Por Flavio Sosa Villavicencio

Ilustración de la serie: ‘de calle en calle’ Por diferentes artistas Urbanos

Un hombre está muriendo entre mis brazos. Él no ha escuchado hablar de Milán Kundera, ni ha leído a John Berger. No es Lakov (hijo de Stalin) el que muere: es Lázaro Isidro, “El Chiro”.


El Chiro agoniza, la tos lo ha dejado exhausto. Con las flemas arrojó de su cuerpo la fuerza de sus brazos; cuelgan flácidos, como si estuvieran mal pegados a su cuerpo. Tiene los labios blancos y partidos, hay manchas de sangre en su rostro. Está muriendo por asuntos de mierda. Lázaro no podrá levantarse. Nunca más andará entre las vacas, descamisado, silbando con una pala de gran tamaño, pisando mierda con botas de hule, recibiendo coletazos con mierda de las vacas y los toros, oliendo mierda. Ya no hablará con las vacas en mazateco mientras les raciona la alfalfa o el totomoxtle.


Lázaro me dijo cara a cara antes del final: “Patrón, me voy a morir. Patrón, tengo miedo.

Patrón, tengo sed”. Yo también tengo sed. Imagino a la muerte como un caballo loco galopando alrededor de nosotros, un caballo que llega relinchando para llevarse al que sigue a una cueva, la cueva que lleva al río subterráneo donde el muerto podrá saciarse. Tengo sed y tiemblo. El vaho de la muerte empequeñece a la noche. El cielo de mi pueblo que por las noches casi siempre parece una vaca botijona y sonriente está chupado. Las vacas están calladas, pero en mi cabeza una docena de becerros no deja de bramar; sus bramidos sólo están en mi cabeza. Los becerros nos miran al Chiro y a mí con ojos entrecerrados.


El Chiro agoniza entre mis brazos, intenta escupir sangre y flemas. La muerte está llegando con una sinfonía desaforada de bramidos, aullidos y rebuznos en mi cabeza. Me lame los brazos con su áspera y caliente lengua de vaca. A los cerdos parece no importarles la presencia de la muerte; duermen plácidamente. Un olor a leche fresca se me mete por la nariz y por la boca; las siento pegajosas, como quedan nariz y boca después de tomar leche fresca en la cubeta de la ordeña. Nunca imaginé que un hombre agonizante pudiera tener un olor tan dulce e intenso.


Hay tres tipos de palas para mover la mierda: la ancha para la mierda fresca, la de madera para la mierda seca a punto de abono y la pala derecha para descargar el abono de la carreta, cortarla y empujarla a los surcos. El Chiro mantenía perfectamente limpio el pesebre las tres palas y la carretilla. Las palas las raspaba para despegarles la mierda con una rústica espátula metálica construida de una lata de sardina calmex vacía. Las palas y la carretilla siempre estaban listas para la mierda.


El rumor de que El Chiro padecía tuberculosis corrió fuerte entre el pueblo, y desde que se supo, la gente ya no le servía mezcal en la copa que tomábamos todos en los fandangos y mayordomías. Así que El Chiro llevaba su propia copa, un canuto de carrizo de buen tamaño colgado al cuello. Se sentaba a la mesa o se arrimaba a la cocina portando su plato personal. Sus amores fueron una cacahuatera risueña y una joven pelona con la que se paseó de la mano por todo el pueblo, causando asombro parriba y pabajo de la carretera.


El Chiro era de San Bartolomé Ayautla, un pueblo mazateco en donde de la mierda de los pajaritos brotan hongos alucinógenos, y le gustaba cantar “Flor de Naranjo”: “Anillo de oro que yo te di, anillo de oro que te obsequié. Nunca, nunca lo olvidaré, porque el recuerdo ya quedó en mi. Reboso de seda que yo te di, reboso de seda que te obsequié. Chulo güipil que te regalé, con listones y venaditos te lo presenté. Ya cantaban los gallos cuando salí, se ocultaba el lucero cuando llegué”. También cantaba en su idioma: “NAXO LOXA setjen setsao naxo loxa setjen setsojndi naxo loxa tsua bijno tsuanchja naxoloxa setjen setsojndi naxo loxa kuisene kuisejbe naxo loxa”. Cantaba y bailaba entre las vacas, abrazado a la pala, jugueteando o quizás soñando retornar al puerto la soledad, puerta de entrada a la sierra mazateca.


Durante mi primaria y secundaria fui un niño que siempre acudió a la escuela apestando a vaca. Llevaba el olor a mierda impregnado en el cuerpo. “Huelevaca”, me apodaban mis compañeros. Era un perfume que yo no percibía pero que siempre me acompañó, y era el motivo por el cual los demás muchitos se tapaban la nariz burlándose de mí. Yo nada más ayudaba al Chiro a lavar la ubre de las vacas, a amarrarles la cola y a ordeñar; también a darles agua y a quitar dos o tres mierdas del pesebre, pero el olor a mierda marcó mi infancia.


Es domingo, el día más ruidoso de la semana. El Chiro está muriendo entre mis brazos. Huele a leche fresca de vaca. Me dejará de herencia su perfume. La tuberculosis se lo ha tragado.

La tuberculosis es un rumiante. La tuberculosis es un asunto de mierda.

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