Eliminar impuestos directos incrementa el déficit y la desigualdad

Ilustración de la serie: ‘habitantes urbanos’ por Blast

Por Claudio Tapia

Los argumentos empleados en la reciente discusión sobre la eliminación del Impuesto Sobre Tenencia o Uso de Vehículos dejan claro que seguimos empeñados en seguir por el mismo camino neoliberal que conduce a la extrema desigualdad. No hay cambio.

En Nuevo León no estamos cambiando nada y no porque el impuesto se seguirá aplicando sino porque la mentalidad implícita en los argumentos expuestos para sostenerlo es la de siempre.

Como señala Pablo Iglesias, candidato de Podemos en España, la corrupción no tiene que ver con manzanas podridas, tiene que ver con pagar impuestos y democratizar la economía.

La falta de legitimidad para recaudar, el analfabetismo cívico, los compromisos con los dueños del capital, y la oposición empresarial, han impedido atacar de fondo lo que sin duda es causa fundamental de nuestro fracaso: la insuficiencia de recursos financieros. El Estado mexicano no recauda lo necesario. El futuro es aterrador para el que vive en un permanente y creciente déficit presupuestal.

El problema no es reducir el gasto, el problema es aumentar los ingresos y democratizar la economía.

Cumplir con el mandato constitucional que obliga a contribuir al gasto público de manera proporcional y equitativa de tal forma que se cumpla el democrático propósito de que contribuya más el que más tiene, el que más se beneficia, el que más riqueza acumula, sería el verdadero cambio.

Propósito que no puede alcanzarse con una política fiscal encaminada a gravar más el consumo general que al ingreso personal o empresarial. De los 34 países que integran la OCDE sólo Estonia y Eslovenia tienen una tasa impositiva menor para los rendimientos del capital y los dividendos, para poner un sólo ejemplo.

Salta a la vista el contrasentido de suponer – en honor a la democracia – que los impuestos se pueden someter a aprobación por parte de los obligados. La consulta para pagarlos es una pésima señal para una ciudadanía sin cultura tributaria. Por algo se llaman “impuestos”. En el mundo nadie quiere pagarlos, menos los ricos, los impuestos se cubren para evitar la sanción.

Ni que decir sobre la ignorancia de que el deber fundamental de un tesorero es el de incrementar la recaudación por la vía de la eficiencia administrativa y del ejercicio de la potestad tributaria que no es otra cosa que la facultad del Estado para crear o incrementar tributos (los impuestos lo son).

El Tesorero del Estado, en vez de prometer que en el futuro quitará o reducirá impuestos, debiera explicar las razones que originan el permanente déficit presupuestal que no sólo se debe a la corrupción, tendría que advertir a los ciudadanos sobre sus consecuencias y convencerlos de la urgente necesidad de incrementarlos a los que evidentemente pueden pagarlos.

Debe educar a los contribuyentes en la cultura de pago y proponer nuevas medidas recaudatorias directas para que el consumo y el salario dejen de ser la principal fuente de ingresos. Eso sí que sería un cambio.

Si estuviéramos en la ruta del cambio, el Ejecutivo estatal y el Congreso estarían proponiendo no sólo mantener sino mejorar el Impuesto Sobre Tenencia o Uso de Vehículos.

La reducción del plazo para la exención, la disminución de la tasa para los automóviles que apenas rebasan la austeridad, y el incremento del gravamen al uso o tenencia de automóviles de súper lujo, sería un paso importante para empezar a abatir tanto el déficit como la desigualdad extrema que es otro nombre de la corrupción – tema que a nadie parece interesar-.

El impuesto que se quiere eliminar es el único verdaderamente progresivo que se aplica en Nuevo León. Los dueños de Alfa Romeo, Mercedes Benz, Ferrari, BMW, Bentley y demás, que se sirven de la infraestructura vial que entre todos pagamos, deben contribuir en cantidad, tiempo y forma por el lujo desmedido de los imponentes autos que coleccionan y actualizan año tras año.

Quizá por eso no nos entendemos. Cuando me hablan de cambio, pienso en cosas como esta. .

MAS SOBRE IMPUESTOS.
La corrupción en nuestro país también tiene otro nombre: desigualdad extrema.

La corrupción es un régimen, una estructura de poder destinada a extraer mucho para los muy pocos y dejar muy poco a los muchos, dice Lorenzo Meyer.

¿Si el 1% de la población más rica dispone del 21% de los ingresos totales, y el 12% se queda con el 76% de la riqueza del país, no seria más equitativo que en es misma proporción contribuyeran al gasto público, en vez de cargarle la mano a los asalariados y al consumo?

El 27% del PIB va a dar a manos de los asalariados (el salario mínimo actual es 25% menor de lo que fue en 1972) y el 73% restante va al capital. ¿no les parece que lo justo sería que el trabajo pusiera 1/4 de la recaudación y las 3/4 restantes las aportara el capital?

Cuando hablo de un Estado débil que recauda poco me refiero a eso, a que los ricos pagan pocos impuestos y a que la carga fiscal recae sobre los consumidores asalariados de siempre que, por cierto, están representados por los que promueven que no se cobre la tenencia de vehículos por lujosos que estos sean.

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