Por Juan Sordo

1.Desde hace tiempo circula la idea de que nuestro mundo va progresivamente desmaterializándose. Se repite constantemente que las distancias se han abolido y el tiempo se ha acelerado, que nuestros intercambios se virtualizan, que la realidad va siendo absorbida por las redes computacionales, traduciéndose a un lenguaje formado esencialmente por ceros y unos. Se nos advierte que cada vez son más el conocimiento y la información –ya no los materiales físicos- la sustancia sobre la que trabajamos y con la que producimos. El comercio se digitaliza y la era de los objetos materiales y su engorrosa necesidad de ocupar un lugar en el espacio va dando paso a una nueva: la de la miniaturización, la virtualización, la accesibilidad. Estas ideas son impulsadas por algunos teóricos, por los medios de comunicación, o por el cine. Podemos recibirlas con cierto beneplácito: todo lo tengo ahora al alcance de mi gadget. O bien con un tono apocalíptico: lo realmente humano desaparece progresivamente con esta transformación. Pero se duda poco de su veracidad.

2.Durante exactamente un año viví en un departamento en la segunda planta de un edificio ubicado justo sobre la avenida Revolución, al sur de la ciudad. Preocupado principalmente por el espacio interior cuando elegí a dónde mudarme, no fue sino hasta que tuve que pasar ahí mi primera noche que caí en la cuenta de estar a unos cuantos metros de una vía transitada durante toda la madrugada por tráilers. A pesar de lo voluminosos que son estos vehículos y que el pequeño balcón y las ventanas de las recámaras daban justo a la avenida, no fue su visión lo que me hizo consciente de su constante pasar. Fue a través de la vibración y el estruendo que producen a su paso, sobre el fondo relativamente en calma de la noche, que habría de notarlos y de padecerlos. Cuando el tráfico cargado del día comienza a disminuir y el caótico pero constante concierto de motores y bocinazos va cesando, empiezan a hacerse notar, como oleadas de máquinas monstruosas que arrastran pesadamente sus cargas. Uno tras otro se escucha el sonido provocado por cada tráiler, a intervalos irregulares que sin embargo no alcanzan a distanciarse lo suficiente como para permitir adentrarse en el sueño. Conforme van acercándose se percibe apenas un rumor tenue. En ese momento no puede saberse a ciencia cierta lo intenso que llegará a ser el ruido. Pero sigue aumentando. Las explosiones internas de los motores y la amplificación a lo largo de los escapes se aproximan, lo mismo que las sacudidas de sus cajas sobre el pavimento disparejo. Al parecer, mientras más viejos y descuidados sus mecanismos la cosa resulta peor. La estructura del pequeño edificio de departamentos pierde su diurna apariencia de estabilidad y con ella tu cuerpo se sacude. El cerebro no descansa, estimulado una y otra vez por el sonido.

Pese a la coincidencia evocativa que mi dirección guardaba con la calle 20 de noviembre en la colonia María Luisa, en la que justo antes viví, los entornos sonoros no podrían haber resultado más opuestos. Llegué a acostumbrarme un poco con el paso del tiempo, pero es algo a lo que uno no termina de habituarse del todo. Vivir ahí no sólo afectó la calidad de mi sueño. También me hizo consciente diariamente –a través de las vibraciones que estremecían las ventanas y los muros- de la aparatosa, casi obscena, e ineludible materialidad de la actividad comercial que circula por nuestras avenidas y autopistas. Por más que a causa de la inseguridad en los últimos años las salidas nocturnas de quienes vivimos en Monterrey (pretendida ciudad del conocimiento) pueden haberse visto limitadas, algunas de sus calles siguen siendo transitadas diariamente por una infinidad de ruidosas máquinas rodantes que remolcan contenedores y contenedores de mercancías tangibles y pesadas.

3.Aunque en el mundo se envíen más de 15 billones de correos electrónicos diarios, la mayoría de ellos con fines comerciales, eso no impidió que en México las cifras oficiales de la carga transportada por vía terrestre alcanzaran en 2009 las 450 900 000 toneladas. Cada caja de tráiler puede llevar unos 30 mil kilos, o unos 100 metros cúbicos de mercancías. Y pasan tantos en una sola noche. Por Monterrey circula cerca de la mitad de las mercancías que van a, o vienen de Estados Unidos. ¿Qué llevarán?, me preguntaba. ¿Sólo aquello que oficialmente declaran? ¿Transportarán también algunos de ellos las drogas ilegales?, ¿las armas?, ¿seres humanos?

Mark Levinson dedica un interesante libro a mostrar que el actual comercio mundial no habría sido posible sólo por las bondades de nuestras telecomunicaciones digitales. En The box narra la historia de cómo fue también absolutamente necesaria la significativa reducción de costos en la transportación de mercancías que supuso el establecimiento, alrededor de los años 60 y 70 del siglo pasado de la industria de los contenedores multimodales. Sí, esas cajas metálicas de las que hoy hay en el mundo unos 17 millones moviéndose pesadamente y que pasan de un medio de transporte a otro sin necesidad de descargar su contenido. Esas cajas que lo mismo pueden estar apiladas en montones de hasta 15 mil de ellas en un barco carguero, o que puedes ver pasar como vagones grafiteados de un tren. O bien pueden circular remolcadas por uno de los tráilers cuyo estruendo interrumpía mi sueño diariamente durante todo un año. Algunas de ellas, una ínfima cantidad seguramente, llevan dentro de sí los dispositivos con los que accedemos a ese mundo digital.

4.¿El mundo se ha virtualizado? ¿Todo lo sólido se evapora en el aire? Intenten dormir en un departamento sobre la avenida Revolución.

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