Ilustración de la serie ‘Si las paredes hablaran’ por Àcaro & co.

Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan, piden pan y no les dan, les dan un hueso que se les atora en el pescuezo.

 Me arden los ojos de mirarme, niña de seis años entre las manos enormes que profanaron mi vestido, me arde el cuerpo de sentirme, niña, bajo el peso adulto de su cuerpo.

Una niña de seis años columpiándome en sus rodillas para jugar. Aserrín Aserrán.

Sus manos eran enormes, cabían en sus manos tantas cosas:

Cabía mi espalda en sus manos.

Una niña de seis años columpiándome en sus rodillas para jugar. Los maderos de San Juan

Cabían mis piernas en sus manos.

Cabían mis muslos en sus manos.

Una niña de seis años llorando en sus rodillas para ya No jugar. Piden Pan y no les dan

Cabía mi pecho en sus manos.

Cabía mi entrepierna en sus manos. Cabía yo.

Una niña de 6 años retorciéndome en sus rodillas para bajarme.

Les dan un hueso que se les atora en el pescuezo

Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan.

Una niña de seis años, llorando.

(quiero morirme dice esa niña y sí, quiere morirse…)

Intento recordarlo, es la única manera que tengo de vencerlo, traigo por única arma mi memoria: él tenía las manos grandes, el pelo largo y sucio, una camisa a cuadros.

Él era mi tío. Me “cuidaba” cuando niña.

El peso exacto de su cuerpo, las manos enormes quitándome el vestido.

Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan…

Ayúdenme a decirle a esa niña, a la niña que fui, que no vale la pena aventarse desde la ventana…

Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan…

Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan…

Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan…

 Mis oídos guardan el timbre exacto de su voz… el tono con el que –mientras me violaba- preguntaba si todo aquello me gustaba.

(no, imbécil, no me gusta, sigue sin gustarme)

Zaría, de seis años, retorciéndome sobre sus rodillas para bajarme…

El perro tuerto me miraba, nos miraba… en silencio.

No te preocupes, Zaría, me decía yo en silencio, ya va a ladrar el perro tuerto.

(PAUSA)

Aserrín aserran, los maderos de///

Por fin ladraba el pero tuerto. Yo sabía entonces que ya estaba mi madre en el zaguán, tocando el timbre.

El perro tuerto ladraba y las manos enormes, la camisa a cuadros, el pelo largo y sucio me soltaban.

Todos los días, durante 3 años… Aserrín aserrán.

Siempre vomitaba de regreso a casa.

Piden pan y no les dan, les dan un hueso que se les atora en el pescuezo.

¿Quién inventó esa ronda?, dímelo, y muéstrame el lugar donde lo ahorcaron.

Zaría Abreu

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