¿Se puede filmar una película con pura banda desmadrosa y alterada?

Por Alexandro Aldrete

 

 

Alexandro buscaba una película, pero la película llegó directito a él. Para leer la primera parte de la historia, da click aquí.

 

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Un par de semanas después fuimos a una casa de campo a celebrar el cumpleaños de Sophie. Yo quería ir para hacer improvisaciones ya en medio del desmadre. Llevaba una PowerShot y un tripié pequeño que me facilitaron Alan Díaz (quién al final fue coordinador de producción) y el camarada Juan Ovalle.

Este fue el segundo intento luego de que una semana antes mis planes se frustraran porque algunos de la banda decidieron que era más urgente irse a la Feria del queso y el vino en Tequisquiapan. Esto me preocupaba, e hice muchos esfuerzos para convencerlos de ir a la casa. No todos fueron, pero igual me la aventé.

Pronto me di cuenta de que el asunto de la cámara y las improvisaciones estaba endeble. Esto era una peda. Era el cumple de Sophie en una casa de alguien en Huimilpan y yo estaba ahí como parte del grupo. Nos vimos todos en determinado lugar. Se nos hizo tarde, y después de muchos trámites, salimos a Huimilpan (a 25 minutos de Querétaro).

Estaba en una situación que llevaba años de no vivir: una banda de morros cooperando cada quién con 10 y 20 pesos para comprar pisto y pasarla chido todo el fin de semana. Me dio nostalgia; había olvidado que eso existía. Después de los 30 años, con 10 pesos no la armas ni en el OXXO. Pero sí hay un momento en la vida en que si traes 5 pesos y le echas ganas, te la pasas de huevos hasta en los puentes largos. Cuando íbamos tomando carretera pregunté por una gasolinera y todos querían cooperar. Les dije: “No hay pedo”. Uno de ellos me dijo: “Es tu nave, pero es la fiesta”. De todos modos no los dejé poner. Pero sí puse para la cheve un poco más que los demás.

Llegamos al atardecer (hermoso, por cierto). Los colores vibraban y se sentía la atmósfera de la fiesta. Todos cooperaban tanto conmigo. Yo grababa por aquí y por allá, y la manera en que me abrieron las puertas de su vida nunca dejará de conmoverme. No puedo imaginarme a mí mismo a los 18 años, con mis amigos, permitiendo que un bato más de 10 años mayor que yo llegara con una cámara y nos grabara echando fiesta. Pero ellos lo hicieron. Y ahí estuve grabándolos. Y tomando y fumando con ellos.

La fiesta se puso salvaje y yo entendí que nadie iba a hacer improvisaciones en ese estado, pero la documenté. Finalmente cedí y le compré a alguien una tacha. Recuerdo haber tenido una larga y ambiciosa conversación con Sophie sobre inteligencia artificial antes de que ella se sintiera mal y se fuera a dormir en su propio cumpleaños.

En algún punto de la noche me harté. Conozco ese momento que siempre me llega, en el que preferiría estar en una casa, en un sillón, viendo una película en vez de andar en medio de una mega peda con música electrónica zumbado en mis oídos. Esa no era una opción. Así que, viendo que esto iba para largo, me fui a mi auto a dormir. Sólo seguía escuchando la música, pero nunca pude pegar el ojo. Pensaba mucho en qué putas estaba haciendo ahí. ¿Esto tiene sentido? ¿Esto va a llevar a algo? Luego me daba el rush de la tacha y decía “A huevo”.

Después de lo que pareció una eternidad, decidí volver a la fiesta. Cuando entré ya todos se habían metido en sus casas de campaña. No había nadie despierto, pero la música seguía a todo volumen, así que me acerqué a las consolas y le bajé. Como esperaba, nadie se dio cuenta. Subí a la azotea y vi el amanecer en soledad. Me enamoré de todo aquello. Pocas cosas igualan la transición de la noche al amanecer en el campo, la aparición de los colores y los sonidos de los animales, el aviso de que todo inicia una vez más. Me quedé de pie ahí, grabando y observando, saboreando el instante. Todavía ni empezaba la película y ya era una experiencia inolvidable. Muchas horas después, todos despertaron y la fiesta siguió. Cervezas, vinos y otras cosas. Como Sophie se sentía mal, fue buena excusa para irnos.

Unos días después fuimos a los manantiales de Escolásticas a hacer un ensayo filmado de una de las secuencias clave de la película. Esta fue mi prueba de fuego, de cierto modo. Quería ver si eran capaces de cumplir con un simple llamado para filmar.

De milagro, todos llegaron relativamente a tiempo. En la escena, los personajes comían hongos, así que en el mercado compramos huitlacoche. Nos fuimos a la locación y estuvimos toda la mañana grabando. Ese día supe que me había sacado la lotería. De pronto éramos un equipo. Ya no estaba solo en Querétaro haciendo una película, sino con güeyes que se sentían como mis amigos. El material que grabamos fue suficiente como para que yo editara la secuencia prácticamente como terminó en la película final. Para el rodaje un año después, fue como filmarla por segunda vez. Tomamos además un montón de fotos, que uno de los chicos subió a su Facebook. Luego nos enteramos de que alguien había visto esas fotos de los morros comiendo huitlacoche en la locación y las granaderas comenzaron a hacer rondines para evitar las “drogas” en el lugar. También ya cerca del rodaje nos enteramos de que en los manantiales unos güeyes pedos habían sacado sus pistolas y alguien había muerto de un tiro. Para eso no hacen rondines.

Todo fue increíble en el primer ensayo. El único problema era que a pesar de su gran disposición y actitud, era un desmadre organizar a la banda. Nunca se callaban. A veces ni llegaban, o era complicado localizarlos; no contestaban el teléfono en el momento… En pocas palabras: no sabían trabajar. Y eso es un pedo si vas a tenerlos en un rodaje apretado como este. Así que le mandé un correo a Gabriel, Israel Cárdenas y Laura Guzmán y les dije: “Ya encontré a los morros de la peli, estoy seguro, pero no podemos filmar este verano porque necesito tiempo para conocerlos y enseñarles a chambear”. Y así pospusimos el rodaje para que eso sucediera. Una de las mejores decisiones que pude tomar.

Ese fue tiempo bien invertido porque además de la parte laboral, nos dio chance de conocernos como amigos. Cuando llegué a Querétaro un mes y medio antes del rodaje, Marcelo Galán ya se me había adelantado tres semanas y me encontré con que eran todos compas y se reunían en las tardes como cualquier banda. En una película donde nadie está recibiendo dinero, necesitas trabajar con personas a quienes te gusta ver de todos modos, con quienes igual te vas a echar unas cheves o a acampar aunque no haya rodaje. Si ese lazo no existe, la cosa se puede volver cansada y hasta peligrosa. Acá fue todo lo contrario, y de hecho ha sido todo lo contrario desde la preproducción. La peli ha sido una fábrica de amistades, y eso es lo que más me gusta de ella. 

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