¿La salvación se sirve en un plato?

 

Por Robert Christgau

Una tarde del pasado mes de febrero, Charlie Simon y su mujer, Beth Ann, paseaban por el parque de Washington Square. Los Simon no salían a menudo, pero cuando lo hacían la gente se fijaba en ellos. Charlie, delgado y moreno, llevaba una frondosa barba y cabello largo hasta los hombros, llamativo incluso en el Village. Beth Ann, pequeña de busto y grande de caderas, de resplandeciente pelo negro, cara aceitunada y ojos inmensos, resultaba más que llamativa… era hermosa.

Beth Ann y Charlie estaban volados. Lo estaban por el tiempo, que era claro y tibio. También lo estaban por la marihuana, lo cual no era nada nuevo. La había probado muy a menudo desde su regreso de México a finales de 1963. Durante ese tiempo también habían estado volados gracias al hashish, la cocaína, la heroína, las anfetaminas, el LSD, y el DMT (Dimetil-triptamina), por no hablar del sexo, la comida, el arte y las infinitas posibilidades del espíritu humano.

Por desgracia, se habían sentido también desdichados precisamente a causa de las mismas cosas, y la desdicha parecía tomar la supremacía. La libertad sexual de su matrimonio tendía a empequeñecerse un poco. Pensaban en hacerse vegetarianos, sin saber exactamente el por qué. Hacían objetos artísticos en un chorro impulsivo, aunque sospechaban que el arte era únicamente una defensa egoísta, una fortificación erigida por el yo contra sus más amplias posibilidades. Aún así, eran esas más amplias posibilidades, que desvelaban las drogas, las que les hacían más desdichados, por cuanto habían descubierto que la experiencia religiosa instigada por los alucinógenos tenía sus aspectos diabólicos, y el Diablo les había arrastrado en viajes que ellos realmente no deseaban hacer.

Los Simon atravesaban una depresión y sabían que iba a aumentar todavía más. La adicción física no constituía problema; la adicción era psíquica y social. Rechazar la droga habría significado el rechazo de todo un estilo de vida. No obstante, aunque parecía imposible, lo intentaban. Habían conseguido dejar el café y el tabaco, y soñaban con instalarse en el campo y tener el niño que casi les llegó dos años antes, hasta que Beth Ann tuvo un aborto. Es probable que al saborear una pizca de Naturaleza en el parque, con el sol irradiando sus rayos por entre los árboles pelados, estuvieran soñando con aquel sueño… Los dos lejos, en una granja, libres de toda la fealdad y la complicación del escenario urbano de la droga, con tiempo para meditar, para trabajar, para desarrollarse. El sueño debió de hacerse casi palpable en el frescor del aire. Luego la Naturaleza les volvió la espalda y golpeó a Charlie en la cabeza.

Porque la desdicha no era únicamente espiritual, se manifestaba de forma física. Beth Ann padecía dolores intermitentes en las piernas, Charlie sufría fuertes jaquecas. Las jaquecas le atormentaban casi diariamente desde hace años, con frecuencia hasta cuatro o cinco veces al día. Muchas duraban un par de horas, y una le asedió durante dos días. Los médicos no podían hacer nada; los psicoanalistas eran inútiles. De vez en cuando había un respiro —el LSD le proporcionó alivio durante un mes—, pero siempre volvían. Y así, inevitablemente, en aquel hermoso día de Washington Square, un dardo doloroso cauterizaba la cabeza de Charlie Simon.

Los Simon vivían en el 246 de Grand Street, entre Chrystie y el Bowery, donde alquilaron los dos pisos que había sobre un pequeño snack por 100 dólares. Pero Charlie, con los bolsillos llenos de pastillas Florinal y Cafergot, decidió buscar alivio en la casa de un amigo en Bedford Street, en la parte oeste del Village, y al llegar se encontró con que su amigo le había encontrado algo nuevo que probar. Su mujer había estado tonteando con la dieta macrobiótica, un régimen ampliamente vegetariano basado en semillas desarrolladas orgánicamente y la supresión del azúcar, que se explica en un libro titulado Macrobiótica Zen, escrito por el sedicente filósofo-científico Georges Ohsawa.

El libro contiene una prolija sección en la que se prescriben remedios para prácticamente todos los achaques humanos, desde la caspa hasta la lepra. Por ejemplo: “JAQUECA: Dieta No. 7 con un poco de gomasio. Quedarás curado en pocos días”.

Charlie se mostró escéptico. Había comido en el restaurante macrobiótico, el Paradox, seis meses atrás, y no le impresionó ni la clientela ni la comida. Pero aceptó una cucharada de gomasio, una mezcla de sal marina y semillas de sésamo, el condimento base de la dieta macrobiótica. Se la tragó. Y la jaqueca se esfumó al instante. Fue el fin de toda una vida pasada para Charlie. Para Beth Ann, fue el principio de muchísimo más.

Charlie y Beth Ann —los amigos se referían invariablemente a ellos como una unidad— eran algo especial en el barrio. Ambos tenían 23 años y vivían principalmente del cheque semanal del padre de Charlie, un próspero aunque no opulento dentista de Clifton, Nueva Jersey. Aunque el asiduo medio de los cafés podría codiciar semejante arreglo, vivir de los padres está raramente bien visto entre los artistas en funciones. No obstante, los artistas en funciones del círculo de los Simon jamás hicieron preguntas. El carácter místico de la relación de los Simon con la droga resultaba también fuera de lo corriente. Para la mayor parte de sus amigos mayores, la marihuana era un juego, no un estilo de vida, y las demás drogas debían usarse con una cautela extrema. Pero Charlie y Beth Ann no eran personas cautelosas, y era eso, más que sus considerables dotes artísticas e intelectuales, lo que les hacía carismáticamente atractivos para un buen número de artistas jóvenes sinceros y de moderado éxito. Charlie y Beth Ann eran los entusiastas, los extremistas, los evangelistas. Si había que probar algo —ya fuese el jazz o los automóviles Morgan o las drogas psicodélicas (que expanden la conciencia) o una nueva receta de cocina—, lo ponían a prueba hasta el límite. Su compromiso era siempre absoluto. Y siempre volvían para predicar la palabra.

De pronto, la macrobiótica se convirtió en el nuevo evangelio. Mientras, la vida de los Simon se transformaba completamente en unas pocas semanas. Abandonaron la droga, y con cortesía pero firmeza informaron a los adictos itinerantes que acostumbraban a pegarse a ellos que deberían recurrir a otra persona. Renunciaron al sexo, no permanentemente, se dijeron, sino hasta que llegaran a adaptarse a la nueva vida. Beth Ann dejó de tomar píldoras anticonceptivas. Charlie se afeitó la barba y se cortó el pelo. Vendieron libros, discos y el equipo de alta fidelidad para conseguir un poco de dinero extra y dejaron de pintar. Y su nuevo tiempo libre se empleó en estudiar, discutir y meditar la filosofía de la macrobiótica.

La macrobiótica no tiene nada casi que ver con el Zen. Su concepto fundamental, el yin y el yang, está tomado del taoísmo. Ohsawa sostiene que todas las enfermedades físicas y espirituales del hombre moderno resultan de su excesivo consumo de yin (principalmente potasio, aunque existen docenas de productos paralelos) o de yang (sodio), pero básicamente de yin. El grano es el alimento esencial porque contiene la misma proporción cinco-uno de potasio-sodio que se da en la sangre sana. Quienes practican la dieta aumentan su consumo de sal (yang) y beben tan poco líquido (yin) como sea posible. La mayor parte de la fruta (excesivo yin) y toda la carne sangrante (excesivo yang) deben ser rehuidos, lo mismo que los productos químicos (aditivos y drogas, casi todos yin, además de “no naturales”) y la medicina occidental.

Según Ohsawa, la dieta no consiste simplemente en un medio seguro de perfeccionar la salud física. Unida a la fe religiosa y la humildad, es también la senda que conduce a la clarividencia y la salud espiritual. Y, cosa importante para los Simon, cuyos viajes psicodélicos se habían convertido en pesadillas, la fuente de la salud no radica en lo profundo del yo, sino en “la justicia absoluta e infinita sabiduría del Orden del Universo”.

Numerosos especialistas en alimentación consideran esta dieta como peligrosamente defectuosa. Incluso en su modalidad más liberal no suministra virtualmente calcio ni vitamina C, y la versión que seguían los Simon, la Dieta No. 7, era cualquier cosa menos liberal, al consistir exclusivamente de grano y té. La razón por la que eligieron la No. 7 fue, desde luego, porque no era liberal; Ohsawa la proclama como el camino más extremo y más directo hacia la salud.

Como de costumbre, Charlie fue el primero en aventurarse, pero Beth Ann, tras cierto escepticismo inicial, pronto le sobrepasó en entusiasmo. El entusiasmo era necesario, porque la Dieta No. 7 es difícil. El tercer día significó para Charlie la prueba más dura, al pasar por un período de “abstención de azúcar”, que según él fue de todo punto tan violenta como una anterior abstención de heroína. Después de esto resultó algo rigurosa por un tiempo, y luego se convirtió en un estilo de vida. Aunque Ohsawa no señala límite de cantidad, los Simon comían relativamente poco —es complicado hartarse cuando se exige masticar cada bocado 50 veces— y cada uno perdió 8 kilos en un mes, con lo que el peso de Beth Ann quedó en unos 44 kilos y el de Charlie en unos 48.

Pero esta pérdida no les preocupó; de hecho, la tomaron como un signo saludable. ¿Y por qué no? Se sentían como nunca se habían sentido en su vida. No es que hubiesen desaparecido únicamente las jaquecas y los dolores en las piernas, sino que todas las pequeñas fatigas y dolencias, las molestias físicas que toda persona experimenta, parecían haberse esfumado. Dormían menos de seis horas cada noche. Se sentían incluso animados con la dieta, con relámpagos espontáneos que parecían más puros e iluminadores que todo cuanto habían experimentado a través de las drogas. Siempre ama de casa, Beth Ann se convirtió en una excelente cocinera macrobiótica. Charlie y ella pasaban la mayor parte del tiempo al aire libre, aunque ocasionalmente veían a sus viejos amigos y convertían a muchos de ellos a versiones modificadas de la dieta.

Un día gozoso, tiraron a la basura todos los específicos inútiles del botiquín casero, y luego transformaron su nevera vacía —una hermosa Gibson Deluxe de 250 dólares— en una obra de escultura pop, con conchas marinas en el compartimento para los huevos y accesorios artísticos y diversos objetos de fantasía que llenaban las repisas.

Pero una persona al menos no se dejó impresionar en absoluto: Sess Wiener, el padre de Beth Ann. Un vigoroso pragmático que había luchado en su juventud contra la pobreza y la tuberculosis, hasta convertirse en un prominente abogado de Paterson. Lo único que Sess veía era que su hermosa hija estaba demasiado flaca. Al contrario de las drogas, que estaban más o menos fuera de su órbita, la dieta contradecía de modo directo su propia experiencia, y se opuso a ella terminantemente. Era un paso en falso más en el camino hacia ninguna parte que su hija había emprendido el día en que insistió en casarse con uno de los vagos más conspicuos del Estado de Nueva Jersey, cuatro años antes. Los efectos saludables de la dieta no consistían, según él, más que en una combinación de auto-hipnosis y medicina casera. Y, sin duda, nada tenían que ver con la justicia absoluta e infinita sabiduría del Orden del Universo.

El propio Charlie experimentaba ocasionalmente sospechas similares, pero la fe de Beth Ann en la dieta era invariablemente firme. Sus únicas dudas se centraban en ella misma. Creía estar peligrosamente sanpaku, lo cual significa (en japonés) que el blanco de los ojos se hace visible bajo el iris, lo cual quiere decir (en macrobiótica) que se hallaba gravemente enferma y predestinada a un trágico fin. Se sentía avergonzada de lo yang de sus piernas, aún musculadas (la fuerza es masculina, yang) y cubiertas de vello suave (“Si un japonés descubre vello en las piernas de una mujer, siente hormigueos en su carne”, escribe Ohsawa.).

Beth Ann atribuía las molestias yang de sus piernas a la carne, un alimento que siempre había comido pero no a gusto, y consideraba que la curación completa para ella y para su marido significaría un largo, muy largo proceso por culpa de las drogas venenosas que sus sistemas habían acumulado. Su pecado había sido muy grave. No se sentía preparada para volver a la práctica del sexo. Pero, al cabo de unos cuantos meses, los Simon se sintieron preparados para el arte. Antes de la dieta, habían equilibrado sus impulsos mesiánicos con una sensibilidad pop que se complacía en la trivialidad de una cultura afluente. Esta sensibilidad se atrofió lentamente. La obra de Beth Ann, cuya tonalidad romántica siempre se vio moderada por una cierta dureza, se hizo más suave y elusiva. Beth Ann se sentía feliz por ello: todos sus “aspectos diabólicos”, decía, habían desaparecido.

Durante los meses sucesivos, los Simon estudiaron filosofía oriental, teorías de la reencarnación, ejercicios respiratorios, astrología, alquimia, espiritualismo y hermetismo, sintiéndose cada vez más insatisfechos del pensamiento occidental. Hicieron excursiones por el campo y fueron a nadar con Irma Paule, directora de la Fundación Ohsawa en la Segunda Avenida, donde la mayoría de los adeptos a la macrobiótica de Nueva York compran sus alimentos. A petición de Irma, proporcionaron alojamiento a un monje Zen llamado Oki. Beth Ann le consideró un impostor; en un mes no le vieron consumir otra cosa que té y cerveza, y se burlaba de la macrobiótica.

A principios de agosto, llevaron a Oki de visita a Paradox Lost, un campo macrobiótico de Nueva Jersey. La casa de verano de los Wiener estaba en las cercanías, y los Simon decidieron ir a verles. Fue un error. Sess Wiener no había visto a su hija desde tres semanas atrás, pero lo que vio entonces le dejó aterrado. Beth Ann había perdido peso otra vez. Su piel mostraba manchas rojas. Se quejaba de dolores en las caderas y en la espalda y sentía dificultades al andar. Charlie tenía, según él, piedras en los riñones, y a veces sus ataques renales iban acompañados de jaqueca.

Los Simon se dieron un baño, y luego se miraron. Las vibraciones que de Sess les llegaban eran muy desfavorables. Y se marcharon. Pero Beth Ann estaba enferma, y empeoró a ojos vistas. Empezaron a hinchársele las piernas, y el remedio macrobiótico que tomó contra ello —190 centímetros cúbicos de jugo de rábano durante tres días seguidos— no dio el menor resultado. Más tarde, al ocurrirle lo mismo a Charlie, éste siguió su instinto en vez del manual, y tomó tres veces esa medida diariamente, una cantidad del todo antimacrobiótica. Y mejoró.

Irma Paule, que afirmaba haberse curado, gracias a la macrobiótica, de una artritis cinco años antes, le dijo a Beth Ann que también había pasado por un mal período similar. Podía haberle dicho también otras cosas a Beth Ann. Podía haberle hablado de Monty Scheier, que murió a su lado en Union City el 18 de abril de 1961. O podía haberle contado la historia de Rose Cohen, que murió en el hospital de Knickerbocker, a principios de 1961, por causa de un envenenamiento de sal y desnutrición, tras iniciar una dieta macrobiótica unos pocos meses antes. También podía haberle dicho a Beth Ann que mostraba todos los síntomas del escorbuto. En vez de eso, le aconsejó a Beth Ann que alternase la Dieta No. 7 con vegetales crudos.

Hasta donde llegó, fue un buen consejo. La aprobación que Ohsawa hace de la Dieta No. 7 en sus obras publicadas en inglés resulta un tanto ambigua; aunque la prescribe casi para todos los enfermos, da a entender también que no es un régimen que se pueda seguir toda la vida. Wendy, la hermana de Beth Ann, y Paul Klein, su cuñado, que seguían ambos una dieta macrobiótica más liberal, intentaron hacérselo comprender, igual que Charlie. Pero Beth Ann no se dejó conmover, y en vez de suavizar su dieta, la endureció aún más… cuatro veces en total de catorce días, en septiembre. Con cada uno de los saltos parecía mejorar, pero una vez consumada la fase caía en barrena.

A fines de septiembre se vio obligada a guardar cama, y fue Charlie quien se encargó de hacerla comida y las faenas domésticas. Nunca intentó realmente convencer a Beth Ann de que abandonase la dieta, o de que viese al menos a un médico, aunque tocó el tema varias veces. En ocasiones su voluntad de continuar la experiencia era aún más fuerte que la de ella. Pero tampoco él se sentía demasiado bien. El sexo había dejado de ser una posibilidad. La tarde del 13 de octubre, Sess y Min Wiener fueron a visitar a su hija en Nueva York. Al verla yacente en un colchón, en una esquina del cuarto, Sess quedó boquiabierto y se puso lívido. Beth Ann era un esqueleto viviente. Sus piernas ya no eran yang, eran piel y huesos. Sus ojos, todavía sanpaku, aparecían hundidos en sus órbitas. Apenas si podía sentarse. No pesaría de los 32 kilos.

—Beth Ann, vas a morir —exclamó Sess—. ¿Quieres morir?

Con lentitud, Beth Ann se explicó una vez más:

—Papá, no me voy a morir. Me voy a poner bien, y cuando haya eliminado todo el veneno que hay en mi cuerpo, estaré bien el resto de mi vida.

Durante las dos horas siguientes, Sess Wiener recurrió a toda su fuerza de persuasión para convencer a Beth Ann de que viese a un médico, pero fue inútil. Para Beth Ann, esto no era más que otra variante de la disputa entablada entre su padre y ella desde su matrimonio, e incluso antes. Ahora le iba a demostrar de una vez para todas que ella podía hacer las cosas de un modo diferente y tener razón. Nunca pudo entender lo que su padre consideraba como valores, basados en el mundo cotidiano que él había superado con tanto esfuerzo. El mundo cotidiano jamás había constituido ningún problema para ella, y ahora se creía preparada para conquistar un mundo mucho más amplio, el mundo interior.

Beth Ann había llegado a la antítesis perfecta. ¿Qué medio mejor para combatir el materialismo que destruir la sustancia misma de tu propio cuerpo? Mientras aumentaba la vehemencia de su padre, Beth se hacía cada vez más inconmovible. La escena fue penosa, y no terminó sin que Min Wiener amenazase a Charlie con matarle si dejaba morir a su hija y que Charlie amenazase con llamar a la policía por haberlo amenazado de muerto, y que Sess le conminase a hacerlo si se atrevía, y que Beth Ann decidiese que no quería volver a ver a sus padres nunca más. Las vibraciones eran excesivas, sencillamente. Pero Sess Wiener no podía abandonar a su hija.

Al día siguiente consiguió la ayuda de Paul Klein, quien, junto con Charlie, convenció a Beth Ann de que se instalase en casa de los padres de Charlie, en Clifton. Ella puso dos condiciones: que bajo ninguna circunstancia se llamaría a un médico y que bajo ninguna circunstancia se permitiría que sus padres la visitaran. Charlie sintió un gran alivio. Llevaba tiempo pensando que la haría bien a Beth Ann alejarse de la ciudad, y especialmente de Grand Street, cuyas connotaciones eran tan malas para ambos. Y aunque Beth Ann despotricó y se quejó durante todo el trayecto en ambulancia hasta Clifton, su ánimo se hizo mejor desde el momento de llegar, y pintó unas cuantas acuarelas —en posición supina, pues ya no era capaz de sentarse— del jardín que divisaba por la ventana.

Sus padres trataron de verla, pero los Simon insistieron en su promesa. Beth Ann continuaba con la Dieta No. 7, con un suplemento de sal para neutralizarlo que ella creía un exceso de yin. Había escrito a Ohsawa para hacerle una descripción de su caso y pedirle ayuda. Unos días después de su llegada a Clifton obtuvo respuesta: “Eres una chica valiente; sigue con la Dieta No. 7”.

Charlie, mientras tanto, hizo un descubrimiento alarmante: en uno de los innumerables libros en francés de Ohsawa se especificaba terminantemente que nadie debía practicar por más de dos meses la Dieta No. 7 sin su supervisión personal.

Beth Ann continuó con la Dieta No. 7. No mejoró. Hablaba con sus padres por teléfono casi cada día, pero insistía en que sus ondas negativas hacían su curación cada vez más difícil. Y notaba constantemente las ondas negativas de Dorothy Simon por toda la casa. Así que escribió a Oshawa de nuevo.

Unas dos semanas después de instalarse en Clifton, Charlie recibió un telegrama de Oki pidiéndole que le fuese a buscar en su coche al aeropuerto Kennedy. Durante el trayecto, Charlie tuvo la repentina premonición de que Beth Ann no saldría bien de la experiencia. Nunca tenido tal sensación, por lo que en el aeropuerto le pidió a Oki, cuya reputación como curandero era reconocida, que le echase un vistazo a Beth Ann. Oki respondió que trataría de encontrar un momento. No lo hizo.

Dos días más tarde, Beth Ann se sentó en la cama… no sola, sino con la ayuda de Dorothy Simon. Charlie, demasiado débil para echarle una mano, la veía sufrir. Era espantoso. Siempre hubo algo en Beth Ann que nadie podía captar, y ese aspecto etéreo había aumentado con la evolución de la dieta. Ni siquiera Charlie se sentía ya en completo contacto con ella. Pero ahora miraba el rostro de su mujer y abrigaba dudas sobre lo que veía: horror, horror ante la constatación de la propia debilidad y ante el torrente de voluntad que sería preciso para superarla. Luego el horror dejó paso a la resignación, y la premonición de Charlie se hizo sentir otra vez. Durante los cinco días sucesivos su temperatura osciló entre los 39 y 40 grados centígrados.

La mañana del 6 de noviembre, Charlie se despertó a las seis con fiebre alta. Al otro lado de la habitación, los señores Simon se hallaban sentados junto a Beth Ann. No consiguió enterarse de si algo iba mal y se volvió a dormir. Cuando se despertó otra vez, sus padres se habían marchado, pero Beth le dijo lo que según ella iba mal: se había envenenado con un exceso de sal.

Pese a la repugnancia de Irma Paule a tratar el tema, casi todos los adictos a la macrobiótica habían oído hablar de la historia del joven de 24 años de Boston que murió de una sobredosis de sal, que se trataba de contrarrestar haciéndole beber zumo de zanahoria. Charlie telefoneó a Paul Klein y luego preparó unas cuantas zanahorias para su mujer. Llegó Paul. Decidieron que había que requerir a Irma.

Paul volvió a Nueva York en busca de Irma. Charlie se sentó a la cabecera de la cama de su mujer. En el correo de aquella mañana había llegado otra carta de Ohsawa en la que explicaba a Beth Ann que su interpretación de la dieta era completamente errónea y que tenía que volver a empezar desde el principio. Le recomendaba muy especialmente que evitase la sal. Pero ahora Charlie no podía hacer otra cosa que darle el zumo de zanahoria. Le levantó la cabeza y le hizo tragar una cucharada. Una gota de color naranja quedó en la comisura de los labios de Beth Ann.

—Es bueno —murmuró. Luego su cabeza dio la vuelta en las manos de Charlie. Sus ojos se pusieron muy sanpaku y expiró. Charlie seguía administrándole respiración boca a boca cuando la policía llegó media hora después.

*Texto extraído de El nuevo periodismo (2010).

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