron del mismo sueño y soñador.

Blake opone al tigre y al cordero, pero la pregunta que le hace al monstruo, esa misma que responde sin titubear cuando su sujeto es el lanudo corderito, plantea la posibilidad de una unicidad dual. Lo puro y lo terrible fueron moldeados con la misma masa, por las mismas manos, y en ambos quedan rastros sensibles del mismo espíritu. Y si ese espíritu es el que hizo y es todo, ¿qué existencia nos espera?

Alan Moore escribió del mismo tema muy a su modo: un combate épico en el inframundo. Su perspectiva es distinta, o al menos parte de un punto opuesto, pero su pensamiento desemboca casi en la misma idea que Blake.

Moore estuvo a cargo de la saga de Swamp Thing, de DC Comics, a mediados y finales de los 80. En una de las historias, enmarcada por el macro-relato de Crisis on Infinite Earths, una secta milenaria de brujos sudamericanos planea traer de vuelta la Oscuridad Primordial, una criatura que existía antes que la existencia misma, hecha de la penumbra y el silencio más puros. Varios superhéroes conectados al plano espiritual (entre ellos John Constantine) intentan detenerlo con un masivo ataque frontal. Pero la Oscuridad es demasiado grande, literalmente. Cada panel devela poco a poco la escala del monstruo: al principio parece una montaña amorfa, luego un mar, después el lector alcanza a distinguir la forma de un colosal gusano; no tardan en aparecer otros cuantos gusanos igual de colosales, hasta que, finalmente, un panel encuadra una mano apagada y silenciosa como la primera y más pura de todas las noches. Esa mano asciende desde el vacio hasta las nubes, de donde asoma otra mano, igual pero iluminada. Ambas chocan. Hay un destello. Todo termina como si nada hubiera sucedido.

Pero por supuesto que algo sucedió. Caín y Abel (o un par de encarnaciones encantadoras de ambos), sin tormenta a la vista, conversan sobre lo que acaba de pasar. A simple vista, el mundo no parece haber sufrido cambio alguno, ni pequeño ni extraordinario. Mas se percibe un ambiente distinto en el aire. Casi como si el universo mismo estuviera exhalando otros humos. Caín habla de historias, lo que fueron antes y de lo que serían a partir de ese momento. No aclara en qué se han convertido, sólo pierde la mirada en el espacio mientras intenta digerir su epifanía.

Moore, a diferencia de Blake, parte de dos opuestos, ambos primordiales: uno de la inexistencia y el otro del ser. Pero, como el poeta, termina por reconciliarlos, si no en su origen, sí en un destino inevitable. El ser y el no-ser tenían que hablar, entenderse, y de ese diálogo surgió una realidad nueva, distinguible de la anterior sólo al nivel de su esencia, inaprehensible para la gran mayoría de los seres mortales e inmortales.

Moore también alcanza a distinguir un rastro de la unicidad dual, del uno compuesto de opuestos polares, y lo abraza una incertidumbre que poco a poco va tornándose en el horror más primitivo.

Luke Skywalker, en una de las muchísimas historias expulsadas del canon de Star Wars, dilucida que es un error concebir la Fuerza como una sustancia pura con un lado oscuro. Skywalker concluye después de muchos viajes y muchísimas batallas que la Fuerza tiende al balance y que su flujo es fuente de caos, muerte y destrucción. La Fuerza busca un punto de equilibrio, y para alcanzarlo, tiene que echar a andar los engranes del universo. Ese movimiento es brusco y se lleva consigo civilizaciones enteras si es necesario, todo en pos de encontrar su equilibrio.

Los tres son escenarios aterradores. Develan un universo engañosamente inconsciente y contradictorio. Los relatos que llenan la imaginación escenifican un universo constituido por opuestos en combate: el bien contra el mal, las fuerzas de la luz contra las de la sombra, la existencia luchando contra la inexistencia. Pero esas oposiciones son sólo elementos de una trama muchísimo más grande, tanto que se nos pierde con el cielo en el horizonte.

Creo que el Caín de Moore cayó en cuenta, mientras penetraba el espacio con sus ojos de duende, de su naturaleza como fantasma de la ficción y de su lugar dentro de la trama. Se enteraba en ese instante de que su existencia, que es para todos lucha, servía al propósito de un diálogo, del cual surgiría otra cosa, familiar y a su vez distinta. Los por qués y para qués de ese diálogo me eluden tanto como a Caín, Skywalker, Moore y tal vez hasta Blake.

Eso a cada quien le cae como quiera. 

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