Por Carmen Libertad Vera

Alargado y dulce, como hilo de miel vertido en el aire, el acorde inicial de Feel so good, la conocida pieza musical de Chuck Mangione, resonó nítida por todo el abierto espacio del miserable barrio, el cual ese mediodía, cosa rara, se encontraba medio silente.

Fue una especie de eufonía alternativa. Contraposición melódica al exaltado tipo de música ruidosa que por norma ahí, territorio de mariachis, suele retumbar mañana, tarde, moda, noche y madrugadas.

Más de alguno se asomó a un balcón para averiguar quién era el osado que hacía alarde melodioso tan distinto.

No llevó mucho tiempo descubrir que el mañanero trompetista era Herminio (nombre ficticio), joven al que en ese sitio conocían desde niño, ya que él creció ahí al cuidado de un abuelo de quien heredó el oficio mariachero.

Herminio, al desarrollarse inmerso en ese ambiente, también desde niño conoció los excesos de la podredumbre social que le rodeaba. Conforme iba aprendiendo a tocar la trompeta, incursionó frecuente en el uso de sustancias psicotrópicas, hasta convertirse en usuario habitual de cocaína, algo ahí para nadie desconocido.

Paralela a su adicción y en beneficio propio, Herminio desarrolló la potencialidad seductora de su atractivo físico.

Porque Herminio es alto, casi rubio, con la tierna corpulencia de un fisicoculturista no muy constante en sus entrenamientos, y facciones con las que muchas mujeres desde la primera impresión lo señalan como guapo; atributos todos con los que a su paso arranca suspiros.

Su juvenil y atractiva presencia no pasó desapercibida para Queta (nombre ficticio), una matrona tendera muy conocida por sus múltiples y renovados escarceos amorosos, aunque también por la generosa solvencia económica con que engancha a sus ya innumerables parejas.

Así que de buenas a primera, sin que a nadie causara extrañeza, a Herminio se le comenzó a ver al lado de Queta. Para ella, él era sólo una nueva conquista, eso sí, mucho más joven y lucidora que otras que había tenido.

La intensidad de esa pasión condujo a Queta a realizar lo que ella nunca había hecho: llevar a vivir con ella, en plan marital, a Herminio, que era de la misma edad que la menor de sus tres hijas.

Así comenzó una de las mejores etapas de felicidad íntima que esa mujer dice haber tenido en toda su vida. Pero también una de las experiencias de pareja más difíciles de afrontar.

Porque conjuntamente con la dulzura que las caricias de Herminio le otorgaban, llegaron las amenazas y la violencia física en contra de ella, al momento en que la irascibilidad de su pareja alcanzaba niveles máximos, probablemente a raíz de los efectos de la droga que a diario él consumía.

Queta intentaba mantenerlo satisfecho, alejado de la droga y de cualquiera de las carencias o estrecheces de tipo material que antes de ella, él había tenido.

Porque Herminio al lado de Queta podía comer, vestir, viajar y divertirse como nunca en su vida. Aunque seguía trabajando ocasionalmente como músico. Incluso él, gracias a Queta, por primera vez es su vida pudo tener una trompeta nueva, comprada al chás chás por aquella mujer, como uno más de los muchos regalos materiales que ella daba a su entonces pareja.

Pero la adicción de Herminio iba en aumento. Tanto que sus rupturas en medio de recriminaciones y violencia verbal mutua fueron cada vez más frecuentes. Repitiéndose como algo constante una y otra y otra vez. Y muchas veces más.

La decisión de internar al trompetista en un albergue de rehabilitación para adictos fue de Queta. Eso sí, previo acuerdo con la mamá de Herminio, mujer mucho más joven que ella y quien no sin reparos la aceptó como nuera.

Llegado el momento, con ayuda de cinco filarmónicos voluntarios, que como a niño chiquito inmovilizaron y cargaron a Herminio hasta las oficinas del albergue, ubicado a escasas tres cuadras del tendejón de Queta, aquel trompetista, con la doble autorización de su madre y concubina, inició una desintoxicadora reclusión de varios meses. En el albergue pasó Navidad y Año nuevo, cecibiendo la visita de las dos mujeres que ordenaron su retiro.

Salió de su encierro con el pelo cortado completamente al rape y varios kilos de menos.

Después, y durante poco tiempo, su reanudada relación con Queta fue estable y aparentemente feliz. Al menos eso era lo que ella externaba de viva voz a todo el que quisiera oírla.

No hubo que esperar mucho tiempo para que ella, finalmente, lo expulsara de su vida, su casa y su tienda, en forma definitiva y para siempre.

Aparecieron entonces las verdades ocultas. Como la del día aquel en que Herminio intentó estrangularla. O el día que la hirió con los filosos pedazos de un espejo que de un puñetazo él habría destrozado en un ataque de furia. Y de cómo la hija mayor de Queta lo amenazó con mandarlo matar si volvía a ofender o agredir a su madre. No faltó ocasión en que hasta las puertas del negocio de Queta arribara una solicitada patrulla para, bajo amenazas de un arresto, obligarlo a retirarse de ese lugar.

Herminio finalmente aceptó que su relación con Queta había llegado a su fin. Lo que él nunca imaginó aquel mediodía que en plena calle y de manera solitaria interpretó Feel so good de Chuck Mangione, fue que esa melodía, la favorita de su ex amasia, iba a ser su última tocada en aquel lugar.

Al día siguiente, una misma versión fue la que supo por voz de todos. La noche anterior Herminio había estado de lo más ajeroso; nadie supo si fue por exceso de cocaína o por falta de ella. El caso es que no dejó de molestar a sus compañeros durante la fiesta en la que habían sido contratados para amenizar. Una y otra vez le pidieron que se calmara, pero no entendió.

El colmo fue cuando de regreso en el barrio, Herminio quiso destrozar la camioneta Van en la que el grupo se transportaba. Ahí fue donde todos sus compañeros, en montón, lo tundieron a golpes hasta hacerlo rodar por el pavimento, madreado y sangrante. Casi lo matan, pero que él suplicó que no lo hicieran, “en nombre de su hija”. Se la perdonaron con la consigna de que no volviera a poner los píes en ese sitio. Ni siquiera para hablar con su abuelo.

Queta se enteró de todo inmediatamente. Fue así como ella supo que Herminio tenía una hija, pues ya tenía bastante tiempo viviendo con una chica teibolera del Guadalajara de día, famoso prostíbulo aparentemente clausurado pero que sigue funcionando en forma normal. Lugar donde él también, según trascendiera, había encontrado el verdadero amor de su vida.

Amor que ahora Queta sabe, no es ella. Aunque tampoco le importa, ya que Queta pronto irá a Las Vegas para casarse allá con su novio actual.

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