Era el año 2000. Habíamos emprendido el ritual de los viernes: salir corriendo de la prepa para atacar la cheve 2×1 en La Estación del Silencio; con mochila y todo. Los mismos rostros sedientos cada inicio de fin de semana. Sí, haciendo honor a su nombre solían ambientar ese local con los Héroes del Silencio, pero siempre terminaban consintiéndonos con The Doors. “Are you a lucky little lady in the City of Light, or just another lost angel… City of Night.” La cantábamos con harto sentimiento pero ni éramos damitas.

Para entonces ya habríamos superado ese hueco, esa depresión post Y2K, y ya ni sé bien de qué hablábamos. Probablemente de planes. Probablemente hacía listitas de quiénsabequé. Siempre se me han dado. Nos dieron las siete o las ocho de la noche y tomamos un taxi. A veces nos tomábamos el lujo de dormir una breve siesta, pero ése no fue el día. Siguiente estación: El Barrio Antiguo. Apenas comenzaba a efervescer (dice la RAE que no existe ese verbo pero debería, ¿no creen?).

Compramos unas tutsis y nos sentamos en las escaleras justo frente al Café Iguana. Esperamos. Esperábamos poder entrar. Íbamos armadas con un par identificaciones que, según confiábamos, nos darían la entrada. Cuando en ese entonces decías que traías una “id falsa”, no se trataba de una imitación con tu foto y tu nombre, al menos no entre mis conocidos. Era más bien el viejo truco de apropiarte de una identificación olvidada-extraviada-encontrada. La mía me la dio mi compañera de juerga. Un día llegó a la prepa y me dio mi nueva id. Yo me encargué de memorizar mi nuevo yo, nombre y dirección, hasta el signo zodiacal, pero la foto… Digamos que la foto me traicionaba. Mi amiga se parecía más a la de la foto cuya id traía, después de todo se la había quitado a su hermana mayor, pero no era mi caso y pese a ello intentamos entrar. Buscamos el momento oportuno, claro, cuando a Pablo se le había juntado ya un grupito que intentaba entrar y nos mezclamos. Empezaron a pasar uno por uno; llegó su turno, vieron su identificación, la dejaron entrar, pero cuando llegó el mío, Pablo tomó la credencial, la vio, levantó la mirada, la volvió a ver, sonrió, movió la cabeza para decir que no y me la entregó. Ni si quiera queríamos ir a buscar algo, a alguien, sólo queríamos ir a beber y estar. Más estar.

Nos sentamos cabizbajas, nuevamente, en esos escalones, los mismos en los que nos verían muchas noches más. Igual caminamos un poco por las calles del Barrio, pero siempre regresábamos al mismo lugar. Dos chicas achispadas, alegres, un poco tambaleantes. No recuerdo en ese entonces haber sentido miedo al recorrer esa parte tan seductora del corazón regio. Sé bien que esto ya se ha dicho hasta el cansancio, la cantaleta del “ayer era mejor”, pero cuando se me invitó a participar en este oportuno proyecto me pidieron que me ciñera al núcleo de Monterrey y de inmediato, con un dejo añoranza, tal recuerdo me asaltó.

Aquella noche pasaron un par de horas hasta que volvimos a intentar entrar, identificaciones en mano. Pablo nos dejó pasar esa vez. Hay algo en la osadía, supongo. El descaro. Así logramos ingresar desde aquel día. Cada que nos encontrábamos a Pablo en sus recorridos adentro del Café, nos sentenciaba, nos decía que nos portáramos bien. No hacía falta que dijera mucho. Nos cuidaba. Se le extraña con cariño, a él y a esos tiempos despreocupados.

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