¿Qué pasaron los barberos de Juchitán durante el terremoto?

Por Guillermo Coutiño Aquino

Una vez más descubro Juchitán. Este pueblo grande empolvado en sus calles y escombrado en sus recuerdos: espacios inexistentes que sólo guardan ecos de una fiesta que alguna vez tuvo como escenario un patio rodeado de árboles de tamarindo. Ahí colgaban los adornos de papel china: de rama a rama. En el centro un enorme torno, éste al ser girado rociaría de confeti la pista de baile y dejaría en libertad una paloma blanca. Al fondo de la pista, una mesa larga con un largo mantel blanco. En el centro cuelga un enorme corazón de unicel forrado con terciopelo rojo. En él, las iniciales de los recién desposados.
—¿Cómo vas a querer la barba? —me preguntó el nuevo barbero del pueblo grande.
—Sólo rebájale —respondí.
Comienza a colocarme una capa de barbería para que los cabellos no cayeran sobre mi sucia playera y sucio cuerpo. Nunca me baño antes de ir al peluquero.
Esperaba que comenzara con la barba, pero lo hizo con el cabello.
—Sólo a los lados —le señalé al ver que tomaba su máquina de cortar cabellos. Y comenzó.
La máquina cantaba a mi oído mientras el barbero me explicaba su decisión al elegir esa profesión y no la que ya tiene: Licenciado en Educación Física. Se había ido a la Ciudad de México a buscar oportunidad de trabajo en su ramo, pero nada; salarios muy bajos y horarios muy extensos.
—No quieren pagar por clase, sino por quincena —señaló decepcionado—. Y 2 mil pesos a la quincena…no me sirve de nada. Aquí gano mejor, soy mi propio patrón y empleado. Aparte, me late esto de las barbas y cabellos. Eso sí, menos atender a mujeres, excepto mi esposa e hija… Y mira, hasta otro tatuaje me he hecho —comentó mientras me enseñaba un tatuaje en su brazo.
Me platicaba del miedo que sintió después del terremoto, asegurando que su barbería, que aún no inauguraba, estaría devastada y todo lo que había comprado estaría hecho pedazos.
—La casa no sufrió daños… Bueno… eso imaginé al día siguiente. Pero llegaron las lluvias y el techo de la casa parecía una gran olla de barro llena de huecos que ocupan para lavar el maíz.
—¿Y la barbería? —pregunté.
—Al día siguiente aquí me tenías, abriendo el local, y al entrar vi que todo estaba en orden. Sentí un gran alivio —dijo con una sonrisa mientras afilaba su cuchilla de afeitar.
Poco después inclinó el asiento y comenzó a rebajar y darle forma a mi accidentada barba. En ese momento recordé los domingos de ir al panteón y pasar sobre la calle Efraín R. Gómez, entre reforma y Guadalupe Victoria. En ese punto se encontraba una peluquería, en el exterior, en la parte superior de la puerta tenía el lema “Mambo”. Siempre me asomaba a ese lugar. Señores y algunos jóvenes esperaban sentados para ser atendidos.
A esa edad nunca fui a una peluquería. No hasta entrar a la secundaria, donde exigían corte “estilo militar”, y así fue que tuve que cortarme mi larga cabellera estilo “jícara”. Supe lo que era adentrase a una peluquería: mirar fotos de jóvenes blancos con cortes de cabello extravagantes. Ninguno era moreno. Pero muchos queríamos un corte extravagante como el de los chicos blancos en las revistas. Y así fue que llegué a peluquería Fausto: entre locales de verduras, ropas y ganchos para hamaca, en el centro de pueblo grande.
—Necesito un corte como este —le dije al señor Fausto, señalando con mi dedo índice la foto de un joven blanco.
El peluquero comenzó a cortarme el cabello.
—Tienes bastante cabello —dijo mientras nos mirábamos por el espejo.
El asiento con aroma a viejo era de piel, color café. A un lado un pedazo de hule colgaba. Minutos después supe que ahí afilaba las navajas. Tomó una brocha, la empolvó, después empolvó mi cuello con ese talco.
—¡Listo joven! —me dijo serio; de hecho, durante el corte nunca lo vi sonreír.
Al mirarme al espejo ahí estaba, con mi flaqueza y ojos grandes. Adiós corte jícara; bienvenido corte militar. Vi mi imagen frente al espejo por dos minutos.
—Adiós corte jícara que me cubría las lágrimas cuando lloraba —me dije.
Pagué y me fui.
Siempre asistí a peluquería Fausto. Había hombres grandes, jóvenes grandes y chicos de secundaria como yo. Todos salíamos con corte militar. Nunca fui a Mambo, y nunca se me quitó esa curiosidad.
Tiempo después conocí las estéticas unisex. Siempre asistí a una allá por la cancha El Calvario. Fui buscando estéticas, la mayoría de ellas atendidas por muxes, que pudieran resolver ese problema de los chicos blancos en las revistas y con cortes extravagantes. Posteriormente mis visitas eran a estéticas atendidas por mujeres que habrían tomado algún curso en un programa social, eran de bajo costo económico.
Tiempo después me dejé crecer los cabellos, como hasta ahora. Me compré mi máquina y me “rapaba” como podía.
Un día cualquiera te cansas de taxis colectivos, taxis especiales y mototaxis; caminas por pueblo grande. Comercio por doquier. Locales de ropa, zapatos, computadoras, cantinas nuevas, cantinas viejas. Despachos jurídicos, fiscalías…de pronto algo llama la atención: barbershop. Un joven atendiendo a otro joven con escasa barba. ¿Habrían evolucionado las peluquerías? ¿Quedaba alguna?
—¡Listo! ¿Así te parece bien? —me pregunta el nuevo barbero de pueblo grande.
Me miré en el espejo y poco pude observarme; no traía conmigo mis anteojos para personas con una grave miopía. Sentía mis mejillas ardiendo por la dermatitis.
—Así está bien —dije—. ¿Y la cantina Guie´Chachi?
—El terremoto lo derrumbó —contestó con preocupación—. Pero aún vende. Es un rinconcito con poca sombra, pero sigue atendiendo —prosiguió con tono reconfortante.
Antes de levantarme del asiento de barbería, me sacudió los cabellos. Salí de la barbershop pensando en lo que tuvieron que pasar los peluqueros al momento del terremoto.

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