Por Subteniente Hernández

Foto de Victor Hugo Valdivia

Aquella tarde de 1978, mi papá convenció a mi madre de ir a una reunión con sus primos, así que cargaron con sus cuatro críos y partieron. Una vez que arribamos, mi padre se olvidó de su señora e hijos por estar tomando. Mamá se enojó y se desesperó, agarró a sus hijos —excepto a uno que se negó a ir con ellos— y sin despedirse salieron por la puerta de la casa de Chucho y Mundo. Chucho y Mundo son los primos de mi papá. No conocí a los otros primos de los que él me habló alguna vez porque papá no tiene muchos familiares, o al menos no los recuerda, como tampoco recuerda llegar al lugar donde nació que dice que se llama Ixtepeji. Yo ya estoy dudando que ese lugar exista porque cada vez que tengo el placer de platicar con un paisano suyo, me dice que no conoce o no ha oído hablar de ese pueblo en Oaxaca. Sí, en Oaxaca, de donde son sus primos también.

Chucho y Mundo juegan en el 13 Negro, un equipo de fútbol del barrio de San Andrés Atoto, en el municipio de Naucalpan. Les encanta el futbol. A mi papá también, porque su equipo favorito son las Chivas del Guadalajara, afición que intentó inculcarnos a todos sus hijos y de la cual deserté luego. Pero lo que de verdad de verdad le apasiona es el beisbol. Ya ni recuerdo cuántas veces nos llevó a mis hermanos y a mí al legendario Parque del Seguro Social. Íbamos seguido a ver los agarrones que se daban los Diablos contra los Tigres, o también al Día del Aficionado, cuando regalaban vasos con las firmas impresas de los jugadores, o a ver al Profesor Jirafales del brazo de Doña Florinda dándole vuelta al campo en un carrito de golf. Jugaba a ser Carlos Garza, su jugador favorito, emulando sus batazos de “jonron” con los calcetines hechos bolita; volaba miles de pelotas de tenis y de esponja hasta las casas aledañas. Siempre me contaba con alegría y añoranza que en su pueblo solía jugar pelota caliente a nivel profesional con el equipo representativo de la farmacia donde trabajó de niño, que él tenía su uniformito con número y hasta apellido —orgullosamente Hernández—en la espalda, y al frente el logotipo de la droguería, así como la cachuchita y unos “espaiks”. Una de las tantas veces que nos sacó a dar la vuelta lo invitaron a jugar en la colonia Río Hondo, en Naucalpan, Estado de México, que, por increíble que parezca, tenía su campo de beis, su diamante y su montículo. “¿Viste el batazo de hit que di?”, me preguntó, sacudiéndose el polvo bien emocionado cuando nos íbamos de ahí. Yo le contesté que sí, pero no sabía cuál porque no lo vi. Es más, ni siquiera vi a papá en acción por andar jugando con la tierra puerca del lugar.

A Chucho y a Mundo les gustan los “Cridens”. Después de aquel partido de fútbol en el que papá y yo confirmamos por qué el equipo se llamaba 13 Negro —fueron abatidos con facilidad en su propia cancha, en la cual ya ni se paraba el de los chicharrones—, nos fuimos a casa de Mundo a que los grandes se olvidaran de la pena ingiriendo cantidades industriales de cerveza al ritmo del sonido bayou. En aquel entonces ya me sabia casi todas las canciones. Las disfruté tanto como los dulces y papitas que compré con la feria que me quedaba de los mandados (las propinas eran aparte), aunque nada se compara con la felicidad que aún me queda de aquella mañana-tarde de futbol y tertulia con los primos de mi papá.

Nunca supe a qué se dedicaban Chucho y Mundo, pero mi papá ha ocupado su vida entera a la sastrería, oficio que aprendió de manera empírica y que hasta la fecha sigue siendo su modus vivendi. Es un genio de la elaboración de trajes. La verdad no sé por qué nunca se me ocurrió casarme con un traje elaborado por sus propias “manazas”, hubiera sido un honor. Siempre quiso enseñarnos el oficio y decía que pondríamos una sastrería familiar, pero si nunca tuvo paciencia para educarnos (aunque ni falta hizo), menos para enseñarnos. Trabajó toda la vida de manera independiente. Nunca quiso tener un jefe, prefirió trabajar en casa como hasta ahora. Lo que hacía era ir por chamba, trabajarla y después ir a entregarla, siempre bien envuelta en un costal de plástico grueso de jabón roma de 50 kilos, y, cosa curiosa, mantenía bien planchaditas y organizadas las prendas hasta llegar a su destino. Siempre nos sacó de apuros: que el pantalón entubado, que el cierre, que el zurcido, que el dobladillo. Sinceramente es un genio que no quiso ir más allá porque quien sabe…

Chucho y Mundo eran chavos de onda. Papá ya no, pero tampoco fue hippie ni rebeco, mucho menos pachuco ni rancherón. Por las dos fotos que he visto de cuando fue joven, más bien era como que mod, esos chavos de Inglaterra que usaban pantalones de vestir entubados y al tobillo, como de «brinca-charcos», camisas, sacos, zapatos o botines y unos copetotes (como los Beatles y los Rolling Stones, pues, en su época del she loves you,yeah,yeah,yeah y let’s spend the night togheter para,ra,ra, pa,pa,pa,ra,ra). Aparte se vestía así (según me contó) para evitar un poco las represiones de la autoridad de aquel año del 68 que todos ya conocemos… Ahora que me doy cuenta, nunca lo vi con un pantalón de mezclilla, mucho menos de pants o usando shorts. No es como esos señores que los domingos andan de pantunflitas y batita, no no no. Nunca falta su inconfundible atuendo de camisa de manga corta, pantalón de vestir y sus inseparables zapatos, con miles de hilillos colgándole de la ropa.

Se me ha ocurrido que Chucho y Mundo fueron los causantes de que mis papás se conocieran. Me gustaría ahondar en los detalles, pero desconozco la mayoría porque aún no había nacido. Así que sólo mencionaré que el joven Armando cautivó a una bella muchacha michoacana llamada Luminosa, aunque, sinceramente, no sé qué le habrá visto ella. Lo bueno es que los nietos heredaron la fineza de sus facciones. Nosotros también tenemos mucho de ella, pero ya hablaré de mi jefa en otra oportunidad, así que me guardo las flores. Lo que si nos heredó el jefe fue el gusto por la buena música, la sensibilidad a la función y participación de cada instrumento, ya que él es todo un melómano de coraza. Nunca fue un bailarín, y nosotros tampoco, pero la música hay que sentirla, no bailarla (esto no lo dijo él, yo lo acabo de inventar). A pesar de que viene de una familia de bailadores y bullangueros, él se ha mantenido fiel a sus principios; una vez que bailó una canción disco sintió que había durado como dos horas. Por eso tampoco le gusta el mambo, por que se cansa demasiado.

Ahora venimos de regreso a la casa en un camión chimeco, como muchos llaman despectivamente a los camiones del transporte público. Yo voy en la ventana viendo los carros que circulan en el periférico de norte a sur, rumbo al D.F. Papá va sentado del lado del pasillo. Hay poca gente a bordo porque es domingo. De pronto volteo a verlo y noto unas gruesas lágrimas que le atraviesan sus mejillas morenas. Me asombró porque nunca lo había visto llorar. Él, el hombre más fuerte, más ingenioso, más inteligente, más sabio del mundo… estaba llorando. No sé si fue porque mamá volvió a la casa con mis tres hermanos desde el sábado y los extrañaba o si se sentía mal por haberlos dejado ir sin nosotros y no saber nada de ellos; tal vez era por mi lealtad, porque me quedé con él y me negué ir con mi mamá y mis hermanos. No sé, no me atreví a preguntarle, no quise incomodarlo. Simplemente seguí viendo el paisaje y dedicándome a pensar cómo me iba ir con la jefa por haberla desobedecido y quedarme con mi papá, nada más para saber cómo eran sus cotorreos.

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