Por Antonio Hernández

En la Rectoría de la Universidad Autónoma de Nuevo León, hay un frontispicio donde se conmemora a Raúl Rangel Frías como uno de los fundadores. Ahí se recuerda una frase donde refiere a sus años de estudiante como los mejores de su vida:

Tengo para mí, en los años universitarios, los mejores de mi vida, por esa condición de sentir un impulso en busca del destino personal y colectivo…”

Recuerdo el nombre de Adrián Javier, el estudiante asesinado al ser confundido con un delincuente. En su cuenta de Facebook aún publican mensajes que honran la memoria del alumno muerto por un militar realizando trabajos de policía, luego de una persecución invasiva. El mismo soldado, después de su acto de muerte, sin mayores explicaciones, expresó “Me equivoqué”.

Parece que no hay lugar del país en el cual la horrible muerte no sea una constante de la vida pública. Pero el asesinato y desaparición de estudiantes en Guerrero rebasa los límites, aún y cuando podamos decir que las muertes masivas desde hace años se presentan en México.

Ya hemos perdido la seguridad de la vida, y nos encontramos en una etapa de convivencia silvestre. Una en la que muchas personas han perdido sus derechos reconocidos, y ahora estamos a la espera de que el depredador cumpla sus funciones de selección natural maligna. Ya nos encontramos, en muchas regiones del país, dentro de una fase de convivencia que parece ser la de una rústica edad arcaica. Es decir, los derechos han sido relegados.

¿Por qué matan? ¿Cuándo abandonaremos esta etapa de guerra, para sustituirla por una de paz? Las miles de muertes son una escuela de experiencia que nos están dejando maneras de convivir, en la que personajes nos controlan con el poder que tienen de provocar muerte a conciencia y de modo masivo.

¿Cuál es el sistema regulador de la sociedad que requerimos para tener paz? No acepto que la muerte y guerra sea parte del estado natural de mi entorno y las personas que quiero y amo.

Nuestra justicia es ficticia y teórica. Necesitamos que no se quede en la etapa de solamente ser una teoría deseable para la comunidad. Estamos ante la formación de una nueva ley de muerte, derivada del establecimiento cotidiano del asesinato, tortura y desaparición, como una costumbre cada vez más sólidamente construida.

Debemos lograr el regreso de la justicia como reivindicación de cada uno de los derechos que pacientemente se nos están retirando. En nuestras mentes aún puede desbordarse el espíritu que ayude a ser el constitutivo de ese deseo. Este es un asunto de avance progresivo, pero es tan triste que no podamos manifestarlo con esplendor.

La persistencia de la vida.

La violencia infinita no se ha ido de Monterrey. No olvidemos el aterrador recordatorio de los días recientes. Una mujer fue decapitada, y sus cuerpo tirado en el territorio de Icamole.

Nuestra orgullosa ciudad no es tal. Más bien hemos involucionado a una etapa primitiva, aquella de la horda, clanes o tribus.

No necesitamos la muerte de nadie. No asesinen a estudiantes, quienes están en la mejor época de su vida. Ya basta de tanta de sangre.

t608138@gmail.com

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