La revista Oficio cumple 25 años

Por Alma Vigil

Arnulfo Vigil, mi papá, es un poeta y un luchador. Eso debí responderle a mi maestra de sexto grado cuando me preguntó a qué se dedicaba mi padre; en su lugar, dije “no estoy muy segura”. Mi papá es un luchador pero no del pancracio mexicano, aunque años antes haya usado calzones sobre sus mallas púrpura, una capa y una máscara. Esos días de gladiador encubierto los usó para protestar, junto a un grupo de manifestantes, contra el mal servicio del transporte público en Nuevo León. El Arnulfo escritor, el Arnulfo poeta, el que siempre trae un libro bajo el brazo, un Quijote de la Mancha de la vida real, combate también sus propios molinos. Si la Encuesta Nacional de Lectura 2012, la más reciente publicada hasta enero de 2014, dice que sólo se leen 2.29 libros al año en México, mi papá se esfuerza por contradecirla. Desde hace 25 años, Oficio, la revista fundada por Arnulfo Vigil es un medio de expresión literaria, poética, periodística, y cultural.

Cuando creó Oficio tenía 31 años de edad, un puesto como corresponsal del periódico La Jornada, una esposa y dos hijas pequeñas. Dos años más tarde, la publicación de libros también acaparó su atención. Cuántas veces no lo he visto frente a gigantes pilas de papel, compaginando, pegando las páginas, para darle forma a cada libro uno por uno y refilarlos con la guillotina hasta que quedara listo. Ahora, luego de un cuarto de siglo de orbitar en la literatura, Oficio sigue a pesar de que la lectura desciende cada vez más en la lista de popularidad de los hábitos de los mexicanos. Mi papá lo sabe bien desde hace tiempo, pero continúa luchando. No por nada, Israel Cavazos, cronista de Nuevo León, dice que Oficio es la única revista independiente en la historia del estado que se ha sostenido durante 25 años. Oficio puede no ser perfecta, pero muchos la amamos con sus defectos, sobre todo mi papá. Después de todo, es como su tercera hija.

Son las 5PM, mi papá viste como lo hace casi siempre desde que me acuerdo: camisa de cuadritos pero con bolsillo para poder poner su pluma, pantalón de mezclilla, cinto negro, zapatos cómodos y una cabellera que parece que no ha pasado por el trayecto del tiempo, prominente y sin canas. Hoy no trae puestas sus grandes gafas. En su oficina, tiene varias pinturas y cuadros de Marilyn Monroe; detrás de su escritorio, se erigen libreros del tamaño de toda la pared, las tablas están pandeadas de tantos libros que tienen que cargar. En el piso hay más libros, en otro estante hay más, en una vitrina del lado izquierdo hay todavía más. Dice que sólo en ese cuarto tiene alrededor de 20 mil libros o más. Todos los ha leído.

¿Cómo fue la conspiración para crear Oficio?

Convoqué a un grupo de amigos para sacar adelante una publicación literaria que en los 90 era muy escasa. La idea era crear un producto cultural pero además convertirlo en una empresa, es decir, jugar con las reglas del mercado: pagar impuestos, compra, venta, producción, realización, distribución. Todas las fases de cualquier producto. Fue muy arriesgado, inusitado, porque todavía hasta la fecha no hay un modelo prototípico en ese sentido. Hay esfuerzos, se hacen otras publicaciones, pero sentadas en otras bases, más bien en el voluntarismo, la afición, pero no como un negocio, como una oferta de un producto cultural. Entre todos empezamos con la publicación, a reunir artículos, comencé a estudiar las cuestiones de mercadotecnia, conseguir clientes, etcétera. Los libros vinieron después. Con la poca experiencia que teníamos, pero con el apoyo de amigos, brincamos la etapa fatal de la revista, y seguimos publicándola hasta que cumplió un año, y luego dos. Eso facilitó mucho el aseguramiento de ingresos económicos para pagar una nómina formal, renovar el equipo de cómputo que en ese tiempo era muy primitivo, y empezar a comprar las primeras máquinas de imprimir.

¿Por qué el nombre de Oficio?

Eso viene de 10 años antes. En ese entonces intentamos hacer una revista con otros amigos y no pudimos obviamente, Carlos Liévano, amigo y un poeta que ya no publicó nada, se le ocurrió el nombre, y permaneció hasta hoy.

¿Cómo estaba el ámbito cultural cuando empezaste con Oficio?

Creo que había más que en el sexenio actual en Nuevo León. Más expresiones, más galerías, había muchas publicaciones, todas ellas silvestres, voluntariosas y con gran ánimo de proyectar escritores de nuestra generación. Luchábamos por conseguir espacios para publicar, no había las ofertas editoriales, institucionales de ahora, en especial, las de la Universidad Autónoma de Nuevo León, como Armas y Letras, Vida Universitaria, y donde hacen una cantidad increíble de libros, no había nada de eso. Nosotros pensábamos hacer libros para autopublicarnos, no sabíamos ni cómo se hacía un libro. Empezamos a hacer libros dos años después de la revista.

¿Cuál fue el primer libro publicado?

El primero libro nos lo trajo nuestro contador Ventura Gámez, se llama Arte y política en la vida de Lucy Herrera de Encarnación Pérez. A partir de ahí se sucedieron más libros y tuvo mucha respuesta también de quiénes hacían libros institucionales y particulares, y crecimos mucho como editorial.

¿Cómo aprendiste a hacer libros?

Solo. Me acuerdo que me desvelaba, me quedaba en la oficina, destruí algunos libros para ver cómo se armaba todo, y de suerte conocí a Alfonso González, el impresor, que hasta la fecha está con nosotros, es uno de los pilares de la revista Oficio. Generalmente se reconocen a quienes escriben o tienen iniciativa, pero falta el cuadro de atrás que es lo que no se ve, en concreto dos personas: Poncho y Ventura Gamez, el contador que mencioné.

¿Cómo ves el panorama actual de la literatura y de Oficio?

En este sexenio, es vergonzoso que el gobierno no le ponga atención a la cultura, al contrario, al parecer hace esfuerzos enormes para acabar con cualquier expresión cultural. Oficio prevalece a que ha sido fiel a sus principios, a su línea de publicación, que también se fue decantando. Ofrecemos un catálogo de lecturas que no rayan en lo mismo y que siempre proponen nuevas formas de expresión.

De alguna manera u otra ha fructificado la lucha de Oficio en pro de la lectura, porque a la vez que ha crecido el número de escritores que publican sus libros de cualquier modo, hay otras opciones. Ahora las universidades, facultades, publican libros, pero sigue habiendo el hueco de que la lectura aún falta porque realmente se convierta en un hábito y el libro prenda como opción de lectura como negocio, la prueba es que no hay librerías en Monterrey, salvo tres o cuatro que perviven con muchos esfuerzos, porque no hay un público consumidor numeroso, para que anime a la gente a poner librerías.

Nosotros nos movemos en dos líneas. Uno, hacemos todo tipo de libros que nos pagan particulares y, dos, nosotros con esos ingresos invertimos una parte en los libros de los escritores que nosotros queremos. Apostamos para que el libro se venda, y también nos ha ido bien, la venta es muy lenta, pero a final de cuentas se agotan los libros, se desplazan, y se recupera la inversión. De esa manera hemos podido proyectar y lanzar escritores famosos, que han obtenido premios, han ido a otros países, les han publicado en editoriales de otras partes, una generación que creció en Oficio.

¿Cómo combinas tu trabajo de editor con el de poeta y escritor?

Eso me ha llevado a ser creo que el único escritor en Nuevo León, y uno de los pocos de México y América Latina que vive exclusivamente de la literatura. Eso me permite, a pesar de que se tienen que atender asuntos de producción, de impuestos, conseguir clientes, batallar para que te paguen las entidades públicas, y todo eso, mezclarlo con mi trabajo de literatura, me da tiempo de vivir y convivir todo el día con los libros, le dedico tiempo a mi escritura, y se va combinando una cosa y otra. Eso me genera en las dos partes ingresos económicos, porque también mis libros se venden.

¿Cuál es el proceso para hacer un libro?

El libro llega de muchas maneras, escritos a mano o en máquina antigua que tenemos que transcribir, hasta los nuevos formatos. Leo el libro, si el autor dice que ya está corregido no corregimos, si dice que una corrección se la hacemos. Luego lo pasamos al proceso de formación, preprensa, para hacer después la impresión y los acabados. Si es libro de comerciales no sugerimos nada, no imponemos nuestro criterio, porque es el gusto del cliente y nos paga por eso. Pero en nuestros libros de nuestra línea editorial somos muy rigurosos se tiene que pegar a nuestro esquema de concepción literaria. Por ejemplo el periodismo, si es crónica, debe ser contemporánea, comprometida con la sociedad, con un lenguaje que proponga y no la típica nota periodística acartonada. Lo mismo el ensayo político, que proponga cuestiones en torno a la transición democrática, la participación ciudadana, asuntos de interés público, al fortalecimiento de la sociedad civil, a la crítica al sistema, corrupción, imposición, impunidad, y por supuesto, en la poesía que te proponga formas de lectura nueva que te ilustre, que te sacuda, porque la poesía por más ornato que tenga te debe sacudir. Luego sigue la distribución que también lo manejamos.

¿Qué es lo que más te ha gustado de Oficio?

En una ocasión me tocó que un poeta de la nueva generación, de unos 20 años, llegó con un texto y una propuesta, diciéndome “mi sueño, desde que empecé a escribir, siempre ha sido publicar en Oficio, cuando estaba niño mi papá llegaba con la revista a la casa”. Ese tipo de situaciones que jamás esperamos recibir es muy satisfactorio. Otra de las grandes satisfacciones, es que con ese filón he sostenido a mi familia, a la cual le debo mucho, sobre todo en tiempo. Les he quitado mucho tiempo, ese tiempo que absorbe la escritura y la atención a los libros.

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