It’s probably been twelve years since my father left, left me fatherless/ And I just used to say I hate him in dishonest jest/ When honestly I miss this nigga, like when I was six

Earl Sweatshirt

La historia de amor de mis padres no inicia como las que todos presumen. Inicia con mi padre inventando pretextos a su esposa para escapar de su casa cada fin de semana y así tener las primeras citas de noviazgo con mamá. Ella tenía 16 y mi padre 35, aunque él siempre le dijo que recién había cumplido los 30. Se conocieron porque mis abuelos paternos vivían en la calle de la casa de mi mamá: una construcción larga con un abarrote en la parte de enfrente, el cual ella atendió hasta el día en que mi padre le dijo “prepara todo para mañana. Te voy a robar”.

Como mi abuela era muy astuta, mantuvieron la relación en secreto por varios meses, sobre todo porque él le doblaba la edad y seguía casado. Eso decían en el barrio. Así que cuando mi abuela se dio cuenta de la relación, tomó ciertas medidas: hizo que mi mamá dejara de acercarse al negocio, comenzó a llevarla y recogerla al salir de la preparatoria e incluso le pidió al abuelo que matara a mi padre, acción que al viejo le pareció bastante exagerada y nunca llevó a cabo.

Un sábado por la mañana mamá pidió permiso para comprar unas cosas en el centro y nunca más volvió a su casa. Se establecieron en la Ciudad de México, en donde vivía uno de los mejores amigos de papá. En esa ciudad nací yo y mis dos hermanos. El amigo de papá le consiguió trabajo de taxista y vivimos por un tiempo lo que se puede decir una vida tranquila a pesar de que casi no lo veíamos. Alimentándonos con historias de mamá sobre unos abuelos que yo no conocía pero que iba imaginando a partir de personalidades de los ancianos de la televisión y con historias de papá sobre un Culiacán que yo sentía como un pueblo terregoso con personas transportándose en carretas o en caballos, que a la menor provocación podían retarte a una pelea o un duelo de armas. Mi papá siempre me contaba historias de esa ciudad. Todo eso lo olvidé, sólo dejé en mi memoria la gran emoción con la que siempre describía los atardeceres.

Se podría decir que papá también vivía tranquilo sin embargo, en muchas ocasiones lo miré llorar mientras tomaba cervezas con su amigo en el patio. El día en que lo visité por primera vez, me confesó que ese llanto era provocado por el recuerdo del hijo que tuvo con su primera esposa. Le entristecía que éste no lo pudiera reconocer con el pasar de los años, porque sabía que, cuando a un padre se le comienza a borrar el rostro, este proceso no se puede detener.

Me dijo, que ese sábado por la mañana, cuando lo esperaban en la central de autobuses, desayunó como cualquier día junto a su esposa e hijo, el cual recién había cumplido tres años. Al terminar su plato se acercó para darle al pequeño un beso de despedida que duró más de lo normal, luego le dijo adiós a su esposa diciéndole que en la tarde volvería y salió caminando sin las llaves de su casa. Una vez afuera, se acercó a fajarse frente al espejo de la ventana principal y desde ahí miró a su esposa haciendo juegos al niño para que éste se comiera un bocado completo. La imagen le hizo sentir unas inmensas ganas de cancelar el plan, entrar a su casa para pasar el día abrazado a su familia y así finalmente olvidar a mamá. “Poco a poco. Con el tiempo”, me dijo haciendo una seña con sus dedos. Sin embargo no fue así. En el momento en que se acercaba a la puerta de su casa, un impulso lo hizo retomar su plan inicial y cambió de dirección hacia la central de autobuses. Así de rápido se decidió que mis hermanos y yo naciéramos.

Mi padre se fue de nuestra casa cuando yo tenía 11 años. Estuve sin saber de él por casi 12, hasta el día en que lo visité, sin avisarle a mi mamá. Cobré el dinero que me habían dado de liquidación por el trabajo de dos años en una cafetería explotadora y planeé mi viaje al siguiente día. “¿Qué tan desvanecido se encontraba el rostro de mi padre?” pensé, mientras veía un montón de cerros que me avisaban que me acercaba a su tierra.

Cuando mi padre abrió la puerta, no me reconoció al instante, tardó unos segundos hasta que se río y me dio un abrazo tan fuerte que me provocó un dolor en la espalda. Vestía el uniforme de una ferretería; su cabello no estaba tan cubierto de canas y me sorprendió el hecho de que pareciera tener una estatura menor a la que yo recordaba. Adentro de su casa me invitó un café y me habló de manera general sobre algunos acontecimientos que le habían pasado en esos diez años: la muerte de mis abuelos; su intento por cruzar a los Estados Unidos para conseguir dinero; una enfermedad en el estómago que casi lo mataba; su trabajo actual en la ferretería, y hasta me habló del equipo de fútbol llanero del que era parte. Yo en cambio no pude contarle nada, y en esos momentos sentí que lo que me había pasado durante su ausencia no tenía ninguna importancia: malos trabajos, ex novias que me odiaban, peleas en borracheras, ya saben, la típica mierda. Antes de salir a su trabajo me explicó el lugar por dónde pasaba el camión que me llevaba al centro de la ciudad y después se disculpó por no poder quedarse más tiempo.

Mientras sacaba su carro me prometió que a su regreso nos sentaríamos a mirar el atardecer y podríamos terminar de platicar sobre nosotros. No le contesté, sólo observé con atención su rostro para guardar un recuerdo por si tenían que pasar otros diez años hasta nuestro próximo encuentro. Lo despedí con una seña y aproveché ese instante para comenzar a conocer Tierra Blanca, el barrio por el que él y mi madre habían pasado su infancia y adolescencia. Si encontraba una escuela, la veía con detenimiento y trataba de imaginar a mi madre de niña corriendo por el patio junto a sus amigas.

En las tiendas que eran manejadas por personas mayores, trataba de sacarles información de mis abuelos, pero nadie los recordaba. Sentí como si la eliminación de su recuerdo los hiciera desaparecer o los convirtiera en una invención por parte de mis papás. Eché un vistazo a mis manos: “soy de verdad, soy de verdad”, me repetí en voz baja a manera de juego. En una tienda vieja a la que entré imaginé a mi madre detrás del mostrador oxidado y a mi padre del otro lado comprando una cajetilla de cigarros Malboro, sólo para tener pretexto de verla.

Cuando se acercaba el atardecer, volví a casa de mi padre. Lo encontré sentado en una silla de playa al frente de su casa. Con un gesto me señaló la que tenía reservada para mí y, de la misma forma, me ofreció una cerveza de su hielera. Tomé un bote de Pacífico y luego me senté. Estuvimos en silencio por un largo rato, sólo comunicándonos con monosílabos y señas cada que alguien tenía que sacar otro bote. En algunos momentos intentamos llevar conversaciones espontáneas que eran frustradas por la confusión de datos e información.

¿Cómo está Patricia? De seguro empezando la universidad.

Tiene tres años de casada.

¿A los 18 años?

Tiene 22, sólo le llevo un año.

¿Qué edad tienes, tú?

—…

¿El Ramón sigue de travieso?

Se dedica a dar clases de meditación.

¿Qué eso?

Pues…

¿Tu mamá se casó?

—…

Sí, ¿verdad?

—…

¿Tiene dinero el vato?

Oiga…

¿Él te pagó el viaje, verdad? Yo te puedo dar para tu boleto de regreso, ya sabes que no hay bronca. A mí nadie me va hacer menos, sobre todo si se trata de dinero. Para eso trabajo.

Me hice a la idea de que estas conversaciones forzadas no estaban sirviendo de mucho cuando noté que comenzaba a alterarse. Decidí permanecer en silencio por un rato y aprovechar el tiempo para pensar en esta ciudad, en cómo el tiempo parecía pasar más lento, como en cámara lenta; en el clima, caluroso y además húmedo; al último en mi papá, volviendo arrepentido dos años después de haberse ido, y yo junto a mis hermanos en el cuarto que compartíamos, dudando si era el de verdad. “Es un señor grande con un bigotón”, decía Patricia que lo había visto al llegar, luego Esteban pegando su oído a la puerta para intentar entender la plática.

Tras una media hora, el viejo me dio un codazo para que no perdiera de vista a una de sus vecinas cincuentonas que caminaba en ese momento por la calle. “Está bien buena, ¿verdad?”, me dijo entusiasmado, como buscando en mí cierta complicidad. La volví a mirar. “La estoy matando”, dijo como emocionado. Yo no supe qué responder. Recuerdo que sólo le hice un gesto. Luego los dos abrimos un espacio entre nuestras sillas para que el silencio nos abrazara por otro largo rato.

Cuando se acabó mi bote, me levanté para tomar otro y olvidé preguntarle si necesitaba alguno. Al cerrar la hielera miré hacia el frente, por donde el sol comenzaba a esconderse. Me quedé mirando esa imagen por un momento hasta que un sentimiento de engaño se apoderó de mí. El atardecer no me parecía muy distinto al que había visto en otras ciudades y ésa era la razón de mi enojo. Sin embargo, mantuve mi vista fija hacia el paisaje, dedicando toda mi atención posible, así, muy quieto, hasta que el sol desapareció por completo.

Por Enrique Medina

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