¿Quién resguarda la suerte de los regiomontanos?

 

Por Mariana Treviño & José Ignacio Hipólito

 

Desde 1770, año en el que se fundó la Lotería Nacional para la Asistencia Pública, los juegos de azar y los sorteos han formado parte importante del imaginario mexicano. “Sacarse la lotería” significa dejar todo atrás: la vida de trabajo, las jornadas laborales de más de ocho horas, el transporte público, la hora pico en el tráfico, la comida mal cocinada, la preocupación de pagar gas, agua y luz eléctrica. Todo se difumina entre millones de pesos logrados con una inversión en un simple billete de lotería. Al menos eso es lo que dice la propaganda de la institución gubernamental.

Uno de los pocos establecimientos que sobrevivieron a la construcción de la Macroplaza en Monterrey fue la Billetería Valencia. Tal vez por su ubicación o por la esperanza que brindaba a los trabajadores del Centro que regresaban a casa en camión soñando con un cambio radical en su vida.

La billetería es pequeña, un local entre restaurantes que ya quebraron y un OXXO. El tiempo se ha estancado en las paredes del negocio; el azulejo sigue siendo el mismo desde que se construyó el edificio y la pared ha sido carcomida por tres décadas de humedad.

No hay adornos en el local, sólo posters de los concursos y sorteos que habrá durante el año. Las planillas, gastadas por la cantidad de gente que las hojea en busca de su número ganador, están a la salida del establecimiento para que no estorben a los que quieren comprar un cachito de suerte, su oportunidad para dejar atrás la eterna deuda que se llama capitalismo.

No se puede pasar más allá de las mesas que construyen un pasillo improvisado a la entrada. Las tres personas que atienden el lugar son los únicos que pueden estar detrás, donde se cuenta el dinero y están la caja registradora y los boletos. Dos viejitos y un joven se encargan de decidir la suerte de los clientes. Uno de los viejitos hace entrega de los boletos comprados, el otro cuenta el dinero y el joven ayuda al primero a atender, pero nunca a entregar.

La historia del establecimiento es un misterio. Muchos de los vecinos y de los que han trabajado por años ahí dicen que la billetería no ha cambiado de lugar desde hace ya casi más de 50 años. Algunos periodistas de El Norte van a echarse la zambullida en el azar, los taqueros de Tacos Lacho van a ver si ahora sí pueden abrir su propio negocio, los recién casados por el civil hacen el intento para ver si esta vez podrán comprarse una casa.

Los viejitos propietarios se niegan a contarle su historia a alguien; ni siquiera a los periodistas. Protegen la suerte. Se podría decir que son como duendes regiomontanos que cuidan su caldero lleno de oro de quienes intentan llegar al final del arcoíris, o en este caso al final de la Macroplaza.

El establecimiento sigue en pie y sobreviviendo el paso del tiempo. No importa que la tecnología haya rebasado su caja registradora hace ya más de 40 años, y tampoco importa que sigan haciendo cuentas en hojas de contabilidad. Lo que importa es que Billetes Valencia sigue proporcionándole al mexicano la posibilidad de desentenderse de todo, de por fin lograr llegar a cumplir el sueño del estereotípico mexicano dormido a la sombra de un cactus.

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