MARTINA: (tras enterarse que Babette gastó 10 mil francos en prepararles una cena especial) Ahora serás pobre por el resto de tu vida. BABETTE: Un artista jamás es pobre.

La película del danés Gabriel Axel llegó a la ciudad de Monterrey a principios de los 90, un miércoles de Cine Internacional y de Arte del desaparecido Cinema del Valle. Quienes pudimos asistir a la función salimos del recinto experimentando una catarsis tan sublime como reveladora: presenciamos un filme que unía de forma magistral opuestos -al parecer- irreconciliables como lo son el placer culinario con la trascendencia espiritual y el amor profundo sin placer carnal.

La producción de 1987, basada en un cuento de Karen Blixel (escritora danesa cuya vida sería reflejada en el personaje femenino interpretado por Meryl Streep en Out of Africa [Pollack, 1985]), se convertiría en los años venideros en un filme de culto en cuanto al arte de la cocina y la verdadera naturaleza de la creación artística, aquella que se hace para satisfacer a los demás y no como premio para el reconocimiento y exaltación del ego.

Sin duda alguna la película transformó para siempre el concepto que tenía del hedonismo y de la ya tan trillada frase “amor al arte” (a no confundir con el adefesio de “por amor al arte”). El Festín de Babette deja clarísimo en su narrativa que el verdadero placer trasciende lo físico y moldea el ser. Los minutos finales aglomeran una historia de más de 40 años donde un lujosísimo banquete hecho por Babette con el dinero de un premio de lotería provoca en su comensales la redención, el perdón, la exaltación y la más pura y feliz convivencia, creando de esta manera un producto cinematográfico de profunda sinceridad en su tratamiento de la voluntad humana y el propósito del arte.

La película provocó en mí un viaje iniciático en búsqueda de los delicatessen verdaderamente emblemáticos que ofrece la Sultana del Norte. Yo, que había crecido en la ciudad de México y estaba acostumbrado a una variedad insólita de placeres, me aventuré a conocer los tesoros hedonistas que esta metrópoli me invitaba. Fue así que verdaderamente conocí a Monterrey a través de sus platillos y lugares emblemáticos: el hígado encebollado del restaurante Al, que compite mano a mano con el del Reforma; el caldo tlalpeño del Palax; el lomito asado del Indio Azteca (lugar sagrado donde costumbres antimulticulturales siguen subsistiendo y no dejan entrar mujeres); la víbora de cascabel del desaparecido Louisina; la paella del Villarica (también tristemente desvanecido), el bardhal y huachinango frito de la Anacua; el menudo madrugador del Ancira; los cocteles quita cruda del Gabino; las tortas zapato verde de la Purísima; los Tacos Pilo en Madero, casi llegando a Félix U. Gómez; los bañados de Tlaquepaque y los hotdogs del Chino, saliendo del Kokoloco; la cochinita pibil del Obelisco; las gorditas Doña Tota antes de convertirse en cadena trasnacional; el triángulo de las bermudas formado por las taquerías pro-colesterol: La Mexicana, La Rosa Náutica y La Juárez; los machitos y la paleta de cabrito del Regio; el filete Tio; el original buffet de pizzas de Josefinos; el Pollo Loco; las tostadas de la Siberia; la comida tradicional y la plática profunda de La Fonda de Andrés…

Este fue mi Festín de Monterrey en los tardíos 80 y durante la década de los 90. Aunque algunos placeres ya son imposibles de degustar nuevamente, siempre vivirán, no en mi memoria, pero sí en mi alma. Y es ahora, en épocas donde se organizan mega carnes asadas, que me pregunto qué ritual hay detrás de reunir a más de 45 mil participantes en una multitudinaria comilona, qué tradición rescatamos al hacer semejante evento…

Vuelvo a ver El Festín de Babette y todo me queda claro: el arte gastronómico, cinematográfico, literario, escénico o de cualquier otra índole debe tender a provocar un gozo interno, no una marca cuantitativa externa. El artista -parafraseando al personaje de Babette- nunca será pobre cuando busca los caminos hedonistas para darle un placer trascendente a su público. Busquemos nuestros auténticos placeres artísticos. El Festín de Babette es y siempre será uno de ellos.

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VIEJO LORENZ LOWENHEIM: [Últimas palabras a Martina] He estado contigo cada día de mi vida. Dime que lo sabes.

MARTINA ADULTA: Sí, lo sé.

VIEJO LORENZ LOWENHEIM: También debes de saber que estaré contigo cada día que la vida me conceda. Cada atardecer me sentaré a cenar contigo. No con mi cuerpo presente, el cual no tiene la menor importancia, me sentaré a tu lado con mi alma, porque este banquete me ha enseñado, querida mía, que en este precioso mundo nuestro, todas las cosas son posibles. 

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