¿De dónde viene el estallido?

 

Por Anthony Esler

Ilustración por Haydeé VIllarreal

Aquella mañana nos levantamos temprano (poco después de las cinco). Nos lavamos la cara, nos rasuramos y nos vestimos. Bill había encendido la radio en la otra habitación mientras yo me levantaba. Empezaba a rasurarme cuando se asomó por la puerta del baño para decirme:

“Un camión está incendiándose en Key Bridge. Y la radio dice que están usando gas lacrimógeno”.

No nos molestamos en preparar el desayuno sino que nos metimos una manzana en la bolsa, junto con unos trapos mojados y otros objetos esenciales y salimos a la calle de Georgetown.

Y a la Revolución Juvenil.

El peor fracaso en la historia

Georgetown es una agradable zona residencial de Washington, llena de casas del periodo federal, con calles inclinadas y angostas y aceras de ladrillo bordeadas de árboles. No obstante, en sus calles principales, Wisconsin y M., hay tiendas de artículos típicos, restaurantes exclusivos y variados clubes culturales juveniles. Jóvenes con cabellera larga y símbolos de paz llenan las aceras todos los fines de semana.

Era un lunes por la mañana; aún no daban las seis, pero ahí estaban, no atestando las aceras, sino las propias calles, cantando, tarareando y aplaudiendo. Pronunciaban la letra de canciones sacadas de una década ya pasada, cuyo sentido parecía extrañamente articulado:

Uno, dos, tres, cuatro…

No queremos su asquerosa guerra…

¡Denle poder

al Pueblo!

¡Poder al

Pueblo!

Todos bailaban y aplaudían al compás del ritmo; el pelo y los rizos volaban con la brisa de la mañana. Todos bloqueaban las bocacalles principales y había grupos que deambulaban por las calles laterales; eran bandas de guerrilleros que buscaban automóviles con portezuelas abiertas o botes de basura que pudieran llevar rodando. Hablaban, reían, pero se mantenían alerta por si presentaba la policía. Había, a decir verdad, olor de gas lacrimógeno en el ambiente.

Era aquel el primer lunes de mayo de 1971. Rennie Davis había jugado que aquel día paralizaría todas las actividades de la capital de los Estados Unidos.

“Si el gobierno norteamericano no pone fin a esta guerra”, le había dicho Rennie a su auditorio de todo el país el invierno anterior, “nosotros paralizaremos al gobierno de los Estados Unidos”. Siempre había obtenido Rennie un clamoroso apoyo por parte de los jóvenes. Luego sacaba Rennie sus mapas y comenzaba a mostrarles qué sencillo sería cerrar las arterias clave, bloquear los puentes del río Potomac, paralizando materialmente el gobierno mediante embotellamientos monstruosos de tránsito. Para lograrlo, sólo se necesitaría suficiente gente de la calle, activistas, tipos arrojados que estuviesen dispuestos a exponer su cuerpo y tuviesen la determinación de desordenar a cualquier costo la maquinaria del hombre.

Eso es lo que se proponían hacer aquella mañana de mayo. Diez o quince mil muchachos norteamericanos trataban de paralizar el gobierno de los Estados Unidos.

Nos asomamos por una calle inclinada que daba al puente Key. Había soldados con equipo de combate. Un cordón de policías antimotines, de casco blanco, impedía el paso hacia aquella calle. Al llegar nosotros a la mitad de la cuesta, algunos muchachos atrás y adelante de nosotros comenzaron a soltar botes de basura que se precipitaron rodando calle abajo hacia las filas policiacas. Los policías gritaron y atacaron, lanzando al aire una descarga de gas blanco, cegador.

Un estudiante de medicina nos frotó los ojos hasta que cesaron las lágrimas y pudimos ver de nuevo. Al encaminarnos hacia la calle Wisconsin vimos que los muchachos melenudos con pantalón de mezclilla habían logrado poner varios automóviles en la intercepción de las calles; en aquel momento desinflaban los neumáticos. Aquí y allá había un automóvil, un par de botes de basura, unas cuantas cajas grandes y trebejos de todo tipo formando la estructura de una barricada. Según las noticias que captaba yo en mi diminuto radio de transistores, el doctor Spock había dirigido un ataque al puente de la calle Catorce en un esfuerzo por llegar al Pentágono, pero había sido rechazado por la policía. Se suponía que había algunas escaramuzas de ataque en el Mall en el centro de la ciudad.

Desde un pequeño camión de reparto pintado con colores psicodélicos que habían detenido cerca de la esquina de las avenidas Wisconsin y M., un puñado de muchachos melenudos invitaba a la gente a que se les uniera. Luego, como se dirigían al centro de la ciudad, nos subimos en el camión. Las calles de Washington se mostraban ante nosotros, compuestas por jóvenes melenudos y camisas teñidas; la gente se arremolinaba en las esquinas y los policías avanzaban hacia ella, detenidos momentáneamente por el tránsito, el picor del gas flotaba en el ambiente. Dos policías en motocicleta iban detrás de nosotros, y uno de ellos, al ver la abigarrada horda que viajaba en el camión, le ordenó al chofer que se detuviera. Todos nos bajamos del vehículo y echamos a correr. Un policía detuvo al chofer, y el otro, ante la posibilidad de detenernos a todos nosotros, se limitó a observar cómo nos alejábamos.

Dos de nosotros caminamos hacia el norte, observando los grupos de muchachos, los racimos de policías. Las fuerzas policiacas habían ocupado todas las glorietas clave para el tránsito. Los muchachos no tenían la menor oportunidad de triunfar allí. Quien se aventuraba a salir a la calle, lo detenían y lo subían en los camiones policíacos destinados para ese fin, algunos de los cuales ya estaban repletos. La radio en mi bolsillo decía que miles de personas habían sido desalojadas de las calles y que todavía no se había cerrado ningún puente.

Nos dirigimos hacia el norte, a Dupont Circle, el sitio tradicional de reunión de las “tribus”, donde se suponía que la acción era más intensa. Antes de que hubiéramos avanzado unas dos cuadras, capturaron a Bill. Nos habíamos detenido a conversar con unos muchachos en la esquina cuando se acercó un enorme autobús verde de la policía, lleno de detenidos. La mayoría de nosotros nos dispersamos inmediatamente. Bill, que había estado parado en la esquina, con las manos en los bolsillos y su larga cabellera ondeando al aire, no vio a tiempo al policía uniformado que saltó del autobús. “No he hecho nada”, se defendió. “En este momento lo has hecho”, le contestó el uniformado y lo subió al autobús.

Había motivos para la detención de Bill: había estado en la calle, con su larga cabellera, símbolo de la rebelión juvenil, exponiéndose precisamente a que lo detuvieran cuando se efectuaba la mayor detención en masa de la historia de Norteamérica.

Aquel día de mayor fue el clímax de más de dos semanas de manifestaciones y demostraciones juveniles antibélicas en la capital del país. Los jóvenes habían desfilado, efectuando mítines, huelgas de sentados y, por último, comenzado la desobediencia civil agresiva destinada a paralizar totalmente la ciudad de Washington. Durante el mismo periodo, las fuerzas de la ley y el orden habían detenido a más de doce mil muchachos, la gran mayoría en los ataques de los días lunes y martes. Miles de soldados fueron movilizados: Georgetown fue ocupado por el Primer Ejército y había soldados cada tres metros en las calles principales para cuando yo llegué aquella mañana de lunes. Aún habían llamado a los infantes de la Marina norteamericana: a media mañana descendieron en cuatro helicópteros cerca del monumento a Washington. En la tarde, los agentes de la FBI detuvieron a Rennie Davis. Durante todo el día, el tránsito de vehículos fluyó casi libremente por la ciudad.

Fue la derrota total del Movimiento, el último esfuerzo desesperado por revivir el espíritu de lucha de 1971.

***

 

¿O lo fue? Evidentemente aquel día de mayo no fue el fin, sino el comienzo. De hecho, desde el punto de vista generacional, representó un nuevo nivel significativo de percepción interna y determinación por parte de la izquierda revolucionaria. Representó un reconocimiento explícito del hecho de que el verdadero poder detrás del nuevo radicalismo de la década de los sesenta no habían sido los trabajadores del marxismo tradicional, ni las minorías raciales oprimidas del Tercer Mundo en los Estados Unidos, sino los jóvenes, los letrados, los hijos y las hijas evidentemente enajenados de la clase media norteamericana

Este era un hecho difícil de aceptar por los radicales ideológicos. Marx, Lenin, Che Guevara y Franz Fanon apenas si habían tomado en cuenta a los jóvenes como pilar de sus teorías.

Unos cuantos líderes del Movimiento habían visto la perturbadora verdad poco tiempo antes. Se habían dado algunas escaramuzas tendientes a formar una coalición entre las dos corrientes principales de la Revolución Juvenil. Desde un punto de vista pragmático, esto no parecía ser demasiado difícil: muchos militantes se adhirieron y muchos muchachos tipo hippie se consideraron radicales políticos, siempre que se molestaban en pensar en semejantes cosas. Para el hombre de la calle, ellos eran simples activistas, y para el revolucionario, hippies totalmente carentes de seriedad y de entrega total a largo plazo. Y, por supuesto, para aquellas personas del todo ajenas a las circunstancias, eran apáticos. Y , por último, el asunto entero era teóricamente mucho menos impresionante que las clases trabajadoras unidas o el Tercer Mundo levantado en armas

Sin embargo, eran éstos los que comenzaban a luchar por un frente juvenil unido aun antes de aquel día de mayo.

El Partido Internacional Juvenil había sido un intento más o menos serio en aquella dirección. Jerry Rubin, el yippie, había dicho: “Es el drogadicto marxista, el bolchevique psicodélico […] una mezcla híbrida de la Nueva Izquierda y el hippie, de la que resulta algo distinto”. Un intento más o menos serio, pero hasta allí las cosas.

Por el lado militante, el mítico movimiento clandestino Weatherman había comenzado con un comunicado rimbombante a la nación asegurando que: “En todo el mundo, la gente que lucha contra el imperialismo americano vuelve la mirada hacia la juventud de Norteamérica para que utilice esa posición estratégica detrás de las líneas del enemigo para unir fuerzas en la destrucción del imperio”. Bernardine Dohrn y sus compañeros revolucionarios se jactaban de “moverse libremente en todos y cada uno de los grupos juveniles del país”. Declaraban que las “armas y las melenas están unidas en el movimiento clandestino juvenil”. Pero para los weathermen, la gente de color y los del Tercer Mundo eran generalmente los grandes batallones de la revolución: ellos mismos eran simples escaramuzadores y “la juventud”, en general, era realmente poco más que un mar tranquilo en el que pidieran ellos desenvolverse.

El propio Rennie Davis, el líder improvisado de la tribu del Día de mayo (Mayday), había reconocido repentinamente la naturaleza generacional del conflicto. “Señor juez”, dijo durante el juicio que le siguió por su participación en los motines de la Convención de Chicago, “representa usted todo lo que es articulado… y represivo en esta nación… el espíritu presente en esta mesa de defensores le devorará en la próxima generación”. Y más específicamente aún, el señor Foran, el fiscal: “Voy a ser el vecino de Tom Foran y ese vecino… va… a organizar a los hijos de usted para que hagan la revolución. Voy a hacer un Vietcong de los hijos y las hijas de la clase en el poder de este país”.

En el invierno de 1970, Rennie Davis y los radicales del movimiento Mayday aparentemente habían decidido jugarse el todo por el todo con los jóvenes; no sólo sobre los militantes de las escuelas, sino con los individuos “no serios” de la anticultura, y con tantos muchachos como pudieran ser atraídos mediante el atractivo del rock, las drogas y la violencia firme. La literatura del movimiento Mayday atrajo particularmente a las tribus y gente de la calle al hacer hincapié en la libertad individual, toma de decisiones en grupos pequeños y no en un comité donde hacían lo que el dirigente ordenaba. Las manifestaciones del Mayday estaban precedidas por una semana de publicidad, música y drogas en el parque West Potomac y por el festival de rock a gran escala el sábado anterior. Expulsada del parque por la policía el domingo, la gente se había reunido aquella noche en los terrenos de las universidades en una mezcla abigarrada de oratoria inspiracional anticuada, al estilo de Martin Luther King, y de bailes: “Ya sabemos por qué estamos aquí”, entonó en voz alta Hoseah Williams, de la vieja Southern Christian Leadership Conference, de Martin Luther King. “Mañana saldremos a las calles y expondremos nuestra vida. Llenaremos las cárceles de la ciudad”.

Uno dos tres cuatro…

No queremos su asquerosa guerra.

Los que bailaban gritaron, rieron y aplaudieron en medio del batir de los tambores.

Nos sentamos en medio de bolsas de dormir, cobijas, bolsas con sándwiches y muchos adormilados.

“Hay una persona en nuestro grupo que tiene fiebre reumática”, comentó una muchacha de aspecto serio, “un tipo que está ciego y yo aborté anoche. Debemos asegurarnos de que haya un médico”.

Una cantante de voz áspera que empuñaba una guitarra envió uno de los mensajes sincopados que obligaron a que todos los presentes lo acompañaran cantando:

Vamos a cambiar este país

¡OH, SÍ!

Vamos a construir casas

¡OH, SÍ!

Vamos a darle comida a la gente

¡OH, SÍ!

Vamos a cambiar este país

¡OH, SÍ!

Canten NOO NO-NO-NO NOO

Canten NOO NO-NO-NO NOO

Y luego, apresurado el ritmo:

Estamos cansados de marchar

¡OH, SÍ!

Estamos cansados de suplicar

¡OH, SÍ!

Estamos listos para pelear

¡OH, SÍ!

Canten NOO NO-NO-NO NOO

Al día siguiente casi no pelearon: sus tácticas, de hecho, eran casi universalmente no violentas. Pero sí llenaron las cárceles de Washington. Diez mil muchachos del grupo WASP conocieron el interior de una cárcel norteamericana y regresaron a sus casas con el orgullo de haber pertenecido a la primera rebelión en masa más grande de la historia de los Estados Unidos.

Y no sería la última.

Un poder sobre la tierra

Los líderes del Movimiento quizá tardaron en reconocer su verdadera fuente de fuerza: pero, prácticamente hablando, siempre habían estado conscientes de dónde provenían sus hombres.

Claro está que todas las manifestaciones estudiantiles han tendido a despertar al estudiante apático o indiferente para que entre en acción por la causa. Muy a menudo, especialmente donde ha estado involucrada la persecución aparente de los estudiantes por parte de las autoridades, la mayoría no radical ha sido, de hecho, movilizada con toda eficacia, por lo menos durante un corto período. Las manifestaciones Moratorias de 1969 tuvieron éxito al llevar a las calles a los muchachos que normalmente no asistían a las manifestaciones. Y, como lo hemos visto, los sucesos de la Universidad Estatal de Kent inquietaron quizá a la mitad de la población estudiantil del país. Para 1970, según una persona autorizada, “una mayoría evidente” de estudiantes universitarios y preparatorianos de los Estados Unidos “había participado en una o más protestas contra el status quo”.

Los jóvenes no estudiantes habían sido llevados también a que apoyaran algunos aspectos del Movimiento. Las Panteras Negras inspiraron a la juventud de los guetos a que tuvieran sueños de gloria revolucionaria y, ocasionalmente, a que le dispararan de vez en cuando a los policías. La literatura del Movimiento, orientada hacia el marxismo, estaba llena de entusiasmo hacia la “grasa revolucionaria”, la reconocida minoría radicalizada de los hijos de los trabajadores y obreros que podían ser llevados a las manifestaciones. Y cientos de muchachos de escuela secundaria, a fines de la década de 1960, contaron con prensas clandestinas, protestas y militantes.

La subcultura hippie, claro está, dejó huellas más profundas en el reino de los conservadores. La música, el atuendo y el peinado especiales invadieron todos los recintos estudiantiles del país a fines de la década pasada. Las peticiones de los jóvenes por el derecho de vestirse como quisieran y de usar el cabello como les placiera despertaron varias disputas e implantación de “reglamentos para el vestir” en innumerables escuelas secundarias de toda la nación. En ese nivel superficial, por lo menos, no hubo duda alguna acerca del impacto que había tenido la anticultura en la juventud norteamericana.

Las tendencias de las tribus hacia el logro de las libertades sexuales y de una experimentación más amplia con las drogas y estupefacientes también llegó más allá de los límites arbitrariamente definidos del reino de los hippies. Quizá hubo un cambio visible más grande entre la población universitaria, pero también hubo cambios significativos entre otros grupos. El problema de las drogas, el cual se había manifestado primero en los recintos escolares, se extendió de una manera constante por la escala de la edad y la educación, desde muchachos de escuela secundaria a niños de primaria. La llamada revolución sexual dio aparentemente otro gran paso hacia adelante en la década de 1960, el primer paso considerable hacia la anarquía sexual desde la década de 1920. Y todo esto entre los jóvenes que no tenían la intención de aislarse o de “ponerse en onda”; jóvenes norteamericanos que no veían ninguna diferencia fundamental entre la marihuana y el alcohol, o que habían llegado a creer que el sexo era una expresión legítima del afecto humano, y en el que no tenía parte la sociedad aristócrata.

Se efectuaron varias encuestas para medir el grado hasta el cual se estaba desarrollando un consenso generacional más grande acerca de los puntos de vista y valores de la Nueva Izquierda y la subcultura hippie. Cuando se les interrogó acerca de las abstracciones como la moral, las restricciones sociales y aun los lazos familiares, muy a menudo los de la generación más joven hicieron eco del punto de vista de sus padres. Sin embargo, sobre temas específicos contemporáneos se acumularon las discrepancias generacionales. Esto fue, comprensiblemente, y en particular entre los preparatorianos, el amplio campo ideológico existente entre las masas conformadoras y la reducida minoría revolucionaria. Pero también fue cierta para un sorprendente número de jóvenes entendidos como un todo.

En una encuesta, por ejemplo, una mayoría de estudiantes universitarios sintieron que cosas tan bien conocidas como el homosexualismo, el aborto y las relaciones sexuales premaritales no eran “asuntos morales”. Una mayoría de todos los jóvenes norteamericanos apoyaron o estuvieron de acuerdo en que “el bienestar económico de su país era injusto y estaba pobremente repartido”, que “la política exterior se basaba en estrechos intereses económicos y de poder”, y que “básicamente eran una nación racista”. Ningún activista de la Nueva Izquierda, ni ningún liberal callejero segregado podía pedir más.

Pero lo más revelador de todo: cuando se les pidió que indicaran con qué grupo social sentían “un cierto sentido de identificación”, el cuarenta por ciento de todos los jóvenes norteamericanos expresó una fuerte identificación con sus compatriotas; cuarenta y uno por ciento con miembros de su propia religión; cincuenta y uno por ciento con personas de su propia raza; sesenta por ciento con la clase media; y sesenta y uno por ciento con los jóvenes que dejaron sentir un fuerte sentido de identificación con “otras personas de su propia generación”. Las diferencias generacionales están tan claramente marcadas y son tan ampliamente reconocidas en nuestra época que no es sorprendente que la conciencia generacional haya dejado atrás a todas las demás. Sin embargo, es un hecho asombroso el que ningún otro centro de identificación leal —clase social, raza, religión o nacionalidad— pueda igualar la conciencia creciente de la generación más joven de que es precisamente eso: que son miembros de un grupo de edad, moldeados por la historia dentro de su estructura, y más cerca de sus propios contemporáneos generacionales que cualquier otro grupo de personas sobre la Tierra.

***

 

La nueva generación, por lo tanto, es un subgrupo social real y significativo. Es además un grupo con un empuje cada vez mayor hacia el poder: un grupo que puede hacer, y ha hecho una diferencia en la historia.

Frederick G. Dutton, al analizar Changing Sources of Power en la Norteamérica de la década de 1970, cita a un educador erudito en el sentido de que “el estudiante universitario norteamericano de hoy día está involucrado, se preocupa y ha dejado para siempre el cajón de arena de las actividades estudiantiles”. En su sesudo análisis de los jóvenes de principios de esta década, ofrece Dutton una comparación provocativa entre la generación insurgente más joven y el encumbramiento de otros subgrupos sociales en este país:

La búsqueda del poder en la nueva generación […] es tan real y específica como el de los anteriores grupos sociales que han abierto paso en la estructura política del país, desde los hombres libres desposeídos de los inicios de la historia de la nación, al hijo de la ola de inmigración de 1900 a 1914 que proporcionó la base de la generación en la cual Roosevelt construyó.

“El nuevo grupo”, agrega Dutton, “es más grande proporcionalmente al resto de la población de lo que fueron aquellas olas históricas primitivas y tiene ya una cabeza de playa más fuerte dentro de esta sociedad de la que tuvieron inicialmente los grupos primitivos”.

Por lo que se ve, algo tan voluble, tan orientado hacia lo cómico y lo efímero como la generación más joven —casi literalmente aquí hoy y quién sabe dónde mañana— puede parecer un débil junco para que se apoyen los analistas políticos moderados (y revolucionarios serios). Pero como lo recalca Dutton, muchos otros grupos que han destacado de manera distinta en la historia se mostraron al principio totalmente incapaces, y con muy poco entusiasmo, de desempeñar el papel.

A las clases obreras de Occidente, por ejemplo, se les consideró en un tiempo sobretrabajadas, ignorantes y despreocupadas de los asuntos públicos más allá de sus estrechos intereses de sustento diario para ameritar compartir el poder político. Además, ellos mismos mostraron una falta desesperante de “consciencia de clase” políticamente enfocada que impulsó a los socialistas hacia arriba del muro en gran parte del siglo xix.

El negro norteamericano en una época fue conocido por su negligencia, irresponsabilidad y, por supuesto, inferioridad intelectual. Su humildad de “Tío Tom” —definida subsecuentemente como una “mentalidad colonial”— fue en un tiempo tan fuerte que durante la primera mitad del siglo los políticos liberales ponían a los negros al pie de sus listas de prioridades de reformas.

Según se creyó en un tiempo, tampoco las mujeres estaban capacitadas para desempeñar un papel en la política a causa de su naturaleza emocional, sus facultades racionales no desarrolladas, sus impedimentos psicológicos, sus responsabilidades familiares “naturales” y por el hecho de que la mayoría no mostraba mayor interés en ocupar un cargo público o en votar.

Las mismas razones se les daban repetidamente a todos por igual —negros, inmigrantes, mujeres de este siglo, proletarios y desposeídos—: se les descalificaba por su propia naturaleza para ejercer el poder, y lo curioso es que no lo deseaban. Estas mismas razones se dicen interminablemente de los jóvenes de hoy día. Son demasiado emocionales, volubles y caprichosos, sumamente transitorios como subgrupo social, y una vez que terminan la diversión y el juego, muestras una despreocupación política y social para que se les tome seriamente en cuenta como una fuerza de combate.

Si se pudiera ofrecer una generalización no democrática, parece probable que grandes números de campesinos desposeídos, proletarios, inmigrantes, negros, mujeres, jóvenes y ciudadanos de edad mediana, establecidos, de la clase media, son realmente demasiado emocionales, poco formales, en extremo ocupados con sus propias preocupaciones, y en otros aspectos descalificados naturalmente para ejercer el poder político. Sin embargo, todos ellos —hablando ahora en términos históricos sencillos— han hecho contribuciones al curso de la historia contemporánea. Todos —independientemente de lo ignorante, emocional e inconstante que sean— son bloques de poder en nuestra sociedad. Y de todos ellos, como lo he tratado de mostrar en este libro, no ha sido la juventud la que durante los dos siglos pasados ha desempeñado la parte menos significativa para modelar nuestro mundo.

Volverán

Los jóvenes volverán. Siempre han regresado. En este libro se ha narrado la historia de ese eterno regreso, del descontento vivo que existe entre la juventud moderna hacia lo moderno y de su ansia instintiva por lanzarse a las calles.

En 1819, rompieron el movimiento juvenil germano, haciéndolo añicos en todos los Estados alemanes. Las Uniones Estudiantiles fueron disueltas u obligadas a luchar clandestinamente, detuvieron a sus líderes o los hicieron huir al otro lado del Rhin. El Movimiento quedó destrozado totalmente.

Pero la juventud germana se levantaría de nuevo en armas a principios de la década de 1830… en 1848… a finales de la década de 1890 y al comienzo de la década de 1900… en los años veinte y los treinta… a fines de los sesenta… y exactamente ayer, cuando aparecieron en la pantalla de mi aparato televisor con carteles y banderas, cantando y gritando. Los problemas han cambiado, claro está, de generación en generación y de década a década, pero la juventud vuelve a protestar.

Los ciudadanos burgueses de la Francia de Luis Felipe se rieron de los primeros bohemios, de la retirada de los jóvenes alienados a una subcultura antisocial propia de su hechura. Un montón de vagos no podía sobrevivir en una sociedad recta, así como tampoco muchachos frívolos que empleaban el idealismo romántico como una excusa para divertirse. Para 1835, la mayoría de los primeros bohemios habían desaparecido del Barrio Latino, ahuyentada de París por la pobreza, impulsados a veces a buscar empleo en la propia sociedad burguesa.

Pero el Barrio Latino nunca ha estado en realidad vacío desde aquella época hasta el presente. Murger popularizó la vie de bohème en la década de 1840; los positivistas siguieron a los románticos poco después de mediados de siglo; y luego los simbolistas y los decadents; la vida callejera iluminada con lámparas de gas de tiempos de Moulin Rouge y de Ubu Roi; el París de Picasso y los cubistas; de Hemingway y la Generación Perdida; y así, interminablemente, la vida bohemia para siempre, con todos sus hijastros multiplicándose en el mundo entero.

Hemos visto el nacimiento de la Revolución Juvenil en el siglo xix en todas sus formas principales y características clave. Hemos visto su rápido crecimiento y expansión en el siglo xx. También hemos visto que cualesquiera que sean los problemas específicos y las presiones contemporáneas que puedan moldear cualquier generación para que se levante en descontento, el desafecto de la juventud moderna, en general, está profundamente arraigado en dos realidades ineludibles de la historia contemporánea: el ritmo acelerado de cambio y la amplia diseminación de ideas en el mundo moderno. El cambio social acelerado aparta al joven de sus mayores, haciendo que la experiencia de éstos, así como muchas de sus instituciones, sean irrelevantes para su vida. La sencilla adquisición de nuevas ideas de todo tipo —divulgadas en su mayor parte por las instituciones educativas, los libros baratos y un alud de popularización en los medios de comunicación masiva— ofrece a los jóvenes muchas oportunidades de crítica sobre el mundo que gobiernan sus mayores, y muchas alternativas teóricas respecto a ellas. El resultado: un desapego intelectual, la rebelión o el apartamiento de los segmentos significativos de la generación más joven.

Un movimiento tan hondamente arraigado en la historia no es viable que se evapore de la noche a la mañana. De hecho, parece que la Revolución Juvenil se quedará entre nosotros conforme el cambio rápido de la sapiencia convencional de ayer deje de ser válida hoy, y en tanto las verdades alternas estén a disposición para que las exploren los jóvenes.

La Revolución Juvenil no está desapareciendo del escenario. De hecho, es una fuerza creciente en la historia.

El número de jóvenes descontentos ha aumentado espectacularmente entre 1815 y la época actual, tanto en términos absolutos como relativos al crecimiento de la población general. Examinemos, por ejemplo, la base generacional, el número de jóvenes que reciben educación, un cierto porcentaje de los que se espera se rebelen. La población universitaria total de los Estados germanos en los años siguientes a la batalla de Waterloo sumaba unos 10 mil estudiantes —sólo uno de cada tres mil alemanes—. En contraste, la población de las escuelas preparatorios y universidades norteamericanas, a fines de la década de 1960, era de casi siete millones. Uno de cada treinta norteamericanos era estudiante.

La misma escena se presenta si enfocamos más precisamente el número de jóvenes disidentes, ya que éste sí es mesurable. El famoso Festival de Wartburgo de 1817, por ejemplo, involucró nada menos que a quinientos jóvenes cruzados nacionalistas alemanes. Siglo y medio después, en noviembre de 1969, la manifestación Moratoria en Washington lanzó a las calles de la capital del país a casi trescientos mil jóvenes que estaban en contra de la guerra. Una última comparación, sacada ésta del torrente bohemio de la rebelión juvenil: en la década de 1830, Philothée O’Neddy, el melenudo poeta francés, se jactó públicamente de que unos seis mil bohemios románticos estaban entregados a la lucha contra la moral, conformismo y materialismo burgueses. En el verano de 1969, quizá medio millón de hippies y viajeros anticulturales se reunieron en un festival de rock que se llevó a cabo en el estado de Nueva York.

Si unos cuantos jóvenes nacionalistas alemanes de hace ciento cincuenta años pudieron echar a rodar una bola de nieve que crearía una nueva gran fuerza en el centro de Europa; si unos cuantos miles de estudiantes franceses pudieron forjar una subcultura que se extendió por todo el mundo, ¿qué efecto tendrá sobre nuestro futuro la inquietud de millones de jóvenes hoy en día?

***

 

Volverán… y harán notar la diferencia.

Este libro ha tratado de ilustrar no sólo la realidad de la rebelión generacional, sino su importancia como fuerza casual en la historia. Esa importancia, para reducirla en una sola frase, parece consistir en el papel especial de la generación más joven como vehículo de nuevas ideas y promotor del cambio social.

Las rebeliones de jóvenes, como hemos visto, fracasan típicamente en su corta carrera. Sin embargo, su impacto a largo plazo ha sido por lo general considerablemente mayor de lo que pudieran imaginar sus contemporáneos. De una manera frecuente, las generaciones de jóvenes en rebeldía parecen llevar a cabo una función única. Congénitamente más abierta a los vientos de la ideología que sus mayores, los jóvenes descontentos pueden proporcionar un grupo crucial de las nuevas ideas radicales cuya época casi haya llegado. Sus rebeliones violentas y escandalosas, sus segregaciones ostentosas, pueden fracasar en sus objetivos inmediatos, pero pueden dejar una marca indeleble en toda la sociedad. Sirven como término central esencial entre las ideas subversivas de ayer y las nuevas mayorías de mañana.

No importa que haya sido nacionalismo en la Alemania de 1815, socialismo en Rusia en la década de 1870 o freudianismo en Estados Unidos en los años veinte de este siglo; no importa que haya sido una revolución artística en París a fines del siglo pasado o una revolución sexual en Estados Unidos a mediados de este siglo; el patrón fundamental permanece inalterable. Los jóvenes son los primeros en intentarlo.

Los jóvenes intentarán cualquier cosa, claro está, y muchos experimentos generacionales, si así se les puede designar, no dan buen resultado. Siempre hay una gran mezcla de desperdicios entre el grano, algo que es impráctico, utópico o simplemente tonto. Pero un porcentaje significativo de las ideas que nos imponen periódicamente los jóvenes con tanta alharaca y entusiasmo demuestran de lo que son capaces. Se convierten en los puntos de vista del mundo, los imperativos éticos, las instituciones y los estilos de vida de las generaciones que aún no nacen.

Quizá las sociedades modernas puedan idear estrategias ingeniosas para canalizar el verdadero poder de la incesante Revolución Juvenil. Ya se han hecho algunos esfuerzos en este sentido, en forma sumamente regular en los Estados totalitarios y no frecuentemente sin lograr sublimizar con éxito la capacidad infortunada de la juventud para la arrogancia, el extremismo y la violencia pura. No obstante, todos estos esfuerzos deberán tener en cuenta una verdad crucial sobre la incesante Revolución Juvenil: el simple hecho de que las generaciones de jóvenes rebeldes son, por su propia naturaleza, fuerzas de cambio.

Ya sea que estén generando refugios anticulturales o que estén proyectando nuevos sistemas sociales para toda la humanidad, esta minoría de jóvenes ideológicamente orientada siempre ha sido, históricamente, la exploradora, la que busca nuevas normas para que viva el hombre. Rara vez es creativo, en la forma que puede ser creador un gran líder o un hombre de talento. Pero estos jóvenes rebeldes pueden experimentar, adaptar y propagar nuevas ideas más eficazmente que cualquier otro grupo de la sociedad. Son estos talentos del verdadero creyente joven en rebelión, en los que se deben enfocar los esfuerzos para canalizar el entusiasmo y sus energías.

Para la mayoría conformativa de cada generación —de los que depende la continuidad de la sociedad—, hay un número de organizaciones y escapes institucionales para el vigor juvenil y el idealismo más ortodoxo. Para los cuantos que han encontrado que no es posible encajar en el sistema, que se rebelan contra él o que se apartan del status quo, se deben localizar otras formas socialmente aceptables si la sociedad no encuentra empleo para sus energías revolucionarias.

El mundo necesita de exploradores y experimentadores del cambio tanto como de los bastiones del orden establecido. Sin duda alguna, podemos idear medios por los que a los pioneros naturales se les pueda encomendar misiones pioneras, ya sea para que abran tierras vírgenes o lleven a cabio tareas de reconocimiento en el espacio interior del espíritu humano, que siempre será necesario si la humanidad sobrevive en un mundo cambiante de su propia hechura accidental.

No obstante, hay una cosa segura: ya sea que aprendamos a no canalizar sus peticiones no negociables, los jóvenes de mañana se levantarán en armas contra las realidades de hoy. Y a la larga, con mucha más frecuencia de lo que a los mayores les agrada admitir, tendrán su sitio en la historia.

*Texto publicado en 1973

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