Por Ramón I. Centeno

El movimiento que ha surgido tras el ataque a los normalistas de Ayotzinapa, ha metido en una severa crisis al gobierno de Peña Nieto. Sin embargo, este giro positivo podría diluirse si el movimiento define como próxima estación la lucha por una Asamblea Constituyente.

¿Qué hacer?”, preguntaba Lenin a principios del siglo XX. Si tuviera que resumir de forma abstracta su respuesta a esta cuestión, pero en lenguaje mexicano, diría: primero lo primero.

Aunque Peña Nieto aún está muy lejos de la guillotina, un sector amplio de activistas, en vez de pensar cómo sacarlo de la Bastilla, está parado frente a ella pidiendo una nueva Ley. Si este fenómeno se masifica el resultado es previsible. Peña Nieto, dueño actual del Congreso y de la Ley (la cual ha reformado a su antojo, o mejor dicho, al antojo de los grandes capitales), seguirá habitando la Bastilla, la guillotina se oxidará, y no habrá justicia ni cambio alguno.

Convertir esto en una lucha por una nueva Constitución despista en vez de abrir camino.

Una broma común de los profesores de derecho constitucional a sus alumnos de nuevo ingreso es pedirles que para la siguiente clase lleven la constitución de Inglaterra. ¿En dónde está el chiste? En que en Inglaterra no existe ese documento. Esto no significa que ese país no tenga un entramado institucional claro – el cual pasó por diversos formatos en el pasado milenio, de acuerdo a las luchas políticas del momento y sus resultados. La famosa Carta Magna registró en papel la victoria de una revuelta de los nobles para limitar los poderes del rey. Por su parte, el Parlamento fue una institución posterior que también se hizo valer frente a la corona mediante las armas. Tal vez un día los ingleses redacten un documento único que explique las inventivas institucionales que en el presente regulan su sociedad y sus clases.

El caso británico es un recordatorio de que las constituciones no producen sociedades, sino que son estas las que a veces codifican su orden en un documento único. De este modo, la constitución mexicana de 1917 fue redactada como respuesta a una revolución popular que, pese a su derrota, lograría imprimir en el texto demandas de justicia social. ¿Se imaginan a Pancho Villa y Zapata plantándose frente a Palacio Nacional para pedir a Porfirio Díaz una nueva constitución? Primero hubo que trastocar la correlación de fuerzas sociales del porfiriato; después se negociaría el resultado de la contienda en un documento.

Con todo lo anterior no quiero decir que las normas jurídicas sean simples residuos de la historia. Las constituciones, una vez adoptadas y amparadas en un equilibrio político que les da sentido, pueden tener efectos de largo plazo en las sociedades que regulan. Así fue el México del siglo XX: el orden del PRI clásico se comprometía a proteger, en alguna medida, a las clases populares a cambio de que estas renunciaran a su autonomía política. (Después, con su giro neoliberal, el PRI abandonaría el pacto social que lo parió y evolucionaría como un mero órgano de explotación de las sucursales mexicanas del capital trasnacional.)

Para levantar un orden democrático y socialista (un invento que está esperando desde hace mucho su entrada en la historia) primero hay que derrotar al capitalismo. A Lenin le gustó mucho una frase de Napoleón: «On s’engage et puis… on voit.» Según yo, algo así como: hay que meterse en la bronca… y luego ver qué onda. Pero detenerse hoy a ver qué onda con una nueva constitución equivale a borrarse de la bronca presente soñando en el príncipe azul.

¿Qué hacer? Primero lo primero: hay que seguir el asedio e ingeniar la toma de la Bastilla.

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