Entrevista con Octavio Paz

Por Joaquín Soler Serrano

Joaquín Soler Serrano: De una manera apasionada y profunda estudias en tus ensayos y artículos todo lo que se relaciona con la mexicanidad. Pero, realmente ¿cuántos Méxicos hay?

Octavio Paz: Hay dos países en el sentido social y económico. Uno relativamente desarrollado, con una clase burguesa y una clase obrera y unos campesinos que viven más o menos bien y, sobre todo, con una gran clase media. Y luego hay otro México pobrísimo, desheredado, lleno de penurias y necesidades.

Pero hay otras distinciones posibles: un México moderno, que se dice democrático y que usa las ideas modernas, y otro México antiguo, de estructuras psíquicas profundas… Claro que también hay una Francia profunda y una España profunda. En realidad, lo más probable es que ambas maneras coexistan: la modernidad, que es una capa superficial, y luego, más profunda y permanente, la capa de los instintos, de las creencias. Ortega y Gasset lo dijo con lucidez y profundidad: que las creencias son impermeables a la crítica de la razón y, sobre todo, las creencias inconscientes.

JSS: Luego no acabamos de cambiar…

OP: En efecto. Nosotros, en lo que se llama América Latina (que forma parte de Occidente y no de ese brumoso Tercer Mundo de que hablan los demagogos), hemos cambiado de ideas y de filosofía. Piensa en los grandes cambios que fueron el cristianismo, el cambio del cristianismo al hedonismo y al racionalismo moderno… Cambiaron nuestras ideas, nuestros sistemas de producción, de los arados pasamos a los tractores, de las espadas a los fusiles y a las bombas atómicas, y así sucesivamente, pero fíjate que seguimos consultando a los astros como los caldeos y como los griegos, y que hay así toda una serie de creencias muy profundas en nuestra civilización que no han sido tocadas ni borradas por la historia.

JSS: Y dando nuestra mano a la primera gitana que pasa…

OP: Exacto. Y fíjate cómo no han cambiado tampoco nuestras actitudes ante el sexo opuesto, o ante el padre, o ante el jefe… Son actitudes que no han sido tocadas por la crítica racional, es decir, que el hombre sigue siendo muy antiguo. En cierto modo todavía somos contemporáneos de los cazadores del Paleolítico.

JSS: Se dice que Octavio Paz no pertenece a ningún partido político.

OP: Y es cierto. No creo que los escritores deban militar en iglesias ni partidos. En una época de mi vida trabajé por el Estado mexicano, y fue una contribución más bien dudosa de la que no me siento orgulloso. Creo que los escritores debemos permanecer lejos de los partidos políticos y de las iglesias.

Con esto no quiero decir que carezca de ideas políticas, no, ya que la política es una actividad natural de los hombres del siglo xx y debemos tener actitudes políticas, pero en el caso de los escritores deben ser actitudes críticas.

Estoy seguro de que la militancia en el partido político no enriquece al poeta ni al escritor, sino que le empobrece. Tenemos el ejemplo de grandes poetas de este siglo que han militado, por ejemplo, en el PC, pero su poesía no se ha beneficiado por ello, sino todo lo contrario. Pienso en Aragon, pienso en Neruda, pienso en Eluard, pienso en mi amigo Alberti… Son cuatro grandísimos poetas, pero su poesía no se ha nutrido de consignas, y cuando se ha nutrido de consignas se ha empobrecido ostensiblemente…

JSS: En 1938 viajas de nuevo a México, fundas la revista Taller y vives unos años con muchas dificultades entregado al periodismo y a los empleos más extravagantes, uno de los cuales era contador de billetes viejos en el Banco Nacional…

OP: Sí, contaba los billetes viejos que se iban a quemar, lo cual me dio una idea bastante clara del verdadero carácter de las ideas modernas en la sociedad capitalista, que produce riquezas y las destruye.

Pero te diré que aquel empleo también tuvo sus ventajas. Como no podía escribir, y tenía que pasarme una serie de horas contando billetes, me di cuenta de que nunca llegaría a contarlos con exactitud, y que lo mejor era dedicarme a escribir. De modo que hacía como que los contaba. Simplemente. Me llevaban paquetes de tres mil billetes, y yo así lo aceptaba, sin contarlos, y me dedicaba a componer sonetos.

JSS: En vista de la dificultad de los tiempos, pides y obtienes una beca de la Fundación Gugenheim, mediante la cual viajas a los Estados Unidos, vives un año de la beca, y para seguir viviendo hay que caer de nuevo en los empleos pintorescos.

OP: Sí, tuve empleos extraños. Trabajé en el cine doblando películas, y en la radio haciendo pequeños comentarios, di conferencias en universidades sobre temas que apenas dominaba, quise entrar en la marina mercante y de milagro no me aceptaron porque si llegan a aceptarme quizá estaría con los peces del Pacífico, ya que hundían muchos barcos en aquella época, que era la de la guerra.

Sí, como dice Eliot, “fui conferencista en Mozambique y escribí mi cenotafio en las costas de África”. Bueno, yo fui conferencista en el Wild West y estuve a punto de escribir mi epitafio en Nueva York.

JSS: ¿Por qué?

OP: Porque pensé que iba a perecer no de hambre, sino de frío. Vivía en un pequeño hotel porque había sido célebre en el pasado, y es que uno lee las novelas de principio de siglo y las de Fitzgerald, y es el hotel donde se reunía la sociedad brillante de Nueva York en los años 10 y 20, pero cuando yo llegué era un hotel en ruinas y muy barato. No tenía dinero para comprarme un abrigo, estábamos en otoño y los árboles empezaron a despojarse de sus hojas, creí que había llegado mi fin… Finalmente, gracias a un peruano, Ciro Alegría, pude doblar una película, me compré el abrigo, ¡y me salvé de la pulmonía que me esperaba!

JSS: En 1945 entras en el servicio diplomático de México.

OP: Había decidido quedarme en Norteamérica, y de pronto nombraron ministro de Asuntos Exteriores de mi país a un gran amigo de mi padre que era embajador en Washington, el doctor Castillo Nájera, le mandé unas líneas felicitándole y su respuesta fue llamarme por teléfono, nos vimos y propició mi entrada en el servicio exterior. Tuve que hacer un examen, y entré de vicecónsul.

Mi carrera diplomática fue muy larga y bastante mediocre, porque avanzaba muy lentamente. Aparte de que yo no quería avanzar, yo quería que nadie se fijase en mí.

JSS: Primer destino: París, años 1946 al 51, coincidiendo con el crepúsculo del surrealismo.

OP: Para mí fue una gran experiencia conocer a Breton y a los amigos surrealistas. Fue el grupo con el que sentí mayor afinidad política, humana, vital, poética… Me parece que el surrealismo fue el último gran movimiento espiritual de Occidente.

JSS: En 1952, viajas por Japón y la India, que luego sería uno de tus largos estacionamientos diplomáticos, aunque ya con categoría de embajador.

OP: Fui la primera vez como secretario de la embajada de México, y en Japón estuve en esa situación. Probablemente lo que más me impresionó en esa primera visita fue la poesía japonesa, y después, aunque lo leí solamente en inglés y francés, la poesía china, la literatura china en general. Es curioso, pero siempre tuve más afinidad con lo chino y japonés en materia poética y literaria que con lo indio.

JSS: En el 62 le nombran embajador en la India, donde pasa seis años y se casa con Marie-Jo, en Delhi, “bajo el árbol del nim”.

OP: Haber descubierto a Marie-Jo por una parte, y por la otra haber descubierto la filosofía budista, me marcaron para siempre y se completan de algún modo la plenitud y la vacuidad.

JSS: En agosto del 67 ingresas en el Colegio Nacional de México. Y en el 68 se produce la matanza de la plaza de las Tres Culturas e inmediatamente reaccionas dimitiendo con carácter irrevocable y apartándote de la carrera diplomática.

OP: Pedí mi disponibilidad, exactamente, y decidí no seguir representando a un gobierno que en lugar de resolver un problema por medios políticos y pacíficos había acudido a la represión.

*Fragmento publicado en Escritores a fondo (1986)

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